Por: Marta Bonserio

Hay una pregunta que persigue a todo directivo escolar: ¿Cómo puedo pedirle a mi equipo innovación, compromiso y alegría, cuando el agotamiento y la sobrecarga son la norma?

Durante años, creí que la respuesta estaba en ser más eficiente, en planificar mejor o en motivar con discursos. Hasta que comprendí que el modelo mismo de liderazgo solitario, centrado en una figura, era parte del problema. No se trata de hacer más con menos, sino de rediseñar la arquitectura del liderazgo para que el peso no recaiga sobre unos hombros, sino que se distribuya sobre una base sólida y amplia.

Esto es el liderazgo distribuido: no una moda, sino una estrategia de supervivencia y florecimiento. No se trata de repartir tareas, sino de reconocer y activar el talento latente en cada docente, coordinador o integrante del personal. Es pasar de un solista que intenta tocar todos los instrumentos a la vez, a una orquesta de cámara donde cada integrante aporta su propia nota para crear una armonía común.

Pero aquí está la clave que he visto marcar la diferencia entre el éxito y la frustración: el liderazgo distribuido solo germina en un ambiente de bienestar. Es la paradoja esencial. No podemos pedir a un docente que lidere un proyecto de innovación si está al borde del burnout. No podemos esperar que un equipo colabore con creatividad si la atmósfera está cargada de desconfianza o miedo al error.

Por eso, el primer paso no es crear comisiones. Es diagnosticar el clima con honestidad brutal. ¿Dónde está la fatiga? ¿Dónde se pierde la ilusión? A veces, la medida más revolucionaria no es un nuevo proyecto, sino proteger tiempos de descanso, celebrar los pequeños logros o simplemente escuchar sin juzgar.

Desde esta base de seguridad psicológica, la distribución cobra sentido. Al mapear talentos, preguntamos: “¿Qué te apasiona? ¿En qué podrías contribuir?”. Dejamos de asignar y empezamos a conectar. Surgen los líderes naturales de la convivencia, los innovadores digitales, los puentes con la comunidad. La dirección deja de ser el cuello de botella para convertirse en el diseñador de conexiones y el garantizador de los recursos necesarios.

El resultado no es solo una escuela más eficiente. Es una comunidad más resiliente, más inteligente y, sobre todo, más humana. Donde el éxito de un alumno se siente como un logro colectivo, y un problema se aborda con las mentes y los corazones de muchos.

La invitación, entonces, es a cambiar la pregunta. Ya no es “¿Cómo puedo solucionar todo esto?”, sino “¿Cómo puedo crear las condiciones para que nosotros, juntos, lo solucionemos y disfrutemos del proceso?”. Esa es la esencia del liderazgo que no cansa, sino que energiza. El que construye, desde hoy, la escuela del futuro.