Por: Maximiliano Catalisano
En Japón, limpiar el aula, repartir la comida, organizar tareas compartidas y participar en actividades escolares son oportunidades para aprender algo que va mucho más allá de los contenidos académicos: convivir con otros. Estas prácticas forman parte de una cultura escolar que propone que los estudiantes no sean simples espectadores de la vida institucional, sino participantes activos en su organización. ¿Qué pasaría si las escuelas argentinas incorporaran algunas de estas experiencias para fortalecer el respeto, la autonomía y el compromiso con los demás? La respuesta puede encontrarse en acciones cotidianas que requieren más planificación pedagógica que inversión económica.
La experiencia japonesa despierta interés porque muestra que la formación ciudadana puede integrarse en la rutina escolar. No hace falta organizar grandes campañas ni comprar materiales especiales para comenzar. Es posible trabajar el respeto al escuchar a un compañero, cuidar los espacios comunes, cumplir acuerdos y participar en la resolución de problemas cotidianos. Lo importante es que estas acciones tengan un sentido educativo y no se conviertan en tareas mecánicas o castigos encubiertos.
1. Aprender a cuidar la escuela entre todos
Una de las imágenes más conocidas de las escuelas japonesas es la de los estudiantes que colaboran con la limpieza de las aulas, los pasillos y otros espacios compartidos. En determinadas instituciones, estas tareas se organizan mediante turnos y forman parte de las actividades habituales de la jornada.
La propuesta transmite un mensaje concreto: la escuela es un lugar compartido y su cuidado no depende exclusivamente del personal de limpieza. Los alumnos pueden aprender a reconocer el trabajo de otras personas, utilizar los espacios con responsabilidad y comprender que sus acciones tienen consecuencias para toda la comunidad.
En Argentina, esta idea puede adaptarse mediante proyectos de cuidado del aula, organización de bibliotecas, mantenimiento de materiales didácticos o campañas para reducir los residuos. No se trata de reemplazar puestos de trabajo ni de trasladar obligaciones laborales a los estudiantes, sino de proponer actividades pedagógicas apropiadas para su edad, con objetivos claros y participación voluntaria cuando corresponda.
Por ejemplo, un curso puede acordar cómo mantener ordenados los materiales de uso común, diseñar carteles para identificar los espacios o crear un sistema rotativo para revisar que los recursos queden guardados después de cada actividad. La clave está en conversar sobre el propósito de cada acción y evaluar colectivamente qué se puede mejorar.
2. El respeto se construye con responsabilidades concretas
La educación japonesa también incorpora actividades en las que los estudiantes colaboran con el funcionamiento cotidiano de la institución. Entre ellas se encuentran los encargos de aula, las comisiones estudiantiles y las tareas compartidas durante la jornada escolar. En Japón, estas experiencias se vinculan con las tokubetsu katsudo, un conjunto de actividades educativas que incluye propuestas de clase, participación estudiantil y eventos escolares. Una publicación oficial del Gobierno japonés de diciembre de 2025 describe cómo estas prácticas promueven la cooperación y la participación en la vida colectiva.
En una escuela argentina, esta perspectiva puede expresarse mediante responsabilidades rotativas: distribuir materiales, colaborar en la organización de una exposición, recibir a nuevos compañeros, cuidar los libros de la biblioteca o ayudar a preparar una actividad institucional.
La rotación es importante. Si siempre se asignan las mismas tareas a los mismos estudiantes, la propuesta puede reproducir desigualdades o generar etiquetas. En cambio, cuando todos tienen oportunidades de participar según sus posibilidades, los alumnos pueden descubrir habilidades nuevas y comprender que el funcionamiento de un grupo depende de distintas contribuciones.
Estas responsabilidades no deben confundirse con una obediencia automática. Un estudiante también necesita aprender a preguntar, expresar desacuerdos respetuosamente y señalar cuando una tarea resulta injusta o insegura. El respeto mutuo incluye tanto cumplir acuerdos como reconocer los derechos de los demás.
3. La convivencia se enseña durante toda la jornada
A menudo, las instituciones trabajan la convivencia cuando aparece un conflicto: una discusión en el recreo, una burla, una pelea o un incumplimiento de las normas. Sin embargo, la cultura escolar japonesa invita a observar también los momentos en los que los alumnos organizan una actividad, comparten materiales, comen juntos o participan en un proyecto colectivo.
En esas situaciones cotidianas se aprende a esperar turnos, escuchar indicaciones, pedir ayuda, colaborar y resolver diferencias. La convivencia deja de ser un tema reservado a una charla ocasional y se convierte en una dimensión de la experiencia escolar.
Para avanzar en esta dirección, las escuelas pueden incorporar breves conversaciones al comienzo o al final de la jornada. ¿Qué hicimos hoy para ayudar al grupo? ¿Hubo algún momento en que no escuchamos a un compañero? ¿Qué acuerdo necesitamos revisar? Son preguntas sencillas que permiten relacionar las normas con situaciones reales.
También es importante que los adultos modelen las conductas que esperan de los estudiantes. Una institución no puede pedir que los chicos escuchen si los adultos los interrumpen constantemente, ni promover el diálogo si cada desacuerdo termina en una descalificación. La coherencia entre las palabras y las acciones es parte de la enseñanza.
4. Los acuerdos funcionan mejor cuando los estudiantes participan
Las normas escolares son necesarias para organizar la actividad, proteger a las personas y establecer límites comprensibles. Pero su cumplimiento puede adquirir un sentido distinto cuando los estudiantes comprenden por qué existen y participan, de acuerdo con su edad, en su construcción.
En lugar de presentar una lista extensa de prohibiciones, una escuela puede comenzar con tres preguntas: ¿qué necesitamos para aprender tranquilos?, ¿qué conductas pueden lastimar a otra persona? y ¿cómo podemos reparar un daño cuando ocurre?
Las respuestas pueden transformarse en acuerdos concretos sobre el uso de la palabra, el cuidado de los materiales, el trato entre compañeros y la resolución de desacuerdos. Luego, el grupo puede revisar periódicamente si esas pautas se cumplen y qué ajustes necesita realizar.
La participación no significa que todas las decisiones deban someterse a votación. Los adultos conservan la responsabilidad de garantizar la seguridad, intervenir ante situaciones de violencia y cumplir las normas institucionales. La propuesta consiste en abrir espacios de escucha para que los alumnos comprendan los motivos de las decisiones y aprendan a asumir compromisos.
Esta forma de trabajo ayuda a diferenciar la autoridad pedagógica del autoritarismo. La primera orienta, explica, establece límites y protege; el segundo exige obediencia sin abrir espacios para la comprensión o la palabra.
5. El respeto también se aprende al compartir la comida
En distintas escuelas japonesas, el almuerzo escolar puede incluir la participación de los estudiantes en tareas como distribuir las porciones, organizar los utensilios y colaborar con el orden posterior. Estas actividades se relacionan con el aprendizaje de hábitos, el cuidado colectivo y la educación alimentaria.
La enseñanza no se limita a conocer alimentos saludables. También permite conversar sobre el desperdicio, el reconocimiento del trabajo que hace posible cada comida, las necesidades de los compañeros y el cuidado de los espacios compartidos.
En las escuelas argentinas, estas ideas pueden adaptarse a los comedores y a otros momentos de alimentación, siempre respetando las condiciones sanitarias, las necesidades particulares y las responsabilidades del personal a cargo. Cuando no hay comedor, se pueden desarrollar propuestas similares mediante desayunos compartidos, proyectos de alimentación saludable o actividades de organización de materiales.
El objetivo no es imponer una costumbre extranjera, sino aprovechar situaciones habituales para aprender hábitos de cuidado, cooperación y consideración por los demás.
6. Respeto no significa silencio ni ausencia de conflictos
Una interpretación superficial de la cultura escolar japonesa podría llevar a pensar que una buena convivencia consiste en tener estudiantes silenciosos que nunca cuestionan las indicaciones. Esa lectura deja afuera una parte fundamental de la educación: aprender a expresar opiniones, reconocer los derechos propios y ajenos y resolver los desacuerdos sin recurrir a la agresión.
El respeto auténtico no exige que todos piensen igual. Una clase puede discutir una idea, cuestionar una decisión o plantear una preocupación sin que eso represente una falta de respeto. Lo importante es construir condiciones para que las diferencias puedan expresarse sin humillaciones, amenazas ni violencia.
Los datos internacionales también ayudan a evitar idealizaciones. En PISA 2022, el 86 % de los estudiantes de Japón declaró sentir que pertenecía a su escuela, frente al 75 % registrado como promedio de la OCDE. Sin embargo, el 10 % de las chicas y el 17 % de los chicos japoneses informaron haber sufrido situaciones de acoso escolar varias veces al mes, según los indicadores de ese estudio. Los resultados muestran aspectos positivos, pero también recuerdan que ninguna cultura escolar elimina por completo los problemas de convivencia.
Por eso, las escuelas necesitan protocolos claros para actuar frente al hostigamiento, espacios de escucha y adultos preparados para intervenir. Las actividades de cooperación pueden contribuir a mejorar los vínculos, pero no sustituyen la protección de los estudiantes ni la respuesta institucional ante la violencia.
7. Cómo aplicar estas ideas en Argentina con bajo presupuesto
La adaptación del modelo japonés puede comenzar con un proyecto pequeño y sostenido. Una escuela puede seleccionar una práctica para trabajar durante cuatro semanas, definir qué aprendizaje busca promover y acordar cómo observará los avances.
Por ejemplo, un curso puede organizar un sistema rotativo de cuidado de materiales, elaborar acuerdos para conversar sin interrumpirse y reservar unos minutos semanales para revisar cómo funciona el grupo. El docente registra qué situaciones mejoran, qué dificultades persisten y qué apoyos necesitan los estudiantes.
No hace falta comprar recursos especiales. Se pueden utilizar hojas reutilizadas, carteles confeccionados por los alumnos, pizarras existentes y reuniones breves de equipo. La inversión principal está en organizar tiempos, sostener criterios comunes y evitar que cada actividad quede aislada de las demás.
También conviene involucrar a las familias. Compartir los objetivos del proyecto y explicar por qué se promueven determinadas responsabilidades ayuda a evitar interpretaciones equivocadas. La escuela debe dejar claro que formar en el cuidado colectivo no significa responsabilizar a los chicos por problemas estructurales ni exigirles tareas que no corresponden a su edad.
Finalmente, la evaluación debe considerar más que el orden visible del aula. Es útil observar si los alumnos escuchan mejor, si pueden explicar los acuerdos, si solicitan ayuda cuando la necesitan y si participan en la reparación de los conflictos. Estas evidencias permiten saber si las actividades están contribuyendo a la formación de hábitos y actitudes.
La experiencia de Japón invita a pensar la educación del respeto como una práctica cotidiana, sostenida por responsabilidades compartidas, acuerdos comprensibles y oportunidades reales de participación. No se trata de copiar un sistema educativo completo ni de suponer que una costumbre funciona igual en cualquier contexto. Se trata de reconocer qué aprendizajes pueden construirse mediante acciones sencillas y adaptarlas a la realidad de cada comunidad.
Las escuelas argentinas pueden comenzar por revisar sus rutinas: cómo se cuidan los espacios, cómo se distribuyen las responsabilidades, qué lugar tienen las voces de los estudiantes y cómo se actúa frente a los conflictos. A veces, una transformación importante empieza con una decisión pequeña, sostenida en el tiempo y compartida por toda la institución.
Enseñar respeto es ayudar a comprender que cada persona forma parte de una comunidad y que sus decisiones afectan a los demás. Cuando esa idea se convierte en experiencia diaria, la convivencia deja de ser solamente un contenido para estudiar y empieza a formar parte de la manera en que se aprende, se participa y se vive la escuela.
