Por: Maximiliano Catalisano
¿Qué pasaría si una escuela pudiera prevenir muchas situaciones de acoso escolar antes de que se conviertan en un problema grave, sin necesitar grandes inversiones ni sumar tareas imposibles para los docentes? En distintos países, las experiencias educativas muestran que la convivencia se construye todos los días, a través de las normas compartidas, la participación de los estudiantes, la intervención adulta y el acompañamiento de las familias. Conocer estas prácticas permite descubrir alternativas concretas para transformar el clima escolar y lograr que ningún alumno tenga miedo de asistir a clases.
El acoso escolar, también conocido como bullying, no es una simple discusión entre compañeros ni una broma aislada que debe olvidarse rápidamente. Se trata de una situación de hostigamiento que suele repetirse y en la que existe un desequilibrio de poder que dificulta que quien la padece pueda defenderse. Puede manifestarse mediante agresiones físicas, insultos, burlas, exclusión deliberada, amenazas, difusión de rumores o ataques a través de las redes sociales y los grupos de mensajería.
La UNESCO advierte que la violencia escolar y el acoso afectan a estudiantes de distintos países y requieren respuestas que involucren a toda la comunidad educativa. Por eso, las medidas más prometedoras no se limitan a sancionar una conducta después de que ocurre: combinan prevención, formación docente, canales seguros para pedir ayuda, participación estudiantil y seguimiento de las situaciones detectadas.
1. Finlandia: enseñar a reconocer el acoso y actuar como grupo
Una de las experiencias internacionales más conocidas es KiVa, un programa desarrollado en Finlandia por la Universidad de Turku con apoyo del Ministerio de Educación y Cultura finlandés. Su propuesta parte de una idea importante: el acoso no involucra únicamente a quien agrede y a quien recibe las agresiones. También intervienen los compañeros que observan, se ríen, guardan silencio o deciden acompañar a la persona afectada.
El programa combina actividades preventivas con procedimientos para abordar los casos identificados y evaluar los cambios. En las propuestas de aula, los estudiantes trabajan sobre las emociones, el respeto, la presión del grupo y las consecuencias de las conductas hostiles. El objetivo es que puedan reconocer el acoso, comprender su impacto y desarrollar formas seguras de intervenir o solicitar ayuda.
¿Qué puede adaptar una escuela argentina sin contratar un programa internacional? Puede organizar encuentros breves en los que se analicen situaciones ficticias, se identifiquen las distintas formas de hostigamiento y se ensayen respuestas posibles. Por ejemplo, ante una burla reiterada, los alumnos pueden aprender a no reforzarla con risas, acompañar al compañero afectado y comunicar lo ocurrido a un adulto de confianza.
Esto no significa responsabilizar a los estudiantes por resolver situaciones que corresponden a los adultos. La intervención del grupo puede ayudar a cambiar las normas sociales del aula, pero la escuela debe proteger a quien está sufriendo el acoso y actuar ante los hechos.
2. Noruega: establecer acuerdos claros y sostenerlos en el tiempo
Noruega es otro país asociado con programas de prevención del acoso escolar, entre ellos el Programa Olweus. Este enfoque destaca la importancia de establecer expectativas claras sobre la convivencia, observar las relaciones entre compañeros y responder de manera organizada cuando aparecen conductas de hostigamiento. La prevención no queda reducida a una charla anual: forma parte del funcionamiento cotidiano de la institución.
Una práctica que puede trasladarse a cualquier escuela consiste en construir acuerdos de convivencia comprensibles y concretos. En lugar de redactar una lista extensa de prohibiciones, el equipo docente puede trabajar con preguntas sencillas: ¿cómo queremos tratarnos?, ¿qué hacemos cuando alguien queda excluido?, ¿a quién acudimos si vemos una agresión?, ¿qué sucede cuando un acuerdo no se cumple?
Para que estos acuerdos tengan sentido, es necesario revisarlos durante el año y aplicarlos de manera coherente. Si una burla se considera inaceptable en un curso, no debería minimizarse en otro. La respuesta institucional tiene que ser clara, respetuosa y proporcional, sin humillar públicamente a los estudiantes involucrados.
También conviene observar los espacios en los que suelen aparecer conflictos: recreos, pasillos, baños, entradas, salidas y conversaciones digitales relacionadas con la vida escolar. Una supervisión atenta permite detectar señales que pueden pasar inadvertidas durante las clases.
3. Nueva Zelanda: reparar el daño y reconstruir los vínculos
Las prácticas restaurativas, utilizadas en distintas experiencias educativas internacionales, proponen abordar los conflictos considerando el daño causado, las responsabilidades y las medidas necesarias para reparar lo ocurrido. UNICEF ha destacado el valor de estas prácticas para construir relaciones saludables y fortalecer el sentido de comunidad escolar.
En una escuela, este enfoque puede expresarse mediante conversaciones guiadas, preguntas que ayuden a comprender las consecuencias de una conducta y compromisos concretos para evitar que se repita. Por ejemplo, si un grupo excluye sistemáticamente a un compañero de las actividades, los adultos deben intervenir, escuchar a las personas involucradas y definir acciones para detener la exclusión.
Sin embargo, hay una diferencia fundamental entre un conflicto ocasional y una situación de acoso sostenido. La mediación no debe utilizarse para obligar a la persona afectada a negociar con quien la hostiga ni para repartir la responsabilidad de una agresión entre ambas partes. Primero hay que garantizar su seguridad, detener las conductas dañinas y evaluar qué intervención corresponde. Las conversaciones restaurativas solo son apropiadas cuando existen condiciones de seguridad y participación voluntaria.
Esta perspectiva ayuda a evitar dos extremos: ignorar lo ocurrido o limitar toda respuesta a un castigo que no modifica las relaciones que originaron el problema. La reparación requiere seguimiento y medidas concretas para que el daño no vuelva a producirse.
4. En distintos sistemas educativos: dar voz a los estudiantes
Una estrategia compartida por numerosas iniciativas internacionales es incorporar la participación estudiantil a la prevención. La UNESCO recomienda que los alumnos puedan intervenir de manera significativa en la construcción de entornos escolares seguros y que dispongan de mecanismos para informar situaciones de violencia.
La participación puede organizarse mediante consejos de aula, representantes de curso, proyectos de convivencia o encuentros periódicos con preceptores y docentes. También es posible habilitar espacios de escucha en los que los estudiantes expresen preocupaciones sin quedar expuestos frente a sus compañeros.
Una herramienta de bajo costo consiste en realizar una encuesta anónima y breve para conocer cómo se sienten los alumnos en distintos espacios de la escuela. Las preguntas pueden indagar si han presenciado burlas reiteradas, si saben a quién recurrir cuando necesitan ayuda o si consideran que los adultos intervienen ante una agresión.
Las respuestas no permiten identificar por sí solas todos los casos ni reemplazan la intervención profesional. Sin embargo, pueden señalar áreas que requieren mayor atención y ayudar a planificar medidas preventivas. Es importante explicar para qué se utilizará la información y evitar preguntas que expongan públicamente a quienes atraviesan una situación delicada.
5. Enseñar habilidades socioemocionales desde las actividades cotidianas
La prevención del acoso escolar también requiere enseñar a reconocer emociones, escuchar, expresar desacuerdos y resolver diferencias sin recurrir a la violencia. Estas habilidades pueden trabajarse en distintas materias y no necesitan convertirse en una asignatura adicional.
En lengua, los estudiantes pueden analizar personajes que sufren exclusión y debatir sobre las consecuencias de las burlas. En ciencias sociales, pueden estudiar cómo influyen los prejuicios y las normas de un grupo. En actividades de tutoría, pueden practicar cómo pedir ayuda, cómo acompañar a un compañero y cómo expresar un límite de manera segura.
Los docentes también pueden observar el modo en que se organizan los trabajos grupales. Si siempre quedan aislados los mismos estudiantes o se repiten comentarios humillantes, conviene revisar las dinámicas de participación y establecer intervenciones concretas.
No se trata de exigir que todos sean amigos ni de impedir cualquier desacuerdo. Una convivencia saludable permite que existan diferencias, pero establece límites claros frente a la intimidación, la discriminación y el hostigamiento reiterado.
6. Prevenir el ciberacoso con acuerdos sobre el uso de la tecnología
El acoso escolar puede continuar fuera del horario de clases a través de mensajes, fotografías, videos, perfiles falsos o publicaciones destinadas a humillar a una persona. La separación entre el espacio presencial y el digital es cada vez menos clara: un contenido difundido en un grupo puede trasladarse al aula y afectar las relaciones entre compañeros durante toda la jornada.
La UNESCO plantea que la prevención debe incluir la enseñanza del uso seguro y responsable de las tecnologías digitales. En la práctica, esto implica trabajar sobre el consentimiento para compartir imágenes, la privacidad, la difusión de rumores, las amenazas y las consecuencias de participar en ataques colectivos.
Las escuelas pueden elaborar, junto con los estudiantes y las familias, acuerdos sencillos sobre el uso de grupos de mensajería vinculados con la vida escolar. También deben explicar qué hacer ante una agresión digital: guardar la información relevante cuando sea seguro hacerlo, evitar la difusión del contenido, informar a un adulto responsable y activar los procedimientos institucionales correspondientes.
En Argentina, UNICEF publicó en septiembre de 2026 la guía Cuando las pantallas hablan, elaborada junto con el Ministerio de Justicia de la Nación, con orientaciones para detectar y abordar distintas formas de violencia digital que afectan a niñas, niños y adolescentes. Es un recurso que las instituciones pueden consultar para enriquecer el trabajo preventivo con familias y equipos educativos.
7. Trabajar con las familias y establecer canales seguros para pedir ayuda
Ninguna estrategia escolar puede sostenerse si las familias desconocen cómo actuar ante una situación de acoso o sienten que sus preocupaciones no serán escuchadas. Por eso, la comunicación entre escuela y hogar debe ser clara, respetuosa y centrada en la protección de los estudiantes.
Una reunión informativa al comienzo del ciclo lectivo puede explicar qué se entiende por acoso escolar, cómo se diferencia de un conflicto ocasional, cuáles son los canales de comunicación disponibles y qué pasos seguirá la institución cuando reciba una denuncia. También es útil compartir señales de alerta, como el temor persistente a asistir a clases, el aislamiento repentino o el malestar asociado con determinados compañeros, sin asumir que un único indicador confirma la existencia de acoso.
La escuela debe ofrecer una vía accesible para que los alumnos comuniquen lo que sucede. Puede ser un adulto de referencia, una entrevista privada, un formulario institucional o un espacio de escucha acordado. Lo importante es que los estudiantes sepan a quién acudir y que sus comunicaciones sean tratadas con seriedad, sin prometer una confidencialidad absoluta cuando sea necesario intervenir para protegerlos.
Ante un caso concreto, corresponde registrar los hechos, escuchar por separado a las personas involucradas, adoptar medidas de protección y realizar un seguimiento. Si la situación requiere asistencia especializada, deben activarse los protocolos y las redes de apoyo correspondientes, según la normativa jurisdiccional.
Cómo aplicar estas estrategias con pocos recursos en una escuela argentina
La experiencia internacional ofrece ideas valiosas, pero ninguna propuesta puede copiarse de manera automática. Cada institución necesita considerar su contexto, la edad de los estudiantes, los recursos disponibles y los protocolos educativos vigentes. La clave está en sostener acciones pequeñas, coordinadas y revisables en lugar de depender exclusivamente de campañas aisladas.
Un plan inicial puede organizarse en cuatro pasos. Primero, realizar un diagnóstico sencillo mediante conversaciones con docentes y estudiantes, observación de los espacios comunes y revisión de los registros disponibles. Segundo, acordar un procedimiento institucional para recibir alertas, proteger a quienes resulten afectados y documentar las intervenciones. Tercero, incorporar actividades periódicas sobre respeto, emociones, convivencia digital y búsqueda de ayuda. Cuarto, revisar cada cierto tiempo si los alumnos conocen los canales de comunicación y si las medidas adoptadas están ayudando a mejorar el clima escolar.
Estas acciones pueden desarrollarse con recursos existentes: reuniones de equipo, espacios de tutoría, materiales de organismos públicos y actividades integradas en las materias. No obstante, el bajo costo no debe confundirse con la ausencia de recursos humanos. La institución necesita tiempos de coordinación, formación y acompañamiento para responder de manera adecuada.
También conviene evaluar resultados con indicadores concretos: si los estudiantes saben dónde pedir ayuda, si las situaciones comunicadas reciben seguimiento, si se repiten determinados incidentes y si mejora la percepción de seguridad en los recreos y las aulas. Un aumento inicial de las denuncias no siempre significa que el problema empeoró; puede reflejar que los alumnos confían más en los adultos y se animan a hablar.
Prevenir el acoso escolar no consiste solamente en reaccionar ante una agresión, sino en construir una cultura cotidiana en la que el hostigamiento no se naturalice y pedir ayuda sea posible. Las experiencias de Finlandia, Noruega y otros sistemas educativos muestran caminos para combinar acuerdos claros, participación estudiantil, acompañamiento adulto y reparación responsable del daño. Adaptadas a cada contexto, estas medidas permiten avanzar hacia escuelas donde aprender no implique sentir miedo y donde la convivencia sea una responsabilidad compartida por toda la comunidad educativa.
