Por: Maximiliano Catalisano

Durante mucho tiempo, la escuela tuvo una misión relativamente clara: transmitir a las nuevas generaciones los conocimientos que una sociedad consideraba necesarios. Pero el mundo cambió a una velocidad que obliga a revisar aquella idea. Hoy los estudiantes tienen acceso a más información que nunca, pueden consultar respuestas en segundos y cuentan con herramientas capaces de producir textos, imágenes, cálculos y propuestas en cuestión de instantes. Frente a este escenario, aparece una pregunta que atraviesa el futuro de la educación: ¿qué debería aprender una persona en la escuela para poder desenvolverse en un mundo que todavía no conocemos?

La respuesta no consiste en abandonar los conocimientos tradicionales ni en reemplazar los contenidos por tecnología. El desafío es más profundo: formar personas capaces de aprender durante toda la vida, pensar antes de aceptar una respuesta y crear cuando todavía no existe una solución.

Aprender, pensar y crear no son tres capacidades aisladas. Se necesitan mutuamente. Para crear hace falta conocimiento. Para pensar se necesita información y experiencia. Para seguir aprendiendo hay que desarrollar curiosidad, autonomía y capacidad para revisar las propias ideas. La escuela tiene la posibilidad de trabajar las tres dimensiones desde cada área y cada experiencia cotidiana.

Aprender para poder seguir aprendiendo

Una de las transformaciones más importantes de la educación consiste en comprender que ningún estudiante puede salir de la escuela sabiendo todo lo que necesitará durante su vida.

Las profesiones cambian, las tecnologías evolucionan, aparecen nuevos problemas sociales y científicos y se transforman las formas de trabajar y comunicarse. Por eso, la educación escolar no puede limitarse a preparar para un conjunto fijo de circunstancias.

Tiene que construir las bases para continuar aprendiendo.

Esto comienza con conocimientos sólidos. Un estudiante necesita comprender lo que lee, expresarse con claridad, manejar conceptos matemáticos, conocer procesos históricos, interpretar fenómenos científicos y desarrollar herramientas para comprender el mundo. Pero también necesita saber qué hacer cuando aparece algo que todavía no conoce.

¿Cómo buscar información? ¿Cómo comprobar si una fuente es confiable? ¿Cómo organizar el estudio? ¿Cómo pedir ayuda? ¿Cómo detectar una dificultad? ¿Cómo volver a intentar después de equivocarse?

Estas preguntas forman parte de una capacidad que será cada vez más importante: aprender de manera autónoma.

La escuela puede enseñar contenidos y, al mismo tiempo, enseñar cómo apropiarse de ellos.

El acceso inmediato a información modificó una de las tareas tradicionales de la escuela.

Antes, encontrar una respuesta podía demandar una investigación extensa. Ahora, un buscador o una herramienta de inteligencia artificial puede ofrecer una respuesta prácticamente instantánea.

Pero la velocidad para obtener información no garantiza comprensión.

Una respuesta puede ser incorrecta. Puede estar incompleta. Puede presentar datos fuera de contexto. Incluso puede sonar convincente y, sin embargo, contener errores.

Por eso, la escuela tiene una tarea que adquiere una importancia cada vez mayor: enseñar a pensar antes de aceptar.

Pensar implica comparar información, identificar relaciones, reconocer contradicciones, formular preguntas, buscar evidencias y revisar las propias conclusiones.

También significa aprender a decir «no estoy seguro» y saber qué hacer a partir de allí.

Un estudiante que no conoce una respuesta puede buscarla. Pero un estudiante que sabe pensar también puede analizar si aquello que encontró tiene sentido.

Esa diferencia resulta fundamental en un entorno donde las respuestas son abundantes.

Cuando se habla de creatividad en educación, muchas veces se piensa exclusivamente en actividades artísticas. Sin embargo, crear es mucho más amplio.

Crear significa encontrar una manera diferente de resolver un problema, formular una hipótesis, diseñar una propuesta, escribir una historia, desarrollar un proyecto, imaginar una explicación o combinar conocimientos para producir algo que antes no existía.

Un estudiante crea cuando encuentra una estrategia matemática diferente. También cuando diseña un experimento, propone una solución para mejorar un espacio de la escuela o desarrolla una interpretación original de una obra literaria.

Por eso, la creatividad no debería quedar encerrada en una materia determinada.

Puede aparecer en ciencias, matemática, lengua, historia, tecnología, educación física y prácticamente cualquier espacio de aprendizaje.

La condición fundamental es que existan momentos en los que los alumnos no tengan que limitarse a reproducir exactamente aquello que el docente mostró.

La inteligencia artificial obliga a repensar qué significa crear

La llegada de la inteligencia artificial introduce una nueva pregunta: si una herramienta puede producir un texto, una imagen, una presentación o una idea, ¿qué significa crear en la escuela?

La respuesta no debería consistir simplemente en prohibir estas herramientas.

Puede resultar mucho más interesante enseñar a utilizarlas como objetos de análisis y como recursos dentro de procesos creativos que sigan teniendo participación humana.

Un estudiante puede pedirle a una herramienta que genere diferentes propuestas y luego analizar cuál tiene sentido. Puede comparar una producción automática con su propia versión. Puede detectar errores, modificar una idea, combinar propuestas o justificar por qué decidió descartar determinadas alternativas.

De esta manera, la tecnología no elimina la creatividad. Puede convertirse en un punto de partida para ejercitarla.

Lo importante es que el estudiante no entregue simplemente aquello que produjo una herramienta, sino que pueda explicar sus decisiones y mostrar qué aportó al proceso.

El conocimiento sigue siendo indispensable

En tiempos de acceso permanente a información, podría aparecer la idea de que memorizar conocimientos ya no resulta necesario.

Sin embargo, pensar y crear requieren una base de conocimientos.

Es difícil analizar un problema histórico sin conocer su contexto. Es difícil comprender un fenómeno científico sin conceptos previos. Es difícil resolver un problema matemático sin dominar determinadas relaciones. Es difícil escribir con profundidad cuando no se cuenta con vocabulario, experiencias y referencias.

El conocimiento no compite con el pensamiento.

Lo alimenta.

Por eso, la escuela necesita evitar dos extremos: una enseñanza basada únicamente en repetir información y otra que pretenda desarrollar pensamiento sin enseñar conocimientos suficientes.

La combinación es mucho más potente: saber, comprender, utilizar y producir.

Un alumno que posee conocimientos puede relacionarlos de maneras nuevas. Y cuando aprende a utilizarlos para resolver problemas, esos conocimientos adquieren mayor sentido.

Una educación centrada en aprender, pensar y crear necesita cambiar la relación con el error.

Si equivocarse significa únicamente obtener una mala calificación, el estudiante puede aprender a evitar riesgos. Pero si el error se convierte en una oportunidad para analizar el proceso, puede transformarse en una fuente de aprendizaje.

¿Qué supusiste? ¿Qué información utilizaste? ¿Dónde cambió tu razonamiento? ¿Qué dato no habías considerado? ¿Qué podrías hacer de otra manera?

Estas preguntas permiten que el estudiante observe su propio pensamiento.

Además, crear siempre implica cierta posibilidad de equivocarse. Una idea nueva puede no funcionar en el primer intento. Un proyecto puede necesitar modificaciones. Una hipótesis puede ser descartada después de un experimento.

Una escuela que pretende formar personas capaces de crear necesita ofrecer espacios donde probar, revisar y volver a intentar sea parte natural del aprendizaje.

Aprender con problemas reales

Una de las maneras más interesantes de unir conocimiento, pensamiento y creatividad consiste en trabajar a partir de problemas.

Un problema real no siempre tiene una respuesta única. Puede exigir investigar, seleccionar información, discutir alternativas y tomar decisiones.

La escuela puede trabajar, por ejemplo, con situaciones vinculadas al ambiente, la convivencia, el uso responsable de la tecnología, la movilidad urbana, el consumo, la comunicación o las necesidades de la propia comunidad.

Lo importante no es convertir cada clase en un proyecto enorme.

Una pregunta bien formulada puede ser suficiente para abrir una experiencia diferente.

¿Qué podría hacerse para reducir los residuos de la escuela? ¿Cómo podríamos explicar un fenómeno científico a niños más pequeños? ¿Qué información necesitamos para conocer mejor un problema de nuestra comunidad? ¿Cómo podríamos diseñar una campaña para comunicar una idea?

En cada caso, los estudiantes necesitan utilizar conocimientos, pensar alternativas y crear una respuesta.

El docente sigue siendo fundamental

Formar estudiantes capaces de aprender, pensar y crear no significa dejar que cada alumno avance solo.

El docente continúa ocupando un lugar central.

Es quien selecciona contenidos, organiza experiencias, formula preguntas, ofrece explicaciones, detecta dificultades y ayuda a profundizar.

También puede crear las condiciones para que los estudiantes desarrollen mayor autonomía.

Eso implica saber cuándo explicar y cuándo preguntar. Cuando ofrecer una orientación y cuándo permitir que el alumno intente. Cuando corregir inmediatamente y cuándo dejar que revise su propio razonamiento.

La enseñanza cambia cuando el objetivo no es solamente conseguir una respuesta correcta, sino conseguir que el estudiante comprenda cómo llegó hasta ella.

Quizás el mayor desafío educativo del presente sea preparar a los estudiantes para situaciones que todavía no podemos describir con precisión.

No sabemos qué tecnologías utilizarán dentro de veinte años. No sabemos qué profesiones aparecerán ni cuáles modificarán completamente sus tareas. Tampoco conocemos todos los problemas científicos, ambientales y sociales que deberán enfrentar.

Pero sí podemos enseñar capacidades que les permitan responder ante lo nuevo.

Una persona que sabe aprender puede incorporar conocimientos desconocidos.

Una persona que sabe pensar puede analizar situaciones complejas.

Una persona que sabe crear puede imaginar alternativas cuando las respuestas disponibles no alcanzan.

Las tres capacidades forman una combinación especialmente valiosa.

El desafío de la escuela no consiste en hacer que los alumnos acumulen cada vez más información. Consiste en conseguir que aquello que aprenden pueda ser utilizado.

Una clase puede comenzar con una explicación y terminar con una pregunta. Puede partir de un contenido y conducir a un problema. Puede utilizar una herramienta digital y terminar en una discusión entre estudiantes.

La enseñanza puede moverse entre diferentes formas de aprender.

Leer, escuchar, investigar, experimentar, conversar, escribir, resolver, crear y explicar pueden formar parte de una misma experiencia.

Esto también permite recuperar una idea sencilla: aprender no siempre tiene que sentirse como completar una lista de tareas.

Puede significar descubrir algo, cambiar de opinión, encontrar una explicación, resolver un problema que parecía difícil o producir algo que antes no existía.

El gran objetivo: formar personas capaces de continuar creciendo

La escuela no puede predecir el futuro, pero sí puede ayudar a construir personas preparadas para enfrentarlo.

Eso requiere conocimientos sólidos, pero también curiosidad. Requiere capacidad para analizar información, pero también imaginación. Requiere aprender de los errores, formular preguntas y sostener el esfuerzo cuando una respuesta no aparece inmediatamente.

En definitiva, aprender, pensar y crear son tres dimensiones de una misma educación.

Aprender permite incorporar aquello que todavía no sabemos. Pensar permite comprender y cuestionar lo que encontramos. Crear permite transformar ese conocimiento en nuevas posibilidades.

La escuela que consiga trabajar las tres dimensiones no estará preparando solamente estudiantes para aprobar evaluaciones. Estará formando personas capaces de continuar aprendiendo cuando la escuela haya terminado, de analizar un mundo lleno de información y de imaginar respuestas frente a problemas que todavía no tienen solución.

Ese puede ser uno de los grandes propósitos de la educación del futuro: no enseñar únicamente a responder las preguntas que ya conocemos, sino preparar a cada estudiante para aprender cuando aparezcan nuevas preguntas, pensar cuando no exista una respuesta sencilla y crear cuando sea necesario imaginar un camino diferente.