Por: Maximiliano Catalisano
Entornos que cuidan: cómo garantizar el Bienestar Físico y Emocional de los Estudiantes durante la Jornada
Entrar a una escuela debería ser, para cualquier estudiante, una experiencia que transmita calma, previsibilidad y confianza. Sin embargo, en la rutina diaria muchas veces el foco queda puesto únicamente en los contenidos, los tiempos y las evaluaciones, dejando en un segundo plano aquello que sostiene todo aprendizaje posible: el bienestar físico y emocional. Pensar la escuela como un entorno que cuida no es una moda ni una consigna abstracta, sino una necesidad concreta que impacta directamente en la convivencia, en la disposición para aprender y en la salud integral de quienes transitan la jornada escolar. Garantizar ese bienestar no siempre requiere grandes inversiones, sino decisiones pedagógicas conscientes, acuerdos institucionales claros y prácticas sostenidas en el tiempo.
El bienestar físico en la escuela comienza por lo más básico: el cuidado del cuerpo en los espacios cotidianos. Aulas ventiladas, recreos activos, horarios razonables y atención a las necesidades corporales de los estudiantes forman parte de una mirada integral que reconoce que aprender también es un proceso corporal. Permanecer muchas horas sentados, con escasas pausas o en espacios poco confortables, genera cansancio, irritabilidad y desinterés. Por eso, pequeñas acciones como incorporar momentos de movimiento, revisar la organización del mobiliario o habilitar pausas breves durante la clase pueden marcar una diferencia notable en el clima general del aula.
Junto al cuidado físico aparece el bienestar emocional, un aspecto que atraviesa toda la experiencia escolar. Los estudiantes no llegan a la escuela como hojas en blanco: traen consigo emociones, preocupaciones, expectativas y vivencias que influyen en su manera de estar y aprender. Un entorno que cuida es aquel que reconoce esta dimensión y genera condiciones para que las emociones puedan ser expresadas, comprendidas y acompañadas. Esto no implica convertir al docente en terapeuta, sino asumir que enseñar también es vincularse con personas que sienten.
El clima cotidiano como base del bienestar
El clima escolar se construye día a día a partir de gestos, palabras y decisiones aparentemente pequeñas. El modo en que se recibe a los estudiantes al comenzar la jornada, la forma de intervenir ante un conflicto o la manera de comunicar una consigna influyen directamente en cómo se sienten dentro de la escuela. Un trato respetuoso, previsible y coherente genera seguridad emocional y reduce los niveles de ansiedad. Cuando los estudiantes saben qué se espera de ellos y sienten que pueden equivocarse sin ser expuestos, se animan más a participar y a involucrarse en las propuestas pedagógicas.
La organización institucional también cumple un rol central. Escuelas que cuentan con acuerdos claros de convivencia, rutinas estables y criterios compartidos ofrecen un marco de contención que favorece el bienestar general. La incertidumbre constante, los cambios improvisados o los mensajes contradictorios generan tensión y desgaste emocional, tanto en estudiantes como en docentes. Por eso, cuidar el bienestar implica también revisar las prácticas organizativas y promover una cultura escolar basada en el cuidado mutuo.
Otro aspecto clave es la escucha activa. Dar lugar a la palabra de los estudiantes, habilitar espacios de diálogo y mostrar interés genuino por lo que les ocurre fortalece el vínculo pedagógico. Muchas veces, un conflicto o una conducta disruptiva esconden malestar, cansancio o dificultad para expresar emociones. Escuchar no significa justificar todo, sino comprender mejor para intervenir de manera más ajustada y preventiva.
Estrategias posibles dentro de la jornada escolar
Garantizar el bienestar físico y emocional no es una tarea aislada ni exclusiva de un área específica. Atraviesa todas las materias, todos los espacios y todos los momentos de la jornada. Incorporar dinámicas de trabajo más participativas, alternar actividades individuales y grupales, y ofrecer consignas claras y alcanzables ayuda a reducir la frustración y el estrés. Cuando los estudiantes perciben que las propuestas tienen sentido y están a su alcance, se sienten más seguros y motivados.
El acompañamiento emocional también se construye desde la coherencia del adulto. Docentes que regulan sus propias emociones, que intervienen con calma ante situaciones complejas y que sostienen límites claros generan modelos positivos para los estudiantes. El autocuidado docente, en este sentido, es parte del cuidado escolar. Equipos agotados difícilmente puedan sostener entornos saludables. Promover espacios de intercambio entre docentes y revisar colectivamente las prácticas contribuye a mejorar el bienestar de toda la comunidad educativa.
La relación con las familias es otro componente fundamental. Cuando existe comunicación fluida y acuerdos compartidos, se reduce la tensión y se fortalecen las intervenciones. Las familias necesitan saber que la escuela cuida a sus hijos no solo desde lo académico, sino también desde lo humano. Informar, escuchar y construir confianza mutua impacta positivamente en el bienestar de los estudiantes durante la jornada.
Pensar en entornos que cuidan es, en definitiva, pensar en una escuela que reconoce a las personas en su totalidad. El bienestar físico y emocional no es un complemento, sino una condición necesaria para que el aprendizaje ocurra. Escuelas que cuidan logran estudiantes más disponibles, vínculos más sanos y climas de trabajo más sostenibles en el tiempo. Y lo más importante: muchas de estas transformaciones están al alcance de cualquier institución que decida mirar su práctica cotidiana con una perspectiva más humana y consciente.
