Por: Maximiliano Catalisano

Un vaso de agua puede parecer insignificante frente a los libros, las horas de estudio y las tareas escolares, pero hay un detalle que muchas familias pasan por alto: llegar a clase con sed puede afectar cómo se siente un niño y, en determinadas circunstancias, también su capacidad para concentrarse. La buena noticia es que cuidar la hidratación no requiere comprar bebidas especiales ni gastar dinero de más. El agua corriente puede ser una de las herramientas más simples y económicas para acompañar la jornada escolar.

La hidratación infantil suele quedar relegada frente a otras preocupaciones relacionadas con la alimentación. Los padres controlan qué desayunan sus hijos, qué llevan en la vianda o cuántas golosinas consumen, pero no siempre prestan la misma atención a cuánto líquido toman durante el día. En la escuela, además, pueden pasar varias horas entre una clase y otra sin que los chicos recuerden beber.

La evidencia científica sobre la relación entre hidratación y rendimiento mental en niños todavía no es tan amplia como la disponible en adultos. Una revisión publicada en Annals of Nutrition and Metabolism señala que los menores de edad han sido estudiados bastante menos y que los resultados obtenidos hasta ahora son variables debido a las diferentes formas de medir tanto la hidratación como las capacidades cognitivas. 

Eso no significa que el agua no tenga importancia. El organismo necesita líquidos para mantener sus funciones normales y los niños pueden ser especialmente vulnerables a una ingesta insuficiente. Una revisión sobre hidratación infantil señala que la falta de líquidos puede tener consecuencias sobre las funciones cognitivas, mientras que también identifica un problema cotidiano: muchos chicos no alcanzan los niveles adecuados de ingesta de agua y el acceso al agua potable en la escuela puede ser un factor determinante. 

La sed puede parecer una molestia menor, pero puede convertirse en una distracción. Un niño que está pensando en que tiene sed puede prestar menos atención a una explicación, sentirse incómodo o tener dificultades para mantener la concentración durante una actividad prolongada.

Uno de los estudios más conocidos sobre el tema analizó a 58 niños de entre 7 y 9 años. Los participantes que recibieron agua adicional manifestaron tener menos sed y obtuvieron mejores resultados en algunas pruebas de atención visual y memoria utilizadas por los investigadores. 

El resultado es interesante, aunque no significa que beber un vaso de agua vaya a mejorar automáticamente las calificaciones. Se trató de un estudio concreto y las investigaciones posteriores han encontrado resultados que no siempre coinciden.

De hecho, una revisión sistemática publicada en 2019 concluyó que los niños continúan siendo una población poco estudiada en este campo y que existen diferencias importantes entre los métodos utilizados para evaluar la hidratación y el funcionamiento cognitivo. 

Por eso conviene evitar una promesa exagerada: el agua no es una fórmula mágica para que un niño saque mejores notas. Pero mantener una hidratación adecuada sí forma parte de las condiciones básicas que permiten que el organismo funcione correctamente.

El problema silencioso de llegar a la escuela con poca agua

Una de las dificultades es que los chicos no siempre reconocen o comunican que necesitan beber. En edades tempranas dependen en buena medida de los adultos para tener acceso regular a líquidos.

Una revisión que analizó los factores relacionados con el consumo de agua en niños de 2 a 12 años encontró que existen numerosos elementos que pueden influir en cuánto beben, entre ellos algunos relacionados con el entorno familiar y las prácticas de alimentación. Los investigadores revisaron 63 artículos y encontraron que la evidencia no era uniforme para muchos de los factores analizados. 

El entorno escolar también importa. Si el agua está disponible y los niños pueden beber durante la jornada, resulta más sencillo mantener una ingesta adecuada. Cuando tienen que esperar hasta el recreo o no pueden acceder fácilmente a una fuente segura, pueden terminar pasando buena parte de la mañana sin tomar suficiente líquido.

Esto adquiere todavía más importancia durante los días calurosos, las jornadas con actividad física o cuando los niños permanecen muchas horas fuera de casa.

Existe además una ventaja que suele pasar inadvertida cuando se habla de hidratación infantil: el agua no solamente es una opción saludable, sino también una de las más económicas.

La Academia Estadounidense de Pediatría recomienda el agua corriente como una de las mejores opciones de bebida para los niños, junto con la leche, y destaca que el agua no aporta calorías ni azúcar agregado. También señala que el agua del grifo puede resultar mucho más barata que las gaseosas, los jugos y las bebidas deportivas.

Esto puede tener un impacto concreto en el presupuesto familiar.

No es necesario comprar botellas individuales todos los días para mantener hidratados a los chicos. Una botella reutilizable, siempre que exista acceso a agua potable segura para rellenarla, puede ser una alternativa sencilla para la escuela.

Además, sustituir bebidas azucaradas por agua permite evitar un consumo habitual de azúcar que no aporta beneficios necesarios para la hidratación.

La recomendación, sin embargo, no significa que todos los niños deban beber exactamente la misma cantidad. Las necesidades de líquidos dependen de factores como la edad, el tamaño corporal, la alimentación, la actividad física, el clima y las pérdidas de líquidos. En bebés y niños pequeños, además, las necesidades son diferentes y deben seguirse las indicaciones pediátricas correspondientes.

No hace falta esperar a tener sed intensa

Una estrategia sencilla consiste en incorporar momentos habituales para beber agua durante el día.

Por ejemplo, un niño puede tomar agua al levantarse, durante las comidas, antes de salir hacia la escuela y llevar una botella para consumir durante la jornada. Después de realizar actividad física o jugar durante períodos prolongados, también puede necesitar reponer líquidos.

El objetivo no debería ser obligarlo a tomar grandes cantidades de una sola vez, sino facilitar el acceso al agua y convertirla en una bebida habitual.

La investigación sobre intervenciones destinadas a aumentar el consumo de agua en niños muestra que las estrategias pueden funcionar. Una revisión sistemática y metaanálisis que incluyó 47 intervenciones encontró que 24 consiguieron aumentar de forma estadísticamente significativa el consumo de agua; en el análisis conjunto, los grupos que recibieron las intervenciones tomaron, en promedio, 29 mililitros más de agua por día que los grupos de comparación. 

El dato también muestra que no siempre hacen falta cambios enormes para modificar hábitos.

El papel de la escuela es especialmente importante porque los chicos pasan allí una parte considerable del día. Tener fuentes de agua potable, permitir que los estudiantes lleven botellas y evitar que beber agua sea visto como una interrupción innecesaria puede facilitar el hábito.

También puede incorporarse la hidratación dentro de las rutinas escolares. Una pausa breve para beber agua antes de una actividad que requiera atención sostenida puede ser una medida sencilla.

En educación física, el asunto adquiere otra dimensión. La actividad física y las temperaturas elevadas aumentan las necesidades de líquidos, por lo que los alumnos deberían disponer de agua antes, durante y después del ejercicio.

La revisión sobre hidratación infantil publicada en 2022 señala precisamente que la disponibilidad de agua potable en las escuelas y la educación sobre hábitos saludables son aspectos que deberían recibir mayor atención. 

¿Beber más agua mejora las notas?

Esta es probablemente la pregunta que más interesa a padres y docentes, y la respuesta necesita matices.

Hay estudios que encontraron mejoras en determinadas pruebas cognitivas después de que los niños bebieran agua. Sin embargo, no existe evidencia suficiente para afirmar que aumentar el consumo de agua por sí solo vaya a producir una mejora directa y generalizada del rendimiento académico.

La investigación sobre hidratación y cognición es mucho más compleja. En adultos, por ejemplo, un metaanálisis de 2019 no encontró un deterioro cognitivo general asociado con la hipo hidratación y tampoco halló efectos consistentes sobre atención, funciones ejecutivas, aprendizaje y memoria. 

Esto sirve para poner el tema en perspectiva: no todas las investigaciones llegan a la misma conclusión y todavía existen preguntas abiertas.

En los niños, además, la cantidad de estudios es menor. Por eso, resulta más correcto decir que una hidratación adecuada puede ayudar a mantener el bienestar, reducir la sed y favorecer las condiciones necesarias para concentrarse, pero no presentarla como un método para aumentar automáticamente el rendimiento escolar.

El aprendizaje depende de muchos factores: descanso, alimentación general, salud, entorno familiar, calidad de la enseñanza, actividad física, emociones y condiciones del aula, entre otros.

La estrategia más sencilla puede ser también la más económica: hacer que el agua esté siempre disponible.

Una botella reutilizable puede acompañar al niño durante la jornada escolar. En casa, ofrecer agua con las comidas y entre ellas ayuda a convertirla en una elección habitual. También es posible incorporar alimentos con alto contenido de agua, como frutas y algunas verduras, dentro de una alimentación variada.

Si al niño no le gusta el sabor del agua corriente, una alternativa puede ser mantenerla fría o utilizar una botella que le resulte cómoda y atractiva. Lo importante es no reemplazar sistemáticamente el agua por bebidas azucaradas.

Las intervenciones destinadas a mejorar el consumo infantil muestran que modificar el entorno y los hábitos puede tener resultados, aunque los efectos observados suelen ser modestos. 

También conviene prestar atención a las señales del cuerpo. Una sed persistente, orina muy oscura, decaimiento, mareos, vómitos, diarrea o una incapacidad para mantener líquidos requieren una valoración adecuada, especialmente si aparecen signos de deshidratación importante.

Una botella de agua puede ser un pequeño cambio con mucho sentido

La hidratación no debería convertirse en otra fuente de presión para las familias. No hace falta comprar bebidas deportivas, aguas saborizadas ni productos especiales para cuidar este aspecto de la alimentación infantil.

En muchos casos, una botella reutilizable y acceso a agua potable son suficientes para facilitar un hábito saludable y de bajo costo.

La ciencia todavía está estudiando hasta qué punto la hidratación modifica la atención, la memoria y otras capacidades cognitivas en los niños. Algunos estudios muestran resultados alentadores, pero las revisiones advierten que la evidencia sigue siendo limitada y heterogénea. 

Lo que sí está claro es que el agua cumple funciones indispensables en el organismo y que la disponibilidad de agua potable durante la jornada escolar es una cuestión básica de salud.

Por eso, antes de buscar suplementos, bebidas especiales o soluciones costosas para ayudar a los chicos a rendir mejor, hay una medida sencilla que vale la pena revisar: ¿tienen agua disponible y recuerdan beberla durante el día?

A veces, cuidar un hábito tan simple puede ser una de las formas más económicas de acompañar una jornada escolar saludable.