Por: Maximiliano Catalisano
¿Qué pasa cuando un estudiante sale de la escuela y descubre que la vida no viene organizada en materias, unidades ni exámenes? Nadie le entrega una consigna que diga exactamente qué fórmula utilizar, qué página consultar o cuál es la respuesta correcta. En el mundo real aparecen problemas nuevos, decisiones inesperadas, información contradictoria, conversaciones difíciles, cambios tecnológicos y situaciones para las que no existe una respuesta única. Por eso, una de las preguntas más importantes que puede hacerse hoy la educación es qué necesita aprender realmente un alumno para desenvolverse en la vida.
La escuela tiene la responsabilidad de enseñar conocimientos fundamentales. Leer, escribir, comprender matemática, conocer ciencias, estudiar historia y desarrollar una cultura general siguen siendo aprendizajes indispensables. Pero junto con ellos existe otro conjunto de capacidades que permiten utilizar esos conocimientos cuando las situaciones dejan de parecerse a las actividades escolares.
Saber qué hacer cuando no se conoce la respuesta. Poder organizar una tarea. Interpretar información. Tomar decisiones. Explicar una idea. Resolver un problema. Trabajar con otras personas. Manejar recursos. Aprender una herramienta nueva. Reconocer un error. Pedir ayuda. Argumentar. Escuchar. Adaptarse a un contexto diferente.
Estos aprendizajes no compiten con los contenidos escolares. Les dan sentido.
Del conocimiento escolar a las situaciones de la vida
Uno de los grandes desafíos de la educación consiste en lograr que los estudiantes puedan transferir aquello que aprendieron a situaciones nuevas.
Un alumno puede conocer una regla matemática y, sin embargo, tener dificultades para utilizarla cuando necesita comparar precios, calcular una proporción, interpretar una factura o analizar el costo de una compra.
Puede conocer una definición relacionada con nutrición y no saber interpretar la información de una etiqueta.
Puede haber estudiado sobre fuentes de información y, sin embargo, compartir una publicación falsa porque coincide con lo que ya pensaba.
Puede saber escribir un texto para una evaluación y tener dificultades para redactar un correo formal, presentar una idea o explicar un problema.
La transferencia aparece justamente cuando el conocimiento deja de estar encerrado dentro de la actividad que permitió aprenderlo.
La OCDE ha señalado que los estudiantes necesitan desarrollar capacidades para utilizar sus conocimientos frente a problemas abiertos y situaciones del mundo real, combinando conocimientos cognitivos, sociales y digitales.
Esto invita a mirar las clases desde otra perspectiva.
La pregunta ya no es solamente “¿qué tiene que saber el alumno?”, sino también “¿qué podrá hacer con aquello que sabe?”.
En la escuela, muchas actividades tienen una estructura conocida. El docente explica, presenta una consigna y el estudiante intenta resolverla. En la vida cotidiana, en cambio, los problemas suelen llegar sin instrucciones completas.
Una persona puede encontrarse con una dificultad económica, una decisión laboral, un trámite desconocido, un conflicto interpersonal o una situación tecnológica y tener que determinar por sí misma cuál es el primer paso.
Por eso, la escuela puede incorporar problemas que no indiquen inmediatamente qué procedimiento utilizar.
En matemática, por ejemplo, una situación puede presentar varios datos y pedir al estudiante que determine cuáles necesita.
En ciencias, puede plantearse un fenómeno para el que deban formularse hipótesis.
En geografía, los estudiantes pueden analizar un problema urbano y proponer alternativas.
En lengua, pueden recibir diferentes fuentes sobre un mismo tema y decidir qué información resulta más confiable.
Lo importante es que el alumno tenga que identificar el problema antes de comenzar a resolverlo.
Ese pequeño cambio puede producir un aprendizaje profundo: aprender a pensar qué hacer cuando nadie proporciona el camino completo.
Vivimos rodeados de información. El problema ya no consiste solamente en acceder a ella.
Consiste en saber elegirla.
Un estudiante necesitará buscar información durante toda su vida: para estudiar, trabajar, tomar decisiones, comprender una noticia, resolver un problema doméstico o aprender una herramienta.
Por eso, la escuela puede enseñar procedimientos de búsqueda y verificación desde todas las materias.
Antes de aceptar una información, el estudiante puede preguntarse quién la produjo, cuándo fue publicada, qué fuentes utiliza, qué pruebas presenta y si existen otras fuentes que permitan contrastarla.
Esto adquiere una dimensión todavía mayor con la inteligencia artificial.
Una herramienta puede producir una explicación en segundos, pero el usuario sigue necesitando comprender qué preguntó, qué recibió y qué debería comprobar.
La UNESCO considera la alfabetización mediática e informacional una competencia fundamental para analizar información de manera crítica y desenvolverse de forma responsable en entornos digitales.
Aprender a buscar no significa aprender a encontrar una respuesta rápidamente.
Significa aprender a construir un camino confiable hacia el conocimiento.
Hay conocimientos que los estudiantes utilizarán prácticamente desde el comienzo de su vida adulta y que pueden abordarse desde la escuela de manera sencilla.
Comprender ingresos y gastos, distinguir necesidades de deseos, calcular porcentajes, comparar precios, interpretar una factura, analizar el costo de financiar una compra o comprender qué significa ahorrar son situaciones que permiten aplicar conocimientos matemáticos a problemas concretos.
La educación financiera no tiene por qué convertirse en una materia independiente para estar presente en las aulas.
Una actividad de matemática puede proponer comparar diferentes formas de pago.
Una clase de lengua puede analizar cómo se presenta una publicidad y qué recursos utiliza para convencer.
ciencias sociales puede abordar el consumo y las decisiones económicas de las familias.
La misma situación puede atravesar diferentes áreas y mostrar que los conocimientos escolares no existen separados de la realidad.
El objetivo no es enseñar a los estudiantes a manejar grandes cantidades de dinero. Es ayudarlos a desarrollar criterios para tomar decisiones económicas cotidianas.
Comunicar una idea también es saber desenvolverse
Una persona puede tener conocimientos muy valiosos y, sin embargo, encontrar dificultades para comunicar lo que piensa.
En el mundo laboral, académico y social será necesario explicar una propuesta, participar de una reunión, escribir un mensaje formal, presentar un proyecto, defender una opinión o conversar sobre un desacuerdo.
Por eso, hablar y escribir deberían ocupar un lugar central en todas las materias.
No solamente en lengua.
Un estudiante de ciencias puede explicar oralmente una hipótesis. Uno de matemática puede defender el procedimiento que utilizó. Uno de Historia puede construir un argumento a partir de diferentes fuentes. Uno de Tecnología puede presentar cómo funciona un proyecto.
Cada una de estas experiencias desarrolla una capacidad que luego puede trasladarse a otros contextos.
La comunicación no consiste simplemente en hablar correctamente.
También implica saber escuchar, ordenar ideas, utilizar evidencias, adaptar el lenguaje al destinatario y reconocer cuándo una explicación no fue comprendida.
La vida real también obliga a colaborar con personas que piensan diferente.
En la escuela, los trabajos grupales pueden convertirse en una oportunidad para desarrollar esta capacidad, pero no alcanza con juntar estudiantes y asignarles una tarea.
Es necesario enseñar a organizarse, distribuir responsabilidades, escuchar propuestas, resolver desacuerdos y revisar decisiones.
Un proyecto puede incluir una instancia en la que el grupo tenga que explicar cómo tomó determinadas decisiones.
También puede pedir que identifique qué dificultades aparecieron y cómo fueron resueltas.
Esto transforma el trabajo colectivo en un objeto de aprendizaje.
La colaboración deja de ser simplemente una forma de completar una actividad y se convierte en una capacidad que los estudiantes pueden reconocer y mejorar.
Aprender a tomar decisiones
En la vida adulta, muchas decisiones no tienen una única respuesta correcta.
Elegir una carrera, aceptar un trabajo, organizar un presupuesto, cambiar de ciudad, iniciar un proyecto o decidir cómo utilizar el tiempo disponible son situaciones donde intervienen información, preferencias, riesgos y consecuencias.
La escuela puede preparar para este tipo de escenarios mediante situaciones donde los estudiantes tengan que elegir entre diferentes alternativas y justificar sus decisiones.
Por ejemplo, pueden recibir un problema con recursos limitados y varias soluciones posibles.
No se trata de encontrar una respuesta predeterminada.
Se trata de explicar:
¿Qué opción elegiste?
¿Qué información utilizaste?
¿Qué ventajas encontraste?
¿Qué riesgos identificaste?
¿Qué podría ocurrir si cambian determinadas condiciones?
Este tipo de actividad enseña algo fundamental: decidir no significa adivinar el futuro. Significa analizar información disponible y asumir las consecuencias de una elección.
Aprender a gestionar el propio tiempo
Otro aprendizaje que suele aparecer recién cuando los estudiantes se enfrentan con responsabilidades más grandes es la organización personal.
Planificar una tarea, dividirla en etapas, establecer prioridades y calcular cuánto tiempo puede llevar una actividad son capacidades que pueden enseñarse desde edades tempranas.
Una propuesta sencilla consiste en entregar un proyecto con varias tareas y pedir a los estudiantes que construyan su propio calendario.
Después pueden comparar la planificación inicial con lo que realmente ocurrió.
¿La actividad llevó más tiempo del previsto?
¿Hubo una tarea que dependía de otra?
¿Qué habría que modificar?
Esta revisión convierte la planificación en un aprendizaje.
Y también ayuda a comprender que organizarse no significa llenar una agenda, sino tomar decisiones sobre el uso del tiempo.
Quizás uno de los aprendizajes más importantes para el mundo real sea aceptar que no todo puede preverse.
Los estudiantes van a encontrarse con cambios que no estaban contemplados en sus planes.
Una herramienta tecnológica puede dejar de funcionar. Un proyecto puede fracasar. Una decisión puede producir un resultado diferente del esperado. Una profesión puede transformarse. Una información nueva puede obligar a modificar una opinión.
La escuela puede trabajar esta dimensión mediante proyectos abiertos, investigaciones, problemas sin una única solución y actividades donde los estudiantes tengan que revisar sus primeras decisiones.
La experiencia de descubrir que una estrategia no funcionó puede ser formativa si existe espacio para analizar qué ocurrió.
La pregunta no debería ser únicamente “¿salió bien?”.
También puede ser “¿qué aprendimos porque no salió como esperábamos?”.
La inteligencia artificial cambia algunas respuestas, pero no las necesidades fundamentales
La inteligencia artificial está transformando la relación con el conocimiento. Sin embargo, muchas capacidades necesarias para desenvolverse en el mundo real siguen siendo profundamente humanas.
Una persona necesitará saber qué problema quiere resolver antes de pedir ayuda a una herramienta.
Necesitará evaluar la información recibida.
Tendrá que tomar decisiones.
Deberá comunicar sus ideas.
Tendrá que comprender a otras personas.
Necesitará reconocer cuándo una respuesta automática no es suficiente.
Y deberá continuar aprendiendo.
La tecnología puede acelerar determinados procesos, pero no elimina la necesidad de comprender aquello que se está haciendo.
Por eso, preparar a los estudiantes para el mundo real no significa enseñarles solamente a utilizar las herramientas actuales. Significa desarrollar capacidades que les permitan aprender y adaptarse cuando aparezcan herramientas nuevas.
Una educación para la vida no necesita grandes presupuestos
Uno de los aspectos más interesantes de este enfoque es que muchas de estas experiencias pueden realizarse con recursos que las escuelas ya tienen.
Un presupuesto familiar ficticio puede convertirse en una actividad matemática.
Una noticia puede transformarse en una investigación.
Un problema del barrio puede convertirse en un proyecto.
Una discusión cotidiana puede utilizarse para trabajar argumentación.
Una herramienta digital gratuita puede convertirse en objeto de análisis.
Un error en una actividad puede abrir una conversación sobre estrategias de aprendizaje.
La transformación no depende necesariamente de incorporar más recursos.
Muchas veces depende de cambiar la pregunta que acompaña al recurso.
En lugar de “¿cuál es la respuesta?”, preguntar “¿cómo llegaste hasta ella?”.
En lugar de “¿terminaste?”, preguntar “¿qué parte fue más difícil?”.
En lugar de “¿qué dice la información?”, preguntar “¿cómo sabemos que podemos confiar en ella?”.
En lugar de “¿qué nota obtuviste?”, preguntar “¿qué aprendiste que podrás utilizar nuevamente?”.
La escuela que prepara para la vida
El mundo real no está dividido en materias.
Una persona utiliza matemática cuando administra su dinero, lengua cuando necesita explicar una idea, ciencias cuando interpreta información sobre su salud o su ambiente, tecnología cuando aprende una herramienta y conocimientos sociales cuando intenta comprender una situación colectiva.
Por eso, uno de los grandes desafíos de la educación consiste en ayudar a los estudiantes a construir conexiones.
El conocimiento escolar adquiere una fuerza diferente cuando el alumno puede reconocer para qué sirve, dónde puede aplicarlo y cómo puede combinarlo con otros conocimientos.
Preparar para la vida no significa abandonar los contenidos.
Significa lograr que esos contenidos puedan salir del cuaderno y entrar en las decisiones, los problemas y los proyectos que forman parte de la realidad.
La escuela no puede anticipar exactamente cómo será el mundo cuando sus estudiantes sean adultos.
Pero sí puede darles algo que seguirá siendo necesario: la capacidad de pensar, aprender, comunicarse, decidir, resolver problemas y comenzar de nuevo cuando una situación cambie.
Porque desenvolverse en el mundo real no consiste en tener todas las respuestas.
Consiste en saber qué hacer cuando aparece una pregunta nueva.
