Por: Maximiliano Catalisano

La escuela tiene hoy un nuevo desafío que no siempre aparece en los programas de estudio: enseñar a comprender la huella digital que cada persona construye mientras aprende. Durante una actividad escolar, un estudiante puede utilizar un buscador, consultar una inteligencia artificial, subir un archivo, realizar una videollamada, participar en una plataforma educativa, editar un documento colaborativo o enviar una producción. Cada una de esas acciones puede dejar registros.

La huella digital no está formada solamente por las fotografías que una persona publica en redes sociales. También incluye datos, interacciones, búsquedas, preferencias, documentos, identificadores técnicos y otros registros asociados con el uso de servicios digitales. En el caso de los estudiantes, esta cuestión adquiere una dimensión especial porque muchos de esos rastros se producen durante una etapa de formación en la que todavía están construyendo criterios sobre privacidad, consentimiento y exposición pública.

La llegada de la inteligencia artificial agrega una nueva capa al problema. Cuando un alumno utiliza una herramienta de IA para solicitar una explicación, corregir un texto, generar ideas o resolver una consigna, puede estar compartiendo información que merece ser analizada antes de ser introducida en cualquier plataforma. El dato puede parecer insignificante de manera aislada, pero adquirir otro significado cuando se combina con muchos otros registros.

Por eso, hablar de ética en la era de la IA dentro de la escuela no significa enseñar solamente a utilizar correctamente una herramienta. Significa ayudar a los estudiantes a preguntarse qué información entregan, quién podría acceder a ella, para qué podría utilizarse y qué consecuencias puede tener dejar determinado registro.

La huella digital también aparece cuando aprendemos

Una de las dificultades para comprender este fenómeno es que buena parte de los rastros digitales se generan sin que el usuario los perciba directamente.

Cuando un estudiante completa una actividad en una plataforma, puede quedar registrado cuándo ingresó, qué actividad realizó, cuánto tiempo permaneció conectado o qué recursos utilizó, dependiendo del sistema. Cuando trabaja en un documento colaborativo pueden quedar versiones anteriores. Cuando utiliza una aplicación educativa pueden almacenarse diferentes datos vinculados con su cuenta.

Esto no significa automáticamente que exista un problema. Los registros pueden tener una finalidad pedagógica legítima, como organizar actividades, realizar un seguimiento académico o permitir el funcionamiento de una plataforma. El punto ético aparece cuando la comunidad educativa desconoce qué datos se recopilan y qué uso reciben.

La pregunta que debería formar parte de cualquier proyecto tecnológico escolar es sencilla: ¿qué información estamos generando mientras aprendemos?

Ese interrogante permite pasar de una mirada ingenua sobre la tecnología a una comprensión más consciente.

La inteligencia artificial puede procesar grandes cantidades de información y generar respuestas a partir de las instrucciones que recibe. Esto hace especialmente importante analizar qué se escribe en una herramienta de IA.

Un estudiante podría introducir una consigna escolar sin mayor riesgo. Pero también podría copiar información personal, datos de un compañero, una situación familiar, un informe educativo o contenido que permita identificar a otra persona.

En ese punto, la educación digital necesita incorporar una regla básica: no todo lo que puede copiarse y pegarse debería compartirse con una herramienta tecnológica.

La escuela puede trabajar esta idea mediante situaciones concretas. Por ejemplo, presentar a los estudiantes diferentes casos y pedirles que determinen qué información compartirían y cuál deberían mantener protegida.

Un nombre y apellido, una dirección, un número telefónico, una contraseña, fotografías privadas, información familiar o documentos personales requieren un nivel de cuidado diferente al de una pregunta general sobre matemática, literatura o historia.

El objetivo es desarrollar criterio.

Los estudiantes necesitan aprender que utilizar inteligencia artificial no implica entregar información sin límites.

Uno de los aspectos más interesantes para trabajar en el aula es que la información personal no siempre parece sensible cuando se observa por separado.

Una preferencia musical puede parecer irrelevante. También puede parecerlo una búsqueda, una ubicación aproximada, una elección dentro de una aplicación o el horario habitual de conexión.

Sin embargo, diferentes registros pueden combinarse y construir un perfil mucho más detallado.

La lógica es similar a la de un rompecabezas: cada pieza aislada puede decir poco, pero muchas piezas juntas permiten obtener una imagen más completa.

En la era de la inteligencia artificial, esta capacidad de procesamiento hace que la reflexión sobre datos personales sea todavía más importante. Los estudiantes necesitan comprender que la privacidad no consiste únicamente en esconder secretos. También implica decidir qué información queremos entregar, a quién y bajo qué condiciones.

Enseñar a leer las condiciones de las plataformas

Las condiciones de uso suelen ser extensas y difíciles de interpretar para cualquier persona. Pretender que un adolescente lea y comprenda cada documento jurídico antes de utilizar una aplicación puede no ser una estrategia realista.

Pero la escuela sí puede enseñar preguntas básicas.

¿Quién ofrece la herramienta? ¿Qué datos solicita? ¿Es necesario crear una cuenta? ¿Qué permisos pide? ¿La información puede utilizarse para mejorar el servicio? ¿Durante cuánto tiempo se conserva? ¿Existe una opción para eliminarla? ¿La herramienta permite utilizarla sin compartir determinados datos?

No siempre será posible responder todas estas preguntas inmediatamente, pero aprender a formularlas ya representa un cambio importante.

La alfabetización digital del futuro tendrá que incluir esta capacidad de detenerse antes de aceptar.

Durante mucho tiempo, la educación digital estuvo centrada en enseñar a utilizar dispositivos, programas y plataformas. Esa formación continúa siendo necesaria, pero resulta insuficiente.

Un estudiante puede saber crear una presentación excelente y, al mismo tiempo, desconocer que no debería publicar una fotografía de un compañero sin autorización. Puede utilizar una herramienta de IA con habilidad y no comprender que una información personal puede quedar registrada. Puede tener una contraseña segura y aun así compartir datos sensibles en una conversación digital.

La competencia tecnológica necesita estar acompañada por una dimensión ética.

Enseñar privacidad no significa generar miedo frente a la tecnología. Significa proporcionar herramientas para utilizarla con mayor autonomía y responsabilidad.

La conversación puede comenzar desde situaciones cotidianas: publicar una fotografía grupal, compartir una captura de pantalla, copiar un trabajo en una herramienta de IA, utilizar una cuenta escolar desde un dispositivo personal o entregar datos para registrarse en una plataforma.

Cada situación puede convertirse en una oportunidad para preguntar: ¿qué estamos dejando atrás cuando hacemos esto?

El docente también necesita revisar sus prácticas

La reflexión sobre los rastros digitales no puede dirigirse únicamente a los alumnos. Las propias prácticas institucionales deben ser analizadas.

Una escuela puede estar utilizando numerosas herramientas digitales sin haber realizado una revisión general sobre los datos que circulan entre ellas. Formularios, plataformas, aplicaciones, servicios de videoconferencia, sistemas de comunicación y herramientas de inteligencia artificial pueden generar diferentes tipos de registros.

Por eso, resulta conveniente que los equipos docentes y directivos construyan criterios comunes.

No hace falta realizar una transformación tecnológica costosa. Puede comenzar con un inventario sencillo de las herramientas utilizadas en la institución y una pregunta para cada una: ¿qué información entregan nuestros estudiantes cuando utilizan este servicio?

A partir de allí, pueden revisarse los permisos, las cuentas, los datos solicitados y las prácticas de almacenamiento.

También conviene evitar una acumulación innecesaria de información. Si un dato no es necesario para una actividad educativa concreta, es razonable preguntarse si hace falta solicitarlo.

Otro aspecto central es definir qué lugar tendrá la IA dentro de las actividades escolares.

Una escuela puede permitir su utilización para determinadas tareas y establecer restricciones para otras. Por ejemplo, puede ser válida para generar preguntas, comparar explicaciones o buscar diferentes enfoques, pero requerir que la producción final sea revisada y elaborada por el estudiante.

También puede solicitarse que los alumnos expliquen cuándo utilizaron una herramienta de inteligencia artificial y qué modificaciones realizaron sobre el resultado obtenido.

Esto permite evitar una mirada simplista basada en “usar IA” o “prohibir IA”.

La cuestión más interesante es aprender a utilizarla con criterios claros.

Cuando una herramienta genera una respuesta, el estudiante debería poder preguntarse si esa respuesta es correcta, si presenta información incompleta, si utiliza fuentes confiables y si realmente responde a la consigna.

La inteligencia artificial puede producir textos convincentes, pero eso no convierte automáticamente esos textos en conocimiento confiable.

¿Qué debería hacer la escuela frente a los rastros digitales?

La respuesta no consiste en impedir toda actividad digital. Tampoco en aceptar que los estudiantes dejen una cantidad ilimitada de información a cambio de acceder a determinados servicios.

La escuela puede construir una política institucional sencilla de ciudadanía digital que contemple privacidad, seguridad, utilización de inteligencia artificial, imágenes, comunicación y producción de contenidos.

Esa política debería ser conocida por docentes, estudiantes y familias.

También puede incluir acuerdos específicos para las actividades con IA. Por ejemplo, establecer qué tipo de información nunca debe introducirse en herramientas externas, cómo identificar producciones generadas o asistidas por IA y cómo citar o declarar su utilización cuando corresponda.

La claridad resulta especialmente importante porque los estudiantes reciben mensajes muy diferentes fuera de la escuela. Mientras algunas plataformas estimulan a compartir constantemente información, la institución educativa puede ofrecer un espacio para aprender a poner límites.

Existe una alternativa de bajo costo para comenzar a trabajar este tema: incorporar la ética digital a las actividades que la escuela ya realiza.

No es indispensable comprar una nueva plataforma.

Un docente puede presentar una captura ficticia de una aplicación y pedir a los estudiantes que identifiquen qué datos solicita. Una clase de lengua puede analizar cómo cambia un texto cuando se le entrega información personal a una IA. Una actividad de ciudadanía puede abordar el concepto de privacidad. Una propuesta de informática puede estudiar qué es una huella digital.

Incluso una reunión institucional puede servir para revisar qué herramientas utiliza actualmente la escuela.

La inversión principal es tiempo para conversar, analizar y acordar criterios.

En lugar de pensar que la educación digital requiere siempre nuevos dispositivos, también es posible entenderla como una formación sobre las decisiones que tomamos con los dispositivos que ya utilizamos.

La construcción de hábitos digitales no termina cuando el estudiante sale de la escuela. Por eso, las familias también necesitan participar en la conversación.

No se trata de convertirlas en especialistas en inteligencia artificial. Puede resultar mucho más útil ofrecer recomendaciones sencillas: conversar sobre qué información se comparte, revisar juntos los permisos de las aplicaciones, evitar publicar datos personales y enseñar a consultar antes de subir una fotografía de otra persona.

La comunicación entre escuela y familia puede ayudar a evitar mensajes contradictorios.

Si la escuela enseña que la privacidad merece cuidado, pero luego solicita datos innecesarios mediante múltiples aplicaciones, la práctica institucional contradice el discurso.

La coherencia entre lo que se enseña y lo que se hace constituye una de las mejores formas de educación digital.

Formar ciudadanos para un mundo de datos

La cuestión de los rastros digitales seguirá creciendo a medida que aumente la presencia de sistemas automatizados en la vida cotidiana.

Los estudiantes de hoy convivirán con tecnologías capaces de analizar comportamientos, generar contenidos, recomendar decisiones y procesar grandes cantidades de información. En ese escenario, saber utilizar una herramienta será solamente una parte de la formación.

Será necesario saber cuándo utilizarla, qué información compartir, qué preguntas formular y cuándo resulta conveniente desconfiar de una respuesta automática.

La escuela puede ocupar un lugar fundamental en esa preparación porque tiene la posibilidad de convertir situaciones cotidianas en experiencias de aprendizaje.

Cada vez que un estudiante pregunta qué puede compartir con una IA, cada vez que analiza una plataforma, cada vez que descubre que una publicación puede permanecer en internet durante mucho tiempo, está aprendiendo algo sobre la sociedad en la que vive.

La huella digital no debería ser presentada únicamente como una amenaza. También puede ser comprendida como una responsabilidad.

Nuestros alumnos están construyendo una identidad digital mientras estudian, se comunican, crean y participan. Enseñarles a cuidar esa identidad significa ayudarlos a tomar decisiones más conscientes sobre la información que dejan detrás.

La gran pregunta para la escuela ya no es si los estudiantes utilizan tecnología. Eso forma parte de su realidad cotidiana. La pregunta educativa es qué criterios necesitan desarrollar para convivir con ella.

En la era de la inteligencia artificial, la alfabetización digital necesita incorporar una dimensión ética: pensar antes de compartir, comprender antes de aceptar y verificar antes de confiar.

No hace falta esperar a que aparezca una nueva tecnología para comenzar. La escuela puede empezar con las herramientas que ya están en sus aulas y con una conversación que, por su sencillez, puede tener enorme alcance: ¿qué información estamos dejando cuando aprendemos en internet y qué queremos que suceda con ella?

Responder esa pregunta junto a los estudiantes puede ser uno de los proyectos educativos más importantes para preparar a una generación que vivirá en una sociedad donde los datos tendrán cada vez más valor.