Por: Maximiliano Catalisano
La jornada escolar exige mucho más que preparación pedagógica y compromiso emocional. El cuerpo del docente es su principal herramienta de trabajo y, sin embargo, suele ser el gran olvidado en la rutina diaria. Horas de pie, movimientos repetidos, tensión acumulada y poco tiempo para registrar señales físicas van dejando huellas que, con el paso del tiempo, se transforman en molestias persistentes o lesiones evitables. Cuidar la postura y la presencia corporal no es un lujo ni una moda, sino una necesidad concreta para sostener la tarea educativa a largo plazo sin desgastes innecesarios.
En el aula, cada gesto comunica. La forma de pararse, caminar, inclinarse o sentarse impacta tanto en la salud física como en la manera en que se construye el vínculo con los estudiantes. Una postura consciente transmite seguridad, calma y disponibilidad, mientras que un cuerpo rígido o forzado suele reflejar cansancio y tensión. Aprender a habitar el espacio escolar desde el cuerpo es una forma de autocuidado que no requiere inversiones costosas, sino atención cotidiana y pequeños ajustes.
Uno de los problemas más frecuentes en el trabajo docente es el dolor de espalda. Permanecer muchas horas de pie o adoptar posiciones inadecuadas al escribir en el pizarrón, corregir cuadernos o acompañar a los alumnos genera sobrecarga en la zona lumbar y cervical. Estas molestias no aparecen de un día para otro, sino que se instalan progresivamente cuando el cuerpo se adapta a malas posturas sostenidas en el tiempo.
La clave está en tomar conciencia de cómo se distribuye el peso corporal. Pararse con ambos pies apoyados, mantener la espalda alineada y evitar inclinar el cuello hacia adelante durante períodos prolongados reduce notablemente la tensión muscular. Pequeños cambios, como alternar el apoyo de una pierna a otra o acercar el cuerpo al plano de trabajo en lugar de encorvarse, marcan una diferencia significativa al final de la jornada.
El movimiento como aliado silencioso
Contrario a lo que suele pensarse, el problema no es moverse demasiado, sino moverse mal o no variar las posiciones. El cuerpo humano está diseñado para el movimiento, y cuando permanece rígido durante horas, aparecen molestias que podrían evitarse con pausas breves y conscientes. Incorporar micro movimientos entre actividades ayuda a oxigenar los músculos y a liberar tensiones acumuladas.
Durante la jornada escolar, es posible integrar estos cambios sin interrumpir la dinámica del aula. Caminar mientras se explica, estirar suavemente brazos y hombros o cambiar de posición al pasar de una actividad a otra son acciones simples que protegen la salud corporal. No se trata de realizar rutinas complejas, sino de permitir que el cuerpo no quede atrapado en una única postura.
La voz y el cuerpo están profundamente conectados. Cuando la postura es forzada, la respiración se vuelve superficial y la voz se tensa, lo que aumenta el esfuerzo vocal. Mantener una posición erguida pero relajada facilita una respiración más amplia y reduce la carga sobre la garganta. De este modo, el cuidado corporal también impacta en la salud vocal, otro aspecto sensible del trabajo docente.
El mobiliario escolar, muchas veces estándar y poco adaptable, no siempre acompaña las necesidades del adulto. Sin embargo, incluso en contextos con recursos limitados, es posible realizar ajustes. Regular la altura de la silla, apoyar ambos pies en el suelo al sentarse y evitar permanecer encorvado sobre el escritorio durante largos períodos ayuda a prevenir molestias. Cuando no hay sillas adecuadas, alternar momentos de trabajo sentado y de pie reduce el impacto negativo.
La presencia corporal también incluye la forma en que se ingresa y se habita el aula. Llegar apurado, con el cuerpo contraído, suele intensificar el desgaste físico. Tomarse unos segundos antes de comenzar la clase para acomodar la postura, soltar los hombros y respirar profundamente puede parecer mínimo, pero tiene un efecto acumulativo muy valioso a lo largo del día.
Otro punto central es el autocuidado fuera del horario escolar. El cuerpo no se “reinicia” al salir del aula. Dormir bien, hidratarse y realizar movimientos suaves al finalizar la jornada contribuyen a la recuperación muscular. No es necesario realizar entrenamientos intensos, sino sostener prácticas simples que ayuden al cuerpo a liberar tensiones.
La prevención de lesiones también está vinculada a reconocer las señales de alerta. Dolor persistente, rigidez al despertar o molestias que se repiten no deben normalizarse. Escuchar al cuerpo y realizar ajustes tempranos evita que pequeñas molestias se transformen en problemas mayores. El cuidado corporal no implica dejar de trabajar, sino aprender a hacerlo de una manera más amable con uno mismo.
La presencia corporal consciente tiene, además, un impacto positivo en el clima del aula. Un docente que se mueve con calma, que ocupa el espacio sin rigidez y que transmite bienestar corporal genera un entorno más tranquilo y receptivo. Los estudiantes perciben estas señales y, muchas veces, las replican en su propia postura y comportamiento.
Cuidar la salud corporal durante la jornada escolar no depende de soluciones costosas ni de equipamiento especializado. Depende, sobre todo, de una mirada atenta sobre el propio cuerpo y de decisiones pequeñas sostenidas en el tiempo. La postura no es algo estático, sino una relación dinámica entre el cuerpo, el espacio y la tarea.
Cuando el docente aprende a cuidar su presencia física, no solo protege su salud, sino que también dignifica su trabajo. El cuerpo deja de ser un recurso exigido hasta el límite y pasa a ser un aliado que acompaña la tarea educativa. En un contexto donde las demandas son muchas, atender el propio bienestar corporal es una forma concreta de sostener la vocación sin pagar costos innecesarios.
