Por: Maximiliano Catalisano
Un alumno puede responder correctamente una pregunta y, sin embargo, no saber qué hacer cuando aparece un problema que nunca vio antes. Puede recordar una fórmula, repetir una definición o identificar la respuesta esperada en una evaluación, pero quedarse sin herramientas cuando necesita decidir qué información utilizar, qué estrategia elegir o cómo comprobar si su solución tiene sentido. Allí aparece una de las grandes preguntas para la escuela actual: ¿estamos enseñando solamente a encontrar respuestas o estamos preparando a los estudiantes para resolver problemas?
La diferencia parece pequeña, pero modifica profundamente la experiencia de aprendizaje. Responder una pregunta puede requerir recordar información. Resolver un problema implica comprender una situación, identificar qué se necesita averiguar, seleccionar conocimientos, considerar alternativas, probar una estrategia, analizar los resultados y, si es necesario, volver a empezar. En otras palabras, supone utilizar lo aprendido en lugar de limitarse a reproducirlo.
Esta perspectiva adquiere todavía más importancia en un mundo en el que la información está disponible de manera inmediata y las herramientas de inteligencia artificial pueden producir respuestas en segundos. Cuando una respuesta está a un clic de distancia, la escuela necesita enseñar algo que vaya más allá de encontrarla: comprender el problema, evaluar la información disponible y decidir qué hacer con ella.
La diferencia entre saber una respuesta y saber qué hacer
Durante años, buena parte de las experiencias escolares se organizaron alrededor de preguntas con una respuesta determinada. ¿Cuál es la capital de un país? ¿Qué fecha ocurrió un acontecimiento? ¿Cómo se resuelve una operación? ¿Qué definición corresponde a un concepto?
Estas preguntas tienen un valor pedagógico. Los conocimientos básicos son necesarios y no pueden desaparecer del aprendizaje. El problema aparece cuando toda la experiencia escolar se reduce a ese formato.
En la vida cotidiana, muchas situaciones no presentan una pregunta perfectamente formulada. Una persona puede necesitar decidir cómo organizar un presupuesto, comprender información contradictoria, solucionar un inconveniente tecnológico, interpretar una noticia, planificar un viaje, diseñar un proyecto o decidir qué alternativa utilizar ante un problema concreto.
En esos casos, nadie entrega cuatro opciones y señala cuál es la correcta.
Primero hay que entender qué está sucediendo.
Después hay que determinar qué información hace falta.
Luego aparecen diferentes caminos posibles.
Y finalmente hay que decidir cuál probar y revisar el resultado.
La escuela puede enseñar ese recorrido de manera deliberada.
A veces se piensa que la capacidad para resolver problemas aparece naturalmente después de aprender muchos contenidos. Sin embargo, resolver problemas requiere conocimientos específicos y también estrategias para utilizarlos.
Un estudiante necesita aprender a detenerse antes de actuar, identificar qué se sabe y qué falta saber, separar información relevante de aquella que no aporta, representar la situación, formular hipótesis, buscar alternativas y comprobar los resultados.
Esto puede enseñarse en todas las áreas.
En matemática, por ejemplo, no alcanza con aprender procedimientos. Los alumnos pueden enfrentarse a situaciones en las que primero tengan que decidir qué procedimiento resulta apropiado.
En ciencias, pueden recibir un fenómeno que deben explicar utilizando evidencias.
En historia, pueden analizar diferentes fuentes para comprender por qué un acontecimiento tuvo determinadas consecuencias.
En lengua, pueden resolver una situación comunicativa concreta: escribir para un destinatario específico, defender una posición o modificar un texto para conseguir un determinado efecto.
En tecnología, pueden diseñar una solución para una necesidad real.
El contenido sigue siendo fundamental, pero cambia su función. Ya no aparece solamente como algo que hay que recordar. Se convierte en una herramienta para actuar sobre una situación.
El problema tiene que ser algo más que un ejercicio
Existe una diferencia importante entre un ejercicio y un problema.
En un ejercicio, el alumno generalmente sabe qué procedimiento debe utilizar. Si está practicando una operación matemática, reconoce qué debe hacer y simplemente necesita ejecutarlo correctamente.
En un problema, en cambio, existe una incertidumbre inicial. El estudiante necesita decidir cómo comenzar.
Esa diferencia puede transformar una clase completa.
Un docente puede presentar diez ejercicios similares y pedir que los alumnos los resuelvan. Otra posibilidad es presentar una situación que admita diferentes caminos y preguntar: “¿Cómo podríamos resolver esto?”.
En ese segundo escenario, el alumno tiene que pensar antes de ejecutar.
Por ejemplo, en lugar de entregar una serie de cuentas para practicar porcentajes, se puede plantear una situación concreta: una familia dispone de determinada cantidad de dinero para organizar una compra, existen descuentos diferentes y aparecen distintas alternativas. Los estudiantes deben determinar cuál conviene analizar y justificar el procedimiento utilizado.
El aprendizaje matemático continúa allí. Pero además aparece algo más: decidir qué hacer con ese conocimiento.
Las preguntas también pueden ser herramientas para resolver
Enseñar a resolver problemas no significa abandonar las preguntas. Al contrario, significa enseñar a utilizarlas de otra manera.
Una buena secuencia puede comenzar con preguntas como: “¿Qué sabemos?”, “¿qué necesitamos averiguar?”, “¿qué información nos falta?”, “¿qué alternativas tenemos?”, “¿cómo podemos comprobarlo?”.
Estas preguntas funcionan como una estructura para el pensamiento.
El alumno aprende progresivamente que, cuando aparece una dificultad, no tiene que esperar inmediatamente la respuesta del docente. Puede comenzar por desarmar el problema.
También puede aprender a formular sus propias preguntas.
Esta capacidad resulta especialmente importante cuando la información disponible es abundante. En internet y en los sistemas de inteligencia artificial existen millones de respuestas, pero una respuesta automática no garantiza que el problema haya sido comprendido.
Antes de buscar información, el estudiante necesita saber qué está intentando resolver.
Uno de los aprendizajes más importantes relacionados con la resolución de problemas consiste en comprender que el primer intento puede no funcionar.
La cultura escolar centrada exclusivamente en la respuesta correcta puede transmitir la idea de que equivocarse significa haber aprendido mal. Una pedagogía orientada a los problemas puede presentar el error de otra manera: como información que permite revisar una estrategia.
Si una solución no funciona, el docente puede preguntar qué parte del procedimiento produjo la dificultad, qué supuesto resultó incorrecto o qué información no había sido considerada.
Esto genera una secuencia mucho más rica que simplemente marcar una respuesta como incorrecta.
“¿Por qué no funcionó?” puede ser una pregunta pedagógica tan valiosa como “¿cuál es la respuesta?”.
El estudiante comienza a comprender que resolver supone avanzar, detenerse, revisar y modificar.
El docente no tiene que dar la solución demasiado rápido
Cuando un alumno encuentra una dificultad, la respuesta más rápida suele ser ofrecerle la solución. Esto permite continuar con la actividad, pero también puede quitarle una oportunidad importante de aprendizaje.
Una alternativa consiste en ofrecer ayudas progresivas.
Primero, una pregunta.
Después, una pista.
Luego, una representación diferente del problema.
Más adelante, un ejemplo parcial.
Y solamente cuando sea necesario, una explicación directa.
La intención no es dejar al estudiante solo frente a una dificultad, sino acompañarlo sin quitarle completamente el proceso de pensamiento.
Este tipo de andamiaje puede incorporarse a la enseñanza cotidiana sin comprar materiales nuevos. Requiere, sobre todo, cambiar algunas intervenciones del docente.
En lugar de “hacé esto”, puede aparecer “¿qué podrías probar?”.
En lugar de “la respuesta es esta”, puede surgir “¿cómo podemos comprobar cuál de estas opciones funciona?”.
En lugar de corregir inmediatamente, se puede preguntar “¿qué parte de tu razonamiento te parece más segura y cuál revisarías?”.
Pequeños cambios en el diálogo pueden producir nuevas oportunidades para pensar.
Una de las mejores formas de trabajar esta perspectiva consiste en utilizar problemas que tengan algún vínculo con situaciones auténticas.
La escuela puede investigar cuánto desperdicio se produce en el edificio, cómo organizar una biblioteca, qué información necesita una campaña de comunicación, cómo diseñar un espacio de recreación, cómo reducir determinado consumo o cómo explicar un problema de la comunidad.
No hace falta que todos los proyectos sean enormes.
Una situación concreta puede durar una clase.
Otra puede desarrollarse durante una semana.
Un proyecto más complejo puede extenderse durante varias semanas y combinar diferentes áreas.
Lo importante es que los alumnos necesiten utilizar conocimientos para avanzar.
Cuando el contenido aparece como una herramienta para resolver algo, adquiere una función más visible. El estudiante puede comprender para qué necesita aprender determinados conceptos.
La inteligencia artificial cambia todavía más el desafío
La expansión de la inteligencia artificial agrega una nueva dimensión a esta discusión. Si una herramienta puede generar una respuesta rápidamente, memorizar respuestas pierde parte de su valor como objetivo aislado.
Esto no significa que el conocimiento deje de ser necesario. Al contrario: para analizar una respuesta producida por una herramienta, el estudiante necesita saber del tema.
Pero también necesita saber formular el problema.
Supongamos que un alumno utiliza inteligencia artificial para resolver una consigna. Puede obtener una respuesta aparentemente correcta. Sin embargo, si no comprende la pregunta original, no sabe qué información era relevante o no puede comprobar el resultado, difícilmente pueda determinar si la respuesta sirve.
Por eso, una educación orientada a la resolución de problemas puede trabajar con inteligencia artificial sin convertirla en el centro de la propuesta.
Los alumnos pueden comparar una solución producida por una herramienta con otra elaborada por ellos, detectar errores, pedir diferentes alternativas, verificar información y explicar cuál solución consideran más apropiada y por qué.
La tecnología se convierte así en un objeto de análisis, no solamente en una máquina para obtener respuestas.
Transformar la enseñanza hacia la resolución de problemas no exige reformular toda la planificación institucional de un día para otro.
Puede comenzar con una modificación semanal.
En una clase, el docente puede tomar un contenido que normalmente se enseña mediante explicación y ejercicios y convertirlo en un pequeño desafío.
Primero presenta una situación.
Después solicita que los estudiantes expliquen qué entienden del problema.
Luego pide que propongan diferentes caminos.
Más tarde permite que prueben una estrategia.
Finalmente abre una conversación sobre los resultados.
Ese proceso puede registrarse en una hoja, en el pizarrón o en un documento compartido.
No requiere una inversión significativa.
Lo que cambia es la experiencia cognitiva.
El alumno deja de recibir una secuencia cerrada de instrucciones y comienza a tomar algunas decisiones dentro del proceso de aprendizaje.
Si la escuela quiere enseñar a resolver problemas, también necesita revisar qué observa cuando evalúa.
Una evaluación centrada exclusivamente en el resultado puede ocultar procesos interesantes. Dos estudiantes pueden llegar a la misma respuesta utilizando caminos completamente diferentes. También puede ocurrir que uno llegue a un resultado incorrecto después de aplicar una estrategia razonable, mientras que otro acierte por casualidad.
Por eso, conviene pedir que los alumnos expliquen cómo pensaron.
“¿Por qué elegiste este procedimiento?”
“¿Qué información utilizaste?”
“¿Qué otra alternativa consideraste?”
“¿Qué cambiarías si tuvieras que resolverlo nuevamente?”
Estas preguntas permiten observar conocimientos y procesos al mismo tiempo.
La evaluación se convierte entonces en una fuente de información para el propio aprendizaje. El alumno puede reconocer qué estrategias utiliza y cuáles necesita revisar.
La escuela que prepara para problemas que todavía no existen
La educación no puede anticipar todos los problemas que los estudiantes encontrarán en el futuro. Pero sí puede enseñarles una manera de enfrentarse a situaciones nuevas.
Comprender antes de actuar.
Preguntar cuando falta información.
Buscar evidencias.
Considerar alternativas.
Probar una solución.
Revisar los resultados.
Explicar las decisiones.
Volver a intentarlo cuando sea necesario.
Estos aprendizajes atraviesan las materias y pueden desarrollarse con recursos muy simples.
La gran transformación no consiste necesariamente en agregar más actividades, más plataformas o más materiales. Puede comenzar modificando una pregunta fundamental: en lugar de preguntarnos solamente qué respuesta queremos que el alumno encuentre, preguntarnos qué problema queremos que aprenda a comprender y resolver.
Porque una escuela que enseña solamente respuestas prepara para situaciones conocidas.
Una escuela que enseña a resolver problemas prepara para pensar cuando las respuestas conocidas ya no alcanzan.
