Por: Maximiliano Catalisano

¿Qué hace que un estudiante espere con entusiasmo el momento de salir de la escuela, pero no siempre tenga ganas de entrar al aula? ¿Por qué algunos chicos sienten curiosidad por aprender fuera del horario escolar y, sin embargo, se aburren frente a los contenidos de una clase? Estas preguntas revelan uno de los grandes desafíos de la educación actual: comprender qué sienten los estudiantes cuando asisten a la escuela y por qué, en determinadas circunstancias, dejan de encontrarle sentido a lo que sucede allí.

La falta de interés no debe interpretarse automáticamente como pereza, indisciplina o ausencia de compromiso. Detrás del rechazo pueden existir dificultades de aprendizaje, experiencias de frustración, vínculos deteriorados, temor a equivocarse, problemas de convivencia o propuestas pedagógicas que no logran conectar con sus inquietudes. Comprender esas razones es el primer paso para construir escuelas en las que aprender vuelva a despertar curiosidad, participación y entusiasmo.

Cuando la escuela pierde sentido para los estudiantes

La escuela ocupa una parte importante de la vida de niños y adolescentes. Allí aprenden contenidos, construyen amistades, desarrollan habilidades sociales y atraviesan experiencias que influyen en su manera de comprender el mundo. Sin embargo, asistir todos los días no significa necesariamente sentirse parte de la institución ni encontrar valor en las actividades que se realizan.

Uno de los motivos por los que algunos estudiantes se desconectan es la dificultad para relacionar los contenidos escolares con su vida cotidiana. Cuando una explicación parece alejada de sus intereses, problemas y experiencias, el aprendizaje puede convertirse en una obligación que se cumple para aprobar una evaluación, evitar una sanción o responder a las expectativas de los adultos.

Esto no significa que todos los contenidos deban resultar entretenidos permanentemente. Aprender también implica esfuerzo, concentración y atravesar momentos de dificultad. Pero cuando los estudiantes no comprenden para qué sirve lo que estudian, ni encuentran oportunidades para relacionarlo con situaciones concretas, puede debilitarse su disposición a participar.

La motivación no aparece solamente porque un docente proponga una actividad divertida. Se construye cuando el estudiante percibe que puede aprender, que su esfuerzo tiene sentido, que cuenta con acompañamiento y que sus preguntas son escuchadas.

Otro factor fundamental es el vínculo con los adultos y con los compañeros. Un estudiante que se siente respetado, escuchado y acompañado suele tener mejores condiciones para involucrarse en las actividades escolares. En cambio, cuando predominan los conflictos, las burlas, la indiferencia o el miedo a ser juzgado, la escuela puede convertirse en un espacio que genera malestar.

Una investigación publicada en 2022 en Frontiers in Psychology, realizada con 1.002 estudiantes de secundaria, encontró diferencias entre quienes manifestaban agrado por la escuela y quienes la rechazaban. Entre estos últimos aparecían vínculos menos positivos con sus docentes y una menor conexión con la institución. El estudio también identificó una relación entre el rechazo escolar y las experiencias de sanciones excluyentes.

Estos resultados invitan a revisar una práctica frecuente: responder al desinterés exclusivamente con llamados de atención, amenazas de sanciones o más exigencias. Si un estudiante ya experimenta dificultades para sentirse parte del grupo, una respuesta basada únicamente en el castigo puede profundizar su distancia con la institución.

Esto no significa eliminar las normas ni renunciar a la autoridad docente. Significa comprender que los acuerdos de convivencia, la escucha y la intervención oportuna también forman parte de la enseñanza. Un aula necesita límites claros, pero también condiciones para que cada estudiante pueda preguntar, equivocarse, expresar desacuerdos y participar sin temor a la humillación.

No todos los estudiantes que dicen estar aburridos atraviesan la misma situación. Algunos necesitan mayores desafíos porque las actividades no representan un estímulo suficiente; otros, en cambio, se sienten desbordados porque no comprenden las explicaciones o acumulan dificultades que nunca pudieron resolver.

Cuando las propuestas son demasiado sencillas, repetitivas o alejadas de sus posibilidades, puede aparecer el desinterés. Cuando son excesivamente difíciles y no existe acompañamiento, puede surgir la frustración. En ambos casos, el estudiante corre el riesgo de concluir que aprender no es para él.

También influye la manera en que se aborda el error. Si equivocarse significa recibir burlas, una calificación que se vive como una condena o una exposición frente a los compañeros, muchos chicos optarán por participar menos. En cambio, cuando el error se utiliza para revisar procedimientos, reconocer avances y comprender qué falta aprender, se convierte en una oportunidad.

Por eso, la evaluación necesita ofrecer información que ayude a mejorar. Una devolución clara, que explique qué se logró y cuál puede ser el próximo paso, aporta más herramientas que una nota aislada. El estudiante necesita reconocer que sus capacidades pueden desarrollarse y que las dificultades no definen de manera permanente su trayectoria.

Los resultados de PISA 2025, publicados por la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) en septiembre de 2026, incluyen un capítulo dedicado a las actitudes de los estudiantes hacia el aprendizaje. El informe analiza dimensiones como la curiosidad, la perseverancia, la autonomía, la búsqueda de ayuda y el sentido de pertenencia escolar. También señala que estas dimensiones se relacionan entre sí y que una mayor participación en el aprendizaje aparece asociada con mejores resultados en ciencias.

La pertenencia merece una atención especial. No se trata solamente de estar matriculado o concurrir todos los días, sino de sentir que uno ocupa un lugar en la comunidad escolar, que puede establecer vínculos y que su presencia importa. Una revisión de 82 estudios sobre estudiantes de secundaria encontró asociaciones positivas entre el sentido de pertenencia y distintas dimensiones de la motivación, el comportamiento y la participación académica.

Estos hallazgos permiten comprender que el gusto por la escuela no depende de un único factor. Se relaciona con las experiencias de aprendizaje, las relaciones sociales, las oportunidades de participación y las condiciones que ofrece cada institución.

Cómo recuperar el interés por aprender

Si una institución quiere que sus estudiantes vuelvan a encontrarle sentido a la escuela, necesita revisar algunas prácticas cotidianas. No se trata de cambiar todo de un día para otro, sino de introducir modificaciones que permitan construir experiencias más significativas.

Una posibilidad es conectar los contenidos con situaciones reales. En matemática se pueden trabajar presupuestos, consumos y problemas del entorno; en ciencias naturales, investigar cuestiones ambientales de la comunidad; en lengua, producir textos destinados a lectores concretos. Cuando los estudiantes comprenden que lo aprendido puede utilizarse para interpretar y transformar su realidad, encuentran nuevas razones para involucrarse.

También es importante ofrecer oportunidades de elección. Permitir que los alumnos seleccionen temas para investigar, propongan formatos de presentación o participen en la organización de proyectos fortalece su autonomía. No significa que decidan todo lo que sucede en el aula, sino que tengan una participación real dentro de una propuesta pedagógica organizada.

Otra medida consiste en escuchar sus opiniones. Las conversaciones grupales, las encuestas breves y los espacios de intercambio pueden revelar qué actividades despiertan interés, qué situaciones generan malestar y cuáles son las dificultades que no siempre se expresan espontáneamente. Consultar a los estudiantes no implica aceptar todas sus demandas, sino reconocerlos como protagonistas de su propio aprendizaje.

El trabajo docente también requiere variedad de estrategias. Alternar explicaciones, experiencias prácticas, debates, lecturas, proyectos colaborativos y actividades individuales permite ofrecer diferentes caminos para acercarse a los conocimientos. La diversidad metodológica no es una cuestión decorativa: responde a que los grupos son heterogéneos y no todos aprenden de la misma manera ni al mismo ritmo.

Por último, es necesario fortalecer la relación entre escuela y familias. Cuando los adultos comparten información, detectan dificultades tempranas y acompañan las trayectorias sin reducirlas a las calificaciones, resulta más sencillo comprender qué puede estar ocurriendo detrás del rechazo escolar.

Preguntarse por qué a los estudiantes no les gusta la escuela implica revisar la experiencia que las instituciones ofrecen cada día. No alcanza con exigir atención, puntualidad y buenos resultados si no se generan condiciones para que los alumnos encuentren un propósito en lo que hacen.

La motivación no puede imponerse mediante órdenes. Se construye a través de propuestas que despiertan preguntas, relaciones de confianza, oportunidades para participar y experiencias en las que cada estudiante pueda reconocer sus avances.

Una escuela que escucha no pierde autoridad; puede comprender mejor qué necesita modificar. Una escuela que revisa sus prácticas no abandona los contenidos ni las exigencias; busca mejores maneras de enseñarlos. Y una escuela que reconoce las emociones y los vínculos entiende que el aprendizaje también depende de cómo se sienten quienes forman parte de ella.

Quizás la pregunta más importante no sea solamente por qué a los estudiantes no les gusta la escuela, sino qué puede hacer cada institución para convertirse en un lugar al que tengan ganas de volver. La respuesta comienza cuando dejamos de considerar el desinterés como un problema exclusivo del alumno y empezamos a analizar, con responsabilidad pedagógica, las experiencias que estamos construyendo.