Por: Maximiliano Catalisano
El recreo parece uno de los pocos momentos de la jornada escolar en los que los estudiantes pueden hacer lo que quieren: conversar, caminar, jugar, compartir algo para comer o simplemente desconectarse de las exigencias de la clase. Pero durante los últimos años apareció un tercer protagonista que modificó esa escena: el celular. Cuando los teléfonos desaparecen del patio, también cambia la manera en que los adolescentes ocupan ese tiempo. Algunos vuelven a hablar cara a cara, otros buscan nuevas formas de entretenimiento y algunos sienten que pierden una herramienta que utilizaban para comunicarse. ¿Qué ocurre realmente con los vínculos cuando la pantalla deja de estar disponible?
La discusión sobre el uso de celulares en las escuelas suele concentrarse en el aula. Sin embargo, el recreo puede ser incluso más interesante para analizar el fenómeno, porque allí no existe una explicación docente que seguir ni una actividad obligatoria que resolver. Es un espacio de encuentro. Por eso, sacar el teléfono del patio no significa solamente quitar una pantalla: implica modificar las condiciones en las que los estudiantes se relacionan entre ellos.
El patio escolar después del celular
Durante mucho tiempo, el recreo estuvo asociado a conversaciones, juegos, movimientos constantes y pequeños grupos que se formaban y se desarmaban a lo largo de la jornada. Con la llegada de los smartphones, esa dinámica se transformó. Un estudiante puede estar sentado junto a sus compañeros y, al mismo tiempo, conversar con alguien que se encuentra en otro lugar, mirar videos, responder mensajes o recorrer redes sociales.
Esto no significa que el celular haya eliminado los vínculos cara a cara. De hecho, muchas veces ocurre lo contrario: una fotografía, un video, una canción o un mensaje pueden convertirse en el motivo de una conversación entre amigos. El teléfono también puede funcionar como un objeto compartido.
Pero existe una diferencia entre utilizar una pantalla como parte de una interacción y permanecer concentrado individualmente en ella mientras otras personas están alrededor.
Investigaciones recientes muestran que este punto merece atención. Un estudio realizado en cinco escuelas secundarias de Australia, que analizó las respuestas abiertas de 1.549 estudiantes, encontró que los adolescentes mencionaron tanto beneficios como dificultades vinculadas con las restricciones a los teléfonos. Entre los beneficios aparecieron más interacción cara a cara y mayor participación en las actividades escolares; entre las dificultades, la pérdida de ciertas funciones sociales y problemas para manejar emociones sin recurrir al dispositivo.
La conclusión resulta interesante porque evita una respuesta sencilla. Para algunos jóvenes, sacar el celular puede abrir la puerta a más conversaciones. Para otros, puede quitar una herramienta que utilizaban precisamente para iniciar o mantener un vínculo.
Más conversaciones, pero también nuevos desafíos
Cuando un grupo de estudiantes ya tiene una relación consolidada, dejar los celulares guardados puede generar rápidamente una alternativa: hablar. El problema aparece cuando hay alumnos que tienen menos vínculos dentro del curso o que encuentran en las tecnologías una manera de acercarse a otros.
Un trabajo publicado en 2026 a partir de entrevistas con adolescentes de Estados Unidos encontró justamente esta tensión. Algunos estudiantes describieron que, sin teléfonos durante los momentos no académicos, se sentían más predispuestos a hablar con compañeros con los que normalmente no interactuaban. Otros señalaron que el teléfono también podía facilitar las relaciones sociales, por ejemplo, para localizar a sus amigos durante el almuerzo.
Esto permite pensar el recreo como un espacio de aprendizaje social. Si desaparece una herramienta que ocupa buena parte del tiempo libre, los estudiantes necesitan encontrar otras actividades. Pueden aparecer juegos espontáneos, conversaciones, caminatas por el patio, deportes, intercambio de objetos, actividades organizadas o simplemente momentos de aburrimiento.
Y el aburrimiento tampoco tiene por qué ser visto como un fracaso.
En una infancia y adolescencia atravesadas por estímulos permanentes, unos minutos sin una pantalla pueden generar la necesidad de inventar algo. A veces esa búsqueda termina en una conversación que no estaba planificada, en un juego que comienza con pocas personas y suma a otras, o en una interacción que probablemente no habría ocurrido si cada estudiante permanecía concentrado en su dispositivo.
El valor del recreo no está solamente en descansar entre materias. Es uno de los espacios donde los estudiantes ponen en práctica muchas de las habilidades sociales que necesitan fuera de la escuela.
Decidir a qué jugar, aceptar que alguien se incorpore, resolver una discusión, negociar reglas, compartir un espacio reducido, reconocer cuándo otra persona quiere estar sola o acercarse a un compañero que parece aislado son situaciones pequeñas, pero forman parte de la convivencia cotidiana.
Cuando los teléfonos ocupan una parte importante de ese tiempo, algunas de esas experiencias pueden reducirse. No necesariamente desaparecen, pero compiten con una alternativa que requiere menos esfuerzo: mirar una pantalla.
La investigación sobre las políticas escolares de celulares todavía presenta resultados diversos. Un estudio publicado en The Lancet Regional Health – Europe en 2025 comparó 30 escuelas secundarias de Inglaterra y encontró que las instituciones con normas restrictivas registraban menos tiempo de uso del teléfono y de redes sociales durante el horario escolar. Sin embargo, no encontró diferencias en el bienestar mental general de los estudiantes ni en el uso total durante los días de semana o los fines de semana.
El dato es importante porque muestra que quitar el teléfono de la escuela puede modificar lo que ocurre dentro de sus paredes, pero no necesariamente transforma los hábitos digitales de los adolescentes fuera de ellas.
Por eso, un recreo sin celulares puede ser una experiencia diferente sin convertirse automáticamente en una solución para todos los problemas relacionados con las pantallas.
¿Qué hacen los estudiantes cuando no tienen el teléfono?
La respuesta depende mucho de cada escuela.
En algunos patios pueden reaparecer juegos tradicionales, partidos improvisados o rondas de conversación. En otros, los estudiantes simplemente se quedan sentados hablando. También pueden aparecer momentos de silencio o aburrimiento.
No todos los recreos tienen que estar llenos de actividades.
De hecho, dejar un espacio sin estímulos permanentes puede permitir que los propios estudiantes decidan qué hacer. La clave está en que la escuela no transforme automáticamente el recreo sin celulares en otra hora de clase.
Si se retira el teléfono y se reemplaza por una agenda completa de actividades obligatorias, se pierde parte del sentido del descanso. El objetivo debería ser generar condiciones para que el encuentro entre estudiantes pueda producirse de manera más espontánea.
También puede ser una oportunidad para recuperar espacios físicos. Una mesa para juegos de cartas, una biblioteca abierta, sectores para conversar, materiales deportivos o lugares donde sentarse pueden resultar alternativas sencillas y de bajo costo.
No hace falta llenar el patio de tecnología para que sea atractivo. A veces alcanza con ofrecer opciones.
Una de las principales dificultades de cualquier política general sobre celulares es que los estudiantes no forman un grupo homogéneo.
Para algunos, el teléfono es una fuente permanente de distracción. Para otros, representa una forma de mantener contacto con amigos, organizarse o sentirse acompañados. También existen adolescentes que tienen dificultades para integrarse a los grupos y pueden utilizar el dispositivo como una manera de evitar situaciones sociales incómodas.
Una investigación publicada en 2026 sobre las experiencias de adolescentes frente a las restricciones de celulares identificó cuatro necesidades que influyen en cómo reciben estas políticas: autonomía, seguridad, estructura y usos prácticos del teléfono. Los autores observaron que las respuestas de los jóvenes cambian según el contexto y según si sienten que la escuela atiende esas necesidades.
Por eso, sacar los celulares del recreo puede favorecer el encuentro en un grupo y generar rechazo en otro. La medida no debería analizarse solamente por lo que sucede con los dispositivos, sino también por lo que ocurre entre las personas.
Un recreo sin celular no tiene que ser un recreo controlado
Existe una diferencia importante entre retirar una herramienta y controlar cada minuto del estudiante.
Una escuela puede establecer que durante el recreo los teléfonos permanezcan guardados y, al mismo tiempo, permitir que los alumnos tengan libertad para conversar, caminar, jugar o simplemente descansar.
También puede contemplar excepciones razonables. Un estudiante puede necesitar comunicarse con su familia, tener una situación particular o utilizar el dispositivo por un motivo previamente acordado. Las reglas claras ayudan a evitar que cada recreo se convierta en una discusión entre docentes y alumnos.
La experiencia de los estudiantes también debería formar parte de esa conversación. Las investigaciones recientes muestran que muchos jóvenes no rechazan necesariamente toda regulación: varios reclaman reglas más flexibles y educación para aprender a utilizar el teléfono de manera responsable.
Esto cambia la pregunta. En lugar de preguntarse solamente «¿hay que permitir el celular?», una escuela puede preguntarse «¿qué queremos que suceda durante el recreo?».
Si la respuesta es favorecer el descanso y el encuentro entre compañeros, entonces tiene sentido pensar qué condiciones ayudan a conseguirlo.
El valor de volver a mirarse
El recreo es uno de los pocos momentos en los que los estudiantes pueden relacionarse sin una tarea académica de por medio. Allí pueden aparecer amistades inesperadas, conversaciones breves, conflictos, reconciliaciones y experiencias que no figuran en ningún programa de estudios.
Cuando el celular desaparece, ese escenario puede cambiar.
Algunos estudiantes pueden descubrir que tienen más oportunidades para hablar con personas que antes permanecían detrás de una pantalla. Otros pueden sentir inicialmente que el tiempo pasa más lento. Algunos encontrarán nuevas actividades y otros necesitarán acompañamiento para hacerlo.
No existe una única experiencia.
Lo que sí parece claro es que la ausencia del celular modifica el paisaje social del recreo. La investigación disponible señala que las restricciones pueden favorecer el contacto cara a cara en determinados contextos, pero también advierte que los teléfonos cumplen funciones sociales y prácticas que no deberían ignorarse.
Por eso, el desafío no consiste simplemente en sacar los teléfonos del patio. Consiste en preguntarse qué se quiere recuperar cuando se los retira.
Si la respuesta es conversación, juego, movimiento, descanso y encuentro, entonces la escuela también necesita ofrecer espacios donde esas experiencias puedan ocurrir.
Quizás el cambio más interesante no sea que durante el recreo haya menos pantallas, sino que haya más oportunidades para que los estudiantes vuelvan a decidir qué hacer con unos minutos de tiempo libre.
Porque un patio lleno de celulares puede tener muchos estudiantes juntos y, aun así, muy poco encuentro. Y un patio sin teléfonos tampoco garantiza amistades.
Entre ambos extremos existe una posibilidad mucho más interesante: construir recreos donde la tecnología tenga límites claros y donde hablar, jugar, aburrirse, inventar y encontrarse con otros vuelva a ser una opción real.
