Por: Dr. Ricardo Cristi López
Profesor de historia, Magister en Dirección y liderazgo educacional y Doctor en Ciencias de la Educación.
Académico de la Universidad Andrés Bello de Chile.
Director Doctorado en Enseñanza y Aprendizaje en la Educación Superior de la Universidad Superior de Guadalajara, México
En tiempos en que la existe mayor autonomía y la exigencia de rendición de cuenta se ha transformado en una condición para los lideres pedagógicos, se hace cada vez más necesario tener profesionales de la educación con las competencias para dirigir y desarrollar centros educativos que den cuenta de las necesidades del siglo XXI.
Las investigaciones desarrolladas en las últimas décadas han generado un corpus de conocimiento robusto respecto a las variables que impulsan la mejora escolar. Si bien la calidad educativa depende de la articulación sistémica de múltiples factores, la evidencia internacional concuerda en que la gestión interna de las escuelas es un pilar insustituible. En este escenario, el liderazgo pedagógico emerge como el segundo factor intraescuela que más incide en los resultados de aprendizaje, siendo superado únicamente por la efectividad del docente dentro del aula (Leithwood et al., 2008; Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos OCDE, 2020). El impacto del líder escolar no es directo, sino mediado; es decir, su éxito radica en su capacidad para influir en las condiciones de trabajo, la motivación de los profesores y la cultura institucional.
Tradicionalmente, la literatura ha destacado el rol directivo como un catalizador esencial de la eficacia y la inclusión escolar. Autores clásicos ya señalaban que el director es un factor prioritario para la eficiencia de un establecimiento (Delors, 1996). Desde una perspectiva de costo-efectividad, la OCDE (2014) ha planteado que fortalecer las competencias directivas es una de las estrategias de inversión pública más eficientes para transformar los sistemas educativos, en términos simples, es más económico y más efectivo formar a los lideres educativos que a los docentes. Esto se debe a que intervenir sobre un director efectivo produce un efecto multiplicador que impacta de manera agregada en toda la organización, potenciando las prácticas del cuerpo docente en su conjunto y optimizando el uso de los recursos disponibles.
Pese a esta certeza teórica, la realidad empírica de los directores, revela una brecha estructural profunda. Predomina un perfil directivo cuyo foco principal se sitúa en la gestión administrativa, la resolución de lo cotidiano y el cumplimiento normativo, en desmedro de la movilización de los procesos de enseñanza y aprendizaje (Bolívar, 2019). Esta focalización periférica no es fortuita; responde a las limitantes del propio sistema educativo, caracterizado históricamente por una sobrecarga de rendición de cuentas (accountability) y un exceso de centralización burocrática. Al carecer de atribuciones reales para gestionar de manera autónoma los recursos humanos, financieros y materiales, los directores se transforman en administradores del sistema en lugar de líderes enfocados en lo pedagógico..
Un argumento crítico para exigir la profesionalización del rol es la relación directa entre el liderazgo pedagógico y el desarrollo profesional docente. Como argumenta Fullan (2014), el cambio profundo en educación solo ocurre cuando se transforma la cultura de trabajo en las salas de clase. Un líder pedagógico efectivo es aquel capaz de modelar el aprendizaje continuo, instalando comunidades de aprendizaje profesional donde los docentes analizan sus prácticas, observan clases entre pares y colaboran en el diseño curricular. Cuando la dirección de una escuela se limita a la fiscalización burocrática, el profesorado trabaja de manera aislada, lo que fragmenta el currículum e impide la consolidación de estrategias pedagógicas innovadoras e inclusivas.
Para revertir este panorama, las instituciones escolares requieren transitar con urgencia hacia un modelo de liderazgo distribuido centrado en lo pedagógico (Elmore, 2008). Este enfoque no concibe el liderazgo como un atributo heroico, estático e individual, sino como una práctica compartida, democratizante, dinámica y extendida a lo largo de toda la organización escolar. Implica empoderar a los equipos técnicos, delegar responsabilidades estratégicas a los jefes de departamento y alinear a toda la comunidad en torno a procesos sistemáticos de mejora continua. Asimismo, un liderazgo pedagógico moderno exige una visión sistémica y dialógica, capaz de articular la escuela con su entorno social y cultural, promoviendo una gobernanza transparente y participativa donde las familias y el territorio local se sientan genuinamente integrados y representados por el proyecto educativo.
Asimismo, la necesidad de esta transición se ha vuelto aún más apremiante en el escenario educativo actual. Los sistemas escolares enfrentan los complejos desafíos de la postpandemia, caracterizados por un rezago en los aprendizajes fundamentales, altas tasas de deserción y una crisis global en la salud mental y la convivencia escolar (Unesco, 2022). Frente a emergencias multidimensionales, los enfoques tradicionales de administración centralizada resultan obsoletos. Las escuelas necesitan líderes con capacidades relacionales y emocionales avanzadas, aptos para diseñar planes de reactivación educativa contextualizados, diagnosticar con precisión el estado emocional de sus comunidades y priorizar el currículum con base en las necesidades reales de sus estudiantes.
Para que esta transformación sea viable y sostenible, es imperativo diseñar políticas públicas orientadas a profesionalizar la labor directiva mediante procesos formales de formación, selección y desarrollo continuo. El liderazgo efectivo no emerge de manera espontánea ni depende únicamente de las características carismáticas del individuo; por el contrario, requiere el desarrollo explícito de competencias complejas en gestión curricular, uso pedagógico de datos para la toma de decisiones y conducción estratégica de equipos de alto rendimiento (Bush, 2020).
En este sentido, las instituciones de educación superior juegan un rol crítico e insustituible. Es urgente que las facultades de educación reestructuren sus ofertas depostgrado, diseñando programas modernos y actualizados bajo altos estándares de calidad global. Estos programas deben abandonar definitivamente el enfoque puramente gerencial o legalista que ha dominado la formación directiva durante décadas, volcando sus esfuerzos hacia las dimensiones pedagógicas, éticas y socioemocionales del liderazgo.
Una referencia valiosa para la construcción de estas políticas se encuentra en los modelos de formación implementados por diversos países de la Unión Europea y la red de escuelas de liderazgo promovida por la OCDE. La creación de instancias públicas especializadas, como las Academias de Liderazgo Educativo, demuestra que abordar la formación directiva como una prioridad de Estado permite estandarizar marcos de actuación profesional, certificar la idoneidad técnica para el acceso a los cargos y otorgar un valor social agregado a la función directiva. En conclusión, profesionalizar el liderazgo pedagógico no constituye una opción de gestión secundaria; representa la condición sine qua non para edificar un sistema escolar equitativo, inclusivo, resiliente y de alta calidad para el siglo XXI.
