Por: Maximiliano Catalisano

Una caja de cartón puede convertirse en un juego matemático. Una botella puede transformarse en material para ciencias. Una revista vieja puede terminar convertida en tarjetas de lectura y un conjunto de hojas usadas puede dar vida a cuadernos, afiches o recursos para una clase. Lo que muchas veces termina en la basura también puede convertirse en una forma concreta de conseguir materiales educativos y, al mismo tiempo, enseñar a los estudiantes que los objetos pueden tener más de una vida.

La economía circular aplicada a la escuela parte justamente de esa idea: en lugar de comprar, usar y desechar, se busca prolongar la vida útil de los materiales mediante la reutilización, reparación, intercambio y reciclaje. La UNESCO plantea que la educación para el desarrollo sostenible puede integrarse en las actividades cotidianas de escuelas, familias y comunidades, sin necesidad de convertirla en una asignatura independiente. 

La propuesta puede resultar especialmente atractiva en contextos donde el presupuesto escolar es limitado. No se trata de reemplazar todos los materiales nuevos por residuos ni de pedirles a las familias que aporten constantemente recursos. El objetivo es construir un circuito comunitario en el que determinados objetos que ya existen puedan transformarse en herramientas para aprender.

Y hay algo todavía más interesante: cuando los estudiantes participan en ese proceso, dejan de ser simples consumidores de materiales escolares y comienzan a preguntarse cuánto vale un objeto, cuánto tiempo puede utilizarse, qué ocurre cuando se descarta y qué posibilidades existen antes de comprar algo nuevo.

Qué significa aplicar la economía circular en una escuela

En un modelo tradicional, una institución puede comprar cartulinas, cajas, hojas, carpetas, elementos para experimentos y otros recursos, utilizarlos durante un tiempo y finalmente desecharlos. La economía circular intenta modificar ese recorrido.

La UNESCO explica que el concepto se contrapone al modelo lineal de extraer materias primas, fabricar, consumir y desechar. En un esquema circular aparecen alternativas como el segundo uso, la reparación, la reutilización y el reciclaje. Su manual para centros educativos incluso propone ejemplos sencillos, como utilizar las hojas por ambas caras, reparar juguetes y prestar libros. 

Llevado al aula, esto puede traducirse en algo muy concreto: antes de comprar un recurso, preguntarse si existe algún material disponible que pueda cumplir una función similar.

Una caja de cereal puede convertirse en una base para tarjetas didácticas. Los tubos de cartón pueden utilizarse en actividades de construcción. Los frascos limpios pueden servir para clasificar objetos, realizar experiencias científicas o almacenar materiales. Los retazos de papel pueden transformarse en fichas para juegos educativos.

El valor no está solamente en ahorrar dinero. También está en convertir una decisión cotidiana —qué hacer con un objeto que ya no usamos— en una experiencia de aprendizaje.

El aula como centro de intercambio

Una de las propuestas más fáciles de implementar es crear un pequeño banco de materiales reutilizables.

Puede ser una estantería, una caja grande o un espacio identificado dentro de la escuela. Allí se pueden reunir materiales limpios y seguros que todavía tengan utilidad: cartones, revistas, sobres, hojas impresas de un solo lado, retazos de telas, tapitas, envases, cajas pequeñas y otros objetos adecuados para actividades escolares.

La clave está en establecer criterios sencillos. No todo residuo sirve para una actividad educativa y la seguridad debe estar por encima del ahorro. Los materiales deben estar limpios, en buenas condiciones y ser apropiados para la edad de los estudiantes.

Las familias pueden participar de manera voluntaria, pero sin que la propuesta se convierta en una obligación económica. Una escuela puede comunicar qué materiales necesita y recibir únicamente aquello que realmente vaya a utilizar.

Otra alternativa es organizar un sistema de intercambio entre cursos. Cuando un grado termina un proyecto, los materiales que todavía están en buenas condiciones pueden pasar a otro grupo.

Así, una misma caja de cartón podría utilizarse primero en una clase de ciencias, después en tecnología y finalmente en una actividad artística.

El objeto permanece en circulación durante más tiempo y cada grupo encuentra una nueva función.

La creatividad docente puede multiplicar las posibilidades. Una actividad de economía circular puede comenzar incluso con una pregunta: «¿qué podemos construir con lo que normalmente tiraríamos?».

En matemática, las tapitas pueden utilizarse para contar, clasificar, trabajar operaciones o representar gráficos. En lengua, los recortes de revistas pueden convertirse en disparadores para escribir historias, describir personajes o analizar titulares. En ciencias, determinados envases pueden servir para observar procesos, clasificar materiales o construir modelos.

En arte, el abanico es todavía mayor: cartón, papel, telas y otros materiales recuperados pueden convertirse en collages, maquetas y producciones colectivas.

En tecnología, los estudiantes pueden diseñar objetos a partir de materiales disponibles y analizar qué cambios serían necesarios para que esos objetos resulten más resistentes o útiles.

La actividad deja de ser simplemente «hacer una manualidad con basura». Se transforma en un ejercicio de diseño, resolución de problemas y pensamiento crítico.

La UNESCO sostiene que la educación para el desarrollo sostenible busca que las personas adquieran conocimientos, habilidades y valores que les permitan tomar decisiones y actuar frente a desafíos como el cambio climático, la pérdida de biodiversidad y el uso excesivo de recursos. 

Por eso, una caja reutilizada puede tener un valor pedagógico mucho mayor que el objeto final que se construye con ella.

Una feria para financiar materiales sin depender de grandes presupuestos

La economía circular también puede utilizarse para generar recursos económicos, siempre que la actividad esté bien organizada y tenga un objetivo educativo claro.

Una escuela puede reunir materiales reciclables mediante campañas comunitarias y destinarlos a circuitos formales de recuperación. Los ingresos obtenidos, cuando exista un comprador o sistema de recolección que los remunere, pueden utilizarse para adquirir determinados recursos que no sea posible fabricar o reutilizar.

Otra opción es organizar una feria de objetos recuperados o producciones elaboradas por los estudiantes. Pueden venderse cuadernos artesanales, juegos educativos, macetas, organizadores, señaladores u otros productos creados a partir de materiales reutilizados.

En este caso, el proyecto puede incorporar contenidos de matemática y educación financiera: calcular costos, estimar precios, registrar ingresos y decidir colectivamente en qué utilizar el dinero obtenido.

Argentina cuenta, además, con antecedentes de políticas públicas vinculadas con la economía circular. El programa PRECICLO fue creado para fortalecer la gestión integral de residuos, promover la separación en origen, aumentar la recuperación de materiales reciclables y fortalecer sus circuitos de comercialización. 

Esto permite conectar el proyecto escolar con una realidad que existe fuera de la institución: los materiales recuperados también forman parte de actividades económicas y sociales.

Una de las mayores posibilidades aparece cuando la escuela deja de trabajar sola.

Comercios cercanos pueden aportar cajas limpias. Imprentas pueden tener recortes de papel. Librerías pueden donar materiales que ya no comercializan. Familias pueden intercambiar libros. Bibliotecas pueden participar en campañas de recuperación. Organizaciones comunitarias pueden colaborar con talleres.

De esta manera, el proyecto deja de ser únicamente una iniciativa de reciclaje y se convierte en una red local.

La UNESCO destaca que las escuelas pueden funcionar como espacios centrales para impulsar la acción ambiental y que su norma de calidad para escuelas verdes incluye la participación comunitaria como una de sus cuatro dimensiones, junto con la gobernanza, la infraestructura y las operaciones, y la enseñanza y el aprendizaje. 

Ese enfoque resulta especialmente interesante porque conecta lo que los chicos aprenden en clase con lo que ocurre alrededor de la escuela.

Si una panadería del barrio entrega cajas para una actividad, los estudiantes pueden conocer cómo se gestiona un comercio. Si una familia aporta libros que ya no utiliza, pueden hablar sobre el valor del intercambio. Si un recuperador urbano participa de una charla, los alumnos pueden conocer el recorrido que realizan determinados materiales después de ser descartados.

La economía circular deja entonces de ser una palabra abstracta.

No hace falta crear un programa enorme desde el primer día. Una escuela puede comenzar con un solo curso y una actividad concreta.

El primer paso puede ser observar qué materiales se desechan habitualmente. Después, seleccionar aquellos que sean seguros y puedan reutilizarse. A partir de allí, docentes y estudiantes pueden decidir qué recursos educativos podrían crear con ellos.

Una buena estrategia consiste en elegir un objetivo económico específico. Por ejemplo: «queremos reunir dinero para comprar libros para la biblioteca» o «queremos conseguir materiales para un laboratorio escolar».

Tener una meta concreta ayuda a que los estudiantes comprendan para qué se realiza la campaña.

También permite medir los resultados. ¿Cuántos kilos de materiales se recuperaron? ¿Cuántos objetos fueron reutilizados? ¿Cuánto dinero se obtuvo? ¿Qué materiales dejaron de comprarse porque pudieron fabricarse o conseguirse mediante intercambio?

Esos datos pueden convertirse en parte del aprendizaje.

Incluso la propia planificación puede ser un ejercicio interdisciplinario. Matemática puede trabajar con cantidades y presupuestos; ciencias, con materiales y residuos; lengua, con campañas de comunicación; tecnología, con diseño; arte, con transformación de objetos; y ciencias sociales, con el impacto que tienen los hábitos de consumo sobre la comunidad.

La propuesta, de esta manera, no agrega necesariamente una actividad aislada al calendario escolar. Puede integrarse dentro de contenidos que ya forman parte de las clases.

Hay un riesgo frecuente cuando una escuela comienza a trabajar con reutilización: convertir el aula en un depósito.

Guardar cada objeto «por las dudas» no es economía circular. Si un material ocupa espacio durante meses, se deteriora y finalmente termina descartado, no se consiguió el objetivo.

Por eso conviene revisar periódicamente qué materiales existen y cuáles realmente tienen un uso previsto.

También es importante enseñar que reducir el consumo y reutilizar antes de reciclar suelen ser decisiones distintas. Si una carpeta puede seguir utilizándose, no tiene sentido descartarla para fabricar otra. Si un libro puede circular entre estudiantes, quizá sea mejor prestarlo que convertirlo inmediatamente en papel reciclado.

La economía circular invita precisamente a pensar qué opción permite conservar durante más tiempo el valor de aquello que ya existe.

Y ese concepto puede convertirse en una pregunta permanente dentro del aula: ¿realmente necesitamos comprarlo o podemos reutilizar, reparar, intercambiar o transformar algo que ya tenemos?

Una escuela que convierte los residuos en oportunidades

El verdadero potencial de esta propuesta aparece cuando el ahorro deja de ser el único objetivo.

Una escuela puede gastar menos en determinados materiales y, al mismo tiempo, enseñar a sus estudiantes a observar los objetos de otra manera. Una caja deja de ser basura y se convierte en materia prima. Un libro usado vuelve a circular. Una hoja impresa por una cara encuentra una segunda oportunidad. Un retazo de tela se transforma en un recurso para una clase.

UNICEF señala que contar con materiales educativos adecuados forma parte de las condiciones necesarias para una educación de calidad. 

Además, la propuesta coincide con una mirada que gana espacio en los sistemas educativos: enseñar sostenibilidad no solamente desde los libros, sino mediante acciones concretas.

En América Latina y el Caribe, un informe conjunto de UNICEF, UNESCO y el PNUMA publicado en 2025 identificó políticas, programas, desafíos y oportunidades para integrar el ambiente y el cambio climático dentro de la educación. 

Eso significa que una campaña de reciclaje escolar puede ser mucho más que una actividad para juntar botellas.

Puede enseñar a administrar recursos, trabajar en comunidad, resolver problemas, diseñar objetos, calcular costos, comunicar una idea y tomar decisiones sobre el consumo.

Y quizá allí esté la mejor parte del modelo: el material que ayuda a financiar una clase también puede convertirse en parte de esa misma clase.

La economía circular en la escuela no necesita comenzar con grandes inversiones. Puede empezar con una caja, una pregunta y un grupo dispuesto a mirar aquello que normalmente termina en la basura con otros ojos.

Porque cuando una comunidad aprende a reutilizar lo que ya tiene, no solamente reduce desperdicios. También descubre que ahorrar dinero, aprender y cuidar el ambiente pueden formar parte del mismo proyecto.