Por: Maximiliano Catalisano
Celulares en modo aula: Chile cambia la regla del juego en la sala de clases
En una época en la que el teléfono móvil se convirtió en una extensión del cuerpo adolescente, Chile decidió intervenir en el corazón del problema: la distracción permanente dentro de la sala de clases. La iniciativa conocida como “modo aula” no es simplemente una recomendación pedagógica, sino un giro en la manera en que el sistema educativo enfrenta el uso de celulares en horario escolar. La discusión ya no es si prohibir o permitir, sino cómo regular inteligentemente un dispositivo que puede ser herramienta o obstáculo según el contexto.
El debate sobre celulares en la escuela no es nuevo. Durante años, docentes y equipos directivos señalaron dificultades vinculadas a la concentración, el ciberacoso, la exposición en redes sociales y la fragmentación de la atención. Al mismo tiempo, el teléfono ofrece acceso inmediato a información, aplicaciones educativas y plataformas de aprendizaje. Chile decidió ordenar esta tensión estableciendo lineamientos claros que modifican la dinámica cotidiana en las aulas.
Qué implica el “modo aula” en el sistema educativo chileno
El concepto de “modo aula” apunta a restringir el uso de celulares durante el horario de clases, salvo cuando el docente lo autorice con fines pedagógicos. No se trata de eliminar la tecnología del entorno escolar, sino de regular su presencia para que no interfiera con el proceso formativo.
La medida promueve que los establecimientos definan protocolos institucionales. Esto incluye acuerdos explícitos con estudiantes y familias, criterios de resguardo ante incumplimientos y pautas para el uso responsable de dispositivos. El foco está puesto en recuperar la atención como recurso escaso y valioso dentro del aula.
En términos prácticos, muchos colegios optan por solicitar que los celulares permanezcan guardados durante las clases, mientras que otros implementan espacios específicos para su almacenamiento temporal. Lo relevante es que la norma deja de ser ambigua y pasa a formar parte de la cultura escolar.
Por qué Chile decide intervenir ahora
Diversos estudios internacionales advierten sobre la disminución de la capacidad de concentración sostenida en adolescentes. La lógica de notificaciones constantes, consumo rápido de contenidos y multitarea digital impacta directamente en los tiempos de aprendizaje profundo.
Docentes chilenos venían manifestando preocupación por interrupciones frecuentes, grabaciones no autorizadas y conflictos derivados de redes sociales. El “modo aula” surge como respuesta a una demanda del sistema educativo que busca recuperar condiciones básicas para enseñar y aprender.
Además, la experiencia comparada en otros países muestra que la regulación del celular en clase puede mejorar el clima escolar. Menos distracciones implica mayor participación, mejor escucha y reducción de tensiones vinculadas al uso indebido del dispositivo.
Tecnología sí, pero con propósito pedagógico
Uno de los puntos centrales de la iniciativa chilena es que no demoniza la tecnología. El celular puede ser una herramienta poderosa cuando se integra con intención didáctica. Aplicaciones de simulación, encuestas en tiempo real, investigación guiada o producción audiovisual son ejemplos de usos productivos.
La diferencia está en quién define el momento y la finalidad del uso. En el esquema tradicional sin regulación clara, el estudiante decide cuándo consultar el teléfono. En el modelo de “modo aula”, el encuadre lo establece la planificación docente.
Este cambio refuerza el rol profesional del educador en la gestión del entorno de aprendizaje. No se trata solo de transmitir contenidos, sino de organizar el contexto para que la experiencia formativa tenga coherencia y continuidad.
Impacto en la convivencia escolar
El uso irrestricto de celulares generó nuevos conflictos en las instituciones: difusión de imágenes sin consentimiento, exposición pública de situaciones internas y prolongación de disputas fuera del horario escolar. Al limitar el uso durante la jornada, se reduce la posibilidad de que estos episodios se originen o escalen dentro del aula.
También se observa un efecto positivo en la interacción cara a cara. Sin pantallas interpuestas, aumenta el diálogo directo entre estudiantes y entre estudiantes y docentes. La construcción de vínculos presenciales adquiere mayor protagonismo en un contexto donde lo digital suele ocupar el centro.
La regulación no elimina todos los problemas asociados a redes sociales, pero establece un límite claro en el espacio escolar, que es donde la institución tiene mayor capacidad de intervención.
El desafío de implementar la norma
Toda política educativa enfrenta el reto de pasar del papel a la práctica. El éxito del “modo aula” depende en gran medida de la coherencia institucional y del acompañamiento a docentes. No alcanza con dictar una regla; es necesario sostenerla en el tiempo y explicarla pedagógicamente.
Las familias cumplen un papel determinante. Cuando comprenden que la medida no busca castigar sino mejorar las condiciones de aprendizaje, el cumplimiento resulta más sencillo. La comunicación clara y anticipada evita conflictos innecesarios.
Por otra parte, la formación docente en ciudadanía digital sigue siendo un eje relevante. Regular el uso del celular no sustituye la enseñanza sobre responsabilidad en entornos virtuales. Ambas dimensiones deben avanzar en paralelo.
Una señal para América Latina
La decisión chilena se inscribe en un debate regional más amplio. Varios sistemas educativos de América Latina analizan cómo abordar la presencia masiva de dispositivos móviles en la escuela. La experiencia de Chile ofrece un caso concreto de intervención normativa con enfoque pedagógico.
El mensaje es claro: la tecnología no desaparece, pero necesita reglas. En un contexto donde los jóvenes pasan varias horas diarias conectados, la escuela puede convertirse en un espacio diferenciado que promueva concentración, reflexión y trabajo sostenido.
Más que una prohibición, el “modo aula” redefine prioridades. Coloca el aprendizaje en el centro y subordina el uso del dispositivo a ese objetivo. En términos económicos, también puede interpretarse como una medida que protege la inversión educativa: menos distracción implica mayor aprovechamiento del tiempo escolar, que es un recurso limitado.
Recuperar el sentido del aula
La sala de clases no compite en igualdad de condiciones con redes sociales diseñadas para captar atención de manera constante. Pretender que la fuerza de voluntad individual resuelva el problema resulta insuficiente. Por eso, establecer un marco común aporta previsibilidad y orden.
Chile optó por cambiar la regla del juego. La medida no resuelve todos los desafíos educativos, pero introduce una señal firme sobre el valor del tiempo compartido en el aula. En un escenario donde la tecnología avanza a gran velocidad, la escuela necesita definir cómo integrarla sin perder su propósito formativo.
El “modo aula” abre una conversación necesaria: ¿Qué lugar queremos que ocupen los celulares en la experiencia escolar? La respuesta chilena es clara: un lugar subordinado al aprendizaje, no al revés.
