Por: Maximiliano Catalisano
Que un estudiante deje de asistir a la escuela rara vez es una decisión que aparece de un día para otro. Detrás de las inasistencias reiteradas, las materias pendientes o la perdida de interés suelen existir dificultades económicas, problemas familiares, experiencias escolares poco satisfactorias y obstáculos que se acumulan hasta volver cada vez más difícil continuar. Frente a esta realidad, algunos de los sistemas educativos más reconocidos del mundo están cambiando la manera de intervenir: en lugar de esperar a que el alumno abandone, buscan detectar las primeras señales de alerta, ofrecer acompañamiento oportuno y construir condiciones para que regresar y permanecer en la escuela sea posible. ¿Qué estrategias pueden inspirar a las instituciones argentinas y cómo aplicarlas sin grandes inversiones?
Qué enseñan las experiencias internacionales
La evidencia internacional muestra que el abandono escolar debe entenderse como un proceso y no como un hecho aislado. Antes de dejar definitivamente la escuela, muchos estudiantes atraviesan períodos de asistencia irregular, bajo rendimiento, dificultades para vincularse con sus compañeros o desconexión progresiva de las actividades. El informe Global Education Monitoring 2026 de UNESCO destaca precisamente que las ausencias pueden ser una señal temprana de desvinculación y que las transiciones entre niveles educativos son momentos en los que aumenta el riesgo de perder estudiantes.
Uno de los aprendizajes más importantes es que la prevención comienza antes de que la situación se vuelva irreversible. La OCDE, en su informe de 2026 Every Day Counts, recomienda abordar las causas de las inasistencias mediante respuestas integrales, fortalecer los vínculos entre estudiantes y docentes, trabajar junto con las familias y actuar tempranamente. También advierte que las medidas exclusivamente punitivas pueden producir mejoras pasajeras y no resuelven necesariamente los motivos que impiden asistir.
Una experiencia especialmente interesante para América Latina es la de Guatemala. Un programa piloto de sistemas de alerta temprana, aplicado en escuelas primarias y basado en buena medida en recursos institucionales existentes, permitió reducir el abandono en la transición de primaria a secundaria. Según una evaluación difundida por el Banco Mundial en 2025, la reducción fue del 4 % en las escuelas asignadas al programa y llegó al 9 % entre aquellas que efectivamente lo implementaron. El costo estimado fue inferior a tres dólares por estudiante. El resultado demuestra que detectar riesgos y orientar las intervenciones no siempre requiere grandes inversiones tecnológicas.
Otro antecedente regional es Chile, que figura entre los países que impulsaron sistemas de alerta temprana para identificar estudiantes con riesgo de desvinculación. UNESCO también documentó iniciativas en Colombia, Guatemala, República Dominicana y Belice. Estas experiencias muestran que el seguimiento de las trayectorias puede fortalecerse mediante información escolar organizada y mecanismos de intervención coordinados.
Cinco estrategias para sostener las trayectorias educativas
Las experiencias internacionales permiten identificar cinco líneas de trabajo que pueden adaptarse a las escuelas argentinas.
1. Crear sistemas de alerta temprana. La asistencia, las calificaciones, las materias pendientes, los cambios de comportamiento y la participación en clase ofrecen información valiosa. No se trata de etiquetar a los estudiantes ni de predecir su futuro, sino de reconocer señales que merecen atención. Una planilla compartida puede ser un primer recurso: registrar inasistencias consecutivas, observar tendencias y establecer quién se comunicará con el estudiante y su familia. Lo importante es que los datos generen una respuesta concreta.
2. Construir vínculos de confianza con un adulto de referencia. En distintas experiencias educativas se utilizan tutorías, mentorías y espacios de acompañamiento para que cada estudiante pueda conversar con una persona de la institución. Ese referente puede ser un docente, preceptor, tutor o integrante del equipo de orientación. Su tarea consiste en escuchar, conocer las dificultades, acordar objetivos posibles y hacer un seguimiento. A veces, una conversación sostenida y una intervención a tiempo permiten recuperar el vínculo con la escuela.
3. Acompañar especialmente los cambios de nivel. El paso de primaria a secundaria, el ingreso a una nueva institución o el cambio de turno pueden generar dificultades académicas, sociales y organizativas. Para prevenirlas, algunas estrategias consisten en organizar encuentros previos, presentar los espacios escolares, asignar compañeros acompañantes, compartir información pedagógica entre los equipos y realizar un seguimiento durante los primeros meses. No alcanza con recibir al estudiante el primer día: es necesario acompañar su adaptación.
4. Ofrecer oportunidades para recuperar aprendizajes. Cuando un alumno acumula ausencias, también puede acumular contenidos pendientes. Si regresa y encuentra una cantidad de tareas imposible de resolver, la escuela corre el riesgo de profundizar su alejamiento. Por eso, resulta conveniente diseñar recorridos de recuperación, priorizar contenidos fundamentales, ofrecer instancias de consulta y establecer acuerdos realistas. El objetivo es que pueda volver a aprender sin sentir que debe resolver de inmediato todo lo que quedó pendiente.
5. Trabajar con las familias y las redes comunitarias. La comunicación no debería limitarse a informar faltas o convocar a reuniones cuando aparece un conflicto. Es necesario construir canales de diálogo respetuosos, preguntar qué está sucediendo y reconocer qué obstáculos enfrenta cada hogar. Cuando existen problemas de transporte, alimentación, salud, cuidado de familiares o situaciones de violencia, la escuela necesita articular con los organismos y servicios correspondientes. La respuesta educativa puede requerir un trabajo conjunto con áreas sociales, sanitarias y comunitarias.
Para aplicar estas experiencias no es necesario comenzar con un programa costoso ni incorporar una plataforma digital compleja. Una institución puede dar los primeros pasos mediante acuerdos sencillos: revisar semanalmente las inasistencias, identificar a los estudiantes que necesitan acompañamiento, asignar referentes, registrar las acciones realizadas y evaluar si la situación mejora.
También es importante distinguir entre una ausencia ocasional y un patrón que se repite. No todas las inasistencias tienen las mismas causas. Un estudiante puede faltar por dificultades económicas, problemas de salud, responsabilidades de cuidado, situaciones familiares complejas, experiencias de discriminación, dificultades de aprendizaje o falta de conexión con la propuesta escolar. Aplicar una misma respuesta para todos puede resultar insuficiente.
La organización institucional debe facilitar que la información circule entre docentes, preceptores, equipos directivos y equipos de orientación, respetando la privacidad de los estudiantes y sus familias. El seguimiento no puede convertirse en una acumulación de planillas sin consecuencias: cada señal detectada debe abrir la posibilidad de una intervención pertinente.
Otro aspecto importante es revisar las prácticas de enseñanza. Las propuestas desconectadas de los intereses de los adolescentes, las dificultades para recuperar contenidos y las experiencias reiteradas de fracaso pueden debilitar el sentido de pertenencia. Incorporar proyectos interdisciplinarios, actividades vinculadas con problemas reales, espacios de participación y distintas formas de demostrar los aprendizajes puede contribuir a fortalecer la relación de los estudiantes con la escuela.
La prevención también necesita indicadores para saber si las acciones funcionan. Además de observar la cantidad de estudiantes que abandonan, conviene analizar la asistencia mensual, la reincorporación después de períodos prolongados de ausencia, la aprobación de materias pendientes, la participación en clase y la continuidad entre ciclos. Estos datos permiten revisar las decisiones y ajustar las intervenciones.
Permanecer en la escuela debe ser una construcción colectiva
Las estrategias internacionales dejan una enseñanza clara: el abandono escolar no se resuelve únicamente exigiendo asistencia ni convocando a las familias cuando el problema ya está instalado. Hace falta una institución que observe, escuche, intervenga y acompañe; que pueda reconocer las dificultades sin convertirlas en etiquetas y que ofrezca oportunidades concretas para retomar el aprendizaje.
Para las escuelas argentinas, el desafío consiste en pasar de una respuesta tardía a una prevención organizada. Detectar una ausencia reiterada, conversar con el estudiante, conocer qué está pasando y acordar un camino de regreso pueden ser acciones sencillas, pero con un impacto significativo cuando forman parte de un trabajo sostenido.
Cada trayectoria escolar tiene sus particularidades. Por eso, sostener la continuidad educativa exige combinar información, acompañamiento pedagógico, vínculos de confianza y articulación con la comunidad. La pregunta que debería orientar las decisiones institucionales no es solamente por qué un estudiante dejó de asistir, sino qué puede hacer la escuela hoy para evitar que pierda su lugar mañana.
