Por: Maximiliano Catalisano
¿Qué ocurre cuando una institución educativa deja de pensar la tecnología como un simple recurso y comienza a integrarla como parte de una nueva manera de aprender? La respuesta puede encontrarse en ETH Zúrich, una de las instituciones científicas y tecnológicas más reconocidas de Europa. Su experiencia permite observar cómo la transformación digital puede ir mucho más allá de colocar computadoras en las aulas: implica modificar las formas de enseñar, investigar, colaborar, experimentar y resolver problemas. Y lo más interesante para las escuelas es que muchas de estas ideas pueden adaptarse sin grandes inversiones, comenzando por algo mucho más accesible: rediseñar las experiencias de aprendizaje.
ETH Zúrich —la Escuela Politécnica Federal de Zúrich— tiene una larga tradición vinculada con la ciencia, la ingeniería y la innovación tecnológica. En los últimos años, su ecosistema educativo incorporó herramientas digitales, inteligencia artificial, simulaciones, laboratorios, plataformas de aprendizaje y nuevas formas de interacción entre estudiantes y docentes. La institución también desarrolla iniciativas específicas para explorar cómo las tecnologías emergentes pueden modificar la enseñanza y la investigación.
Pero trasladar las lecciones de ETH Zúrich a una escuela no significa copiar un modelo universitario suizo. Significa identificar principios que pueden ser útiles en diferentes contextos: utilizar la tecnología para resolver problemas concretos, combinar teoría con experimentación, trabajar con datos, desarrollar proyectos y preparar a los estudiantes para un mundo en el que las herramientas digitales forman parte de prácticamente todas las profesiones.
La transformación digital empieza antes de la computadora
Existe una idea que puede resultar incómoda, pero que es fundamental: digitalizar una escuela no significa simplemente reemplazar el papel por una pantalla.
Si una actividad consiste en copiar información de un libro, hacerlo desde una tableta no modifica sustancialmente el aprendizaje. Si una exposición docente se proyecta en una pantalla en lugar de escribirse en un pizarrón, la tecnología puede haber cambiado, pero la experiencia pedagógica permanece prácticamente igual.
La transformación digital profunda aparece cuando las herramientas permiten hacer algo que antes era difícil, lento o directamente imposible.
Una simulación puede permitir observar un fenómeno científico modificando variables en segundos. Un entorno virtual puede acercar a los estudiantes a espacios que no pueden visitar físicamente. Una herramienta de análisis de datos puede transformar una enorme cantidad de información en gráficos interpretables. Un sistema de inteligencia artificial puede ayudar a generar hipótesis, comparar respuestas o plantear nuevas preguntas.
La tecnología, entonces, deja de ser decoración y pasa a formar parte del diseño pedagógico.
Esta perspectiva coincide con el trabajo que desarrolla ETH Zúrich Educational Development and Technology, conocido como LET, un espacio de la institución dedicado a apoyar la enseñanza y el aprendizaje mediante investigación, desarrollo y tecnologías educativas. Su trabajo abarca áreas como aprendizaje digital, diseño de cursos, evaluación, realidad virtual y aumentada, inteligencia artificial y análisis del aprendizaje.
La pregunta fundamental deja de ser “¿qué dispositivo podemos comprar?” y pasa a ser “¿qué problema de aprendizaje queremos resolver?”.
Una de las mayores posibilidades que abre la transformación digital consiste en acercar los contenidos escolares a problemas concretos.
La matemática puede utilizarse para analizar datos reales. La física puede estudiar fenómenos mediante simulaciones. La geografía puede trabajar con información espacial. La biología puede explorar modelos digitales. La lengua puede analizar grandes volúmenes de textos. La historia puede comparar fuentes digitalizadas.
El contenido curricular no desaparece. Cambia el contexto en el que se utiliza.
Imaginemos una escuela que quiere estudiar el consumo energético de su edificio. Los estudiantes pueden recopilar datos, organizarlos en una planilla, calcular promedios, construir gráficos, identificar patrones y elaborar propuestas para reducir el consumo.
En una experiencia de este tipo aparecen matemática, ciencias, tecnología, comunicación y ciudadanía sin necesidad de convertir la actividad en una sucesión artificial de materias.
El estudiante aprende porque tiene que resolver una situación.
Esta lógica resulta especialmente interesante en una época en la que el acceso a la información dejó de ser el principal problema. El desafío consiste cada vez más en saber qué información buscar, cómo interpretarla, cómo comprobarla y qué hacer con ella.
ETH Zúrich también permite observar otra transformación importante: la relación entre experimentación y tecnología.
Los laboratorios virtuales y las simulaciones no necesariamente reemplazan la experiencia física. Pueden complementarla.
Un estudiante puede realizar una simulación antes de ingresar al laboratorio para comprender qué variables tendrá que observar. Puede repetir virtualmente una experiencia, modificar condiciones y comparar resultados. También puede analizar situaciones que serían costosas, peligrosas o difíciles de reproducir en una escuela.
Esta combinación puede resultar particularmente valiosa para instituciones con recursos limitados.
Una escuela que no dispone de un laboratorio sofisticado puede utilizar simuladores gratuitos o recursos digitales abiertos para introducir experiencias que de otro modo serían difíciles de realizar. La clave está en que la herramienta tenga una finalidad pedagógica clara.
La simulación no debería convertirse en un videojuego sin propósito. Debe estar acompañada por preguntas, hipótesis, registros y espacios de análisis.
El verdadero aprendizaje aparece cuando el estudiante tiene que explicar qué observó y por qué.
La inteligencia artificial cambia las reglas
La aparición de la inteligencia artificial generativa agrega una nueva dimensión a esta transformación.
ETH Zúrich ha desarrollado iniciativas relacionadas con inteligencia artificial tanto en investigación como en educación. La institución cuenta con el ETH AI Center, una estructura interdisciplinaria dedicada a investigar la inteligencia artificial y sus aplicaciones, incluyendo cuestiones relacionadas con educación, sociedad y ciencia.
Para las escuelas, la expansión de estas herramientas plantea una pregunta inevitable: si una inteligencia artificial puede redactar un texto, resolver una ecuación o resumir un capítulo, ¿qué debería evaluar el docente?
La respuesta puede estar en desplazar parte de la atención desde el producto final hacia el proceso.
En lugar de solicitar solamente un ensayo, el docente puede pedir que el estudiante presente las fuentes utilizadas, explique sus decisiones, compare una respuesta generada por IA con información de referencia y señale errores.
En matemática puede utilizar una herramienta para obtener una solución y luego demostrar por qué esa solución es correcta o incorrecta.
En ciencias puede pedirle a la inteligencia artificial que formule una hipótesis y después diseñar un experimento para comprobarla.
En lengua puede comparar diferentes versiones de un texto generado por una herramienta y analizar las decisiones de estilo, precisión y argumentación.
La IA deja así de ser simplemente una amenaza para las tareas escolares y se convierte en un objeto de análisis.
El estudiante necesita aprender no solamente a utilizarla, sino también a cuestionar sus respuestas.
La digitalización modifica inevitablemente el trabajo de los docentes.
Pero esto no significa que la tecnología vaya a reemplazar al profesor. Más bien cambia algunas de sus funciones.
Cuando una plataforma puede corregir automáticamente determinados ejercicios o una herramienta puede generar múltiples ejemplos, el docente puede dedicar más tiempo a interpretar dificultades, formular preguntas, acompañar procesos y diseñar experiencias.
ETH Zúrich trabaja precisamente sobre el desarrollo de la enseñanza mediante investigación y apoyo a docentes. La institución entiende la innovación educativa como un proceso que requiere combinar conocimientos pedagógicos, tecnológicos y disciplinares.
Para una escuela, esto implica que la capacitación docente no debería limitarse a enseñar dónde hacer clic.
Aprender a utilizar una herramienta es apenas el comienzo.
El verdadero desarrollo profesional consiste en saber cuándo utilizarla, cuándo no hacerlo, qué actividad diseñar alrededor de ella, qué riesgos presenta y cómo evaluar los aprendizajes que genera.
Una herramienta digital puede aprenderse en una tarde. Diseñar una buena experiencia educativa requiere mucho más.
Una educación basada en datos, pero no gobernada por ellos
La transformación digital también permite obtener información sobre los procesos de aprendizaje.
Las plataformas pueden registrar respuestas, tiempos de trabajo, errores frecuentes y avances. El análisis de estos datos puede ayudar a identificar dificultades que antes eran difíciles de observar.
Pero existe un límite importante.
Los datos educativos deben interpretarse dentro de un contexto.
Que un estudiante haya tardado más tiempo en resolver una actividad no explica por sí solo por qué ocurrió. Una cantidad elevada de errores no indica automáticamente cuál es la dificultad conceptual. Una plataforma puede mostrar un patrón, pero el docente necesita analizarlo y conversar con el estudiante.
Los datos pueden aportar evidencias. No reemplazan la mirada pedagógica.
Esta distinción resulta especialmente importante cuando se utilizan sistemas de inteligencia artificial o plataformas adaptativas.
La tecnología puede detectar que algo sucede.
La educación necesita comprender qué significa.
La transformación digital encuentra una aplicación especialmente potente en el aprendizaje basado en proyectos.
Un proyecto permite reunir contenidos diferente alrededor de una pregunta significativa.
Por ejemplo: “¿Cómo podemos mejorar la movilidad alrededor de nuestra escuela?”.
Los estudiantes pueden investigar los desplazamientos, recoger datos, elaborar mapas, calcular distancias, entrevistar a integrantes de la comunidad, analizar problemas de seguridad vial y diseñar una propuesta.
La tecnología puede intervenir en distintas etapas, pero no necesita dominar el proyecto.
Una planilla de cálculo puede servir para organizar datos. Un mapa digital puede ayudar a visualizar recorridos. Una herramienta de diseño puede permitir crear una propuesta. Una inteligencia artificial puede colaborar en la generación de alternativas que después deberán ser evaluadas.
El producto final podría presentarse ante las autoridades de la escuela o la comunidad.
De esta manera, la actividad deja de ser un ejercicio puramente escolar.
Tiene un destinatario.
Tiene un problema real.
Y tiene consecuencias.
Aquí aparece una de las lecciones más interesantes para las instituciones educativas: la transformación digital no tiene por qué comenzar con una gran inversión económica.
Una escuela puede iniciar su proceso utilizando herramientas gratuitas, recursos educativos abiertos, teléfonos disponibles, hojas de cálculo, plataformas institucionales y materiales reutilizables.
Puede crear un proyecto interdisciplinario sin comprar equipamiento.
Puede utilizar simulaciones gratuitas para introducir determinados fenómenos científicos.
Puede trabajar con datos públicos.
Puede producir podcasts con dispositivos que ya existen en la comunidad educativa.
Puede utilizar herramientas de inteligencia artificial con criterios pedagógicos y de seguridad adecuados.
Incluso puede comenzar sin incorporar ninguna herramienta nueva.
A veces, la primera transformación digital consiste en modificar la pregunta que se formula en clase.
En lugar de “¿cuál es la respuesta?”, preguntar “¿cómo lo sabes?”.
En lugar de “copien esta información”, preguntar “¿qué fuentes permiten comprobarla?”.
En lugar de “resuelvan este ejercicio”, plantear “¿cómo podríamos utilizar estos conocimientos para resolver un problema de nuestra comunidad?”.
La innovación puede comenzar sin presupuesto adicional.
De la tiza al algoritmo, sin abandonar lo esencial
La imagen de la tiza frente al algoritmo puede resultar atractiva, pero la verdadera transformación educativa no consiste en elegir entre uno y otro.
Un pizarrón continúa siendo una herramienta extraordinariamente útil. Un cuaderno también. Un libro también.
El desafío consiste en construir una combinación inteligente.
Habrá momentos para explicar. Habrá momentos para leer. Habrá momentos para escribir a mano. Habrá momentos para experimentar con una simulación. Habrá momentos para utilizar inteligencia artificial. Habrá momentos en los que la mejor tecnología será ninguna.
La educación digital madura no utiliza tecnología porque sea nueva. La utiliza cuando mejora una experiencia de aprendizaje.
Esta es posiblemente una de las principales enseñanzas que puede extraerse de la experiencia de ETH Zúrich.
Durante décadas, saber leer, escribir y calcular constituyó una base fundamental para participar plenamente en la sociedad.
Hoy se suma otra dimensión: comprender cómo funcionan las tecnologías digitales.
Los estudiantes necesitan aprender a buscar información, evaluar fuentes, interpretar datos, proteger su privacidad, comprender los límites de los algoritmos y utilizar inteligencia artificial de manera responsable.
Pero también necesitan comprender algo todavía más importante: la tecnología no piensa por ellos.
Una herramienta puede generar una respuesta, pero el estudiante debe poder determinar si esa respuesta tiene sentido.
Puede producir una imagen, pero el estudiante necesita reconocer cómo fue creada.
Puede resumir un texto, pero el estudiante tiene que decidir si omitió información relevante.
Puede ofrecer una predicción, pero es necesario comprender qué datos utilizó y qué limitaciones tiene.
Esta alfabetización digital no debería quedar restringida a las clases de informática.
Debe atravesar todas las áreas.
Una escuela no se transforma digitalmente porque tenga más computadoras.
Se transforma cuando cambia la manera en que utiliza los recursos disponibles.
Cuando los docentes pueden experimentar con nuevas propuestas.
Cuando los estudiantes participan activamente.
Cuando la evaluación permite observar procesos.
Cuando los errores se analizan.
Cuando los datos se utilizan para comprender.
Cuando la inteligencia artificial se incorpora con criterio.
Cuando los proyectos se conectan con problemas reales.
Y cuando la tecnología deja de ser un objetivo en sí mismo para convertirse en una herramienta al servicio del aprendizaje.
ETH Zúrich muestra, desde el ámbito universitario y científico, que la transformación tecnológica necesita estar acompañada por investigación, formación docente, diseño pedagógico y evaluación permanente.
Para las escuelas, la conclusión puede ser sorprendentemente sencilla: no hace falta tener el presupuesto de una gran universidad tecnológica para empezar a enseñar de otra manera.
La transformación puede comenzar con un proyecto, una pregunta, una herramienta gratuita o una nueva forma de evaluar.
Del pizarrón al laboratorio digital, de la hoja de papel a los datos y de la búsqueda de respuestas a la formulación de mejores preguntas, la educación del siglo XXI no consiste en abandonar todo lo anterior.
Consiste en ampliar las posibilidades de aprender.
Y quizás esa sea la verdadera lección de ETH Zúrich: el futuro educativo no empieza cuando llega el próximo dispositivo.
Empieza cuando la escuela decide utilizar el conocimiento y la tecnología para que sus estudiantes puedan comprender mejor el mundo y participar activamente en su transformación.
