Por: Maximiliano Catalisano
Hay una escena que muchos padres y docentes conocen: un niño come una golosina, toma una bebida azucarada y, poco después, parece no poder quedarse quieto, habla más, se distrae con facilidad y convierte el aula en un pequeño desafío. Durante décadas, esta situación alimentó una creencia muy extendida: que el azúcar provoca hiperactividad en los chicos. Pero ¿realmente existe una relación directa o estamos frente a uno de los mitos más persistentes sobre la alimentación infantil? La respuesta es bastante más compleja de lo que parece y la evidencia científica obliga a mirar más allá del simple “comió azúcar y se puso inquieto”.
De dónde viene la idea de que el azúcar provoca hiperactividad
La relación entre azúcar y comportamiento infantil comenzó a instalarse con fuerza hace varias décadas. La explicación parecía sencilla: el azúcar aporta energía rápidamente y, por lo tanto, se pensaba que podía generar una especie de “subidón” que llevaría a los niños a moverse más, hablar más o tener mayores dificultades para concentrarse.
El problema es que una explicación intuitiva no necesariamente coincide con lo que muestran los estudios científicos. Las investigaciones que analizaron directamente qué ocurre con la conducta infantil después de consumir azúcar no encontraron un efecto uniforme que permita afirmar que el azúcar, por sí solo, convierte a un niño en hiperactivo.
Una revisión clásica de estudios sobre azúcar e hiperactividad ya había encontrado resultados contradictorios en los trabajos disponibles. En los experimentos en los que se administraba azúcar para observar cambios de conducta, la mayoría no detectaba un efecto claro y los resultados positivos eran inconsistentes.
Esto ayuda a entender por qué la afirmación “el azúcar causa hiperactividad” resulta demasiado categórica. Que un niño esté más activo después de una fiesta, un cumpleaños o una merienda con dulces no demuestra por sí mismo que el azúcar sea la causa de ese comportamiento.
Una de las claves está en el contexto. Los alimentos con mucho azúcar suelen aparecer en situaciones que, de por sí, son estimulantes: cumpleaños, recreos, reuniones familiares, celebraciones, fiestas escolares o encuentros con amigos.
En esos momentos también cambian los horarios, aumentan los estímulos, hay más ruido, aparecen juegos y se modifican las rutinas habituales. Por eso, observar que un niño corre, grita o tiene dificultades para concentrarse después de comer una torta no permite atribuir automáticamente ese comportamiento al azúcar.
También existe otro fenómeno interesante: las expectativas de los adultos pueden influir en la percepción de la conducta. Si padres o docentes creen que un niño acaba de consumir demasiado azúcar, pueden prestar más atención a cualquier movimiento, interrupción o comportamiento inquieto que aparezca después.
Eso no significa que los adultos estén imaginando lo que ocurre. El niño puede efectivamente estar más excitado o tener dificultades para concentrarse. Lo importante es no confundir la coincidencia temporal con una relación de causa y efecto.
Azúcar y tdah: una relación que requiere matices
El trastorno por déficit de atención e hiperactividad, conocido como TDAH, es una condición del neurodesarrollo que puede manifestarse con dificultades de atención, hiperactividad e impulsividad. Sus síntomas pueden interferir en la vida escolar, familiar y social, pero no se explican simplemente por lo que un niño comió durante el desayuno o la merienda.
Sin embargo, esto no significa que la alimentación sea irrelevante. En los últimos años se estudiaron posibles asociaciones entre el consumo de azúcar, las bebidas azucaradas y los síntomas relacionados con el TDAH.
Una revisión sistemática y metaanálisis publicada en 2020 reunió siete estudios con un total de 25.945 participantes. Los autores encontraron una asociación positiva entre el consumo de azúcar y bebidas azucaradas y los síntomas de TDAH, aunque también señalaron una importante variabilidad entre los estudios y la necesidad de investigaciones mejor diseñadas para establecer conclusiones más firmes.
La evidencia más reciente sigue apuntando a una posible relación, especialmente cuando se estudian las bebidas azucaradas. Una revisión publicada en 2026 reunió nueve estudios observacionales con más de 461.000 participantes y encontró que un mayor consumo de bebidas azucaradas estaba asociado con una mayor probabilidad de TDAH o síntomas relacionados. Sin embargo, los propios resultados mostraron variabilidad entre investigaciones y posibles efectos derivados de diferencias metodológicas o de publicación.
Por eso, una asociación estadística no debe transformarse en una afirmación como “el azúcar provoca TDAH”. Son conceptos diferentes.
Cuando un niño tiene dificultades para permanecer sentado, seguir instrucciones, esperar su turno o terminar una actividad, existen múltiples factores que pueden estar involucrados.
El sueño insuficiente, los cambios de rutina, el estrés, las dificultades de aprendizaje, el entorno familiar, la estimulación del ambiente y las características individuales pueden influir en la conducta. En los niños con TDAH, además, determinados comportamientos forman parte del cuadro y pueden aparecer de manera persistente en distintos ámbitos.
Por esta razón, culpar exclusivamente al azúcar puede llevar a pasar por alto aquello que realmente necesita atención.
Las estrategias utilizadas dentro del aula también pueden producir cambios importantes. Los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades de Estados Unidos señalan que los estudiantes con TDAH pueden beneficiarse de herramientas como el manejo de la conducta en clase, el entrenamiento en organización, las instrucciones adaptadas, los descansos y el refuerzo positivo.
Una revisión de intervenciones escolares también encontró que distintas estrategias aplicadas dentro del aula pueden reducir las conductas que interfieren con las actividades y mejorar la participación de los niños con síntomas de TDAH.
Esto muestra que, ante una dificultad de comportamiento repetida, la respuesta no debería limitarse a retirar golosinas.
¿Conviene reducir el azúcar en la alimentación infantil?
Aunque el azúcar no pueda señalarse como una explicación automática de la hiperactividad, moderar su consumo sigue siendo una decisión saludable.
El punto importante es diferenciar entre el azúcar presente de manera natural en alimentos como frutas y leche y los azúcares agregados que aparecen en productos como gaseosas, bebidas saborizadas, golosinas, galletitas, cereales azucarados, postres y otros alimentos ultraprocesados.
Reducir estos productos puede contribuir a mejorar la calidad general de la alimentación. Además, sustituir bebidas azucaradas por agua y elegir colaciones con mayor valor nutricional permite construir hábitos que pueden mantenerse durante la infancia y posteriormente.
La recomendación, por lo tanto, no debería plantearse como una dieta “anti-hiperactividad”, sino como una forma de mejorar la alimentación cotidiana.
Si una familia observa repetidamente que determinados alimentos parecen coincidir con cambios de conducta, puede ser útil llevar un registro durante varios días. Anotar qué comió el niño, a qué hora, cuánto durmió, cómo fue su jornada y qué comportamiento apareció permite observar patrones con mayor claridad.
Es importante no eliminar numerosos alimentos de manera repentina ni iniciar dietas restrictivas sin orientación profesional, especialmente durante la infancia. Si existen cambios importantes y persistentes en la atención, la conducta o el rendimiento escolar, conviene conversar con el pediatra y, cuando corresponda, con profesionales especializados.
El TDAH no se diagnostica porque un niño sea inquieto después de comer una golosina. Los síntomas deben persistir, generar dificultades y evaluarse considerando el funcionamiento del niño en diferentes situaciones.
Mito o realidad: la respuesta definitiva sobre el azúcar y la hiperactividad
La idea de que una golosina convierte automáticamente a un niño en hiperactivo no está respaldada de forma sólida por los experimentos que estudiaron directamente este fenómeno. La conducta infantil está influida por muchos factores y el contexto en el que se consume azúcar puede ser tan importante como el alimento en sí.
Al mismo tiempo, las investigaciones más recientes han encontrado asociaciones entre determinados patrones de consumo, especialmente las bebidas azucaradas, y los síntomas de TDAH. Esa señal merece seguir siendo estudiada, pero no permite afirmar que el azúcar sea la causa directa del trastorno.
La conclusión más razonable es evitar los dos extremos: ni pensar que el azúcar es completamente inocuo dentro de una alimentación infantil, ni convertirlo en el responsable de cada episodio de inquietud en el aula.
Para padres y docentes, la clave está en observar el comportamiento de manera integral. Una alimentación variada, horarios regulares, buen descanso, actividad física, acompañamiento familiar y estrategias adecuadas dentro de la escuela forman parte de un enfoque mucho más completo que simplemente quitar los dulces.
Y si un niño presenta dificultades persistentes para concentrarse, controlar impulsos o permanecer tranquilo, la pregunta más importante no debería ser solamente “¿cuánto azúcar comió?”, sino también qué está ocurriendo en su desarrollo, en su entorno y en su experiencia escolar.
