Por: Maximiliano Catalisano

Hay estudiantes que pueden explicar oralmente una historia con gran riqueza de detalles, pero encuentran enormes dificultades para leerla y escribirla. Otros comprenden una situación cotidiana, aunque se bloquean cuando deben resolver una operación matemática o interpretar una consigna con números. En muchas aulas, estas dificultades pasan inadvertidas durante años o se confunden con falta de atención, desinterés o escaso esfuerzo. Sin embargo, detrás de algunas de estas situaciones pueden existir diferencias específicas en el aprendizaje, como la dislexia y la discalculia. Las escuelas que mejor acompañan a estos estudiantes no esperan que todos aprendan de la misma manera: identifican las barreras, adaptan sus propuestas y construyen caminos para que cada uno pueda desarrollar sus capacidades.

La dislexia y la discalculia son dificultades específicas del aprendizaje que pueden afectar áreas diferentes, pero que también pueden presentarse en una misma persona. La dislexia se relaciona principalmente con el aprendizaje de la lectura y la escritura, mientras que la discalculia afecta el desarrollo de habilidades matemáticas, como comprender cantidades, reconocer relaciones numéricas, recordar operaciones o resolver determinados problemas.

Es importante comprender que estas dificultades no indican falta de inteligencia ni ausencia de posibilidades de aprendizaje. Tampoco se resuelven simplemente pidiendo al estudiante que practique más o que se esfuerce. Necesitan propuestas pedagógicas planificadas, seguimiento y, cuando corresponde, evaluación e intervención de profesionales especializados.

Cómo enseñan las escuelas que acompañan estas dificultades

Una de las principales características de las instituciones que desarrollan buenas prácticas de inclusión es que no utilizan una única metodología para todos los estudiantes. Organizan la enseñanza con diferentes apoyos, explicaciones y recursos, sin renunciar a los objetivos curriculares.

En el caso de la dislexia, una referencia internacional es la enseñanza estructurada de la alfabetización (Structured Literacy), recomendada por la International Dyslexia Association. Este enfoque propone enseñar de manera explícita, sistemática y progresiva los componentes del lenguaje escrito. Incluye conciencia fonológica, correspondencias entre sonidos y letras, decodificación, ortografía, vocabulario, estructura de las oraciones y comprensión lectora.

La enseñanza no se basa en esperar que el estudiante descubra por sí solo cómo funcionan las palabras. El docente presenta cada contenido, lo explica, ofrece ejemplos, acompaña la práctica y proporciona devoluciones concretas. Los aprendizajes se organizan en una secuencia: primero se trabajan habilidades fundamentales y luego se avanza hacia otras más complejas.

En el aula, esto puede traducirse en actividades breves para reconocer sonidos, formar palabras con letras móviles, separar sílabas, identificar patrones ortográficos y leer textos adecuados a las habilidades que se están desarrollando. También resulta conveniente ofrecer oportunidades frecuentes de lectura acompañada y escritura, evitando que las dificultades para decodificar impidan comprender el contenido de otras áreas.

La International Dyslexia Association destaca que la enseñanza estructurada debe ser explícita, acumulativa, sistemática y sensible a las respuestas del estudiante. Esto significa que el docente observa los avances, identifica qué conocimientos todavía no están consolidados y ajusta la cantidad y el tipo de práctica.

Enseñar matemática con materiales, representaciones y pasos claros

En matemática, las escuelas que acompañan a estudiantes con discalculia buscan que los números dejen de ser símbolos abstractos y puedan relacionarse con cantidades, situaciones y experiencias concretas.

Una estrategia valiosa consiste en utilizar materiales manipulables: bloques, fichas, regletas, tarjetas, rectas numéricas y objetos cotidianos. Antes de resolver una operación en el cuaderno, el estudiante puede representar una cantidad, agrupar elementos, comparar colecciones y observar cómo se transforma un número cuando se suma o se resta.

Por ejemplo, para enseñar una multiplicación, el docente puede comenzar organizando objetos en filas y columnas. Después, representa esa misma situación mediante un dibujo y finalmente introduce la operación matemática. Este recorrido permite relacionar la experiencia concreta con la representación gráfica y el símbolo numérico.

Otra estrategia consiste en dividir los procedimientos complejos en pasos pequeños. En una división, por ejemplo, se puede trabajar cada etapa por separado, explicar qué se realiza y por qué, practicar con acompañamiento y recuperar los conocimientos anteriores antes de avanzar.

Las investigaciones sobre enseñanza de matemática para estudiantes con dificultades de aprendizaje destacan cinco componentes: explicación y modelado explícitos, atención al lenguaje matemático, uso de múltiples representaciones, práctica para desarrollar fluidez y enseñanza específica de la resolución de problemas. Estas orientaciones fueron desarrolladas por investigadores vinculados al Council for Exceptional Children.

También es importante evitar que la velocidad sea el único indicador de aprendizaje. Algunos estudiantes necesitan más tiempo para procesar información, recuperar procedimientos o comprender una consigna. Permitir ese tiempo puede ayudar a que demuestren lo que saben sin que la presión interfiera en su desempeño.

La evaluación es uno de los momentos en los que las barreras pueden hacerse más visibles. Un estudiante con dislexia puede comprender un contenido de ciencias sociales, pero tener dificultades para responder un cuestionario extenso. Otro con discalculia puede conocer el procedimiento para resolver un problema, aunque necesite apoyos visuales para organizar los datos.

Por eso, las escuelas necesitan distinguir qué aprendizaje buscan evaluar y qué aspectos del formato pueden dificultar la respuesta. Algunas alternativas consisten en ofrecer consignas más claras, dividir actividades extensas en etapas, utilizar apoyos visuales, permitir respuestas orales cuando corresponda o ampliar los tiempos de resolución.

Estas adaptaciones no significan reducir automáticamente los contenidos ni eliminar las expectativas de aprendizaje. Buscan que el estudiante tenga una oportunidad adecuada para demostrar sus conocimientos.

Las devoluciones también cumplen una función importante. En lugar de señalar únicamente los errores, conviene explicar qué se resolvió correctamente, dónde apareció la dificultad y cuál es el próximo paso. Así, la evaluación se convierte en una herramienta para orientar la enseñanza y no en una experiencia de frustración repetida.

El trabajo conjunto entre docentes, familias y profesionales

Una escuela no debería enfrentar estas situaciones de manera aislada. El acompañamiento requiere comunicación entre docentes, equipos de orientación, profesionales especializados y familias. Cada uno puede aportar información que ayude a comprender cómo aprende el estudiante y qué apoyos necesita.

Los docentes observan el desempeño cotidiano, las dificultades que aparecen en las actividades y las estrategias que facilitan la comprensión. Las familias pueden compartir experiencias, antecedentes escolares y situaciones que observan fuera del aula. Los profesionales especializados realizan las evaluaciones e intervenciones correspondientes y pueden orientar sobre los apoyos necesarios.

La coordinación permite construir acuerdos concretos: qué objetivos se trabajarán, qué recursos se utilizarán, cómo se evaluarán los avances y cuándo se revisará la propuesta. También evita que el estudiante reciba indicaciones contradictorias o tenga que comenzar desde cero cada vez que cambia de docente.

En Argentina, estas acciones deben organizarse de acuerdo con las normativas vigentes, los proyectos pedagógicos individuales cuando correspondan y las posibilidades de articulación entre educación común, educación especial y equipos de orientación.

Las herramientas digitales pueden ampliar las oportunidades de aprendizaje. Para estudiantes con dislexia, los audiotextos, lectores de pantalla, herramientas de lectura en voz alta y documentos digitales con tipografías y formatos claros pueden facilitar el acceso a los contenidos. Para quienes presentan discalculia, existen rectas numéricas interactivas, representaciones visuales, aplicaciones de cálculo guiado y recursos que permiten manipular cantidades.

Sin embargo, la tecnología no reemplaza la intervención pedagógica. Una aplicación por sí sola no enseña a leer ni garantiza la comprensión de las operaciones matemáticas. Su valor depende de cómo se incorpora a una propuesta planificada y de si responde a una necesidad concreta.

Muchas estrategias tampoco requieren compras. Las letras móviles pueden elaborarse con cartón, las rectas numéricas pueden dibujarse en papel o en el piso del aula y las actividades de agrupamiento pueden realizarse con objetos cotidianos. La planificación docente y la selección adecuada de recursos suelen ser más importantes que disponer de dispositivos costosos.

Una escuela que reconoce distintas maneras de aprender

Las experiencias internacionales y las investigaciones sobre dislexia y discalculia muestran que los estudiantes pueden progresar cuando reciben una enseñanza explícita, organizada y adaptada a sus necesidades. Pero también dejan una enseñanza más amplia: las dificultades no deben convertirse en etiquetas que condicionen las expectativas de una persona.

Una escuela preparada para acompañar estas trayectorias observa, escucha, interviene y revisa sus propuestas. No espera que todos lean al mismo ritmo, resuelvan las operaciones de idéntica manera o necesiten la misma cantidad de práctica.

El desafío consiste en ofrecer herramientas, tiempo y oportunidades para que cada estudiante pueda avanzar. Porque enseñar bien no significa utilizar una única metodología para toda el aula, sino conocer a quienes aprenden y construir diferentes caminos para que los conocimientos estén al alcance de todos.