Por: Lorena Farace

Parlamentaria Mundial de la Educación

El debate sobre la inclusión educativa suele caer, muchas veces, en una trampa superficial: creer que la inclusión real es un acto de pertenencia física, cuando en verdad se trata de garantizar el derecho al aprendizaje. Para lograrlo debemos iniciar por dejar de exigirle al alumno que se adapte al sistema.

Pero para que ésta transformación sea efectiva, es necesario partir de un diagnóstico honesto, realista y libre de prejuicios, resulta menester comprender que las estrategias pedagógicas deben diferenciarse según la complejidad de cada situación. Esto no significa discriminar ni segregar, al contrario, es un ejercicio de equidad. Cuando un niño presenta una discapacidad severa o requiere un abordaje pedagógico, clínico y terapéutico de alta especialización, la derivación a instituciones con personal altamente capacitado y entornos preparados significa una profunda responsabilidad a fin de que el niño reciba toda la contención, el estímulo y la enseñanza que merece, según sus propias posibilidades y tiempos.

Por otro lado, cuando hablamos de discapacidad moderada a leve, el lugar del alumno es definitivamente, el aula común. Para recibirlo, los docentes no necesitan un título habilitante o maestrías especiales, tampoco concurrir a seminarios interminables sobre neurodiversidad, sostener eso es un error conceptual profundo. Al maestro solo se le pide voluntad y apertura para realizar un ajuste en todos los aspectos de su clase:

  • Tiempo y ritmo: Entender que los procesos de asimilación son diversos y que otorgar un margen diferente no altera el objetivo pedagógico.
  • Formato: Ofrecer alternativas, visuales, auditivas o kinésicas creativas con el objeto de que el contenido sea accesible para todos.
  • Evaluación: Medir el progreso real, el proceso, el logro individual, en lugar de encasillar el aprendizaje en un sistema estándar.

Se requiere la decisión de transformar el aula en un espacio donde el sistema se adapte al niño y no el niño al sistema.

Uno de los prejuicios más grandes, dañinos y arraigados en varias Instituciones Educativas es el miedo corporativo a “perder el nivel” o “nivelar para abajo”. Esto no es más que un error gigantesco. Una escuela que solo sabe enseñarle a un alumno estándar es limitada, en cambio, aquella que aprende a ajustar su propuesta para que todos aprendan se vuelve más humana y más competitiva pedagógicamente, dado que la diversificación dota a las instituciones de una profunda riqueza.

Con éste enfoque, el maestro se convierte en un verdadero diseñador de aprendizajes. Además las herramientas creativas, los ritmos flexibles y los formatos alternativos que se aplican para un estudiante con discapacidad suelen terminar ayudando a los otros alumnos a que también procesen la información de manera distinta. Una institución no es de “alto nivel” según cuantos alumnos logra retener, sino por su capacidad institucional de potenciar al máximo el talento y las posibilidades de cada ser humano.Lo sé desde mi experiencia personal: primero como estudiante con discapacidad y años más tarde como Parlamentaria Mundial de la Educación. La verdadera inclusión escolar es, en definitiva, derribar las barreras para permitir un aprendizaje equitativo y de calidad.