Por: Maximiliano Catalisano
Un estudiante puede saber abrir una aplicación, buscar información en segundos y utilizar inteligencia artificial para responder una pregunta. Sin embargo, ninguna de esas acciones garantiza que realmente sepa desenvolverse en el mundo digital. La verdadera pregunta para la escuela del presente es mucho más profunda: ¿qué necesita aprender un alumno para no convertirse simplemente en consumidor de tecnología, sino en una persona capaz de comprenderla, cuestionarla y utilizarla para aprender, crear y tomar decisiones? Allí aparece una nueva alfabetización que comienza a ocupar un lugar central en la educación.
Durante mucho tiempo, hablar de alfabetización significaba aprender a leer y escribir. Después se incorporaron nuevas capacidades relacionadas con la matemática, la ciencia, los medios de comunicación y las tecnologías. Hoy, la transformación digital obliga a ampliar nuevamente esa mirada. Los estudiantes necesitan desarrollar conocimientos que les permitan interpretar información, reconocer contenidos engañosos, proteger sus datos, comprender cómo funcionan determinadas herramientas digitales, comunicarse responsablemente y utilizar la inteligencia artificial sin delegar por completo su propio pensamiento.
UNICEF define la alfabetización digital infantil como un conjunto de conocimientos, habilidades y actitudes que va mucho más allá del manejo técnico de dispositivos. Incluye la manera en que los chicos buscan, aprenden, participan, se relacionan y juegan mediante tecnologías digitales, y cambia según la edad y el contexto.
Esto modifica profundamente la tarea de la escuela. Ya no alcanza con enseñar dónde hacer clic, cómo crear una presentación o cómo utilizar una determinada plataforma. Esas herramientas cambian constantemente. Lo que permanece es la capacidad de aprender frente a tecnologías nuevas, comprender sus posibilidades y reconocer sus límites.
Uno de los grandes desafíos consiste en superar una idea muy extendida: que los jóvenes, por haber crecido rodeados de pantallas, necesariamente saben desenvolverse en el mundo digital. Tener experiencia cotidiana con un teléfono, una red social o un videojuego no significa dominar las competencias necesarias para aprender, investigar y tomar decisiones en internet.
Un alumno puede encontrar diez páginas sobre un mismo tema y no saber cuál ofrece información confiable. Puede recibir una imagen creada artificialmente y tomarla como verdadera. Puede copiar una respuesta generada por una herramienta de inteligencia artificial sin preguntarse si contiene errores. También puede publicar información personal sin comprender las consecuencias de dejar determinados datos disponibles.
Por eso, la nueva alfabetización digital necesita incluir una dimensión crítica. La UNESCO señala que la alfabetización mediática e informacional permite utilizar la información de manera crítica, navegar de forma segura y responsable y enfrentar desafíos como la desinformación, la pérdida de confianza en las fuentes y las innovaciones vinculadas con la inteligencia artificial.
La escuela puede convertir estas situaciones cotidianas en oportunidades de aprendizaje. Por ejemplo, en lugar de pedir simplemente una investigación sobre un tema, un docente puede presentar tres páginas diferentes y proponer que los estudiantes analicen quién las produjo, cuándo fueron publicadas, qué fuentes utilizan, qué evidencias presentan y qué información podría faltar.
La actividad deja entonces de consistir solamente en encontrar datos. Se transforma en una experiencia para aprender a evaluar información.
La alfabetización digital también es aprender a preguntar
En la era de los buscadores y de la inteligencia artificial, saber formular una buena pregunta adquiere un valor enorme. Cuando casi cualquier respuesta puede aparecer en pocos segundos, la diferencia no está únicamente en encontrar información, sino en saber qué preguntar, qué información hace falta y cómo comprobarla.
La Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) plantea que el aprendizaje en el mundo digital requiere que los estudiantes puedan construir conocimiento y resolver problemas utilizando herramientas computacionales, pero también desarrollar capacidades para regular su propio aprendizaje y enfrentarse a problemas abiertos del mundo real.
Esto significa que la escuela debería enseñar a los alumnos a detenerse antes de aceptar una respuesta.
¿De dónde salió esta información? ¿Quién la escribió? ¿Qué evidencia la sostiene? ¿Existen otras explicaciones? ¿La respuesta responde realmente a la pregunta? ¿Qué podría estar equivocado? ¿Qué debería verificar antes de compartirla?
Estas preguntas son sencillas y pueden incorporarse prácticamente a cualquier materia.
En lengua, pueden utilizarse para analizar una noticia. En ciencias, para contrastar una afirmación con evidencia. En historia, para comparar distintas fuentes. En matemática, para comprobar un resultado producido por una herramienta digital. En formación ciudadana, para analizar publicaciones que circulan en redes sociales.
De esta manera, la alfabetización digital deja de ser una asignatura aislada y comienza a atravesar toda la experiencia escolar.
Leer en internet exige nuevas estrategias
La lectura también está cambiando. Los estudiantes ya no se enfrentan únicamente a libros, cuentos o textos impresos. Leen noticias, comentarios, infografías, videos, publicaciones, hilos, documentos digitales, resultados de búsquedas y respuestas generadas por sistemas de inteligencia artificial.
Cada formato presenta desafíos diferentes.
Leer en internet requiere decidir qué abrir, qué ignorar, qué comparar y qué información merece una segunda comprobación. También exige reconocer que el orden en que aparece un contenido no necesariamente determina su calidad.
Los resultados recientes de PISA 2025 vuelven a colocar esta cuestión en primer plano: la OCDE informó descensos importantes en los desempeños de lectura y señaló la importancia de capacidades como evaluar información, establecer conexiones entre diferentes fuentes y pensar críticamente sobre aquello que se lee.
Por eso, enseñar lectura digital no debería significar abandonar la lectura profunda. Todo lo contrario. En un entorno saturado de estímulos, comprender un texto extenso, identificar una idea central, seguir un argumento y relacionar distintas informaciones puede convertirse en una herramienta todavía más necesaria.
La escuela tiene aquí una oportunidad extraordinaria: enseñar a leer rápido cuando la situación lo requiere, pero también enseñar a detenerse cuando el contenido necesita análisis.
La alfabetización digital no debería quedar reducida a protegerse de los riesgos de internet. Los estudiantes también necesitan aprender a producir.
Crear una presentación, editar un video, elaborar un podcast, diseñar una infografía, programar una solución sencilla, producir una explicación multimedia o construir un proyecto con herramientas digitales son formas de poner el conocimiento en acción.
Pero nuevamente aparece una diferencia importante: utilizar una herramienta no es lo mismo que comprenderla.
Un proyecto verdaderamente educativo puede pedir a los alumnos que expliquen por qué eligieron determinado formato, qué información utilizaron, cómo comprobaron las fuentes, qué decisiones tomaron durante el proceso y qué modificarían después de recibir devoluciones.
Así, la tecnología deja de ser el centro y se convierte en un medio para pensar, comunicar y crear.
La propia OCDE destaca que las tecnologías pueden ofrecer nuevas oportunidades para explorar fenómenos complejos, construir representaciones digitales de ideas y resolver problemas utilizando herramientas computacionales.
La llegada de la inteligencia artificial generativa hace todavía más urgente esta transformación.
Un estudiante puede obtener una respuesta en pocos segundos. Pero la escuela necesita enseñar algo que una herramienta automática no puede reemplazar: comprender qué problema se está intentando resolver y decidir qué hacer con la respuesta obtenida.
La pregunta pedagógica ya no debería ser solamente si los alumnos utilizan inteligencia artificial. También importa cómo la utilizan.
Pueden usarla para obtener ideas iniciales, comparar explicaciones, encontrar ejemplos, formular preguntas, revisar un texto o explorar diferentes perspectivas. Pero necesitan aprender a comprobar los resultados, detectar errores y reconocer cuándo una respuesta parece convincente, aunque no esté suficientemente fundamentada.
Esto exige modificar algunas actividades escolares. Si una tarea puede resolverse simplemente copiando y pegando una respuesta generada automáticamente, probablemente haya que agregar una instancia de análisis, explicación, aplicación o producción personal.
Por ejemplo, en lugar de pedir solamente una definición, el docente puede solicitar que el alumno compare dos respuestas producidas por una herramienta, detecte diferencias, compruebe cuál presenta mejores fundamentos y explique su conclusión.
El verdadero aprendizaje aparece entonces en el proceso.
Una propuesta que no necesita grandes inversiones
Uno de los aspectos más interesantes de esta nueva alfabetización es que no necesariamente requiere equipar completamente una escuela con dispositivos nuevos.
Muchas actividades pueden realizarse con los recursos existentes. Incluso cuando el acceso tecnológico es limitado, pueden trabajarse competencias digitales mediante situaciones impresas, capturas de pantalla, ejemplos de noticias, fragmentos de conversaciones digitales o análisis colectivos de contenidos.
Una escuela puede comenzar con algo tan sencillo como incorporar una pregunta habitual a las investigaciones: “¿Cómo sabemos que esto es cierto?”.
También puede dedicar algunos minutos semanales a analizar una publicación viral, comparar dos titulares sobre un mismo hecho, revisar una respuesta producida por inteligencia artificial o identificar qué datos personales solicita una determinada plataforma.
UNICEF, en su estrategia de educación digital 2025-2030, plantea precisamente la necesidad de desarrollar enfoques centrados en las personas, seguros y adaptados a los contextos, además de promover modelos que puedan utilizar los recursos disponibles de distintas maneras.
Esto permite pensar una alfabetización digital posible incluso en escuelas con presupuestos acotados.
Aprender a convivir en un mundo conectado
Existe otra dimensión que no debería quedar fuera: la convivencia digital.
Los estudiantes necesitan comprender que detrás de cada pantalla hay otras personas y que las acciones realizadas en internet pueden producir consecuencias reales. Publicar, comentar, reenviar, fotografiar, grabar o compartir información son acciones que requieren responsabilidad.
UNICEF Argentina publicó en 2025 una guía de convivencia digital para adolescentes que aborda los riesgos presentes en redes sociales, chats y videojuegos y ofrece herramientas para que los jóvenes puedan cuidarse y cuidar a otras personas en los entornos digitales.
La escuela puede trabajar estos contenidos sin convertir cada conversación sobre tecnología en una advertencia. También puede enseñar las posibilidades positivas de los espacios digitales: colaborar, aprender con otras personas, participar en proyectos, acceder a fuentes culturales y científicas, producir contenidos y construir comunidades de aprendizaje.
La clave está en formar usuarios conscientes, no simplemente usuarios conectados.
Quizás el cambio más importante sea comprender que ninguna lista de herramientas digitales permanecerá vigente durante toda la vida escolar de un estudiante. Las plataformas cambian, aparecen nuevas aplicaciones, surgen sistemas de inteligencia artificial y desaparecen tecnologías que hoy parecen indispensables.
Por eso, la escuela no necesita enseñar solamente herramientas. Necesita enseñar criterios.
Un alumno que aprende a buscar, comparar, verificar, preguntar, crear, proteger sus datos, reconocer riesgos y reflexionar sobre el uso de una tecnología podrá enfrentarse también a herramientas que todavía no existen.
Ese es el verdadero sentido de la nueva alfabetización.
No se trata de convertir a todos los estudiantes en especialistas tecnológicos. Se trata de que puedan vivir en una sociedad digital sin perder la capacidad de pensar por sí mismos. Que sepan aprovechar las oportunidades sin aceptar automáticamente todo lo que una pantalla les presenta. Que puedan utilizar inteligencia artificial sin renunciar a su propia voz. Que sepan transformar información en conocimiento y conocimiento en decisiones.
La alfabetización del siglo XXI, entonces, no consiste simplemente en aprender a usar tecnología.
Consiste en aprender a vivir, aprender y participar en un mundo donde la tecnología está cada vez más presente.
Y allí aparece una de las grandes responsabilidades de la escuela: enseñar aquello que ninguna aplicación puede hacer por los estudiantes. Ayudarlos a formular buenas preguntas, comprender lo que encuentran, contrastar información, argumentar, crear, colaborar y tomar decisiones conscientes. La herramienta puede cambiar mañana. Esas capacidades pueden acompañarlos durante toda la vida.
