Por: Sabrina Belén Bussaca – Magíster en Tecnología e Innovación Educativa. Licenciada en Educación. Especialista en la enseñanza de la ESI con perspectiva de género. Diplomada Superior en Alfabetización Digital. Diplomada en Inmersión de Inteligencia Artificial en la Práctica.
La mayor parte del trabajo docente no aparece en planificaciones, informes ni evaluaciones. Está en los gestos cotidianos, el acompañamiento y el compromiso que sostienen la enseñanza, muchas veces a costa del propio bienestar.
Son las cinco de la tarde. Un docente guarda sus materiales, apaga las luces del aula y camina hacia la salida. En el trayecto, casi sin darse cuenta, ya está pensando en cómo retomar al día siguiente un tema que un estudiante todavía no logró comprender o en esa evaluación que quedó a mitad de corregir. La jornada terminó en el reloj. En su cabeza, todavía no.
La respuesta no está en las planificaciones, ni en las evaluaciones corregidas, ni en las horas de trabajo. Está en todo aquello que los docentes hacen cada día y que permanece invisible.
Hay una pregunta que casi nunca aparece en las reuniones pedagógicas. No figura en los diseños curriculares, no suele formar parte de las capacitaciones y rara vez ocupa un lugar en las agendas institucionales. Sin embargo, puede ser una de las preguntas más importantes que un docente pueda hacerse hoy.
La escuela abre sus puertas cada mañana, pero mucho antes de que suene el timbre quienes enseñan ya comenzaron a trabajar: organizan mentalmente el día, recuerdan qué estudiante necesita más atención y buscan las palabras justas para acompañar a quien está atravesando un momento difícil. Enseñar nunca empieza cuando suena el timbre. Empieza mucho antes. Y tampoco termina cuando se cierra la puerta del aula.
Lo que no aparece en las planillas del trabajo docente
Hay una parte del trabajo docente que no figura en ninguna planilla de asistencia, en ningún informe ni en ningún cuadernillo. Difícilmente pueda cuantificarse el tiempo que lleva contener al alumno que llega llorando, acompañar a una familia preocupada, escuchar una historia que conmueve o sostener con una sonrisa un día en el que, por dentro, también se está peleando con lo propio.
Esa dimensión invisible de la profesión es, quizás, la más importante. Porque educar no es solo transmitir contenidos. También significa construir confianza, brindar seguridad, despertar curiosidad y, en algunos casos, convertirse en el adulto que un estudiante siente que realmente lo escucha.
Con los años, la sociedad les fue pidiendo cada vez más a las escuelas: que enseñen contenidos, formen ciudadanos, acompañen lo emocional y respondan a un mundo que no deja de cambiar. Y en medio de tantas demandas, queda una pregunta que atraviesa el bienestar docente: ¿quién cuida a quienes se pasan la vida cuidando?
El cansancio docente que no siempre se nota
No es solo cansancio físico. Hay un agotamiento que no se ve a simple vista, al que en el campo de la salud laboral se lo conoce como burnout docente: ese punto en el que el cuerpo sigue funcionando, pero la energía emocional ya no alcanza. No es una debilidad personal ni una cuestión de carácter. Aparece cuando un docente siente que dio todo lo que tenía y, aun así, se pregunta si fue suficiente.
A ese desgaste se suma otro que suele pasar inadvertido: el que genera la carga administrativa. Planillas, formularios, informes y tareas burocráticas ocupan horas que podrían destinarse a planificar mejores clases, acompañar a los estudiantes o, simplemente, recuperar energías. El día se llena de lo urgente y cada vez queda menos espacio para lo verdaderamente importante: enseñar.
Para muchos docentes, en casa comienza una segunda etapa: planificar, corregir, diseñar actividades, elaborar informes y preparar el día siguiente. Detrás de cada clase que logra despertar el interés de un grupo hay horas de trabajo silencioso que rara vez quedan reflejadas en un horario, una planilla o un informe.
El Informe Mundial sobre el Personal Docente de la UNESCO advierte que:
«Millones de docentes abandonan la profesión debido a los bajos salarios, la sobrecarga laboral, la falta de reconocimiento y el creciente desgaste emocional…», un escenario que compromete la calidad educativa y profundiza las brechas de aprendizaje.
Bienestar docente: hacer una pausa sin culpa
Prevenir el burnout docente no depende únicamente de la fuerza de voluntad. Durante mucho tiempo se instaló la idea de que un buen docente debía poder con todo. Sin embargo, nadie puede sostener a los demás de manera permanente si nunca encuentra un espacio para sostenerse a sí mismo.
Hacer una pausa no significa renunciar al compromiso. Es animarse a decir que no a una tarea más sin sentir culpa profesional. Implica atreverse a decir que un día fue difícil, pedir ayuda cuando hace falta y comprender que cuidar de uno mismo también forma parte de la responsabilidad de enseñar.
Porque un docente agotado difícilmente pueda enseñar en las mejores condiciones. Cuidar a quienes enseñan constituye un pilar esencial para sostener una educación de calidad.
Pero ese cuidado no puede depender únicamente del esfuerzo individual. También es responsabilidad de las instituciones generar condiciones que favorezcan el bienestar docente. Eso implica revisar qué tareas realmente aportan al trabajo pedagógico y cuáles solo incrementan la carga administrativa, promover espacios de escucha entre colegas y proteger tiempos destinados a planificar, reflexionar y enseñar en mejores condiciones.
La respuesta a la pregunta inicial
Volvamos, entonces, a la pregunta del comienzo: ¿cuánto queda de un docente al final de la jornada escolar?
La respuesta será distinta para cada persona. Algunos terminarán el día agotados. Otros sentirán que todavía les queda energía porque una sonrisa, una pregunta inesperada o un pequeño logro de un estudiante les devolvió el sentido de lo que hacen.
Pero quizás la verdadera respuesta sea otra.
Al final de cada jornada siempre queda algo de cada docente en cada estudiante que pasó por el aula. Y también queda algo de cada estudiante en quien enseña. Ningún día termina igual que como empezó.
Quizás esa sea la verdadera medida del trabajo docente. No la cantidad de contenidos desarrollados, ni las planificaciones completadas, ni las evaluaciones corregidas, sino la capacidad de dejar una huella humana en un mundo que necesita, más que nunca, personas capaces de enseñar con conocimiento, con compromiso y, sobre todo, con el corazón.
Tal vez, cuando termine la próxima jornada escolar, valga la pena hacerse las siguientes preguntas —y llevarlas también a la próxima reunión de equipo—: ¿cuánto de vos quedó hoy en cada estudiante? Y, como institución, ¿qué podemos hacer para cuidar mejor a quienes enseñan?
