Por: Maximiliano Catalisano
Una discusión por un lugar en la fila, un comentario que molestó a un compañero, un grupo que dejó afuera a otro estudiante o un malentendido durante un trabajo pueden ocupar apenas unos minutos, pero dejar emociones dando vueltas durante mucho más tiempo. ¿Y si en lugar de limitarse a hablar sobre esos conflictos, los chicos pudieran representarlos, cambiar de personaje y probar otras maneras de responder? El teatro espontáneo escolar ofrece una herramienta sencilla y prácticamente gratuita para convertir situaciones cotidianas en oportunidades de aprendizaje, escucha y reflexión.
No hace falta contar con un escenario, disfraces ni experiencia teatral. Un aula despejada, algunas situaciones propuestas por los estudiantes y unos minutos pueden ser suficientes para poner en marcha una dinámica de juego de roles. La idea no es convertir a los alumnos en actores profesionales ni representar públicamente problemas reales de determinados compañeros. Se trata de crear escenas ficticias o adaptadas que permitan analizar qué ocurre durante un conflicto y experimentar distintas formas de abordarlo.
La investigación educativa ha encontrado vínculos entre el uso de estrategias dramáticas y el desarrollo de habilidades relacionadas con la empatía, la comunicación, la colaboración y las relaciones interpersonales. Un estudio realizado en una escuela primaria multicultural, por ejemplo, observó aportes del teatro educativo al desarrollo de habilidades vinculadas con la empatía, la colaboración y las relaciones entre estudiantes.
El aula se convierte en un pequeño escenario
El teatro espontáneo funciona porque permite sacar un conflicto de su contexto habitual y observarlo desde afuera.
Imaginemos una escena: dos estudiantes quieren utilizar el mismo material durante una actividad. Uno lo toma primero y la otra protesta. En una conversación convencional, probablemente cada uno explique su versión. En una dramatización, en cambio, pueden representar la situación y después intercambiar los papeles.
El estudiante que inicialmente interpretaba a quien tomó el material pasa a representar al compañero que se quedó esperando. El otro ocupa el papel contrario.
Ese cambio aparentemente sencillo puede abrir una pregunta interesante: ¿qué cambia cuando vemos la situación desde otro lugar?
No significa que interpretar a otra persona permita conocer exactamente lo que piensa o siente. Pero sí puede ayudar a considerar que una misma escena admite distintas perspectivas.
La investigación sobre teatro y educación ha estudiado precisamente el valor del juego de roles y la perspectiva del otro. En experiencias de teatro aplicado a situaciones de acoso escolar, los estudiantes utilizaron representaciones para ensayar respuestas, considerar diferentes puntos de vista y reflexionar sobre posibles formas de intervenir.
El conflicto no se representa para buscar culpables
Uno de los puntos más importantes para que esta actividad funcione es separar el juego de las acusaciones.
Si existe un conflicto real entre dos estudiantes, no conviene pedirles delante de toda la clase que lo representen utilizando sus nombres. Eso puede aumentar la exposición y generar nuevas tensiones.
Es preferible transformar la situación en una escena ficticia.
Por ejemplo, en lugar de decir “vamos a representar lo que pasó ayer entre Juan y Pedro”, el docente puede plantear: “Dos compañeros están haciendo un trabajo y uno de ellos siente que el otro no lo escucha”.
El problema sigue siendo reconocible, pero deja de apuntar directamente a una persona.
También pueden inventarse escenas a partir de situaciones habituales: compartir materiales, formar equipos, esperar turnos, interpretar un mensaje, recibir una crítica, perder un juego o decidir quién participa en una actividad.
El objetivo no es determinar quién tiene razón.
La pregunta central es otra: ¿qué podrían hacer los personajes a partir de este momento?
La dinámica más simple puede durar diez minutos
Una actividad de teatro espontáneo no necesita ocupar una clase completa.
El docente puede comenzar presentando una situación breve y asignando dos o tres roles. Los estudiantes tienen uno o dos minutos para imaginar cómo actuarían, sin preparar un guion palabra por palabra. Después representan la escena.
La espontaneidad es parte del ejercicio.
Cuando termina la primera versión, el docente puede preguntar qué observaron. ¿Dónde comenzó el conflicto? ¿Qué hizo que aumentara la tensión? ¿Alguien intentó escuchar? ¿Qué frase cambió el tono de la conversación? ¿Qué otra respuesta podría haber aparecido?
Luego se representa nuevamente la escena, pero cambiando una decisión.
Por ejemplo, si en la primera versión un personaje interrumpe, en la segunda puede esperar su turno. Si uno acusa, puede intentar explicar cómo se siente. Si dos personas discuten por un objeto, pueden buscar otra solución.
La clase puede comparar las diferentes versiones.
Así, los estudiantes no reciben una lista de “respuestas correctas”. Las prueban.
El intercambio de roles cambia la mirada
Una de las dinámicas más sencillas consiste en hacer que los participantes intercambien personajes.
Si una escena presenta a un estudiante que se siente excluido y otro que no advierte lo que ocurre, ambos pueden interpretar primero su papel original y luego cambiarlo.
El docente puede detener la escena en determinados momentos y preguntar qué alternativas existen.
Esta técnica tiene antecedentes en propuestas educativas que utilizan el juego de roles para ayudar a los estudiantes a reconocer emociones, adoptar perspectivas diferentes y pensar respuestas ante conflictos. Materiales pedagógicos recopilados por ERIC también describen el intercambio de roles como una estrategia para practicar la toma de perspectiva y trasladar esas habilidades a situaciones de la vida cotidiana.
La actividad puede ser especialmente interesante cuando los alumnos descubren que una misma frase puede sonar diferente según el contexto, el tono o la relación entre los personajes.
Una técnica económica para practicar antes de un conflicto real
El teatro espontáneo tiene una ventaja pedagógica importante: permite ensayar cuando el problema todavía no está ocurriendo.
Un grupo puede practicar cómo pedir que alguien se detenga cuando una broma resulta incómoda. Otro puede representar qué hacer cuando dos compañeros quieren ser los primeros en una actividad. Otro puede explorar cómo intervenir cuando una persona queda apartada de un juego.
El conflicto se transforma en una situación simulada.
Eso permite equivocarse sin que exista necesariamente una consecuencia real.
Un estudiante puede probar una respuesta que no funciona. El grupo puede analizarla y ensayar otra. Después puede descubrir que una frase aparentemente correcta no resuelve el problema si se dice con un tono agresivo.
La representación permite hacer visible algo que una explicación teórica muchas veces no consigue: las palabras, los silencios, los gestos y el tono también forman parte de la comunicación.
Del “¿quién empezó?” al “¿qué podemos hacer ahora?”
Cuando aparece un conflicto en la escuela, es frecuente que la conversación se concentre en reconstruir quién hizo qué primero.
Esa información puede ser necesaria en determinadas situaciones, pero para aprender a resolver conflictos también resulta útil mirar hacia adelante.
¿Qué podemos hacer ahora?
El teatro espontáneo permite trabajar precisamente esa pregunta.
Una escena puede detenerse en el momento de mayor tensión. Los estudiantes proponen diferentes continuaciones y luego las representan.
Una opción puede ser pedir ayuda a un adulto. Otra, intentar llegar a un acuerdo. Otra, separarse durante unos minutos para bajar la tensión. Otra, explicar qué molestó sin atacar al compañero.
No todas las alternativas funcionarán en todas las situaciones. Eso también es parte del aprendizaje.
El objetivo es que los estudiantes comprendan que un conflicto no tiene necesariamente una única respuesta.
Cómo evitar que la actividad se convierta en una burla
El humor puede aparecer naturalmente en el teatro escolar, pero el docente debe establecer algunos límites.
No está permitido imitar de manera ofensiva a compañeros, ridiculizar características personales ni utilizar una situación real para exponer a alguien. Tampoco conviene obligar a participar a estudiantes que no se sienten cómodos actuando frente al grupo.
Existen diferentes formas de intervenir.
Un alumno puede ser narrador, encargado de observar, creador de preguntas o responsable de registrar las distintas soluciones que aparecen. De esta manera, participar no significa necesariamente actuar.
También puede trabajarse en grupos pequeños antes de pasar a una representación frente a toda la clase.
La seguridad emocional del espacio es parte de la actividad. La investigación sobre el uso pedagógico del juego de roles advierte precisamente que estas dinámicas requieren una conducción cuidadosa, especialmente cuando se trabajan situaciones sensibles.
El docente no tiene que dar la respuesta final
Otra característica interesante del teatro espontáneo es que el docente puede asumir un papel diferente al de quien explica cuál sería la solución correcta.
Puede convertirse en facilitador.
Después de una escena, en lugar de decir “lo que deberían haber hecho era…”, puede preguntar: “¿qué otras posibilidades encontraron?”.
También puede introducir una modificación: “¿qué pasaría si el personaje tuviera miedo de hablar?”, “¿y si ninguno quiere ceder?”, “¿qué podría hacer un compañero que está observando?”.
Las preguntas hacen que la escena evolucione.
En estudios sobre pedagogía dramática, los alumnos han señalado que este tipo de experiencias puede favorecer la participación y la conversación en el aula. Un estudio registrado por ERIC encontró que el trabajo con drama estuvo asociado con discusiones más abiertas en clase y con mejoras en actitudes hacia el aprendizaje en el contexto estudiado.
El juego de roles también puede conectarse con otras materias
Aunque la propuesta está especialmente vinculada con la convivencia, puede utilizarse en diferentes áreas.
En lengua, los estudiantes pueden escribir diálogos y analizar cómo cambia una escena cuando se modifica una palabra o una expresión.
En ciencias sociales, pueden representar una situación histórica desde distintos puntos de vista.
En literatura, pueden interpretar a personajes que deben tomar decisiones y discutir qué alternativas tenían.
En formación ciudadana, pueden dramatizar una asamblea escolar, una discusión sobre el uso de un espacio común o un problema relacionado con normas de convivencia.
Incluso en matemática puede utilizarse una pequeña escena para representar un problema cotidiano y analizar cómo diferentes personajes interpretan la misma información.
La actividad deja de ser un “recreo teatral” y pasa a formar parte del aprendizaje.
Un recurso casi gratuito para las escuelas
Quizás uno de los mayores atractivos del teatro espontáneo escolar sea su bajo costo.
No necesita vestuario especial. Una silla puede representar un banco, una hoja puede convertirse en un cartel y un aula vacía puede funcionar como escenario.
Tampoco hace falta contar con formación teatral avanzada para comenzar con pequeñas escenas.
La inversión principal es el tiempo de planificación.
Una escuela puede establecer una dinámica semanal de diez o quince minutos. Cada semana se trabaja una situación diferente y se guarda un breve registro de lo aprendido.
Con el tiempo, los propios estudiantes pueden proponer escenas.
Esto permite que el proyecto evolucione desde situaciones diseñadas por el docente hacia una participación cada vez mayor de los alumnos.
El cierre es tan importante como la escena
Representar un conflicto puede ser entretenido, pero la reflexión posterior es la que convierte el juego en una experiencia de aprendizaje.
Después de cada escena conviene reservar algunos minutos para conversar.
¿Qué vimos?
¿Qué hizo que el conflicto creciera?
¿Qué intentos ayudaron?
¿Qué no funcionó?
¿Cómo se sintieron los personajes?
¿Qué podría probarse de otra manera?
¿Hay algo parecido que pueda ocurrir en la vida escolar?
No es necesario que todos respondan. También puede pedirse que escriban una frase en un papel o anoten una alternativa.
El cierre puede ser muy breve, pero ayuda a conectar la ficción con situaciones reales.
Un estudio sobre process drama encontró precisamente que la combinación entre participación dramática y discusión reflexiva puede contribuir a que los estudiantes examinen valores y desarrollen recursos para abordar problemas interpersonales.
Aprender a resolver conflictos también requiere practicar
Esperar que los chicos sepan resolver una discusión solamente porque los adultos les explicaron cómo hacerlo puede ser insuficiente.
Las habilidades sociales, como muchas otras, necesitan oportunidades de práctica.
El juego de roles ofrece un espacio para ensayar.
Los estudiantes pueden equivocarse, cambiar de personaje, probar una frase diferente y descubrir cómo cambia una situación cuando modifican una decisión.
No se trata de garantizar que nunca vuelvan a discutir. Los conflictos forman parte de la vida escolar y de cualquier grupo humano.
La meta es que, cuando aparezcan, existan más herramientas para afrontarlos.
Una investigación realizada con estudiantes de primaria sobre un programa de educación para la resolución de conflictos encontró mejoras en habilidades de resolución constructiva y competencia social, además de una disminución de conductas agresivas en el grupo que recibió la intervención.
El teatro puede ser una de las maneras de practicar esas habilidades sin convertir cada conflicto real en una clase improvisada.
Y quizás allí esté su mayor valor: una escena inventada puede preparar a los estudiantes para mirar de otra manera una situación verdadera.
No hace falta un escenario profesional, grandes presupuestos ni materiales especiales.
A veces alcanza con dos sillas, una situación cotidiana y una pregunta:
“¿qué pasaría si probamos otra forma de responder?”
