Por: Maximiliano Catalisano

Hay una pregunta que puede cambiar una clase antes de que comience: “¿qué necesitan mis alumnos para poder aprender esto?”. No se responde solamente observando las calificaciones. Tampoco mirando quién terminó primero una actividad o quién levantó la mano. A veces, la información más valiosa aparece cuando un docente se detiene a escuchar qué piensa un estudiante, qué le cuesta, qué le interesa, qué relación encuentra con aquello que está aprendiendo o incluso qué pregunta que todavía nadie había formulado.

Durante mucho tiempo, la escuela estuvo organizada alrededor de la transmisión de contenidos. El docente enseñaba y el alumno recibía, estudiaba y demostraba lo aprendido. Hoy existe una oportunidad para profundizar esa relación: conocer a los alumnos puede convertirse en una herramienta pedagógica.

Escuchar no significa convertir cada clase en una conversación interminable ni dejar que los estudiantes decidan qué deben aprender. Tampoco significa abandonar la planificación, los contenidos o las expectativas escolares. Significa incorporar información sobre quienes aprenden para tomar mejores decisiones sobre cómo enseñar.

Una escuela que escucha puede descubrir que detrás de una respuesta incorrecta existe una dificultad conceptual, que detrás del silencio hay una pregunta que el estudiante todavía no se anima a formular o que detrás de la falta de participación existe una manera diferente de involucrarse con el aprendizaje.

La escucha, entonces, deja de ser solamente una cuestión vincular. Se transforma en parte del trabajo pedagógico.

Escuchar también permite conocer cómo aprenden

Dos estudiantes pueden obtener la misma calificación y haber recorrido caminos completamente diferentes.

Uno puede haber comprendido profundamente un contenido. Otro puede haber memorizado una respuesta para una evaluación. Uno puede necesitar más tiempo para organizar sus ideas. Otro puede comprender rápidamente una explicación oral, pero tener dificultades para expresar lo aprendido por escrito.

Si el docente solamente observa el resultado final, parte de esa información permanece oculta.

Por eso, escuchar permite ampliar la mirada.

Preguntar “¿cómo resolviste este ejercicio?”, “¿qué parte te resultó más difícil?”, “¿por qué elegiste este procedimiento?” o “¿qué cambiarías de tu respuesta?” ofrece información sobre los procesos de aprendizaje.

No hace falta entrevistar individualmente a todos los estudiantes después de cada actividad. Una conversación breve, una pregunta al finalizar la clase, una producción escrita o una instancia de autoevaluación pueden aportar datos muy valiosos.

La clave está en utilizar esa información.

Escuchar sin modificar nunca las propuestas puede convertirse simplemente en una buena intención. La escucha adquiere verdadero sentido cuando ayuda al docente a decidir qué retomar, qué explicar de otra manera, qué actividad proponer o qué dificultad necesita mayor acompañamiento.

Una de las prácticas más sencillas consiste en preguntar periódicamente a los estudiantes qué los ayudó a comprender.

No se trata de preguntar si “les gustó” una clase. Esa respuesta puede ser interesante, pero no siempre ofrece información pedagógica suficiente.

Preguntas como “¿qué actividad te ayudó más a entender?”, “¿qué explicación te resultó más clara?”, “¿en qué momento te perdiste?” o “¿qué necesitarías para poder resolver esto solo?” permiten obtener información mucho más concreta.

Incluso pueden utilizarse al finalizar una unidad.

El docente puede pedir que cada estudiante complete tres frases: “ahora puedo…”, “todavía necesito comprender…” y “la estrategia que más me ayudó fue…”.

La actividad requiere pocos minutos y puede convertirse en una fuente de información para planificar la siguiente clase.

Además, transmite un mensaje importante: lo que piensa el alumno sobre su propio aprendizaje importa.

Existe una diferencia fundamental entre escuchar y aceptar automáticamente todo lo que los estudiantes proponen.

La escuela tiene objetivos curriculares, contenidos que enseñar y responsabilidades que no desaparecen porque se incorpore la voz de los alumnos.

Un estudiante puede decir que no quiere estudiar determinado tema. El docente puede escuchar esa posición, explorar por qué aparece y, al mismo tiempo, explicar por qué ese contenido forma parte de su formación.

Otro puede proponer una manera diferente de resolver una actividad. La propuesta puede analizarse, probarse y compararse con otras.

La escucha no elimina la conducción pedagógica. La enriquece porque permite tomar decisiones con mayor información sobre quienes participan del proceso.

Esto resulta especialmente importante cuando se trabaja con adolescentes. Escucharlos no significa convertir la escuela en un espacio donde todo depende de sus preferencias. Significa reconocer que pueden aportar preguntas, experiencias, interpretaciones y perspectivas que enriquecen el aprendizaje.

Conocer los intereses abre puertas al conocimiento

Los intereses de los estudiantes pueden convertirse en puntos de entrada hacia contenidos que, presentados de manera aislada, parecen lejanos.

Un alumno interesado en videojuegos puede encontrar una puerta hacia la programación, la narrativa, el diseño, la matemática o la física.

Una estudiante fascinada por la música puede acercarse a la matemática mediante patrones, proporciones y estructuras, o trabajar contenidos históricos y culturales a partir de diferentes géneros musicales.

Otro estudiante puede sentir curiosidad por los animales y utilizar ese interés para investigar ecosistemas, biodiversidad, evolución o problemáticas ambientales.

Esto no significa transformar todos los contenidos en aquello que los alumnos ya conocen. También es función de la escuela ampliar sus horizontes y presentar mundos que todavía no forman parte de sus intereses.

Pero conocer aquello que despierta curiosidad puede ayudar a construir puentes.

El punto de partida no tiene por qué ser siempre el contenido aislado. A veces puede ser una pregunta que ya existe en la cabeza del estudiante.

Escuchar las dificultades antes de que se conviertan en fracaso

Una de las mayores oportunidades que ofrece la escucha consiste en detectar dificultades tempranas.

Un estudiante puede decir “no entiendo” y esa frase puede esconder problemas muy diferentes. Tal vez no comprendió una palabra. Quizás perdió un paso de la explicación. Puede que no domine un conocimiento previo necesario. O quizás comprendió la teoría, pero no sabe cómo aplicarla.

Responder a todos esos casos con la misma explicación no siempre ayuda.

Por eso, la pregunta siguiente resulta fundamental: “¿qué parte no entendés?”.

Pedir que el alumno identifique dónde aparece la dificultad puede ayudarlo también a desarrollar conciencia sobre su propio aprendizaje.

La metacognición —la capacidad de pensar sobre cómo aprendemos— ocupa un lugar importante en la educación contemporánea. La Education Endowment Foundation señala que enseñar estrategias para planificar, supervisar y revisar el propio aprendizaje puede ayudar a los estudiantes a desarrollar mayor autonomía frente a las tareas escolares.

La escucha del docente puede convertirse así en una puerta de entrada hacia la metacognición: cuando un alumno consigue poner en palabras qué sabe, qué no comprende y qué estrategia utilizó, empieza también a observar su propio proceso.

Una escuela que escucha también aprende

Existe una idea especialmente poderosa detrás de este enfoque: la escuela no solamente enseña; también necesita aprender de lo que sucede dentro de sus aulas.

Si varios estudiantes no comprenden un concepto, esa situación aporta información.

Si una actividad genera una participación inesperadamente alta, también.

Si una propuesta que parecía interesante no consigue involucrar a los alumnos, puede convertirse en una oportunidad para revisar cómo fue planteada.

El docente puede preguntarse después de una clase: ¿qué funcionó?, ¿qué no funcionó?, ¿qué preguntas aparecieron?, ¿qué dificultades se repitieron?, ¿qué estudiantes participaron de maneras que no había previsto?

Este tipo de revisión no requiere grandes reuniones ni instrumentos complejos. Puede formar parte de la planificación cotidiana.

Cuando la observación de los alumnos se incorpora a las decisiones pedagógicas, la enseñanza se vuelve más sensible a lo que realmente ocurre.

La evaluación tampoco tiene que limitarse a una prueba al final de una unidad.

Preguntar, conversar, observar cómo se resuelve una tarea y pedir explicaciones son formas de obtener información sobre el aprendizaje mientras todavía está ocurriendo.

Por ejemplo, después de explicar un concepto, el docente puede pedir a los alumnos que lo expliquen con sus propias palabras a un compañero. Mientras circula por el aula, puede escuchar las explicaciones y detectar qué aspectos necesitan ser retomados.

Otra posibilidad es pedir una respuesta breve antes de terminar la clase: “¿cuál fue la idea más importante que aprendiste hoy?”. Las respuestas pueden mostrar qué contenidos quedaron claros y cuáles necesitan mayor trabajo.

UNESCO señala que la evaluación del aprendizaje puede aportar información para comprender los avances de los estudiantes y orientar decisiones pedagógicas.

En este sentido, escuchar no es solamente una práctica de convivencia. También puede convertirse en una herramienta para evaluar y ajustar la enseñanza.

Una de las características más interesantes de esta propuesta es que no requiere necesariamente nuevos recursos.

Una escuela puede comenzar con preguntas breves, formularios sencillos, conversaciones en pequeños grupos, autoevaluaciones o espacios de cierre.

Por ejemplo, una vez por semana el docente puede dedicar cinco minutos a preguntar qué ayudó a aprender durante esos días y qué obstáculo apareció.

Otra estrategia consiste en utilizar un “semáforo” de comprensión: cada alumno indica si puede explicar el contenido, si necesita practicarlo un poco más o si todavía necesita una nueva explicación. No hace falta utilizar colores reales; puede hacerse mediante palabras, gestos o una pequeña anotación.

También puede pedirse a los estudiantes que propongan una pregunta que les haya quedado después de una clase.

La pregunta del alumno puede incluso convertirse en el comienzo de la siguiente clase.

Así, la escucha deja de ser un momento aislado y pasa a formar parte del ciclo de enseñanza y aprendizaje.

Cuando un estudiante percibe que su voz puede ser escuchada, puede cambiar su relación con la institución.

No porque todas sus propuestas vayan a ser aceptadas, sino porque descubre que sus pensamientos, dudas y preguntas tienen un lugar.

Esto resulta particularmente relevante durante la adolescencia, una etapa en la que la necesidad de construir autonomía y desarrollar una identidad propia adquiere especial importancia.

Una escuela que escucha puede ofrecer espacios para hablar sobre proyectos, intereses, preocupaciones académicas y experiencias escolares sin convertir cada conversación en una evaluación.

El estudiante comprende que no es solamente alguien que debe cumplir tareas. También es una persona que piensa, pregunta, interpreta y participa.

Esa percepción puede favorecer una relación más significativa con el aprendizaje.

Hay una última dimensión que merece especial atención.

Conocer a un estudiante no significa encasillarlo.

Saber que un alumno tiene dificultades en determinada área no debería convertirse en una etiqueta permanente. Del mismo modo, reconocer que otro se destaca en una disciplina no significa asumir que siempre tendrá el mismo desempeño.

Escuchar sirve para comprender el presente, no para anticipar de manera rígida el futuro.

Un buen conocimiento de los alumnos debería permitir al docente preguntarse qué desafío puede ofrecerles ahora, qué apoyo necesitan y qué nuevas posibilidades pueden descubrir.

La escucha no reduce las expectativas. Puede ayudar a construir propuestas que permitan avanzar.

Una escuela que escucha para enseñar mejor

La escuela que escucha no es aquella donde los alumnos hablan todo el tiempo. Es aquella donde la información que surge de sus voces, sus preguntas, sus errores, sus explicaciones y sus experiencias tiene un lugar dentro de las decisiones pedagógicas.

Conocer a los alumnos significa saber algo más que sus nombres y sus calificaciones. Significa descubrir cómo piensan, qué conexiones realizan, dónde encuentran dificultades, qué preguntas los movilizan y qué estrategias utilizan para aprender.

Y esa información puede transformar una clase.

A veces, la mejor manera de comenzar una nueva explicación no es preparar otra presentación, sino preguntar qué entendieron de la anterior.

A veces, antes de corregir un error, conviene preguntar cómo llegó el estudiante hasta allí.

A veces, antes de diseñar una nueva actividad, alcanza con escuchar qué parte de la anterior ayudó realmente a comprender.

Escuchar también es enseñar porque permite conocer mejor el punto de partida desde el cual cada alumno puede avanzar.

Y cuando una escuela incorpora esa escucha a su manera cotidiana de enseñar, no solamente consigue conocer mejor a sus estudiantes. También aprende a observarse a sí misma, revisar sus prácticas y construir aulas donde las preguntas de quienes aprenden tengan un verdadero lugar.