Por: Maximiliano Catalisano

Relación escuela-empresa para una formación profesional que abra puertas

La relación entre la escuela y el mundo del trabajo se ha convertido en uno de los temas más discutidos en el campo educativo actual, especialmente cuando se analiza cómo favorecer trayectorias más sólidas para los jóvenes que buscan su primera oportunidad laboral. El interés no surge solo de la demanda de perfiles técnicos, sino también de una necesidad cada vez más evidente: crear experiencias formativas que acerquen a los estudiantes a entornos reales, accesibles y sostenibles para las instituciones educativas. Este artículo explora cómo fortalecer la vinculación entre centros escolares y empresas sin generar gastos imposibles, qué modelos de trabajo conjunto están demostrando mejores resultados y cuáles son las brechas que aún deben atenderse para garantizar una preparación más completa para el mundo del trabajo.

La formación profesional está atravesando un momento de transformación que obliga a revisar su sentido y su alcance. Las instituciones educativas ya no pueden limitarse a transmitir contenidos teóricos; necesitan generar puentes concretos hacia experiencias aplicadas que permitan al estudiante comprender cómo se trasladan sus saberes a un entorno productivo real. En América Latina y particularmente en Argentina, esta articulación se vuelve indispensable para responder a contextos económicos fluctuantes, demandas laborales cambiantes y realidades tecnológicas que avanzan a velocidades vertiginosas. En este marco, la participación del sector privado en procesos de formación adquiere un rol estratégico, no solo como espacio de inserción futura, sino como agente formativo que puede aportar herramientas, procesos, procedimientos y dinámicas del mundo del trabajo contemporáneo.

Sin embargo, la relación escuela-empresa no siempre se desarrolla bajo estructuras claras. Algunos modelos llevan décadas en funcionamiento, como las prácticas profesionalizantes obligatorias en la educación técnica, mientras que otros apenas comienzan a explorarse, como los programas de micro experiencias laborales, el acompañamiento de profesionales externos o los proyectos integrados donde se combina aprendizaje y desarrollo de productos o servicios reales para organizaciones locales. La clave está en identificar qué modalidad puede implementarse de manera realista en cada institución, considerando sus recursos, su comunidad y su proyecto pedagógico.

Modelos de vinculación que están funcionando

El primer modelo ampliamente difundido es el de las prácticas profesionalizantes, donde los estudiantes cumplen horas formativas dentro de una empresa u organización. Estas experiencias permiten conocer procesos internos, asumir responsabilidades controladas y desarrollar competencias de autonomía, trabajo con otros, comunicación técnica y resolución de problemas auténticos. Si bien requieren acuerdos formales, seguros y planificación, son uno de los mecanismos más potentes para acercar la escuela al mundo del trabajo.

Otro modelo de creciente expansión son los proyectos colaborativos entre instituciones educativas y empresas locales. En este caso, el centro escolar desarrolla un producto, servicio o solución a una necesidad real planteada por una organización. Esto permite a los estudiantes trabajar con requerimientos concretos, recibir devoluciones de profesionales en ejercicio y experimentar la lógica propia del sector productivo sin la necesidad de salir del ámbito escolar. Además, suele ser un esquema más económico y replicable, especialmente para escuelas ubicadas en zonas donde no existe una alta oferta de empresas dispuestas a recibir estudiantes.

Un tercer modelo, que ha cobrado fuerza en los últimos años, es el de las mentorías profesionales. Empresas, cámaras sectoriales o profesionales independientes dedican tiempo a orientar a los estudiantes sobre trayectorias posibles, herramientas de empleabilidad, expectativas del mercado y conocimientos esenciales para ingresar al ámbito laboral. No requiere infraestructura, y su costo es prácticamente nulo para la institución, lo que lo convierte en una alternativa accesible para contextos con recursos limitados.

La brecha entre lo que la escuela enseña y lo que el mercado laboral exige

Aunque los modelos mencionados permiten avances concretos, persisten brechas significativas. La primera surge de la desconexión entre los contenidos que se enseñan y las competencias que solicitan las empresas. Mientras las empresas reclaman habilidades digitales, comunicación profesional, resolución autónoma de problemas y adaptación a entornos dinámicos, muchas escuelas continúan centradas en prácticas tradicionales difíciles de integrar con las exigencias actuales. La transición hacia metodologías activas, proyectos interdisciplinarios y uso regular de tecnologías aún es lenta en numerosos establecimientos.

Otra brecha importante es la desigual disponibilidad de empresas según la región. Las escuelas ubicadas en zonas urbanas tienen más posibilidades de articular prácticas y proyectos con diversos sectores productivos, mientras que aquellas situadas en áreas rurales o menos desarrolladas enfrentan una oferta mucho más limitada. En estos casos, la creatividad institucional resulta fundamental para generar vínculos alternativos: laboratorios escolares abiertos a la comunidad, convenios con cooperativas locales, alianzas con organismos públicos o proyectos de innovación con instituciones universitarias.

También existe una brecha tecnológica que afecta directamente la empleabilidad juvenil. La mayoría de los sectores productivos exige conocimientos digitales básicos e intermedios, desde el uso de software de gestión hasta herramientas de comunicación virtual. Sin embargo, no todas las escuelas cuentan con infraestructura adecuada ni docentes capacitados en tecnologías actualizadas. Este desfase genera desigualdades en la preparación y obliga a diseñar estrategias sostenibles que permitan incorporar competencias digitales de manera progresiva y accesible.

Hacia una relación más sólida y sostenible entre escuela y empresa

La construcción de una relación escuela-empresa más sólida no depende únicamente de la disponibilidad de recursos económicos. Depende, sobre todo, de la planificación inteligente de experiencias formativas. En lugar de enfocarse solo en prácticas extensivas, las instituciones pueden diseñar módulos cortos de interacción profesional, simulaciones de proyectos reales, visitas técnicas temáticas o producción de piezas para empresas aliadas que no impliquen traslados ni grandes inversiones. El objetivo no es replicar un entorno laboral completo, sino ofrecer al estudiante oportunidades genuinas para comprender cómo opera un sector productivo y qué se espera de un trabajador joven en una economía cambiante.

Las empresas también juegan un papel relevante cuando deciden abrir sus puertas a estudiantes y docentes. Al hacerlo, no solo aportan al desarrollo local, sino que encuentran futuros talentos, fortalecen su RSE y generan un impacto positivo que muchas veces se traduce en mejores procesos de selección y menor rotación en el ingreso de personal joven. La colaboración puede ser muy accesible: charlas, apoyo en proyectos, participación en ferias profesionales, donación de insumos o apertura de espacios para observación guiada.

La formación profesional del siglo XXI exige una nueva mirada. El mundo del trabajo cambió, las expectativas de los jóvenes cambiaron y la escuela necesita adaptarse sin perder su sentido pedagógico. La relación con empresas no debe entenderse como una pérdida de autonomía, sino como un complemento que amplía horizontes, mejora oportunidades y permite a cada estudiante ingresar al mundo laboral con mayor seguridad, conocimiento y proyección. Construir esta vinculación no es un lujo: es una estrategia necesaria para acompañar trayectorias que se vuelvan más sólidas, más realistas y más preparadas para un mercado laboral que demanda iniciativas concretas.