Por: Maximiliano Catalisano

¿Qué ocurre cuando un estudiante incumple una norma, interrumpe la clase o responde de manera desafiante? Durante mucho tiempo, la respuesta habitual en muchas escuelas fue recurrir al castigo, la sanción o la exposición pública como forma de recuperar el orden. Sin embargo, existe otra posibilidad: convertir cada situación en una oportunidad para enseñar responsabilidad, reparar el daño y construir acuerdos que tengan sentido para toda la comunidad educativa. Las experiencias de distintos países muestran que es posible establecer límites firmes sin recurrir a la humillación, con estrategias concretas que pueden aplicarse en las escuelas argentinas sin grandes inversiones.

La disciplina sin castigos no significa permitir cualquier comportamiento, eliminar las normas ni dejar que cada estudiante decida qué hacer. Significa distinguir entre sancionar una conducta y enseñar una manera diferente de actuar. Una escuela necesita límites claros, consecuencias previsibles y adultos que intervengan cuando se vulneran los acuerdos. La diferencia está en que la respuesta no busca provocar miedo o sufrimiento, sino ayudar al estudiante a comprender lo sucedido, asumir su responsabilidad y modificar su conducta.

Esta perspectiva se relaciona con la disciplina positiva, las prácticas restaurativas y los sistemas de apoyo conductual. UNICEF propone que la disciplina ayude a desarrollar autocontrol, respeto, cooperación y responsabilidad, mientras que la UNESCO cuenta con orientaciones para crear aulas en las que las normas se comprendan y se sostengan mediante relaciones respetuosas.

Para las instituciones educativas argentinas, la pregunta no es cómo eliminar todas las consecuencias ante una falta, sino cómo conseguir que esas consecuencias tengan un propósito pedagógico y contribuyan a mejorar la convivencia.

Finlandia y otros modelos educativos

Enseñar las normas antes de exigir su cumplimiento. Una de las primeras claves de una convivencia saludable es que los estudiantes conozcan las reglas, comprendan por qué existen y sepan qué se espera de ellos en cada situación. No alcanza con exhibir un reglamento en la cartelera o leerlo durante los primeros días de clase. Las normas necesitan traducirse en comportamientos concretos que puedan aprenderse y practicarse.

En lugar de establecer una lista interminable de prohibiciones, el equipo docente puede acordar tres o cuatro expectativas compartidas, como cuidar a las personas, respetar los turnos de palabra, utilizar los materiales responsablemente y resolver los desacuerdos sin agresiones.

Cada expectativa debe explicarse con ejemplos. ¿Qué significa respetar a los compañeros durante un debate? ¿Cómo se demuestra el cuidado de los materiales? ¿Qué se espera de un estudiante cuando se enoja? Cuanto más concretas sean las respuestas, más sencillo será enseñar las conductas esperadas.

El Centro sobre Intervenciones y Apoyos Conductuales Positivos de Estados Unidos, conocido como Center on PBIS, recomienda establecer expectativas claras, enseñarlas de manera explícita y utilizar respuestas respetuosas cuando se producen conductas que necesitan modificarse. También propone que las escuelas revisen sus prácticas a partir de la información que recogen sobre la convivencia.

Una escuela argentina puede aplicar este enfoque con recursos sencillos: una conversación grupal, ejemplos escritos en el pizarrón y acuerdos visibles en el aula. La clave es que los adultos también respeten las reglas y expliquen las decisiones que toman. Una norma pierde credibilidad cuando se exige a los alumnos, pero no se sostiene desde la conducta adulta.

Estados Unidos

Prevenir los problemas con apoyos conductuales positivos. En numerosas escuelas estadounidenses se utiliza el enfoque PBIS, sigla en inglés de Positive Behavioral Interventions and Supports, que puede traducirse como intervenciones y apoyos conductuales positivos. No se trata de un programa único que deba comprarse, sino de un marco de trabajo que organiza la prevención, la enseñanza de habilidades y el acompañamiento según las necesidades de los estudiantes.

La propuesta comienza con medidas destinadas a toda la comunidad escolar: expectativas compartidas, rutinas previsibles, reconocimiento de conductas positivas y respuestas claras ante los incumplimientos. Cuando esas medidas no alcanzan, pueden incorporarse apoyos más específicos para determinados alumnos o situaciones.

¿Qué significa esto en la práctica? Si durante los recreos se repiten las discusiones por el uso de una cancha, no es necesario esperar a que se produzca una pelea para intervenir. La escuela puede establecer turnos, enseñar cómo resolver desacuerdos y organizar la supervisión adulta. Si un estudiante interrumpe reiteradamente las actividades, el docente puede analizar cuándo ocurre, qué sucede antes y qué ayuda podría necesitar para participar de otra manera.

Este enfoque evita interpretar automáticamente cada dificultad como una falta de voluntad. En algunos casos, la conducta está relacionada con problemas para comprender una consigna, regular las emociones, sostener la atención o afrontar una tarea demasiado difícil. Identificar esos factores permite elegir una intervención más adecuada.

Esto no implica justificar cualquier comportamiento. La institución debe proteger a quienes resultan afectados y sostener los límites necesarios, pero también necesita comprender qué está ocurriendo para evitar que el mismo problema se repita.

Las prácticas restaurativas

Reparar el daño en lugar de limitarse a sancionar. Las prácticas restaurativas buscan que quienes participaron en una situación conflictiva puedan reconocer sus consecuencias, asumir responsabilidades y, cuando sea posible y seguro, contribuir a reparar el daño.

Imaginemos que un alumno rompe intencionalmente el material de un compañero. Una respuesta exclusivamente punitiva podría consistir en enviarlo fuera del aula o imponerle una sanción sin abordar lo sucedido. Una intervención restaurativa, en cambio, incluye detener la conducta, escuchar a las personas involucradas, identificar el perjuicio y establecer una reparación concreta.

El estudiante podría colaborar en la reposición del material, ayudar a ordenar lo que dañó o asumir otra acción relacionada con las consecuencias de su conducta. La medida debe ser proporcional, viable y respetuosa; nunca debería convertirse en una forma de exposición pública o humillación.

También es importante distinguir entre un conflicto ocasional y una situación de acoso escolar. Cuando existe hostigamiento reiterado o una relación desigual de poder, no corresponde obligar a la persona afectada a participar en una mediación con quien la agrede. La prioridad es detener el acoso, proteger al estudiante y activar los procedimientos institucionales correspondientes.

Reparar no significa borrar lo ocurrido ni evitar toda consecuencia. Significa que la respuesta educativa incluya una acción que ayude a comprender el impacto de la conducta y a reducir las posibilidades de que vuelva a suceder.

Consecuencias educativas

Límites firmes sin humillaciones. Una de las dificultades más frecuentes para los docentes consiste en decidir qué hacer cuando un estudiante incumple reiteradamente una norma. Si no hay ninguna respuesta, el resto del grupo puede interpretar que los acuerdos carecen de importancia. Pero si la intervención se basa en gritos, amenazas o sanciones arbitrarias, puede deteriorarse la relación entre adultos y alumnos.

La alternativa es establecer consecuencias relacionadas con la conducta, conocidas de antemano y aplicadas de manera coherente. Si un estudiante utiliza de forma inadecuada un material, puede necesitar una pausa en su uso y una actividad para aprender a cuidarlo. Si interrumpe reiteradamente una exposición, el docente puede recordarle el acuerdo, conversar en privado y establecer una estrategia para respetar los turnos.

Las consecuencias deben cumplir tres condiciones: tener relación con lo sucedido, ser proporcionales y permitir una oportunidad de aprendizaje. No deberían utilizarse para etiquetar al estudiante, amenazarlo frente a sus compañeros o acumular sanciones sin analizar si la intervención está dando resultado.

También es importante diferenciar entre una consecuencia pedagógica y una medida de protección. Ante una agresión física, una amenaza o una situación que pone en riesgo a alguien, la escuela debe actuar de inmediato para garantizar la seguridad. La enseñanza de la responsabilidad no reemplaza los protocolos institucionales ni las medidas que correspondan según la normativa vigente.

La disciplina sin castigos no elimina la autoridad docente. La fortalece cuando se ejerce con claridad, previsibilidad y respeto, sin depender de la intimidación.

Dar participación a los estudiantes en la construcción de los acuerdos

Las normas suelen tener más sentido cuando los estudiantes comprenden su propósito y participan en su elaboración. Esto no significa que todas las reglas deban someterse a votación ni que los derechos y las obligaciones dependan de la opinión de una mayoría. La escuela conserva la responsabilidad de establecer límites para proteger a toda la comunidad.

Sin embargo, es posible abrir espacios de participación para definir cómo se aplicarán esos principios en la vida cotidiana. Un curso puede conversar sobre qué necesita para trabajar sin interrupciones, cómo organizar los materiales compartidos o qué hacer cuando alguien queda excluido de una actividad.

En la práctica, el docente puede proponer una situación concreta y pedir al grupo que identifique el problema, las personas afectadas y las alternativas disponibles. Después, los estudiantes pueden elaborar un acuerdo breve que incluya qué conducta se espera, cómo se llevará a la práctica y qué se hará si no se cumple.

Estos acuerdos deben revisarse cuando dejan de funcionar o cuando cambian las necesidades del grupo. También conviene escuchar a los alumnos que participan poco, sin permitir que las voces más fuertes decidan por todos.

La participación puede fortalecer el compromiso con las normas porque transforma el reglamento en una herramienta para organizar la convivencia. Además, permite enseñar habilidades que se utilizan fuera de la escuela: escuchar, argumentar, negociar y hacerse cargo de las decisiones.

Enseñar autorregulación emocional y resolución de conflictos

No todos los estudiantes cuentan con las mismas herramientas para afrontar la frustración, aceptar un límite o expresar el enojo. Esperar que sepan hacerlo sin haberlo aprendido puede convertir una dificultad en una sucesión de sanciones.

La autorregulación se puede enseñar mediante actividades breves y repetidas. Por ejemplo, el docente puede ayudar a los alumnos a identificar señales de enojo, reconocer cuándo necesitan una pausa y practicar formas respetuosas de expresar desacuerdo. También puede enseñar estrategias para pedir ayuda antes de que una discusión se transforme en una agresión.

Una actividad sencilla consiste en presentar situaciones ficticias y analizar distintas respuestas. Si un compañero toma un objeto sin permiso, ¿qué se puede decir? Si alguien pierde un juego y se enoja, ¿cómo puede expresar su frustración? Si dos estudiantes quieren hablar al mismo tiempo, ¿qué acuerdo podría ayudarlos?

Estas situaciones permiten ensayar alternativas antes de que aparezca un conflicto real. El objetivo no es eliminar emociones como la ira o la tristeza, sino aprender a actuar sin lastimar a otras personas.

La guía de UNICEF sobre disciplina positiva también destaca la importancia de mantener una relación cercana con los niños, reconocer sus conductas constructivas y comunicar claramente las expectativas.

Para los docentes, esto supone evitar las respuestas impulsivas y contar con criterios institucionales compartidos. No es razonable pedir a cada profesor que resuelva por sí solo todas las dificultades de convivencia sin espacios de coordinación y acompañamiento.

Transformar la manera de abordar las normas no requiere necesariamente contratar un programa costoso. Sí exige tiempo para acordar criterios, revisar las prácticas y sostener las intervenciones. La escuela puede comenzar con un plan breve que aproveche los espacios de reunión, las tutorías y las actividades habituales.

El primer paso consiste en identificar los problemas que más se repiten. ¿Hay interrupciones constantes? ¿Se producen conflictos durante los recreos? ¿Algunos estudiantes reciben sanciones reiteradas por situaciones similares? ¿Las normas se aplican de manera diferente según el curso o el adulto que interviene?

El segundo paso es seleccionar pocas expectativas compartidas y definir cómo se enseñarán. Conviene comenzar por situaciones concretas, como respetar los turnos de palabra, cuidar los materiales y resolver desacuerdos sin agresiones.

El tercer paso es acordar respuestas institucionales. Los docentes y los equipos directivos pueden establecer cómo actuar ante incumplimientos leves, conflictos reiterados, agresiones y situaciones que requieren intervención especializada. Esta organización evita improvisaciones y ayuda a que los estudiantes reciban respuestas comprensibles.

Por último, es necesario evaluar los resultados. La escuela puede revisar si disminuyen los incidentes repetidos, si los estudiantes comprenden las normas y si las medidas adoptadas ayudan a reparar los daños. También debe observar si determinados alumnos reciben sanciones de manera reiterada y analizar qué apoyos podrían necesitar.

Una herramienta gratuita para orientar este trabajo es el material de la UNESCO sobre disciplina positiva en aulas inclusivas, que ofrece pautas para organizar el entorno, establecer procedimientos y enseñar conductas esperadas. El marco PBIS también brinda guías y recursos de acceso público para apoyar la prevención y la intervención conductual.Cómo enseñar responsabilidad a los alumnos sin recurrir al castigo

La disciplina sin castigos propone un cambio de perspectiva: la meta no es que los estudiantes obedezcan únicamente por miedo a una sanción, sino que comprendan las normas, reconozcan el impacto de sus decisiones y desarrollen herramientas para convivir con otras personas.

Las experiencias internacionales muestran alternativas que pueden adaptarse a la realidad argentina: enseñar las expectativas, prevenir situaciones problemáticas, establecer consecuencias relacionadas con las conductas, reparar el daño y ofrecer apoyos cuando las dificultades se repiten.

Ningún enfoque elimina por completo los conflictos. Las escuelas necesitan límites, procedimientos de protección y respuestas firmes ante las agresiones. Pero firmeza no significa humillación, y acompañamiento no significa ausencia de normas.

Cuando una institución combina reglas claras, adultos coherentes y oportunidades para aprender de los errores, la convivencia deja de depender exclusivamente del castigo. Se convierte en parte de la tarea educativa: enseñar a cada estudiante que sus decisiones tienen consecuencias, que los demás merecen respeto y que siempre es posible aprender una manera diferente de actuar.