Por: Maximiliano Catalisano
Una escuela que navega por un río para encontrar a sus alumnos, un aula diseñada para soportar inundaciones o un edificio preparado para mantener una temperatura soportable durante una ola de calor ya no parecen escenas de una película futurista. En distintas regiones del planeta, la educación está empezando a cambiar su arquitectura y sus métodos para responder a una realidad cada vez más difícil de ignorar: el clima también puede impedir que un niño llegue a clase. Frente a inundaciones, ciclones, sequías, incendios y temperaturas extremas, algunas comunidades están creando escuelas flotantes, edificios adaptados y sistemas educativos capaces de continuar funcionando cuando el entorno se vuelve inhabitable.
El desafío tiene una dimensión enorme. Según UNICEF, al menos 242 millones de estudiantes de 85 países y territorios tuvieron interrupciones en su escolaridad durante 2024 debido a fenómenos climáticos extremos. La cifra incluye olas de calor, ciclones tropicales, tormentas, inundaciones y sequías, y equivale aproximadamente a uno de cada siete estudiantes. Además, el 74% de los alumnos afectados vivía en países de ingresos bajos o medio-bajos.
El dato ayuda a entender por qué las llamadas escuelas climáticas o resilientes están ganando espacio. No se trata solamente de construir edificios más resistentes. En muchos lugares significa pensar de nuevo cómo llegar a los estudiantes, cómo mantener las clases cuando las rutas quedan bajo el agua y cómo evitar que una emergencia ambiental se transforme en meses de aprendizaje perdido.
Cuando la escuela tiene que ir hacia los alumnos
Uno de los ejemplos más llamativos se encuentra en Bangladesh, un país especialmente expuesto a inundaciones y otros fenómenos vinculados con el clima.
En comunidades atravesadas por ríos, las crecidas pueden convertir los caminos en barreras y aislar poblaciones enteras. Allí surgió una idea tan sencilla como extraordinaria: si los niños no pueden llegar a la escuela durante la temporada de inundaciones, la escuela puede desplazarse hacia ellos.
Las llamadas escuelas flotantes funcionan sobre embarcaciones adaptadas para ofrecer actividades educativas a comunidades que tienen dificultades para acceder a edificios escolares permanentes. Una de las experiencias más conocidas fue desarrollada por la organización Shidhulai Swanirvar Sangstha, que utiliza embarcaciones impulsadas con energía solar y combina educación con otros servicios comunitarios.
El programa fue reconocido por la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el cambio climático. Según la descripción del proyecto, sus embarcaciones permiten acercar la enseñanza a poblaciones que durante la temporada de lluvias tienen grandes dificultades para trasladarse hasta una escuela convencional.
La propuesta no consiste simplemente en poner pupitres dentro de un barco. El concepto combina movilidad, energía solar y adaptación al territorio. En comunidades donde el agua forma parte de la vida cotidiana, la infraestructura educativa deja de ser necesariamente un edificio fijo y pasa a convertirse en un servicio que puede desplazarse.
Una iniciativa documentada más recientemente en el distrito de Pabna incluye cinco estructuras flotantes alimentadas con energía solar, entre ellas escuelas, una biblioteca, un centro de capacitación y una clínica. El proyecto evolucionó durante más de dos décadas y llegó a funcionar como un sistema de servicios adaptado a las comunidades ribereñas.
Bangladesh muestra el problema que enfrentará buena parte del planeta
Lo que ocurre en Bangladesh permite observar una tendencia que podría extenderse a otras regiones: la infraestructura escolar debe adaptarse al territorio y no al revés.
En 2026, UNESCO informó que especialistas, funcionarios y responsables educativos de Bangladesh están trabajando en planes para construir un sistema educativo más preparado frente a los riesgos climáticos. En zonas como Sirajganj, las inundaciones pueden cerrar escuelas, convertirlas temporalmente en refugios y desplazar tanto a estudiantes como a docentes. En las islas fluviales conocidas como chars, incluso existe el riesgo de erosión y desaparición del terreno donde se encuentran las escuelas.
Esto cambia la manera de pensar una política educativa. Si una escuela queda inutilizada cada vez que sube el agua, reparar el edificio después de cada desastre puede ser mucho más costoso que diseñar desde el comienzo una infraestructura preparada para ese escenario.
La misma lógica puede aplicarse a regiones donde el principal problema no es el agua, sino el calor.
Durante 2024, las olas de calor fueron el fenómeno climático que más interrupciones escolares produjo a nivel mundial. UNICEF estima que afectaron a unos 171 millones de estudiantes, mientras que solo en abril más de 118 millones sufrieron interrupciones vinculadas con temperaturas extremas.
El problema no consiste únicamente en cerrar las escuelas cuando la temperatura alcanza niveles peligrosos. Incluso cuando las clases continúan, un aula excesivamente calurosa puede dificultar la concentración y afectar el bienestar de estudiantes y docentes.
Por eso, la adaptación climática de las escuelas está incorporando soluciones que no necesariamente requieren sistemas de aire acondicionado.
Techos pintados de colores claros, árboles que proporcionen sombra, ventilación cruzada, patios verdes, materiales de construcción adecuados y sistemas solares aparecen entre las alternativas que diferentes proyectos están explorando.
Un informe de UNICEF señala que el calor extremo puede interrumpir el aprendizaje incluso cuando las escuelas permanecen formalmente abiertas. Las condiciones ambientales pueden afectar la concentración, la salud y la capacidad de los estudiantes para permanecer en el aula.
Esto abre una oportunidad interesante para las escuelas con presupuestos limitados: adaptarse al calor no necesariamente significa instalar un equipo de aire acondicionado en cada aula.
Una de las claves de la arquitectura climática es utilizar el diseño para reducir la necesidad de energía.
Un aula con buena ventilación puede depender menos de sistemas mecánicos de refrigeración. Un patio con árboles puede reducir la temperatura de determinadas áreas. Un techo correctamente diseñado puede limitar la acumulación de calor. La orientación del edificio también puede influir en la cantidad de radiación solar que recibe durante el día.
En comunidades donde la electricidad es costosa o poco confiable, estas decisiones pueden tener un impacto importante.
La adaptación también puede realizarse de manera progresiva. Una escuela no necesita reconstruirse completamente de un día para otro. Puede comenzar con sombra, ventilación, recuperación de espacios verdes, protección de ventanas y techos, sistemas para almacenar agua o fuentes de energía alternativa.
El objetivo es que la infraestructura escolar deje de ser una estructura pasiva frente al clima.
Qué ocurre cuando llegan las inundaciones
Las inundaciones presentan un problema diferente porque pueden impedir simultáneamente el acceso, dañar edificios y destruir materiales.
UNICEF registró interrupciones escolares vinculadas con inundaciones en numerosas regiones durante 2024. En Pakistán, por ejemplo, más de 400 escuelas fueron dañadas por inundaciones en abril, mientras que en Afganistán más de 110 escuelas resultaron destruidas por inundaciones posteriores a una ola de calor en mayo.
La adaptación, entonces, debe contemplar no solamente el edificio.
Una escuela preparada para emergencias necesita pensar qué ocurrirá con los libros, las computadoras, los documentos administrativos, los sistemas de comunicación y las rutas de acceso. También necesita definir cómo continuará el aprendizaje si el edificio permanece cerrado durante varios días.
En determinadas comunidades, esto puede implicar contar con espacios alternativos. En otras, utilizar recursos digitales o materiales impresos preparados con anticipación. Y en zonas ribereñas, puede significar directamente utilizar embarcaciones como aulas temporales o permanentes.
En muchas comunidades, las escuelas tienen una función que va mucho más allá de la enseñanza.
Cuando ocurre una inundación, un ciclón o una tormenta, un edificio escolar puede convertirse en refugio para familias. Eso significa que su diseño debe contemplar simultáneamente las necesidades educativas y las de protección durante una emergencia.
En Bangladesh, UNESCO señala que algunas escuelas pueden cerrar durante las inundaciones o transformarse temporalmente en refugios. Esto plantea un desafío adicional: el mismo edificio debe cumplir funciones diferentes según las condiciones del territorio.
La planificación escolar empieza así a conectarse con la gestión de desastres.
Una escuela bien preparada puede servir como centro comunitario, espacio de evacuación y lugar de aprendizaje. Esa multifunción puede ser especialmente valiosa en zonas rurales o aisladas donde construir varias instalaciones independientes resultaría demasiado costoso.
El clima también puede provocar abandono escolar
Cuando una emergencia dura días o semanas, el problema no termina cuando vuelve el buen tiempo.
La interrupción prolongada puede generar pérdida de contenidos, dificultades para recuperar el ritmo de las clases y, en los contextos más vulnerables, abandono escolar.
UNICEF advierte que en África los fenómenos climáticos de 2024 pusieron a unos 20 millones de niños adicionales en riesgo de abandonar la escuela. El impacto puede ser especialmente grave cuando las familias pierden sus medios de subsistencia y los niños deben asumir nuevas responsabilidades.
Por eso, mantener abierta una escuela durante una emergencia no es únicamente una cuestión de infraestructura. También puede funcionar como una herramienta de protección social.
Cuando los alumnos permanecen vinculados con la institución, resulta más sencillo mantener el contacto con sus docentes, acceder a alimentación o servicios comunitarios cuando existen y sostener una rutina.
Las escuelas flotantes son probablemente el ejemplo más llamativo, pero representan solo una parte de una transformación mucho más amplia.
La adaptación climática de la educación puede incluir edificios elevados en zonas inundables, aulas con ventilación natural, sistemas solares, captación de agua de lluvia, patios arbolados, materiales locales, refugios escolares y protocolos para modificar horarios durante episodios de calor extremo.
En algunas regiones también se estudian calendarios escolares más flexibles para evitar los períodos del año en los que determinadas amenazas ambientales son más frecuentes.
La necesidad de estas medidas crece a medida que los fenómenos extremos afectan con mayor frecuencia la continuidad de las clases. UNICEF calcula que 23 países experimentaron múltiples rondas de interrupciones escolares durante 2024 y que al menos 20 tuvieron interrupciones de alcance nacional relacionadas con eventos climáticos.
El desafío ya no pertenece exclusivamente a países tropicales o regiones pobres. En Europa también se registraron interrupciones importantes. UNICEF informó que las inundaciones afectaron la escolarización de más de 900.000 alumnos en Italia durante 2024, mientras que miles de estudiantes tuvieron sus clases interrumpidas por las inundaciones en España.
Una solución de bajo costo que empieza con planificación
La adaptación climática puede parecer un proyecto reservado para grandes presupuestos, pero algunas medidas pueden comenzar con recursos relativamente modestos.
Una escuela puede identificar cuáles son sus principales amenazas ambientales, analizar qué espacios resultan más vulnerables, proteger materiales, mejorar la ventilación, aumentar las zonas de sombra y preparar procedimientos para continuar las clases durante una emergencia.
También puede coordinarse con autoridades locales para identificar rutas alternativas y espacios comunitarios.
En regiones expuestas a inundaciones, elevar determinados equipos y documentos puede evitar pérdidas. En zonas muy calurosas, pintar techos, plantar árboles y mejorar la circulación del aire puede contribuir a crear aulas más soportables.
Estas acciones no sustituyen las inversiones en infraestructura cuando son necesarias, pero permiten comenzar a preparar las escuelas sin esperar una reconstrucción completa.
La gran lección de las escuelas flotantes es precisamente esa: la educación no tiene por qué permanecer atada a un único modelo de edificio.
Durante mucho tiempo, la infraestructura educativa se diseñó pensando que las condiciones ambientales eran relativamente previsibles. Hoy esa premisa resulta cada vez más difícil de sostener.
Una escuela puede quedar rodeada de agua, enfrentar temperaturas extremas o quedar aislada por una tormenta. En esos escenarios, la pregunta ya no es solamente cómo construir una escuela, sino cómo garantizar que el aprendizaje pueda continuar cuando el entorno cambia.
Las experiencias de Bangladesh muestran que incluso una idea tan tradicional como un aula puede reinventarse. Una escuela puede flotar, desplazarse, producir su propia energía o convertirse temporalmente en refugio. En otros lugares, la solución puede estar en un techo que reduzca el calor, un patio arbolado o una infraestructura preparada para soportar inundaciones.
El dato de los 242 millones de estudiantes afectados por fenómenos climáticos en 2024 demuestra que no se trata de casos aislados.
La próxima gran transformación educativa quizás no ocurra dentro del aula, sino alrededor de ella.
Porque cuando el clima cambia las reglas del territorio, la escuela también tiene que aprender a cambiar.
