Por: Maximiliano Catalisano
Durante mucho tiempo, en las escuelas y también en los hogares, fue habitual escuchar frases como «sos muy inteligente», «tenés un talento especial para matemática» o «naciste para escribir». Aunque estos comentarios suelen expresar reconocimiento y cariño, las investigaciones actuales en psicología educativa y neurociencia muestran que el tipo de elogio que reciben los estudiantes puede influir profundamente en la manera en que enfrentan los desafíos, reaccionan ante los errores y construyen su autoestima. Hoy, cada vez más docentes comprenden que valorar el esfuerzo, la perseverancia, las estrategias utilizadas y el proceso de aprendizaje produce efectos mucho más duraderos que centrar todas las felicitaciones en un supuesto talento natural. La buena noticia es que este cambio no requiere inversiones económicas ni grandes transformaciones institucionales: comienza con pequeñas modificaciones en la forma de comunicarse dentro del aula.
Durante décadas predominó la idea de que algunas personas nacían con habilidades extraordinarias mientras otras simplemente debían conformarse con capacidades más limitadas. Sin embargo, las investigaciones desarrolladas en los últimos años demostraron que el aprendizaje depende en gran medida de la práctica, la experiencia, la retroalimentación y la posibilidad de enfrentar desafíos progresivos. El cerebro mantiene una notable capacidad para modificar sus conexiones neuronales a lo largo de toda la vida, fenómeno conocido como neuroplasticidad. Esto significa que las habilidades pueden desarrollarse cuando existen oportunidades para aprender, practicar y reflexionar sobre los propios errores.
Cuando un estudiante escucha constantemente que obtiene buenos resultados porque «es inteligente», comienza a construir una imagen personal basada en una característica aparentemente fija. Esa percepción puede parecer positiva al principio, pero también genera un efecto inesperado. Si en algún momento aparece una dificultad importante, el alumno puede interpretar que dejó de ser inteligente o que nunca tuvo las capacidades que los demás le atribuían. Como consecuencia, muchos niños y adolescentes empiezan a evitar situaciones desafiantes por miedo a fracasar y perder esa identidad construida alrededor del talento.
En cambio, cuando el reconocimiento se orienta hacia el esfuerzo realizado, la constancia, la búsqueda de nuevas estrategias o la capacidad para superar obstáculos, el mensaje cambia completamente. El estudiante comprende que el aprendizaje depende de acciones que están bajo su control y no de cualidades inmodificables. Esta diferencia fortalece la confianza para enfrentar nuevos desafíos y favorece una actitud más positiva frente a las dificultades.
El impacto que tienen las palabras del docente
Cada comentario realizado durante una clase puede influir en la forma en que un estudiante interpreta sus propias capacidades. Una devolución como «trabajaste distintas estrategias hasta encontrar la respuesta» transmite un mensaje muy diferente a «sos un genio para resolver problemas».
El primer comentario reconoce una conducta concreta y muestra que el resultado fue consecuencia del proceso realizado. El segundo, aunque pretende felicitar, centra toda la explicación en una característica personal aparentemente permanente.
Lo mismo ocurre frente a un error. Decir «todavía no lo resolviste, pero estás avanzando» invita a continuar intentando. En cambio, expresiones como «esto era muy fácil» o «deberías haberlo sabido» pueden generar frustración, inseguridad y temor a equivocarse nuevamente.
Las palabras también ayudan a desarrollar la autonomía. Cuando el docente destaca cómo el estudiante organizó la tarea, buscó información adicional, revisó su trabajo o pidió ayuda en el momento adecuado, está reforzando conductas que favorecen el aprendizaje independiente.
La autoestima escolar no depende únicamente de obtener buenas calificaciones. También se relaciona con la percepción que cada estudiante tiene sobre su capacidad para aprender, resolver problemas y superar obstáculos.
Cuando el reconocimiento aparece exclusivamente después de un resultado exitoso, muchos alumnos sienten que solo serán valorados si alcanzan el máximo rendimiento. Esto puede generar ansiedad, perfeccionismo excesivo o miedo permanente al error.
En cambio, valorar el recorrido realizado permite que incluso quienes todavía no alcanzaron el objetivo experimenten avances significativos en su confianza personal. Un estudiante que recibe comentarios sobre su dedicación, su organización o su perseverancia entiende que el crecimiento ocurre paso a paso y que cada intento forma parte del proceso de aprendizaje.
Esta mirada resulta especialmente importante para quienes enfrentan mayores dificultades académicas. Si únicamente reciben observaciones sobre aquello que aún no lograron, pueden desarrollar una imagen negativa de sí mismos. Cuando el docente identifica avances concretos, por pequeños que sean, abre la posibilidad de fortalecer la motivación y mantener el compromiso con las tareas escolares.
Una confusión frecuente consiste en pensar que valorar el esfuerzo implica elogiar cualquier intento, independientemente de su calidad. En realidad, el reconocimiento debe ser específico, sincero y vinculado con acciones observables.
No alcanza con decir «muy bien» de manera automática. Resulta mucho más enriquecedor señalar qué hizo correctamente el estudiante y por qué esa acción contribuyó a mejorar su aprendizaje.
Por ejemplo, puede destacarse que revisó un texto antes de entregarlo, que comparó distintas estrategias para resolver un ejercicio, que realizó preguntas cuando tuvo dudas o que corrigió errores luego de recibir una devolución.
Este tipo de comentarios ayuda al alumno a identificar cuáles son las conductas que favorecen su progreso y aumenta las posibilidades de que vuelva a utilizarlas en futuras situaciones.
El error como parte del crecimiento
Uno de los mayores desafíos de la escuela actual consiste en cambiar la manera en que se interpreta el error. Tradicionalmente fue considerado una señal de fracaso o falta de preparación. Sin embargo, las investigaciones muestran que equivocarse constituye una oportunidad para revisar conocimientos, reorganizar ideas y desarrollar nuevas estrategias.
Cuando el docente analiza los errores junto al estudiante sin descalificarlo, transmite un mensaje muy poderoso: aprender implica experimentar, corregir y volver a intentar.
Esta mirada favorece la llamada mentalidad de crecimiento, una forma de comprender el aprendizaje basada en la posibilidad de desarrollar capacidades mediante la práctica y el compromiso. Los estudiantes que construyen esta perspectiva suelen mostrar mayor perseverancia frente a los desafíos y menor temor a enfrentar tareas complejas.
Incorporar esta forma de retroalimentación no requiere recursos extraordinarios. Basta con revisar algunos hábitos cotidianos de comunicación.
Una estrategia consiste en reemplazar elogios generales por observaciones específicas sobre el trabajo realizado. También resulta útil formular preguntas que inviten al estudiante a reflexionar sobre las estrategias que utilizó para resolver una tarea.
Otra posibilidad consiste en reservar algunos minutos para que los alumnos identifiquen qué aprendieron durante la clase, qué dificultad lograron superar y qué estrategia les resultó más útil. Estas instancias fortalecen la metacognición y ayudan a tomar conciencia del propio proceso de aprendizaje.
Las devoluciones escritas también representan una excelente oportunidad para destacar avances concretos. Un breve comentario señalando una mejora respecto de trabajos anteriores puede tener un impacto mucho mayor que una calificación aislada.
Del mismo modo, compartir ejemplos de diferentes caminos para resolver un mismo problema transmite la idea de que existen múltiples maneras de aprender y que el pensamiento flexible constituye una fortaleza.
La escuela y el hogar transmiten mensajes que muchas veces se complementan. Cuando las familias también comienzan a valorar el esfuerzo cotidiano, la organización, la curiosidad y la constancia, los estudiantes reciben señales coherentes en ambos espacios.
En lugar de preguntar únicamente «¿qué nota sacaste?», puede resultar más enriquecedor conversar sobre qué aprendieron, qué les resultó difícil, cómo resolvieron un problema o qué harían diferente la próxima vez.
Estas conversaciones permiten que los niños y adolescentes comprendan que el aprendizaje no depende exclusivamente de un resultado final, sino del camino recorrido para alcanzarlo.
El verdadero propósito de la educación no consiste únicamente en transmitir conocimientos, sino también en formar personas capaces de enfrentar desafíos, adaptarse a nuevas situaciones y seguir aprendiendo a lo largo de toda su vida.
Cuando docentes y familias centran sus palabras en el proceso, ayudan a construir estudiantes más seguros, perseverantes y dispuestos a asumir nuevos retos sin miedo al error. Esa confianza no nace del talento innato, sino de la experiencia acumulada al comprobar que el esfuerzo, las buenas estrategias y la práctica constante permiten avanzar incluso frente a las dificultades.
Cambiar la forma de elogiar puede parecer un detalle menor, pero representa una de las transformaciones pedagógicas más valiosas que una escuela puede incorporar. No requiere presupuesto, tecnología ni reformas institucionales. Solo demanda una mirada diferente sobre el aprendizaje, una comunicación más consciente y la convicción de que cada estudiante puede seguir creciendo cuando recibe el acompañamiento adecuado.
