Por: Maximiliano Catalisano
Durante años, la escuela pareció tener una misión casi exclusiva: enseñar, evaluar y preparar a los estudiantes para el siguiente nivel. Pero algo está cambiando en las aulas de todo el mundo. El estrés, la ansiedad, el agotamiento, la soledad y la presión por las calificaciones comenzaron a ocupar un espacio cada vez mayor en las conversaciones educativas. Hoy, organismos internacionales y sistemas escolares están revisando una idea que durante mucho tiempo pareció incuestionable: que mejorar el rendimiento académico siempre exige aumentar la presión. La nueva mirada propone algo diferente: un estudiante que se siente seguro, acompañado y emocionalmente preparado también está en mejores condiciones para aprender.
La transformación no significa que las notas, los conocimientos o las evaluaciones hayan dejado de importar. Significa que el bienestar dejó de ser considerado un asunto separado de la educación. La UNESCO sostiene que la salud y el bienestar deben incorporarse a la planificación educativa y que los estudiantes necesitan entornos escolares que favorezcan tanto su salud física y mental como sus aprendizajes.
La Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), por su parte, incorporó el bienestar estudiantil como una dimensión relevante de sus análisis internacionales. En PISA 2022, la organización examinó aspectos como la satisfacción con la vida, las relaciones sociales, el sentido de pertenencia, la seguridad, la ansiedad y la relación de los estudiantes con el trabajo escolar.
La presión académica ya forma parte de la conversación educativa
Uno de los datos que más llama la atención aparece en las mediciones de ansiedad vinculada con el aprendizaje. Según PISA 2022, los estudiantes declararon mayores niveles de ansiedad ante las matemáticas que en 2012 en la mayoría de los países y economías participantes. El aumento fue especialmente marcado en numerosos países europeos y latinoamericanos. Además, creció la proporción de alumnos que manifestó sentirse indefensa o tensa al resolver problemas de matemática o hacer tareas.
El dato permite entender por qué la salud mental comenzó a ocupar un espacio más visible dentro de las políticas educativas. Cuando aprender está acompañado de miedo permanente a equivocarse, presión por las calificaciones o preocupación excesiva por el futuro, el problema deja de ser solamente académico.
La propia OCDE advierte que los estudiantes pueden experimentar estrés y ansiedad relacionados con la escuela y que una carga excesiva de trabajo escolar puede afectar su bienestar. En su marco de evaluación, la organización considera el tiempo dedicado a la escuela, los desplazamientos y las tareas para el hogar como parte de la experiencia educativa que puede influir sobre el bienestar.
La discusión también alcanza a las evaluaciones. La OCDE ha señalado que una cantidad excesiva de pruebas puede aumentar la presión sobre estudiantes y docentes, especialmente cuando los exámenes tienen consecuencias importantes para sus trayectorias futuras.
Esto no significa que haya que abandonar los exámenes. La cuestión pasa por analizar cuántas evaluaciones se realizan, con qué finalidad y qué mensaje recibe el estudiante cuando cada error parece tener consecuencias definitivas.
Uno de los cambios más importantes consiste en ampliar la definición de éxito escolar.
Durante mucho tiempo, las calificaciones fueron el principal indicador utilizado para saber si una escuela funcionaba bien. Pero un alumno puede obtener buenas notas y, al mismo tiempo, sentirse solo, agotado o profundamente preocupado por fracasar.
PISA comenzó a reunir diferentes dimensiones del bienestar estudiantil. Entre ellas aparecen el desempeño académico, la participación, la relación con la escuela, el bienestar psicológico, la capacidad para afrontar dificultades, los vínculos sociales y el equilibrio entre estudio y vida personal.
La OCDE encontró, además, que la relación de los estudiantes con sus familias, la escuela y su propia salud se encuentra entre los factores asociados con la satisfacción con la vida. También observó que los alumnos que sienten mayor pertenencia a su escuela tienden a experimentar menos soledad y encuentran más facilidad para establecer amistades.
Esto modifica la pregunta que debería hacerse una institución educativa. Ya no alcanza con saber cuántos estudiantes aprobaron. También resulta necesario conocer cómo viven esos estudiantes su paso por la escuela.
El sentido de pertenencia también importa
Sentirse parte de una comunidad escolar puede parecer un aspecto secundario frente a materias como matemática, lengua o ciencias. Sin embargo, las investigaciones internacionales muestran que las relaciones y el clima escolar están conectados con la experiencia educativa.
La OCDE señala que los estudiantes que asisten a escuelas donde existe un mayor sentido de pertenencia tienden a sentirse menos solos y a establecer vínculos con mayor facilidad. También existe una relación entre el acoso escolar, el clima de la institución y la sensación de pertenencia.
Esto convierte a la convivencia en una parte importante de la agenda educativa.
Una escuela puede tener buenos programas académicos y, al mismo tiempo, enfrentar problemas de aislamiento, acoso, conflictos entre compañeros o dificultades en la relación entre estudiantes y docentes. Si esas situaciones no se atienden, pueden terminar afectando también la disposición para aprender.
La salud mental, entonces, no debería quedar confinada a un gabinete o a una consulta individual. También puede abordarse desde la manera en que se construyen las relaciones dentro de la escuela.
El modelo que empieza a ganar terreno: aprender sin vivir bajo presión
La tendencia internacional no apunta a eliminar las exigencias académicas. Más bien busca modificar la relación entre exigencia, acompañamiento y descanso.
Una de las estrategias consiste en revisar la cantidad de tareas. Otra es reducir la repetición innecesaria de evaluaciones. También aparecen propuestas para incorporar pausas, actividades físicas, espacios de conversación y programas de aprendizaje socioemocional.
La UNESCO ha desarrollado el enfoque de «escuelas felices», que plantea crear entornos de aprendizaje donde el bienestar, la alegría y la seguridad tengan un lugar relevante. En Vietnam, por ejemplo, la organización trabaja sobre una transformación del sistema educativo que busca responder a problemas relacionados con la presión académica, el acoso y la violencia dentro de las escuelas.
El objetivo no es convertir las aulas en espacios donde nadie tenga que esforzarse. Es evitar que el esfuerzo educativo se transforme en una fuente permanente de angustia.
Una solución económica puede empezar dentro de la escuela
Uno de los aspectos más interesantes de este cambio es que algunas medidas destinadas a mejorar el bienestar no requieren grandes inversiones.
Una escuela puede comenzar revisando la cantidad de tareas y evaluaciones que concentra cada semana. También puede coordinar los calendarios entre docentes para evitar que varios exámenes importantes coincidan en pocos días.
Otra medida sencilla consiste en establecer canales de comunicación para que los estudiantes puedan expresar problemas antes de que se conviertan en situaciones mayores. No siempre hace falta crear una estructura completamente nueva: tutores, preceptores, docentes y equipos de orientación pueden incorporar momentos breves de seguimiento.
También se puede trabajar sobre el clima del aula. Saludar a los estudiantes, establecer reglas claras, evitar la humillación pública frente a un error y ofrecer oportunidades para corregir pueden tener un costo prácticamente nulo.
El acompañamiento entre compañeros es otra herramienta que puede aprovecharse. La OCDE encontró una relación entre la presencia de tutorías entre estudiantes y un mayor sentido de pertenencia escolar.
En otras palabras, algunas de las intervenciones más accesibles no dependen de comprar tecnología o ampliar edificios. Dependen de reorganizar tiempos, vínculos y prácticas cotidianas.
Qué pueden hacer los docentes frente a la ansiedad escolar
El docente no tiene que convertirse en psicólogo ni asumir el tratamiento de los problemas de salud mental de sus estudiantes. Su función puede ser mucho más concreta: observar cambios, generar un entorno seguro y saber cuándo pedir ayuda.
Un adolescente que repentinamente deja de participar, manifiesta miedo intenso ante una evaluación, se aísla, falta con frecuencia o expresa preocupación constante por sus resultados puede necesitar algo más que una recomendación para estudiar.
La respuesta tampoco debería ser bajar automáticamente las expectativas. Puede consistir en preguntar qué está ocurriendo, ofrecer una orientación adecuada y recurrir a los equipos especializados cuando corresponda.
La OCDE encontró que las habilidades sociales y emocionales también se relacionan con el desempeño académico. Los estudiantes con mayor curiosidad intelectual, perseverancia y capacidad para regular sus emociones obtuvieron mejores resultados en matemática en los datos analizados por PISA.
Esto muestra que bienestar y aprendizaje no son necesariamente objetivos enfrentados. En determinadas condiciones, pueden reforzarse mutuamente.
Argentina también aparece dentro del debate
El caso argentino permite observar con claridad la relación entre presión académica y bienestar.
Según los datos de PISA 2022 recopilados por la OCDE, Argentina se encontraba entre los países participantes con niveles elevados de ansiedad matemática. Además, los estudiantes argentinos declararon dedicar alrededor de dos horas diarias a las tareas durante una semana escolar habitual, una cifra relativamente alta dentro del conjunto de países y economías analizados.
Estos datos no permiten afirmar que las tareas sean la causa de la ansiedad. Tampoco significa que reducir automáticamente el trabajo escolar vaya a solucionar los problemas de salud mental.
Sí permiten abrir una discusión necesaria: cuánto tiempo ocupa la escuela en la vida de los adolescentes y qué experiencia emocional queda asociada con ese tiempo.
La escuela puede ser un espacio de aprendizaje y también un lugar donde los jóvenes encuentren vínculos, acompañamiento y herramientas para afrontar situaciones difíciles. Para conseguirlo, no necesariamente necesita abandonar sus objetivos académicos.
La transformación que atraviesa la educación internacional puede resumirse en una idea: el rendimiento académico ya no es el único indicador que importa.
Los organismos internacionales están incorporando cada vez más variables relacionadas con la salud mental, las relaciones sociales, la seguridad, el sentido de pertenencia y el equilibrio entre estudio y vida personal. La UNESCO plantea integrar la salud y el bienestar dentro de la planificación educativa, mientras que la OCDE utiliza múltiples dimensiones para analizar cómo viven los estudiantes su experiencia escolar.
Esto abre una oportunidad especialmente interesante para escuelas con presupuestos limitados. Mejorar el bienestar no siempre requiere grandes programas. Puede comenzar con algo tan sencillo como revisar una agenda de exámenes, reducir tareas repetitivas, abrir espacios de escucha y detectar a tiempo a quienes están atravesando dificultades.
El cambio cultural es posiblemente más importante que la inversión inicial. Se trata de dejar atrás la idea de que un buen estudiante es necesariamente aquel que soporta más presión y entender que aprender también requiere descanso, vínculos, seguridad y motivación.
La escuela del futuro probablemente no sea una escuela sin exigencias. Será una institución capaz de pedir esfuerzo sin convertir el fracaso en una amenaza permanente, de evaluar sin generar miedo y de enseñar contenidos sin olvidar que frente al docente hay personas que atraviesan una etapa determinante de sus vidas.
Porque una educación que se preocupa solamente por cuánto aprende un estudiante puede quedarse con una parte de la historia. La otra pregunta, cada vez más presente en la agenda internacional, es igual de importante: ¿cómo se siente mientras aprende?
