Por: Maximiliano Catalisano
El rol del Docente en el cuidado Infantil: Responsabilidades y buenas prácticas de protección
Entrar a una escuela implica mucho más que iniciar una jornada de aprendizaje. Para niñas y niños, la escuela es un espacio donde pasan gran parte de su día, se vinculan con otros y construyen confianza con los adultos que los acompañan. En ese entramado cotidiano, el rol del docente en el cuidado infantil ocupa un lugar central. No se trata solo de enseñar contenidos, sino de garantizar condiciones de protección, acompañamiento y respeto que permitan a los estudiantes desarrollarse en un entorno seguro. Comprender este rol y asumirlo con claridad es una de las tareas más importantes de la profesión docente, y también una de las más sensibles.
El cuidado infantil en la escuela no es una función secundaria ni un agregado informal. Forma parte de la responsabilidad profesional y está presente en cada decisión que se toma dentro del aula y fuera de ella. Desde la manera de organizar una actividad hasta la forma de intervenir ante un conflicto, el docente actúa como referente adulto y responsable del bienestar de los estudiantes durante la jornada. Este cuidado no se limita a evitar riesgos físicos, sino que incluye el acompañamiento emocional, la prevención de situaciones de vulneración y la construcción de vínculos basados en el respeto.
Asumir este rol requiere conciencia, formación y prácticas sostenidas. Muchas situaciones de riesgo no se presentan de manera evidente, sino que aparecen en gestos cotidianos, silencios prolongados o cambios en el comportamiento de los niños. Por eso, el cuidado infantil demanda una mirada atenta y comprometida, capaz de leer señales y actuar dentro del marco institucional correspondiente.
Responsabilidades del docente en el cuidado cotidiano
El docente es responsable del grupo a su cargo durante toda la jornada escolar. Esto implica supervisar, acompañar y anticipar situaciones que puedan poner en riesgo a los estudiantes. La organización del aula, el control de los tiempos, la circulación por los espacios comunes y la atención durante recreos o salidas educativas forman parte de esta responsabilidad diaria. Un descuido mínimo puede derivar en situaciones evitables, por lo que la prevención ocupa un lugar central.
El cuidado también se expresa en el respeto por la integridad emocional de los niños. Las palabras, los tonos y las intervenciones del adulto dejan huellas. Humillaciones, burlas o exposiciones innecesarias generan daño y afectan la confianza. Un docente que cuida es aquel que corrige sin descalificar, que pone límites claros sin violencia y que ofrece un marco de previsibilidad. Esta forma de intervenir no solo protege, sino que educa en el respeto y la convivencia.
Otra responsabilidad clave es el cumplimiento de los protocolos institucionales. Ante accidentes, situaciones de conflicto grave o sospechas de vulneración de derechos, el docente no actúa de manera aislada. Su rol es registrar, comunicar y activar los canales establecidos por la institución. Conocer estos procedimientos y aplicarlos correctamente protege a los estudiantes y también al propio docente, evitando decisiones improvisadas que pueden agravar los problemas.
Buenas prácticas de protección en la escuela
Las buenas prácticas de protección no requieren recursos extraordinarios, sino acuerdos claros y coherencia en la acción. Una de ellas es la presencia atenta. Estar disponible, observar y conocer a los estudiantes permite detectar cambios de ánimo, actitudes inusuales o señales de malestar. Esta observación cotidiana es una herramienta poderosa de prevención.
La construcción de rutinas claras es otra práctica fundamental. Los niños se sienten más seguros cuando saben qué va a suceder, cuáles son las reglas y cómo se resuelven los conflictos. Las rutinas ordenan la jornada y reducen la ansiedad, especialmente en los más pequeños. Un entorno previsible favorece el autocuidado y disminuye la aparición de situaciones de riesgo.
El trabajo con las familias también forma parte del cuidado infantil. La comunicación fluida, respetuosa y constante permite compartir información relevante y construir acuerdos sobre el acompañamiento de los niños. Cuando escuela y familia trabajan de manera articulada, se fortalecen las acciones de protección y se evitan malentendidos. El docente cumple un rol mediador, transmitiendo información clara y escuchando las preocupaciones del entorno familiar.
Asimismo, es importante promover espacios donde los niños puedan expresar lo que sienten. Habilitar la palabra, escuchar sin juzgar y tomar en serio lo que se dice contribuye a generar confianza. Muchas situaciones de vulneración salen a la luz cuando existe un adulto disponible para escuchar. El cuidado infantil también se construye desde esa disponibilidad emocional.
El cuidado como parte de la tarea pedagógica
Pensar el cuidado infantil separado de la enseñanza es un error frecuente. Ambas dimensiones están profundamente relacionadas. Un niño que se siente cuidado aprende mejor, se vincula con mayor tranquilidad y participa con más seguridad. El aula no es solo un espacio de transmisión de saberes, sino un entorno de socialización donde el adulto tiene una función formativa integral.
El rol del docente como cuidador no implica reemplazar a otros profesionales ni asumir tareas que no le corresponden, sino cumplir con su función dentro del marco institucional. Saber hasta dónde llega su responsabilidad y cuándo derivar una situación es parte de las buenas prácticas de protección. La claridad en este punto evita sobrecargas y favorece intervenciones más ajustadas.
También es necesario considerar el autocuidado docente. Cuidar a otros exige contar con espacios de apoyo, formación y reflexión. Equipos docentes que comparten criterios, revisan prácticas y se acompañan mutuamente están mejor preparados para sostener el cuidado infantil de manera responsable. Las instituciones tienen un papel importante en la generación de estos espacios y en el respaldo a sus docentes.
En definitiva, el rol del docente en el cuidado infantil es una tarea compleja, cotidiana y profundamente significativa. Implica presencia, compromiso y responsabilidad, pero también coherencia y trabajo en equipo. Las buenas prácticas de protección no dependen de grandes inversiones, sino de decisiones conscientes, acuerdos claros y una mirada atenta puesta en los niños. Escuelas que asumen el cuidado como parte central de su tarea construyen entornos más seguros, vínculos más sanos y experiencias educativas que dejan huella a largo plazo.
