Por: Maximiliano Catalisano

¿Qué pueden aprender las escuelas argentinas de tres países que están transformando la educación con tecnología? Corea del Sur apuesta por nuevas herramientas digitales y experiencias de aprendizaje personalizado; Estonia incorpora las competencias digitales al currículo escolar; y Singapur desarrolla una estrategia nacional para integrar la tecnología en la enseñanza y preparar a los estudiantes para los desafíos del futuro. Aunque sus sistemas educativos tienen historias y recursos diferentes, comparten una idea interesante: la innovación no consiste simplemente en llenar las aulas de dispositivos, sino en lograr que la tecnología ayude a aprender, investigar y resolver problemas. Conocer estos modelos permite descubrir estrategias que también pueden aplicarse en escuelas con presupuestos limitados.

Corea del Sur se encuentra entre los países que han impulsado políticas educativas orientadas a incorporar inteligencia artificial y recursos digitales en las aulas. Una de sus iniciativas más conocidas fue el desarrollo de libros de texto digitales con inteligencia artificial, concebidos para ofrecer actividades adaptadas al desempeño de los estudiantes y proporcionar información que ayude a los docentes a identificar dificultades de aprendizaje.

En noviembre de 2024, el Ministerio de Educación surcoreano anunció la aprobación de 76 libros de texto digitales con inteligencia artificial para su utilización prevista a partir de 2025 en determinados cursos de primaria y secundaria, inicialmente en áreas como inglés, matemática e informática. La propuesta contemplaba acompañar la incorporación de estos materiales con formación docente y mejoras de infraestructura.

La idea pedagógica detrás de estas herramientas es ofrecer distintas oportunidades de práctica según las necesidades de cada alumno. Si un estudiante tiene dificultades con una operación matemática, el sistema puede proponer ejercicios adicionales; si otro comprende el procedimiento, puede avanzar hacia problemas más complejos. El docente utiliza esa información como una referencia para organizar el acompañamiento, sin delegar en el sistema las decisiones pedagógicas.

Sin embargo, la experiencia surcoreana también permite reconocer que introducir tecnología a gran escala requiere evaluación, diálogo con la comunidad educativa y atención a las condiciones de uso. Las herramientas digitales deben analizarse por su aporte real al aprendizaje, sus costos, la protección de los datos y el tiempo de formación que necesitan los profesores.

¿Qué puede aplicar una escuela argentina? No hace falta comprar libros digitales con inteligencia artificial para aprovechar esta idea. Un docente puede preparar ejercicios de distintos niveles, organizar actividades de recuperación y ofrecer desafíos adicionales utilizando materiales que ya tiene o herramientas gratuitas. El objetivo es reconocer que los alumnos no siempre necesitan la misma explicación ni la misma cantidad de práctica.

Estonia desarrolló una estrategia de digitalización que abarca distintos ámbitos de la vida pública, y la educación forma parte de ese proceso. En sus orientaciones curriculares, la competencia digital se considera una capacidad transversal que puede trabajarse en diferentes materias, en lugar de quedar restringida a una asignatura de informática.

El enfoque incluye aprender a utilizar herramientas tecnológicas, buscar información, resolver problemas, crear contenidos y actuar de manera responsable en entornos digitales. El portal oficial Education Estonia explica que el currículo incorpora estas competencias y que el país dispone de modelos de referencia para orientar el trabajo de docentes y estudiantes.

Una iniciativa destacada es ProgeTiger, lanzada en 2012 para promover la alfabetización tecnológica mediante actividades relacionadas con programación, robótica y otras experiencias prácticas. El propósito es acercar a niños y jóvenes a la tecnología desde edades tempranas, desarrollando la capacidad de comprenderla y utilizarla para crear, no solamente para consumir contenidos.

Esta perspectiva ofrece una enseñanza valiosa: la alfabetización digital no debería reducirse a saber manejar una computadora o una aplicación. También implica comprender cómo funciona la información, reconocer riesgos, resolver problemas y tomar decisiones fundamentadas.

Una escuela puede adaptar esta idea sin instalar un laboratorio de robótica. En matemática, los alumnos pueden construir secuencias de instrucciones para resolver un problema; en lengua, analizar cómo cambia una búsqueda según las palabras utilizadas; en ciencias naturales, registrar observaciones en una planilla digital; y en tecnología, diseñar un prototipo con materiales reutilizados.

Incluso las actividades sin dispositivos pueden desarrollar pensamiento computacional. Ordenar instrucciones, detectar errores en una secuencia o dividir un problema complejo en pasos pequeños permite trabajar habilidades relacionadas con la programación sin depender de equipos costosos.

La experiencia de Estonia también muestra la importancia de ofrecer referencias comunes para la formación docente. Cuando los profesores cuentan con orientaciones claras sobre las competencias que deben desarrollar, pueden integrar la tecnología en sus materias sin tener que diseñar todo desde cero.

Singapur adoptó una planificación sostenida para incorporar herramientas digitales a la educación. Su trayectoria incluye distintos planes nacionales de tecnología educativa y, en 2023, el lanzamiento del EdTech Masterplan 2030, conocido como el plan para transformar la educación mediante la tecnología.

La iniciativa busca integrar recursos digitales en la enseñanza, fortalecer las competencias tecnológicas de los estudiantes y aprovechar herramientas como la inteligencia artificial para ofrecer experiencias de aprendizaje más adaptadas a sus necesidades. También contempla el desarrollo de capacidades para el aprendizaje autónomo y colaborativo.

Uno de los aspectos interesantes del modelo es que la tecnología se considera parte de una estrategia educativa más amplia. No se trata únicamente de entregar dispositivos: también importa qué actividades se realizan con ellos, cómo se acompaña a los docentes y qué habilidades se espera que desarrollen los alumnos.

Singapur impulsa, además, propuestas relacionadas con la programación, el pensamiento computacional y la creación tecnológica. Estas experiencias permiten que los estudiantes exploren problemas, diseñen soluciones y comprendan mejor las herramientas que utilizan.

Para una escuela argentina, una adaptación posible es organizar un proyecto en el que los estudiantes utilicen recursos digitales para investigar una necesidad de su comunidad. Pueden recopilar información sobre el consumo de agua, analizar datos de residuos o diseñar una campaña para promover hábitos saludables. Las herramientas tecnológicas sirven para registrar, organizar y presentar los resultados, mientras que el aprendizaje depende de las preguntas, la investigación y la reflexión del grupo.

Otra lección es la importancia de planificar la incorporación tecnológica a lo largo del tiempo. En lugar de sumar muchas aplicaciones durante un mismo ciclo lectivo, una institución puede elegir una necesidad, probar una solución y revisar sus resultados antes de ampliar la experiencia.

Tres países, tres enfoques y una enseñanza compartida

Aunque Corea del Sur, Estonia y Singapur desarrollaron estrategias diferentes, sus experiencias permiten identificar tres líneas de trabajo que pueden inspirar a las escuelas de otros países.

Corea del Sur pone en primer plano el potencial de los recursos digitales para acompañar el aprendizaje personalizado. Estonia destaca la formación de competencias digitales que atraviesan distintas materias. Singapur muestra la importancia de sostener una planificación institucional y vincular la tecnología con objetivos educativos de largo plazo.

Estas diferencias son importantes porque no existe un modelo universal que pueda trasladarse sin modificaciones. Cada sistema educativo trabaja con recursos, tradiciones, condiciones sociales y necesidades particulares. Por eso, copiar una plataforma o una política extranjera no garantiza obtener los mismos resultados.

Lo más útil es identificar los principios que pueden adaptarse. Una escuela puede tomar la idea de ofrecer diferentes niveles de práctica, incorporar competencias digitales en varias materias o establecer acuerdos institucionales sobre el uso de inteligencia artificial. La decisión depende de los objetivos pedagógicos y de las condiciones concretas de cada comunidad.

La transformación digital puede comenzar con recursos disponibles y decisiones acotadas. Antes de adquirir dispositivos o contratar plataformas, conviene que la escuela identifique una dificultad concreta: estudiantes que necesitan más oportunidades de práctica, docentes que dedican demasiado tiempo a preparar materiales o cursos que requieren nuevas propuestas para investigar y colaborar.

A partir de ese diagnóstico, se puede diseñar una experiencia breve. Por ejemplo, un equipo docente puede elaborar actividades de distintos niveles para una unidad de Matemática y observar cuáles ayudan a los estudiantes a superar las dificultades. Otro grupo puede incorporar competencias digitales a una investigación de Ciencias Sociales, trabajando la búsqueda, la selección y la verificación de fuentes.

También resulta útil crear una carpeta compartida con materiales revisados, consignas, rúbricas y propuestas que hayan funcionado. Esta organización permite reutilizar recursos y reducir el tiempo destinado a preparar actividades similares en distintos cursos.

Si la conectividad es limitada, las tareas pueden organizarse por equipos, alternarse con actividades impresas o desarrollarse con materiales descargados previamente. La falta de dispositivos individuales no tiene por qué impedir el trabajo con competencias digitales, siempre que las propuestas se diseñen considerando las condiciones reales de la institución.

La formación docente y la protección de datos deben acompañar cualquier iniciativa. Los profesores necesitan comprender las posibilidades y limitaciones de las herramientas, revisar la información que producen y establecer criterios para su utilización. Además, deben evitar compartir datos personales de estudiantes en plataformas que no hayan sido evaluadas y autorizadas.

Finalmente, es necesario evaluar los resultados. ¿Los alumnos comprendieron mejor el contenido? ¿Pudieron resolver problemas con mayor autonomía? ¿La herramienta redujo o aumentó el tiempo de preparación? ¿Todos pudieron participar? Estas preguntas permiten decidir si una experiencia merece continuar, necesita cambios o debería reemplazarse por otra alternativa.

La tecnología educativa no debe medirse por la cantidad de dispositivos que posee una escuela, sino por las oportunidades de aprendizaje que ayuda a construir. Corea del Sur, Estonia y Singapur ofrecen experiencias diferentes, pero sus modelos invitan a pensar de manera planificada, formar a los docentes y utilizar los recursos digitales con un propósito claro.

Para las escuelas argentinas, el desafío consiste en transformar estas referencias internacionales en prácticas concretas y accesibles. No hace falta disponer de presupuestos extraordinarios para comenzar: una actividad bien diseñada, una herramienta gratuita y un equipo docente dispuesto a revisar los resultados pueden abrir el camino hacia nuevas formas de enseñar y aprender.