Por: Maximiliano Catalisano

La voz y el cuerpo del docente son sus principales herramientas de trabajo, pero pocas veces reciben la atención que merecen. Día tras día, en aulas ruidosas, con muchas horas de pie y frente a grupos numerosos, los educadores ponen en juego su garganta, su espalda y su energía sin darse cuenta del desgaste acumulado. Esta guía nace para mostrar que es posible cuidar a quien enseña con acciones simples, accesibles y sostenidas en el tiempo, sin necesidad de recurrir a soluciones costosas ni a rutinas imposibles de mantener.

Hablar durante horas, proyectar la voz por encima del murmullo del aula y mantener una postura tensa frente al pizarrón o la computadora genera un impacto directo en la salud vocal y muscular. La buena noticia es que pequeños ajustes en la manera de usar la voz y el cuerpo pueden marcar una diferencia enorme en el bienestar diario y en la continuidad laboral del docente.

La voz como herramienta de trabajo

La voz no es solo un medio para transmitir contenidos, es el canal a través del cual se construye el vínculo con los estudiantes. Una voz clara, estable y sin dolor permite explicar mejor, sostener la atención y evitar el cansancio extremo al final de la jornada.

Cuando la voz se fuerza, aparecen carraspeos, ronquera, picazón en la garganta y, con el tiempo, problemas más serios que pueden llevar a licencias prolongadas. Por eso, la higiene vocal no es un lujo, es una necesidad cotidiana.

Cuidar la voz implica, en primer lugar, hidratarse de manera constante. Beber agua a lo largo del día mantiene las cuerdas vocales lubricadas y reduce el esfuerzo al hablar. No hace falta nada sofisticado, una botella en el escritorio ya es una gran aliada. También es importante evitar gritar o hablar por encima del ruido, algo muy común en el aula. En lugar de subir el volumen, conviene hacer una pausa, esperar el silencio o usar señales visuales para captar la atención.

Respirar para hablar mejor

Muchas molestias vocales se originan en una respiración inadecuada. Respirar de manera superficial, levantando los hombros, obliga a la garganta a hacer un esfuerzo extra. En cambio, una respiración profunda, que expande el abdomen, permite que la voz salga con mayor apoyo y menos tensión.

Practicar unos minutos de respiración consciente antes de entrar al aula o en los recreos puede cambiar por completo la forma de hablar. No se trata de técnicas complejas, sino de tomar aire lentamente por la nariz, dejar que el abdomen se expanda y soltarlo despacio mientras se habla.

El cuerpo también enseña

El docente no solo habla, también se mueve, escribe en el pizarrón, se inclina sobre los bancos y pasa horas de pie o sentado frente a una pantalla. Si la postura es incorrecta, aparecen dolores en la espalda, el cuello y los hombros, que con el tiempo afectan la calidad de vida.

La ergonomía busca adaptar el cuerpo al trabajo y no al revés. Ajustar la altura de la silla, apoyar bien los pies en el suelo y mantener la espalda recta cuando se trabaja sentado reduce la carga sobre la columna. En el aula, conviene alternar entre estar de pie y sentado, evitando permanecer en una sola posición durante mucho tiempo.

Cuando se escribe en el pizarrón, es mejor acercarse y usar todo el brazo, en lugar de estirarse y forzar el hombro. Estos pequeños cambios previenen molestias que suelen naturalizarse, pero que no deberían formar parte del día a día.

Micro pausas que hacen la diferencia

No es necesario esperar a las vacaciones para cuidar el cuerpo. Las micro pausas, de uno o dos minutos, permiten relajar los músculos y recuperar energía. Estirar el cuello, mover los hombros, girar la cabeza suavemente o caminar unos pasos entre clase y clase ayuda a liberar tensiones acumuladas.

Estas pausas también benefician a la voz, ya que permiten descansar de la emisión continua. Un momento de silencio consciente puede ser tan reparador como un vaso de agua.

El entorno del aula importa

El ruido, el polvo y la falta de ventilación afectan tanto a la voz como al cuerpo. Siempre que sea posible, ventilar el aula, evitar hablar cuando hay mucho ruido de fondo y mantener un ambiente lo más limpio posible contribuye a una mejor salud vocal.

No hace falta equipamiento especial, solo prestar atención a estas condiciones y ajustarlas dentro de lo que permite cada contexto.

La tecnología como aliada

En muchas aulas ya hay micrófonos, parlantes o dispositivos que amplifican la voz. Usarlos correctamente reduce el esfuerzo vocal y permite que el docente hable en un tono más cómodo. Incluso un pequeño altavoz portátil puede ser una inversión mínima con un gran impacto en la salud.

Cuidarse para seguir enseñando

Cuidar la voz y el cuerpo no es una cuestión de vanidad, es una forma de proteger la posibilidad de seguir enseñando a lo largo del tiempo. Cuando un docente se siente bien físicamente, puede concentrarse en su tarea, disfrutar del aula y sostener su vocación con menos desgaste.

La higiene vocal y la ergonomía no requieren grandes gastos ni conocimientos especializados. Se basan en observar cómo se usa el cuerpo, hacer pequeños ajustes y sostener hábitos simples. Con el paso de las semanas, esos cambios se traducen en menos dolor, más energía y una experiencia laboral más llevadera.

En un contexto donde las demandas sobre el docente son cada vez mayores, cuidarse es también una forma de valorar el propio trabajo. La voz que explica, el cuerpo que acompaña y la presencia que sostiene el aula merecen atención y respeto, empezando por uno mismo.