Por: Maximiliano Catalisano

Hablar hoy de educación científica y tecnológica en Chile implica mirar más allá de los contenidos y los dispositivos. Implica revisar quiénes acceden, quiénes permanecen y quiénes se proyectan en estos campos que definen el presente y el futuro laboral. Durante años, niñas y adolescentes estuvieron subrepresentadas en áreas como la ciencia, la tecnología, la ingeniería y la matemática, no por falta de capacidad, sino por barreras culturales, expectativas sociales y modelos educativos poco inclusivos. En los últimos tiempos, el sistema educativo chileno comenzó a transitar un camino de revisión profunda, con propuestas que buscan ampliar oportunidades reales y sostenidas, incluso en contextos de recursos limitados.

Un punto de partida marcado por desigualdades históricas

La distancia entre varones y mujeres en el acceso y la permanencia en trayectorias científicas no apareció de un día para otro. Desde la educación inicial, los estereotipos asociados al “talento natural” para las ciencias o la tecnología influyeron en elecciones escolares y vocacionales. Juegos, discursos familiares, libros de texto y prácticas pedagógicas reforzaron durante décadas la idea de que ciertos saberes eran más “propios” de unos que de otras.

En Chile, como en gran parte de la región, estas diferencias se reflejaron en la baja matrícula femenina en especialidades técnicas, carreras universitarias vinculadas a la ingeniería y espacios de investigación. Reconocer este punto de partida fue el primer paso para pensar políticas educativas con mirada de género, capaces de intervenir antes de que las decisiones estén definitivamente tomadas.

La escuela como espacio de transformación posible

Uno de los aprendizajes más relevantes del proceso chileno es que la transformación no depende solo de grandes inversiones, sino de cambios pedagógicos sostenidos. La escuela se convirtió en un escenario clave para despertar el interés temprano por la ciencia y la tecnología en niñas, promoviendo experiencias significativas y cercanas a la vida cotidiana.

Proyectos de aula basados en la experimentación, el trabajo colaborativo y la resolución de problemas reales permitieron que más estudiantes se reconocieran como capaces de comprender y producir conocimiento científico. Cuando las propuestas se conectan con el entorno, el cuidado del ambiente, la salud o la tecnología cotidiana, el interés crece y los prejuicios pierden fuerza.

El rol de los docentes en el cambio cultural

Ninguna política educativa se sostiene sin docentes comprometidos y formados. En Chile, la capacitación docente con enfoque de género en ciencia y tecnología comenzó a ocupar un lugar central. No se trata solo de sumar contenidos, sino de revisar prácticas, expectativas y modos de interacción en el aula.

Pequeñas acciones, como distribuir equitativamente la palabra, fomentar la participación de todas las voces o visibilizar científicas chilenas y latinoamericanas, tienen un impacto directo en la percepción que las estudiantes construyen sobre sí mismas. El aula deja de ser un espacio neutral para convertirse en un lugar donde se habilitan nuevas posibilidades.

Referentes femeninos que inspiran trayectorias

La falta de modelos cercanos fue durante mucho tiempo un obstáculo silencioso. Por eso, una de las estrategias más valiosas fue acercar a las estudiantes a mujeres que desarrollan su trabajo en áreas científicas y tecnológicas. Charlas, encuentros virtuales y proyectos compartidos con universidades y centros de investigación permitieron poner rostro a profesiones que antes parecían lejanas.

Estos referentes no solo inspiran, sino que ayudan a desmontar la idea de que el camino es inaccesible. Mostrar trayectorias diversas, con obstáculos y logros reales, contribuye a construir expectativas más amplias y realistas.

Tecnología con sentido pedagógico y social

El avance hacia una educación científica y tecnológica con perspectiva de género no se apoya únicamente en la incorporación de dispositivos. En Chile, se puso el acento en el uso pedagógico de la tecnología, orientado a la creación y no solo al consumo.

Programación, robótica educativa y pensamiento computacional comenzaron a trabajarse desde edades tempranas, con propuestas inclusivas y adaptadas a distintos contextos escolares. Lo interesante de este enfoque es que no requiere grandes presupuestos: muchas experiencias se desarrollan con materiales simples, software libre y creatividad docente.

Familias y comunidad como aliadas

El cambio cultural no se limita a la escuela. Las familias cumplen un rol central en el acompañamiento de intereses y elecciones. Involucrarlas en proyectos científicos escolares, ferias de ciencias y actividades comunitarias ayudó a reforzar mensajes positivos sobre la participación de niñas en estos campos.

Cuando madres, padres y cuidadores comprenden que la ciencia y la tecnología también son espacios posibles para sus hijas, el apoyo cotidiano se vuelve más consistente. Esta alianza entre escuela y comunidad fortalece los procesos y les da continuidad en el tiempo.

Políticas públicas con mirada de largo plazo

Chile avanzó en la construcción de políticas educativas que integran la perspectiva de género como un eje transversal, no como una acción aislada. Programas de fomento vocacional, becas, acompañamiento académico y articulación con el nivel superior forman parte de una estrategia más amplia.

Lo destacable es que muchas de estas políticas priorizan la optimización de recursos existentes, demostrando que es posible generar impacto sin depender exclusivamente de grandes inversiones. La clave está en la planificación, la coherencia y la evaluación constante de las prácticas.

Un camino en construcción

Cerrar la brecha en educación científica y tecnológica es un proceso que requiere tiempo, compromiso y revisión permanente. Chile muestra que avanzar es posible cuando la escuela se piensa como un espacio de oportunidades reales y cuando la perspectiva de género atraviesa decisiones pedagógicas, institucionales y políticas.

El desafío continúa, pero los pasos dados permiten imaginar un sistema educativo donde niñas y jóvenes puedan elegir su futuro sin condicionamientos invisibles. Apostar por una educación científica y tecnológica inclusiva no solo amplía horizontes individuales, sino que fortalece el desarrollo social y productivo del país desde una base más justa y diversa.