Por: Maximiliano Catalisano

¿Qué pasaría si aprender a reconocer las emociones, resolver desacuerdos y construir relaciones saludables tuviera un lugar tan importante en la escuela como aprender matemática o lengua? En Dinamarca, la educación y el bienestar de los estudiantes forman parte de una conversación educativa que invita a mirar más allá de las calificaciones. Aunque el sistema danés también enfrenta dificultades en materia de convivencia y salud emocional, sus experiencias permiten pensar cómo las escuelas argentinas pueden incorporar prácticas sencillas para mejorar el clima del aula, fortalecer los vínculos y acompañar a niños y adolescentes sin necesidad de grandes inversiones.

La educación emocional no consiste simplemente en hablar de sentimientos durante una clase especial ni en pedirles a los estudiantes que se tranquilicen cuando surge un conflicto. Implica enseñarles a identificar lo que sienten, comprender cómo sus emociones influyen en sus decisiones, expresar sus necesidades de manera respetuosa y desarrollar herramientas para afrontar la frustración, la tristeza, el enojo o la incertidumbre.

La Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) considera que el bienestar estudiantil comprende dimensiones psicológicas, sociales, físicas, materiales y cognitivas. También señala que las relaciones familiares, la experiencia escolar y los vínculos con otras personas se relacionan con la satisfacción vital de los adolescentes.

Desde esta perspectiva, la experiencia danesa ofrece preguntas valiosas para el sistema educativo argentino: ¿cómo construir aulas en las que los alumnos se sientan escuchados?, ¿qué pueden hacer los docentes cuando una emoción intensa interfiere con el aprendizaje?, ¿cómo enseñar a convivir sin convertir cada desacuerdo en un problema disciplinario?

Qué puede aprender Argentina de la experiencia danesa

Dinamarca suele asociarse con una cultura que valora la confianza social, la participación y la cooperación. Sin embargo, es importante evitar una imagen idealizada: ningún país ha resuelto todos sus problemas de convivencia escolar y las prácticas educativas deben analizarse a partir de sus resultados, sus límites y su contexto.

Los datos internacionales más recientes también invitan a mantener una mirada crítica. Según el informe de resultados PISA 2025 de la OCDE, publicado el 8 de septiembre de 2026, el 25 % de los estudiantes daneses de 15 años informó haber sufrido al menos una forma de acoso escolar algunas veces al mes o con mayor frecuencia. El promedio de los países participantes fue del 20 %. El mismo informe señala que el 63,9 % de los estudiantes daneses declaró sentir que pertenece a su escuela, frente al 76,2 % registrado como promedio en los datos comparativos del perfil del país.

Estas cifras no invalidan las experiencias educativas danesas. Por el contrario, recuerdan que el bienestar no depende de una única política ni puede garantizarse solo mediante buenas intenciones. Es necesario observar las relaciones entre compañeros, la respuesta de los adultos, las condiciones institucionales y la posibilidad real de solicitar ayuda.

Para las escuelas argentinas, la enseñanza principal es que el bienestar emocional debe formar parte del proyecto institucional y de las actividades cotidianas. No hace falta reproducir todo un sistema educativo extranjero: es posible adaptar prácticas concretas a los recursos disponibles, las edades de los alumnos y las características de cada comunidad.

1. Incorporar las emociones a la rutina del aula

Una primera estrategia consiste en dedicar unos minutos a reconocer cómo llegan los estudiantes a la escuela. Este momento puede realizarse al comenzar la jornada, durante una tutoría o después de una situación que haya alterado el clima del grupo.

El docente puede proponer preguntas como: ¿con qué ánimo llegamos hoy?, ¿qué necesitamos para concentrarnos?, ¿qué podemos hacer cuando algo nos preocupa? Las respuestas pueden expresarse oralmente, mediante una palabra escrita o con una escala visual sencilla.

No se trata de obligar a los alumnos a compartir asuntos personales frente a sus compañeros. Cada estudiante debe poder participar hasta donde se sienta cómodo, sin recibir burlas ni ser etiquetado por su estado de ánimo. Si alguien expresa un malestar persistente, corresponde ofrecer una escucha individual y valorar si necesita acompañamiento adicional.

Esta práctica puede implementarse con tarjetas de papel, un pizarrón o una breve conversación. Su valor no está en el material utilizado, sino en crear una oportunidad habitual para reconocer el estado emocional del grupo y detectar necesidades que podrían pasar inadvertidas.

2. Enseñar a resolver conflictos sin recurrir a la agresión

Los desacuerdos forman parte de la vida escolar. Dos alumnos pueden querer utilizar el mismo material, discrepar durante un trabajo grupal o sentirse perjudicados por una decisión. El objetivo no es eliminar todas las diferencias, sino enseñar formas de abordarlas sin recurrir a insultos, amenazas o humillaciones.

En este punto, los docentes pueden modelar un procedimiento sencillo: escuchar las versiones por separado cuando sea necesario, describir los hechos sin descalificaciones, identificar qué necesita cada persona y acordar una respuesta concreta.

Por ejemplo, si dos estudiantes discuten durante una actividad, el adulto puede ayudarlos a diferenciar lo que ocurrió de las interpretaciones que cada uno hizo. Después, puede preguntar qué necesitan para continuar trabajando y qué acuerdo permitiría evitar una nueva discusión.

La intervención debe ser distinta cuando existe hostigamiento reiterado o una relación desigual de poder. En esos casos, no corresponde tratar la situación como si ambas partes tuvieran la misma responsabilidad. La escuela debe detener la agresión, proteger al estudiante afectado y aplicar los procedimientos institucionales correspondientes.

Aprender a resolver conflictos requiere práctica, acompañamiento y coherencia. Una charla aislada difícilmente modifique las conductas si los adultos no sostienen criterios compartidos.

3. Construir vínculos de confianza entre docentes y estudiantes

Un estudiante que teme ser ridiculizado o que considera que ningún adulto lo escuchará puede evitar pedir ayuda incluso cuando atraviesa una situación difícil. Por eso, la relación entre docentes y alumnos constituye una dimensión importante del bienestar escolar.

La OCDE destaca que el apoyo de los docentes, el sentido de pertenencia y el clima disciplinario son aspectos relevantes para comprender la experiencia cotidiana de los estudiantes. También señala que un entorno escolar seguro y de acompañamiento puede relacionarse con mejores condiciones para aprender y desarrollarse.

En las escuelas argentinas, construir confianza puede comenzar con acciones simples: escuchar sin interrumpir, explicar las decisiones, evitar comparaciones humillantes y ofrecer oportunidades para corregir errores. También supone establecer límites claros, porque acompañar emocionalmente no significa permitir cualquier comportamiento.

Es importante que los estudiantes sepan a quién acudir si tienen un problema. En una institución, esa persona puede ser un docente, un preceptor, un tutor o un integrante del equipo de orientación escolar. Lo fundamental es que exista un canal conocido y que las consultas reciban una respuesta responsable.

La confianza no se construye únicamente cuando ocurre una crisis. Se desarrolla mediante interacciones cotidianas en las que los adultos muestran que pueden escuchar, intervenir y sostener acuerdos.

4. Enseñar a reconocer la frustración y aprender de los errores

Una dificultad frecuente en las aulas aparece cuando un estudiante no obtiene el resultado esperado. Puede reaccionar con enojo, abandonar una actividad, compararse con otros o interpretar una equivocación como una señal de incapacidad.

La educación emocional permite trabajar sobre esas respuestas sin negar la frustración. Equivocarse puede resultar incómodo, pero también ofrece información sobre qué hace falta revisar, practicar o aprender de otra manera.

El docente puede ayudar mediante preguntas concretas: ¿qué parte te resultó difícil?, ¿qué intentaste hasta ahora?, ¿qué podrías cambiar?, ¿qué ayuda necesitas para continuar? Estas intervenciones favorecen la reflexión y permiten que el alumno encuentre alternativas en lugar de quedarse detenido en el error.

También conviene evitar expresiones que definan a un estudiante a partir de una dificultad, como afirmar que es incapaz, desinteresado o problemático. Es preferible describir la conducta observada y señalar qué puede hacer para mejorarla.

Esta práctica no requiere materiales costosos ni una planificación paralela. Puede incorporarse a las devoluciones de las evaluaciones, a la corrección de ejercicios y a las actividades grupales. Lo importante es que el aprendizaje no se reduzca a acertar o equivocarse, sino que incluya la posibilidad de revisar estrategias y pedir apoyo.

5. Promover la cooperación y el sentido de pertenencia

Sentirse parte de un grupo influye en la experiencia escolar. Cuando los alumnos perciben que tienen un lugar, que sus aportes son escuchados y que pueden participar sin temor a la burla, existen mejores condiciones para construir relaciones saludables.

Una alternativa consiste en organizar actividades cooperativas con responsabilidades distribuidas. En lugar de permitir que siempre trabajen los mismos compañeros o que una sola persona resuelva toda la tarea, el docente puede asignar funciones rotativas: registrar ideas, organizar materiales, exponer conclusiones o verificar que todos hayan podido participar.

También se pueden desarrollar proyectos colectivos relacionados con la vida escolar, como mejorar un espacio común, preparar una campaña de cuidado del ambiente o diseñar acuerdos para los recreos.

Estas actividades necesitan una planificación cuidadosa. El trabajo grupal no garantiza por sí mismo una buena convivencia: si no se observa cómo se distribuyen las tareas, algunos estudiantes pueden quedar excluidos o recibir comentarios despectivos. Por eso, el adulto debe acompañar el proceso y abrir espacios para revisar cómo se trabajó en equipo.

El sentido de pertenencia también puede fortalecerse mediante la participación de los alumnos en decisiones adecuadas para su edad. Consultarles qué dificultades encuentran en el aula o qué cambios ayudarían a mejorar la convivencia permite convertirlos en participantes activos de la vida escolar.

6. Involucrar a las familias sin trasladarles toda la responsabilidad

El bienestar emocional de niños y adolescentes se construye en distintos ámbitos. La escuela no puede resolver por sí sola todas las dificultades que afectan a sus estudiantes, pero tampoco debería limitarse a señalar que un problema debe solucionarse en el hogar.

La relación entre la institución y las familias puede organizarse a partir de una comunicación clara, respetuosa y sostenida. En las reuniones escolares es posible abordar cómo acompañar la frustración, establecer límites, escuchar preocupaciones y detectar cambios persistentes en el comportamiento.

Una propuesta económica consiste en preparar una guía breve con preguntas para conversar en casa: ¿qué fue lo mejor de tu día?, ¿hubo algo que te hizo sentir mal?, ¿necesitaste ayuda y pudiste pedirla? Estas preguntas pueden facilitar el diálogo sin convertir cada conversación en un interrogatorio.

Si la escuela observa señales de malestar persistente, es conveniente convocar a la familia desde una perspectiva de colaboración, describiendo situaciones concretas y evitando diagnósticos apresurados. Cuando resulte necesario, deberán intervenir los equipos especializados y los servicios correspondientes.

La comunicación también necesita límites: los datos personales de los estudiantes deben protegerse y las situaciones delicadas no deberían debatirse en grupos de mensajería ni exponerse frente a otras familias.

7. Crear un plan de bienestar emocional con recursos de bajo costo

Para que estas prácticas no dependan exclusivamente de la iniciativa individual de un docente, la escuela puede organizarlas dentro de un plan institucional sencillo.

El primer paso es identificar necesidades. El equipo puede conversar sobre los momentos en que se concentran los conflictos, revisar los registros disponibles y escuchar a los estudiantes. Una encuesta anónima, breve y apropiada para cada edad puede aportar información sobre el clima del aula, las relaciones entre compañeros y el conocimiento de los canales para solicitar ayuda.

El segundo paso es seleccionar pocas acciones posibles de sostener. Por ejemplo, una rutina semanal de reconocimiento emocional, actividades periódicas de resolución de conflictos y un espacio mensual para revisar los acuerdos de convivencia. Es preferible comenzar con medidas concretas y evaluarlas antes que diseñar un programa demasiado extenso que no pueda mantenerse.

El tercer paso es distribuir responsabilidades. Los equipos directivos, docentes, preceptores, orientadores y familias pueden participar de distintas maneras, de acuerdo con sus funciones y posibilidades. También es necesario reservar momentos para compartir información pertinente, revisar intervenciones y solicitar apoyo cuando la situación exceda los recursos de la escuela.

Por último, conviene evaluar los avances. Se puede observar si los estudiantes conocen los canales de ayuda, si las situaciones comunicadas reciben seguimiento, si disminuyen ciertos conflictos reiterados y si mejora la percepción de seguridad en el aula. No todos los cambios serán inmediatos y un aumento de las consultas puede indicar que los alumnos confían más en los adultos y se animan a hablar.

El bienestar emocional no se mide únicamente por la ausencia de conflictos. También importa que los estudiantes puedan expresar desacuerdos, reconocer errores, solicitar ayuda y participar de la vida escolar sin temor a ser humillados.

Una enseñanza para transformar la escuela argentina

La experiencia danesa permite abrir una conversación sobre el lugar que ocupan las emociones en la educación, pero también recuerda que ningún modelo está libre de dificultades. Los datos internacionales muestran que el acoso, la falta de pertenencia y los problemas de convivencia siguen presentes incluso en sistemas educativos con recursos y tradiciones diferentes.

Para Argentina, el desafío consiste en convertir la educación emocional en una práctica cotidiana, conectada con la enseñanza, las normas institucionales y el cuidado de las relaciones. Reconocer emociones, acompañar la frustración, enseñar a resolver desacuerdos, promover la cooperación y escuchar a las familias son acciones que pueden comenzar con los recursos que cada escuela ya tiene.

No hace falta esperar una reforma completa para dar los primeros pasos. Un equipo docente que acuerda cómo intervenir ante las agresiones, una actividad que ayuda a los alumnos a pedir ayuda o una conversación que permite detectar un malestar a tiempo pueden contribuir a mejorar la experiencia escolar.

La escuela también educa cuando enseña a convivir. Si el bienestar emocional forma parte de su trabajo diario, los estudiantes tienen más oportunidades de aprender no solo contenidos académicos, sino también herramientas para comprenderse, relacionarse con otros y afrontar las dificultades de la vida.