Por: Maximiliano Catalisano

Un comentario fuera de lugar, una burla que se repite, un grupo que deja afuera a un compañero o una discusión que empieza en redes sociales y termina en el aula pueden alterar por completo la jornada escolar. Los conflictos entre alumnos no son una excepción ni una señal automática de fracaso institucional: son parte de la vida en común. El desafío de la escuela es intervenir antes de que el malestar se convierta en violencia, enseñar formas más cuidadas de relacionarse y construir acuerdos que ayuden a todos a aprender. Con herramientas sencillas, sostenidas y de bajo costo, es posible transformar tensiones cotidianas en oportunidades pedagógicas.

La convivencia organizada no se logra solo con un reglamento pegado en una cartelera ni con sanciones aplicadas después de cada problema. Se construye en las clases, en los recreos, en las entradas y salidas, en las conversaciones breves con los estudiantes y en la manera en que los adultos responden cuando aparece un desacuerdo. Cada intervención transmite una idea sobre cómo se vive con otros. Por eso, frente a los conflictos entre alumnos, la pregunta no debería ser únicamente quién tuvo la culpa, sino qué necesita aprender el grupo para que una situación similar no vuelva a repetirse.

Los estudiantes llegan a la escuela con experiencias, emociones, formas de comunicarse y realidades familiares diversas. A veces, una conducta que parece desafiante expresa miedo, necesidad de pertenencia, enojo acumulado o dificultad para poner en palabras lo que sucede. Comprender esto no implica justificar insultos, agresiones o exclusiones. Implica mirar el conflicto con mayor profundidad para intervenir de manera educativa y no limitarse a una respuesta inmediata que, aunque calme el momento, no modifica las causas.

El conflicto como parte de la vida escolar

En muchas instituciones se piensa que una buena convivencia significa ausencia de discusiones. Sin embargo, convivir no es estar siempre de acuerdo. Los desacuerdos forman parte de cualquier grupo humano. El problema aparece cuando los estudiantes no cuentan con recursos para expresar lo que sienten, escuchar al otro, pedir ayuda o reparar un daño.

Una convivencia organizada reconoce que los conflictos existen y crea caminos claros para abordarlos. Esto supone que los alumnos sepan a quién acudir, qué pasos se siguen cuando ocurre una situación problemática y cuáles son las normas que protegen a todos. Cuando las reglas son confusas o cambian según el adulto que interviene, los estudiantes perciben que no hay criterios compartidos. En cambio, cuando la escuela sostiene acuerdos claros y respuestas coherentes, se genera mayor confianza.

También es importante distinguir entre conflicto, violencia y acoso. Un conflicto puede ser un desacuerdo puntual entre estudiantes que tienen posibilidades similares de defender su posición. La violencia implica acciones que dañan física, emocional o socialmente a otra persona. El acoso escolar, en cambio, supone hostigamiento repetido, intencional y sostenido, generalmente con una relación desigual de poder. Cada situación requiere una intervención diferente. No todo debe resolverse con mediación, y en los casos de acoso o violencia grave la prioridad debe ser proteger a quien está siendo afectado.

La importancia de intervenir a tiempo

Esperar a que un problema se vuelva grave suele aumentar el daño. Muchas situaciones comienzan con pequeñas señales: un alumno que deja de participar, un grupo que se ríe siempre de la misma persona, cambios bruscos de conducta, ausencias frecuentes, mensajes ofensivos en redes sociales o dificultades para integrarse durante los recreos. Observar estas señales permite intervenir antes de que el conflicto escale.

La prevención no requiere grandes recursos. Puede comenzar con espacios breves de conversación en el aula, observación activa en momentos de recreo, entrevistas individuales cuando un estudiante manifiesta malestar y reuniones periódicas entre docentes para compartir información relevante. Lo importante es que la escuela no trabaje de manera fragmentada. Si cada adulto conoce solo una parte de lo que sucede, resulta difícil comprender el problema completo.

La escucha es una de las herramientas más valiosas. Escuchar no significa aceptar cualquier conducta ni prometer soluciones inmediatas. Significa dar lugar a que los estudiantes puedan contar lo que les pasa sin ser ridiculizados o minimizados. Frases como “no es para tanto”, “tenés que aprender a defenderte” o “seguro vos también hiciste algo” pueden hacer que un alumno deje de pedir ayuda. Una escucha cuidadosa, en cambio, abre la posibilidad de intervenir antes de que el malestar se transforme en aislamiento o agresión.

Normas construidas con sentido

Las normas escolares funcionan mejor cuando los estudiantes comprenden para qué existen. No alcanza con decir “no se puede insultar” o “no se puede excluir”. Es necesario trabajar qué efectos tienen esas acciones en quienes las reciben y en el grupo en general. Las reglas deben estar vinculadas con el cuidado, el respeto y el derecho a aprender en un ambiente seguro.

Una estrategia posible es construir acuerdos de convivencia con cada curso al inicio del ciclo lectivo y revisarlos durante el año. Estos acuerdos pueden incluir formas de hablarse, pautas para resolver desacuerdos, criterios para el uso de celulares, cuidado de los materiales y modos de pedir ayuda. No se trata de elaborar listas extensas que nadie recuerda, sino de establecer pocos compromisos claros y posibles de sostener.

Cuando los alumnos participan en la construcción de estos acuerdos, es más probable que los reconozcan como propios. La participación no significa que los estudiantes decidan todo sin acompañamiento adulto. La escuela tiene responsabilidades y normas que deben cumplirse. Pero abrir espacios para que los alumnos expresen qué necesitan para sentirse cuidados permite que las reglas tengan mayor sentido.

Herramientas pedagógicas para resolver conflictos

Una de las herramientas más simples es enseñar a hablar en primera persona. En lugar de decir “vos siempre me molestás”, se puede proponer que el estudiante diga “me sentí incómodo cuando hiciste ese comentario”. Este cambio ayuda a expresar emociones sin atacar directamente al otro y disminuye la posibilidad de que la conversación se convierta en una nueva pelea.

También es útil trabajar la escucha activa. Muchas discusiones se agravan porque cada estudiante quiere defender su versión sin escuchar la del otro. Una actividad breve puede consistir en pedir que cada alumno repita con sus palabras lo que entendió de su compañero antes de responder. Esta práctica, aunque parezca sencilla, ayuda a bajar la tensión y a evitar interpretaciones apresuradas.

Las preguntas restaurativas son otra herramienta pedagógica. Preguntar qué pasó, a quién afectó, cómo se sintieron las personas involucradas y qué se puede hacer para reparar permite que los alumnos reflexionen sobre las consecuencias de sus actos. El objetivo no es que repitan una disculpa obligada, sino que comprendan el daño causado y participen en la búsqueda de una solución.

En algunos casos, puede ser útil realizar una mediación. La mediación consiste en un encuentro acompañado por un adulto o un estudiante capacitado, donde las partes pueden expresar su mirada y acordar pasos concretos para avanzar. No es una instancia para decidir quién gana o quién pierde. Es un espacio para recuperar el diálogo y construir compromisos.

Los acuerdos deben ser claros y observables. Decir “vamos a llevarnos mejor” es demasiado amplio. En cambio, comprometerse a no compartir capturas de pantalla, respetar la distancia de un compañero, pedir ayuda a un preceptor si vuelve a surgir un problema o reparar un daño material son acciones concretas que pueden revisarse con el tiempo.

El rol de los adultos en la convivencia

Los estudiantes observan cómo los adultos resuelven sus propios desacuerdos. Si ven gritos, descalificaciones o decisiones arbitrarias, será difícil pedirles que actúen de otra manera. Por eso, la convivencia escolar no depende solamente de los alumnos. Requiere que docentes, preceptores, directivos y equipos de orientación compartan criterios de intervención.

Es importante que los adultos no minimicen los conflictos, pero tampoco los sobredimensionen. Cada situación necesita una lectura cuidadosa. A veces será suficiente una conversación breve; otras veces habrá que convocar a las familias, trabajar con el curso completo o solicitar acompañamiento de profesionales. Lo central es no responder desde el enojo o la urgencia, sino desde una mirada pedagógica.

El adulto que interviene debe separar la conducta de la persona. Un alumno puede haber cometido una acción dañina sin quedar definido para siempre por ella. Rotular a un estudiante como “problemático”, “violento” o “conflictivo” puede reforzar una identidad negativa y dificultar cualquier cambio. Es más útil señalar la conducta, explicar sus consecuencias y acompañar la construcción de alternativas.

Familias y escuela: una alianza necesaria

Cuando aparece un conflicto entre alumnos, las familias suelen sentir preocupación, enojo o incertidumbre. La escuela necesita comunicar lo ocurrido con claridad, sin exponer innecesariamente a los estudiantes ni emitir juicios apresurados. Informar no significa trasladar toda la responsabilidad a las familias. Significa construir una alianza para acompañar el proceso.

Las entrevistas con familias deben centrarse en los hechos, las intervenciones realizadas y los pasos a seguir. Es conveniente evitar frases que aumenten la tensión, como “su hijo siempre genera problemas” o “la otra familia no entiende nada”. El objetivo debe ser que cada adulto pueda colaborar para que el estudiante aprenda a relacionarse de una manera más respetuosa.

Cuando la escuela y la familia sostienen mensajes similares sobre el cuidado, el respeto y la responsabilidad, los alumnos reciben un marco más claro. No se trata de que todos piensen igual, sino de que puedan coincidir en algunos acuerdos básicos que protejan el bienestar de los estudiantes.

Una convivencia que se enseña todos los días

La convivencia organizada no se construye con una única charla ni con una actividad aislada. Es un proceso cotidiano que necesita tiempo, coherencia y seguimiento. Cada recreo, cada trabajo grupal y cada desacuerdo puede convertirse en una oportunidad para enseñar habilidades sociales.

La escuela tiene la posibilidad de ofrecer algo que no siempre aparece en otros espacios: un lugar donde los estudiantes aprendan que pueden expresar sus diferencias sin lastimar, que pedir ayuda no es una debilidad y que reparar un daño es parte de crecer. Estas enseñanzas tienen impacto en el presente escolar, pero también acompañan a los jóvenes en sus futuros vínculos familiares, sociales y laborales.

Trabajar los conflictos entre alumnos desde una mirada pedagógica permite salir de la lógica del castigo como única respuesta. Las sanciones pueden ser necesarias en determinadas situaciones, pero deben estar acompañadas por instancias de reflexión, reparación y seguimiento. De lo contrario, el conflicto puede reaparecer con otra forma.

Una escuela que organiza la convivencia no busca estudiantes silenciosos ni grupos sin diferencias. Busca formar personas capaces de convivir con otros, reconocer límites, cuidar los vínculos y participar en la construcción de un espacio común. Esa tarea comienza con acciones simples, sostenidas y al alcance de cualquier institución.