Por: Marta Bonserio
Un mensaje ofensivo en un grupo de WhatsApp, una fotografía compartida sin permiso o una burla que comienza en el aula y continúa en las redes sociales pueden transformar la experiencia escolar de un niño o adolescente. A veces, los adultos se enteran cuando el daño ya se ha extendido; otras, las víctimas callan por vergüenza, miedo a las represalias o temor a que les quiten el celular. Frente a esta realidad, las escuelas necesitan mucho más que charlas aisladas o sanciones después de un conflicto: requieren estrategias de prevención que enseñen a convivir, ayuden a detectar las primeras señales y permitan actuar con rapidez. La buena noticia es que existen métodos utilizados internacionalmente que pueden adaptarse a las instituciones argentinas sin grandes inversiones.
El bullying y el ciberacoso están relacionados, pero no son exactamente lo mismo. El bullying o acoso escolar implica conductas agresivas repetidas en el tiempo y una desigualdad de poder que dificulta que la persona afectada pueda defenderse. Puede manifestarse mediante insultos, exclusión, amenazas, agresiones físicas o humillaciones. El ciberacoso utiliza medios digitales, como redes sociales, videojuegos en línea, chats y plataformas de mensajería, para hostigar, intimidar, difundir rumores o compartir contenidos destinados a perjudicar a alguien.
En el entorno digital, una agresión puede circular fuera del horario escolar, alcanzar a muchas personas en pocos minutos y permanecer disponible después de que termina la jornada. Sin embargo, no toda discusión entre compañeros constituye bullying, ni todo conflicto digital tiene las mismas características. La escuela necesita analizar cada situación para comprender qué ocurrió, qué relación existe entre las personas involucradas y qué medidas de protección corresponden.
La prevención comienza cuando la institución deja de considerar estas situaciones como simples bromas o problemas que los estudiantes deben resolver solos. El objetivo no es vigilar cada conversación privada ni castigar automáticamente cualquier desacuerdo, sino construir un entorno donde pedir ayuda sea posible, las agresiones se tomen en serio y cada integrante de la comunidad sepa cómo actuar.
¿Qué dicen los organismos internacionales sobre el acoso escolar?
La UNESCO ha advertido que la violencia y el acoso escolar afectan el bienestar, la asistencia y las oportunidades de aprendizaje de niños y adolescentes. Sus recomendaciones promueven respuestas integrales que incluyan normas claras, formación docente, participación estudiantil, acompañamiento a quienes sufren agresiones y colaboración con las familias. La organización sostiene que las intervenciones aisladas tienen menos posibilidades de producir cambios duraderos que las políticas sostenidas en toda la comunidad educativa.
UNICEF también destaca la importancia de escuchar a los chicos, ofrecer canales seguros para comunicar lo que sucede y enseñar habilidades para desenvolverse en internet. La prevención del ciberacoso no consiste únicamente en advertir sobre los peligros de las redes: implica trabajar el respeto, la privacidad, la empatía, la responsabilidad al compartir contenidos y la capacidad de reconocer cuándo una interacción se convierte en una agresión.
Estas orientaciones permiten establecer una primera conclusión: el bullying no se resuelve únicamente con una sanción individual. Las medidas disciplinarias pueden ser necesarias, pero deben formar parte de una respuesta más amplia que proteja a la persona afectada, intervenga sobre las conductas dañinas y modifique las condiciones que permiten que el acoso continúe.
Las experiencias internacionales más interesantes no se limitan a castigar las agresiones cuando ocurren. Proponen una estrategia institucional que involucra a docentes, estudiantes, familias y equipos de apoyo. La UNESCO denomina a este enfoque una respuesta integral de toda la comunidad educativa: comprender las causas de la violencia, establecer normas claras, capacitar a los adultos y ofrecer mecanismos seguros para pedir ayuda.
Este enfoque puede adaptarse a escuelas argentinas mediante acciones concretas. Una de las primeras es acordar qué se entiende por bullying, qué situaciones requieren intervención inmediata y quiénes deben participar en la respuesta. Si cada docente interpreta los hechos de manera diferente, una misma agresión puede ser minimizada en un curso y sancionada sin suficiente análisis en otro.
También resulta importante enseñar a reconocer las distintas formas de hostigamiento. Los insultos reiterados, la exclusión deliberada, la difusión de rumores, las amenazas, la publicación de imágenes humillantes y la creación de cuentas falsas para ridiculizar a un compañero son ejemplos que deben abordarse con seriedad. La escuela puede trabajar estos casos mediante situaciones ficticias, debates guiados y análisis de decisiones, sin exponer a estudiantes que hayan atravesado experiencias reales.
La prevención necesita continuidad. Una jornada anual contra el bullying puede ayudar a instalar el tema, pero no reemplaza las conversaciones cotidianas, los acuerdos de convivencia ni la intervención ante las primeras señales. Es preferible dedicar unos minutos periódicamente a revisar cómo se relacionan los estudiantes, qué ocurre en los grupos digitales vinculados con la vida escolar y qué canales existen para pedir ayuda.
No todos los estudiantes que atraviesan una situación de acoso cuentan lo que sucede. Algunos temen que la agresión aumente si hablan; otros sienten vergüenza o creen que los adultos no comprenderán el mundo digital en el que se produjo el problema.
Por eso, los docentes deben prestar atención a cambios persistentes en la conducta. Un estudiante que deja de participar, evita ciertos espacios, falta con frecuencia, parece angustiado después de mirar el celular o pierde repentinamente el contacto con sus compañeros puede necesitar acompañamiento. Estas señales no demuestran por sí solas que exista bullying, pero justifican una conversación privada y respetuosa.
La pregunta importa tanto como la observación. En lugar de interrogar delante del grupo o exigir explicaciones inmediatas, el adulto puede decir: “Noté que últimamente estás más preocupado. ¿Hay algo que te esté pasando y sobre lo que quieras hablar?”. Escuchar sin interrumpir, agradecer la confianza y explicar qué pasos podrían seguirse ayuda a que el estudiante no sienta que pierde el control de la situación.
Los canales de comunicación también deben ser accesibles. Cada escuela puede definir una persona adulta de referencia, un espacio privado de consulta y un procedimiento para comunicar situaciones preocupantes. Es importante que los alumnos sepan a quién acudir y que la institución explique qué hará con la información recibida.
La confidencialidad debe manejarse con responsabilidad. No conviene prometer que todo quedará en secreto, porque puede ser necesario involucrar a otras personas para proteger a un estudiante. Lo adecuado es explicar que la información se compartirá únicamente con quienes deban intervenir y que se evitará exponer innecesariamente a la persona afectada.
Cuando aparece una denuncia de ciberacoso, la primera prioridad es proteger al estudiante y detener la circulación del contenido dañino. La escuela debe escuchar lo sucedido, evaluar si existen amenazas o riesgos inmediatos y activar los procedimientos institucionales correspondientes.
Si la agresión ocurrió en una plataforma digital, puede ser útil conservar capturas de pantalla, enlaces, fechas y mensajes relevantes. Esta información debe guardarse de forma segura y compartirse solo con las personas responsables de intervenir. No se recomienda reenviar imágenes humillantes o publicar las pruebas en otros grupos, porque eso puede ampliar el daño.
UNICEF aconseja buscar ayuda de una persona adulta de confianza, conservar evidencias cuando resulte necesario y utilizar las herramientas de denuncia y bloqueo disponibles en las plataformas. También advierte que abandonar internet no debería presentarse como la única solución: la persona afectada no debe cargar con la responsabilidad de desaparecer de los espacios digitales para que termine el hostigamiento.
En la escuela, es necesario conversar por separado con la persona afectada, quienes participaron en las agresiones y los testigos, sin organizar una confrontación pública que pueda aumentar la presión. Las medidas deben considerar la gravedad de los hechos, la repetición de las conductas, las diferencias de poder y las necesidades de protección.
Las prácticas restaurativas pueden ser útiles en determinadas situaciones, siempre que exista una evaluación previa y condiciones de seguridad. No deben imponerse encuentros cara a cara ni mediaciones cuando hay intimidación, amenazas o una desigualdad de poder que impide a la persona afectada participar libremente. En esos casos, la protección y la responsabilidad por las conductas dañinas deben tener prioridad.
Si existen amenazas graves, extorsión, difusión de imágenes íntimas sin consentimiento o riesgo para la integridad física, la institución debe activar los protocolos correspondientes y buscar asesoramiento de los organismos competentes. La escuela no tiene que investigar por su cuenta hechos que requieren intervención especializada.
La prevención del ciberacoso también implica enseñar a utilizar la tecnología con responsabilidad. No alcanza con advertir que internet puede ser peligroso: los estudiantes necesitan aprender a decidir qué compartir, cómo responder ante una provocación, qué hacer cuando reciben contenido humillante y por qué no deben difundir publicaciones que dañan a otros.
Una actividad sencilla consiste en presentar situaciones ficticias: un compañero comparte una fotografía sin permiso; alguien crea una encuesta para burlarse de un alumno; un grupo excluye deliberadamente a una persona de una conversación y luego publica capturas para ridiculizarla. Los estudiantes pueden analizar qué derechos están involucrados, qué opciones tiene quien recibe el ataque y cómo pueden actuar quienes observan.
Este último grupo merece especial atención. Quienes presencian una agresión digital pueden contribuir a que se extienda mediante comentarios, reacciones o reenvíos, incluso si no iniciaron el hostigamiento. También pueden ayudar a detenerlo si se niegan a difundir el contenido, informan a un adulto y acompañan a la persona afectada.
Es importante no exigir a los estudiantes que se enfrenten directamente a quienes agreden si eso puede ponerlos en riesgo. Ayudar también significa no participar, guardar silencio ante la difusión de imágenes, reportar la publicación y buscar apoyo adulto.
La escuela puede trabajar, además, sobre privacidad, consentimiento, huella digital y configuración de las cuentas. UNICEF Argentina dispone de una guía de sensibilización sobre convivencia digital, elaborada junto con Faro Digital, con recursos para abordar el hostigamiento en línea, la difusión de contenidos sin consentimiento y la prevención de otros riesgos digitales.
Un plan de prevención económico para las escuelas argentinas
No todas las instituciones cuentan con equipos especializados o presupuesto para desarrollar programas extensos. Sin embargo, pueden comenzar con un plan organizado a partir de los recursos disponibles.
Durante el primer mes, la escuela puede revisar sus acuerdos de convivencia, definir cómo se recibirán las denuncias y designar a las personas responsables de coordinar las respuestas. Durante el segundo, puede realizar actividades breves por curso para analizar situaciones de bullying, ciberacoso y participación de los testigos. Durante el tercero, puede reunirse con las familias para compartir criterios de prevención y explicar cómo comunicar una situación preocupante.
La propuesta puede sostenerse con reuniones ya previstas, materiales gratuitos y actividades incorporadas a espacios curriculares. Para evaluar su funcionamiento, conviene observar si los estudiantes conocen los canales de ayuda, si los adultos responden de manera coordinada y si las situaciones comunicadas reciben seguimiento.
Los resultados no deben medirse solamente por la cantidad de denuncias. Si los estudiantes empiezan a confiar más en los adultos, es posible que al principio comuniquen más situaciones, lo que no necesariamente significa que el problema haya aumentado. Por eso, los datos deben interpretarse junto con la información sobre la respuesta institucional, la repetición de los hechos y la percepción de seguridad de la comunidad escolar.
En definitiva, prevenir el bullying y el ciberacoso exige construir una escuela en la que las agresiones no se naturalicen, las personas afectadas reciban protección y quienes observan sepan cómo ayudar. Las experiencias internacionales muestran que el trabajo sostenido, la participación de los estudiantes, la formación de los docentes y la colaboración con las familias son componentes importantes de esa tarea. No hace falta comenzar con una gran inversión: se puede empezar con acuerdos claros, adultos disponibles y una decisión compartida de no considerar las humillaciones como parte normal de crecer.
