Por: Maximiliano Catalisano

La mayoría de los incidentes domésticos no suceden por descuido, sino por desconocimiento. El hogar suele percibirse como un espacio protegido, pero para niños y niñas en crecimiento puede convertirse en un entorno lleno de riesgos invisibles. Cada etapa de la infancia trae nuevas habilidades, movimientos y curiosidades, y también nuevos peligros. Anticiparse a ellos no requiere grandes inversiones ni cambios drásticos, sino observación, organización y decisiones cotidianas bien pensadas. Prevenir es siempre más sencillo, más accesible y menos doloroso que reparar después de un accidente.

Pensar la seguridad en casa por edades permite mirar el hogar desde la altura, la fuerza y la comprensión de cada niño. No es lo mismo un bebé que gatea que un escolar que explora, corre y experimenta. Ajustar el entorno a cada etapa es una forma concreta de cuidado que fortalece la autonomía sin exponer a situaciones evitables.

Primeros meses de vida: seguridad desde el suelo

Durante los primeros meses, el mundo del bebé transcurre a pocos centímetros del piso. Gatear, rodar y llevarse objetos a la boca son formas naturales de conocer el entorno. En esta etapa, el principal riesgo está en aquello que los adultos no ven porque no suelen mirar el suelo con atención. Pequeños objetos, cables sueltos, alfombras inestables o productos de limpieza mal guardados pueden generar situaciones graves.

La prevención comienza por liberar los espacios bajos, asegurar enchufes, mantener medicamentos y sustancias fuera de alcance y revisar la estabilidad de muebles que el bebé pueda usar como apoyo. También es importante cuidar superficies donde el niño pueda caer, evitando bordes filosos o desniveles peligrosos. No se trata de llenar la casa de protecciones costosas, sino de ordenar con criterio y anticipación.

Etapa preescolar: curiosidad en movimiento constante

Cuando los niños comienzan a caminar y hablar, el hogar se transforma en un territorio de exploración permanente. Subir, bajar, abrir, cerrar y tocar todo lo que está a su alcance forma parte de su desarrollo. En esta etapa, los riesgos se multiplican porque la curiosidad avanza más rápido que la comprensión del peligro.

La cocina y el baño suelen ser los espacios con mayor cantidad de incidentes. Ollas al fuego, electrodomésticos, agua caliente y productos de higiene requieren una organización clara y constante. Guardar objetos cortantes en lugares altos, usar trabas simples en puertas y cajones, y supervisar el acceso a escaleras son medidas básicas que reducen riesgos sin alterar la dinámica familiar.

También es fundamental enseñar normas sencillas desde temprano. Explicar, acompañar y repetir ayuda a que los niños comiencen a reconocer límites, siempre desde un enfoque de cuidado y no de miedo.

Edad escolar: autonomía que necesita orientación

Con la llegada de la edad escolar, los niños ganan independencia y pasan más tiempo solos en casa, aunque sea por momentos breves. Saben preparar algo simple, usar dispositivos y moverse con mayor seguridad, pero aún necesitan pautas claras. En esta etapa, muchos incidentes ocurren por exceso de confianza o por imitación de conductas adultas sin la preparación necesaria.

La prevención pasa por conversar, acordar reglas y revisar juntos el hogar. Es importante hablar sobre el uso responsable de enchufes, el cuidado con objetos calientes, la importancia de no jugar en zonas de riesgo y cómo actuar ante situaciones imprevistas. Tener a la vista números de contacto y enseñar a pedir ayuda también forma parte del cuidado.

Involucrar a los niños en la organización del hogar refuerza su sentido de responsabilidad. Ordenar, guardar y revisar juntos los espacios ayuda a construir hábitos que perduran en el tiempo.

Adolescencia: prevención basada en la confianza

Durante la adolescencia, los riesgos cambian de forma. Ya no se trata solo de caídas o golpes, sino de decisiones vinculadas al uso de tecnología, productos eléctricos, herramientas y espacios compartidos. En esta etapa, la prevención se apoya más en el diálogo que en la supervisión directa.

Hablar sobre seguridad eléctrica, cuidado del cuerpo, descanso y uso responsable del tiempo en casa permite reducir situaciones problemáticas. También es importante revisar el estado general del hogar, desde instalaciones hasta iluminación, ya que los adolescentes suelen desplazarse con menos atención al entorno físico.

La clave está en generar acuerdos claros, respetuosos y sostenidos, donde la seguridad sea parte de la convivencia y no una imposición aislada.

La casa como espacio que se adapta a quienes la habitan

Un hogar seguro no es aquel lleno de reglas rígidas, sino el que se adapta a las personas que viven en él. Revisar periódicamente los espacios, anticiparse a los cambios de edad y ajustar rutinas es una tarea continua. La prevención no se resuelve en una sola acción, sino en decisiones diarias que, sumadas, construyen bienestar.

Muchas veces se asocia la seguridad con grandes gastos, cuando en realidad la mayoría de las medidas preventivas tienen que ver con el orden, la observación y la coherencia en los hábitos. Mirar la casa desde los ojos de un niño es un ejercicio sencillo que permite detectar riesgos ocultos y actuar a tiempo.

Prevenir también es educar

Cada acción preventiva es, al mismo tiempo, una oportunidad educativa. Enseñar a cuidarse, a reconocer peligros y a pedir ayuda fortalece la autonomía y la confianza. La seguridad en casa no limita el crecimiento, lo acompaña. Cuando el entorno es previsible y cuidado, los niños pueden explorar, aprender y desarrollarse con mayor tranquilidad.

Invertir tiempo en prevención es una forma concreta de cuidar la salud física y emocional de toda la familia. Porque más vale prevenir, no solo para evitar incidentes, sino para construir hogares donde crecer sea una experiencia segura y compartida.