Por: Maximiliano Catalisano

Durante años, la biblioteca escolar fue imaginada como una habitación silenciosa, con estanterías repletas de libros, mesas largas y alumnos que entraban para buscar información o cumplir con una tarea. Pero esa imagen está cambiando. En tiempos en los que los chicos pueden acceder a millones de contenidos desde un celular, la biblioteca ya no necesita competir con internet: puede convertirse en el lugar donde aprendan a hacer mejores preguntas, comprobar lo que encuentran, crear proyectos y transformar la información en conocimiento. Y lo más interesante es que para comenzar esa transformación no siempre hace falta una gran inversión.

La nueva biblioteca escolar puede ser mucho más que un depósito de libros. Puede funcionar como un espacio de lectura, investigación, experimentación, creación y encuentro, donde los estudiantes pasen de buscar una respuesta rápida a investigar un problema, comparar fuentes, discutir ideas y elaborar sus propias conclusiones. Las directrices internacionales de IFLA para bibliotecas escolares describen precisamente estos espacios como lugares físicos y digitales en los que la lectura, la investigación, el pensamiento, la imaginación y la creatividad forman parte del recorrido de los estudiantes hacia el conocimiento. 

De biblioteca silenciosa a laboratorio de ideas

El cambio no implica abandonar los libros ni convertir cada biblioteca en una sala llena de computadoras. Se trata de ampliar su función. Un libro puede seguir siendo el punto de partida de una investigación, pero ahora puede convivir con mapas, fotografías, revistas, recursos digitales, materiales para construir, grabadores, herramientas sencillas y espacios donde los alumnos puedan trabajar en pequeños grupos.

La biblioteca puede convertirse así en una especie de laboratorio de preguntas. Un estudiante que encuentra información sobre el cambio climático, por ejemplo, no tiene por qué limitarse a copiar definiciones para una tarea. Puede formular una pregunta sobre lo que ocurre en su propia ciudad, buscar diferentes fuentes, analizar datos, entrevistar a vecinos, elaborar gráficos y presentar sus conclusiones.

Ese proceso modifica por completo la relación con la información. Las directrices de IFLA plantean que el aprendizaje basado en la investigación va más allá de encontrar un dato: implica utilizar información, buscar evidencias, formular preguntas y comprender cómo se construye el conocimiento. También relacionan este tipo de experiencias con la curiosidad, la exploración, el pensamiento crítico y creativo y la conexión entre lo aprendido y situaciones de la vida real. 

La biblioteca, en ese contexto, deja de ser únicamente el lugar al que se va a buscar un libro y pasa a formar parte activa de las experiencias de aprendizaje.

No hace falta empezar con una gran inversión

Una de las ideas más interesantes de esta transformación es que renovar una biblioteca escolar no necesariamente significa comprar tecnología costosa o remodelar todo el edificio.

El primer paso puede ser reorganizar lo que ya existe. Una estantería puede reservarse para proyectos de investigación. Una mesa puede convertirse en una zona de trabajo grupal. Un rincón puede utilizarse para lectura informal. Una pared puede transformarse en un espacio donde se exhiban preguntas, hipótesis, mapas conceptuales o trabajos realizados por los estudiantes.

Incluso los libros que parecen antiguos pueden recuperar valor si se los utiliza como fuentes para investigar cómo cambió una determinada idea a través del tiempo. Un atlas viejo puede servir para comparar fronteras. Una enciclopedia puede convertirse en objeto de análisis para descubrir cómo se organizaba la información antes de internet. Una colección de diarios puede abrir una investigación sobre la historia local.

La clave está menos en reemplazar materiales que en cambiar la manera de utilizarlos.

Esto resulta especialmente relevante para escuelas con presupuestos limitados. Antes de pensar en grandes compras, pueden recuperarse muebles, clasificar materiales existentes, solicitar donaciones de libros y recursos, crear rincones temáticos y utilizar herramientas digitales gratuitas. El objetivo no es construir una biblioteca perfecta desde cero, sino convertir progresivamente la que ya existe en un espacio más activo.

Una de las tendencias que acompaña esta transformación es la incorporación de espacios conocidos como makerspaces, sectores destinados a experimentar, diseñar, construir y crear.

En una biblioteca escolar, esto puede traducirse en propuestas muy sencillas. Cartón, papel, elementos reciclados, bloques, telas, herramientas básicas y materiales reutilizables pueden formar parte de proyectos en los que los estudiantes deban imaginar una solución, construir un prototipo y explicar cómo funciona.

También pueden incorporarse recursos tecnológicos cuando están disponibles, como placas programables, impresoras 3D, cámaras o kits de robótica. Pero la tecnología no es el requisito central. Lo importante es que exista un entorno donde los chicos puedan pasar de consumir información a producir algo a partir de ella.

Una revisión sistemática publicada en Library & Information Science Research analizó 43 estudios sobre makerspaces en bibliotecas y encontró que estos espacios abarcan distintas herramientas, tecnologías, programas y formas de participación. La investigación también advierte que todavía se necesita ampliar el conocimiento empírico sobre estos espacios, especialmente en bibliotecas escolares y rurales. 

Un estudio sobre makerspaces en bibliotecas también identificó diferentes maneras de acompañar el aprendizaje, tanto en actividades formales como informales y no formales. 

Por eso, un pequeño rincón de creación puede ser suficiente para empezar. No hace falta transformar toda la biblioteca en un taller.

Investigar también es aprender a preguntar

Uno de los mayores cambios que puede producir una biblioteca renovada ocurre en la forma en que los alumnos se acercan a una tarea.

La pregunta tradicional suele ser: “¿dónde encuentro la respuesta?”. Una biblioteca orientada a la investigación puede proponer algo diferente: “¿qué quiero descubrir?”.

Ese cambio parece pequeño, pero modifica el recorrido completo. El estudiante tiene que identificar qué sabe, qué desconoce, qué información necesita, dónde buscarla y cómo determinar si una fuente resulta confiable.

En un contexto de abundancia de información, estas habilidades tienen cada vez más importancia. Internet permite encontrar una respuesta en segundos, pero encontrar una respuesta no garantiza que sea correcta. Una biblioteca escolar puede convertirse justamente en el espacio donde los alumnos aprendan a comparar fuentes, reconocer información dudosa, identificar quién produjo un contenido y comprender la diferencia entre una opinión y una evidencia.

Las directrices de IFLA destacan el trabajo conjunto entre bibliotecarios y docentes para desarrollar procesos progresivos de investigación y habilidades relacionadas con los medios y la información. 

De esta manera, la biblioteca deja de estar aislada del aula. Puede convertirse en una extensión del aprendizaje que ocurre en distintas materias.

Una biblioteca puede trabajar con todas las materias

La transformación también permite romper con la idea de que la biblioteca pertenece únicamente a lengua o literatura.

Una investigación sobre el agua puede reunir ciencias naturales, geografía y matemática. Un proyecto sobre la historia del barrio puede combinar entrevistas, fotografías antiguas, mapas y documentos. Una investigación sobre alimentación puede relacionar biología, matemática y hábitos culturales. Incluso una novela puede ser el punto de partida para estudiar problemas sociales, científicos o ambientales.

Este enfoque permite que los libros dejen de funcionar como compartimentos separados. Una novela puede abrir una pregunta científica. Una fotografía puede llevar a investigar historia. Un mapa puede convertirse en el inicio de un proyecto sobre migraciones.

El Manifiesto de Biblioteca Escolar IFLA-UNESCO actualizado en 2025 plantea justamente una visión de estos espacios vinculada con la enseñanza, el aprendizaje, las competencias informacionales, el pensamiento crítico, la creatividad y la colaboración dentro de la comunidad educativa. 

Cómo transformar una biblioteca con recursos que ya existen

La renovación puede comenzar con decisiones pequeñas. Una escuela puede seleccionar una temática mensual y reunir libros, imágenes, artículos y preguntas alrededor de ella. También puede crear un “muro de preguntas” donde los estudiantes escriban aquello que quieren investigar.

Otra alternativa consiste en instalar una mesa permanente de exploración. Allí pueden aparecer objetos, fotografías, mapas, libros, recortes o elementos naturales relacionados con algún tema que se esté trabajando en clase.

También puede funcionar una biblioteca de proyectos: en lugar de guardar únicamente libros, se conservan investigaciones realizadas por los propios alumnos, prototipos, revistas escolares, entrevistas, fotografías y producciones audiovisuales.

Los materiales descartados pueden tener una segunda oportunidad. Cajas de cartón, tubos de papel, revistas viejas, diarios, envases y papeles pueden utilizarse para construir maquetas, crear instalaciones, representar conceptos o diseñar soluciones.

Incluso los teléfonos celulares, cuando las normas de la institución lo permiten, pueden convertirse en herramientas de investigación: sirven para registrar entrevistas, fotografiar espacios, grabar sonidos, consultar catálogos o documentar el desarrollo de un proyecto.

La transformación, entonces, no empieza necesariamente por comprar. Empieza por preguntarse qué puede hacerse de otra manera con lo que ya está disponible.

El bibliotecario también cambia de función

En esta nueva biblioteca, el trabajo de quien la gestiona también se amplía. Ya no se trata solamente de ordenar libros, registrar préstamos y recomendar lecturas.

El bibliotecario puede trabajar junto a los docentes para diseñar proyectos de investigación, orientar a los alumnos en la búsqueda de fuentes y enseñarles a evaluar la información que encuentran.

Las directrices de IFLA incluyen entre las funciones de las bibliotecas escolares la promoción de la lectura, la alfabetización mediática e informacional, el aprendizaje basado en la investigación, la integración tecnológica y la colaboración con los docentes. 

Esto convierte a la biblioteca en un punto de conexión entre diferentes áreas de la escuela. El bibliotecario puede ayudar a que una pregunta surgida en ciencias termine encontrando información en Historia, que una lectura literaria genere una investigación social o que un proyecto de matemática termine convertido en una exposición para toda la comunidad.

El futuro de la biblioteca puede estar en lo que ya tiene

La transformación de una biblioteca escolar no tiene por qué comenzar con estanterías nuevas, computadoras de última generación o grandes obras. Puede comenzar con una mesa despejada, una caja de materiales, una colección de libros olvidados y una pregunta interesante.

El verdadero cambio aparece cuando los estudiantes dejan de entrar solamente para retirar un libro y empiezan a hacerlo para investigar, conversar, experimentar, crear y compartir lo que descubrieron.

La actualización del Manifiesto IFLA-UNESCO de 2025 refleja precisamente que las bibliotecas escolares deben responder a los cambios tecnológicos, sociales y educativos actuales.

En ese escenario, una biblioteca llena de libros antiguos no tiene por qué ser una biblioteca del pasado. Puede convertirse en el punto de partida de algo completamente nuevo.

Porque quizá la biblioteca escolar del futuro no sea la que tenga más libros, más pantallas o más dispositivos, sino aquella capaz de conseguir que un chico entre buscando una respuesta y salga con cinco preguntas nuevas.