Por: Maximiliano Catalisano
En los pasillos de cualquier escuela, los dispositivos digitales se volvieron tan habituales como los cuadernos. Se trabaja, se aprende y se convive en un entorno que combina aulas físicas con espacios virtuales, donde circulan datos, tareas, conversaciones e información personal. Pero mientras la tecnología avanza a pasos acelerados, la preparación para enfrentar riesgos digitales no siempre acompaña ese ritmo. La falta de hábitos de protección, el desconocimiento sobre amenazas frecuentes y la idea de que “a la escuela no le va a pasar nada” dejan una puerta abierta a situaciones que pueden afectar tanto a estudiantes como a docentes. Por eso, la ciberseguridad escolar dejó de ser un tema técnico para convertirse en un pilar fundamental de la vida educativa.
Formar a estudiantes y docentes en prácticas de protección digital no es solo una respuesta a los problemas actuales, sino una estrategia para anticipar riesgos y construir una convivencia sana en los entornos virtuales. La ciberseguridad atraviesa desde la protección de dispositivos hasta la gestión de la información personal, pasando por la prevención del acoso en redes, la detección de correos maliciosos y el uso responsable de plataformas escolares. En un mundo donde la exposición a internet es constante, educar para cuidarse se vuelve parte del compromiso institucional con el bienestar de toda la comunidad.
La mayoría de los incidentes digitales que afectan a escuelas pueden evitarse generando conciencia y hábitos correctos. Algo tan simple como usar contraseñas sólidas, reconocer mensajes sospechosos o configurar la privacidad de forma adecuada puede marcar la diferencia. Sin embargo, estos conocimientos no siempre se enseñan de manera explícita. Muchos estudiantes crecen utilizando dispositivos sin recibir orientación, y muchos docentes no fueron formados en competencias digitales durante su propia trayectoria educativa. Por eso, la escuela tiene hoy un rol clave en nivelar conocimientos, generar prácticas comunes y acompañar el uso responsable de la tecnología.
Por qué la ciberseguridad debe formar parte del proyecto institucional
La ciberseguridad escolar no se limita a proteger equipos. Implica cuidar a las personas, resguardar información sensible y promover una cultura digital que sostenga aprendizajes saludables. Cuando se integra al proyecto institucional, deja de ser una acción aislada para convertirse en una práctica cotidiana que atraviesa clases, comunicaciones y dinámicas de trabajo. Las escuelas que logran avances en este campo coinciden en que la prevención es más efectiva cuando toda la comunidad participa. El objetivo no es generar miedo, sino comprensión: saber qué hacer, cómo actuar y a quién recurrir ante un problema digital.
Además, incorporar la ciberseguridad como un tema institucional ayuda a evitar situaciones que pueden tener un impacto profundo: suplantación de identidad en redes, filtración de datos académicos, mensajes dañinos entre estudiantes, descargas inseguras, uso inadecuado de plataformas externas y exposición innecesaria de información personal. Todo esto puede prevenirse con formación adecuada y protocolos simples que ordenen las acciones. La claridad en los procedimientos aporta tranquilidad, reduce la improvisación y permite actuar rápidamente ante cualquier inconveniente.
Por otra parte, incluir este tema en el proyecto escolar fortalece la relación con las familias. Muchos adultos desconocen los riesgos digitales a los que se exponen sus hijos y agradecen contar con la escuela como guía. Informar, acompañar y ofrecer recomendaciones contribuye a construir un puente entre el hogar y la institución, donde ambas partes colaboran para proteger a niñas, niños y adolescentes.
Estrategias formativas para estudiantes
La formación en ciberseguridad debe ser clara, concreta y cercana a la experiencia cotidiana del alumnado. No se trata de dar clases extensas sobre temas técnicos, sino de enseñar prácticas que puedan aplicar de inmediato.
Los estudiantes necesitan aprender a reconocer situaciones que ponen en riesgo sus datos y su integridad digital: solicitudes de información personal en redes, correos que buscan engañarlos, invitaciones sospechosas a descargar archivos, perfiles falsos o publicaciones que pueden exponerlos más de la cuenta. Trabajar con ejemplos reales, simulaciones y casos cotidianos permite que estas situaciones se vuelvan comprensibles y que puedan actuar con mayor seguridad.
También es importante enseñarles cómo cuidar su identidad digital. Comprender qué significa publicar fotos, escribir comentarios, compartir ubicaciones o participar en grupos públicos los ayuda a tomar decisiones más responsables. El objetivo no es prohibir, sino ofrecer herramientas para que naveguen con libertad y a la vez con criterio.
Otra estrategia valiosa es promover el acompañamiento entre pares. Los estudiantes suelen detectar situaciones problemáticas antes que los adultos, y cuando cuentan con herramientas claras pueden ayudar a otros a cuidarse. La ciberseguridad, en este sentido, se convierte en una competencia social que fortalece la convivencia escolar.
Formación para docentes: un pilar para construir entornos seguros
Los docentes también necesitan recibir acompañamiento específico. Ser usuarios frecuentes de tecnología no siempre implica conocer cómo protegerse. La formación docente en ciberseguridad debe abordar temas como el manejo responsable de información académica, la protección de contraseñas, el uso adecuado de plataformas virtuales y el análisis de mensajes sospechosos.
Además, es fundamental brindar herramientas para actuar ante incidentes. ¿Qué hacer si un estudiante comparte contenido inapropiado? ¿Cómo responder a una situación de suplantación de identidad? ¿Qué pasos seguir si un archivo infectado se distribuyó por error? Contar con respuestas claras evita confusiones y reduce el impacto de estas situaciones.
También es útil incluir nociones sobre bienestar digital. No solo se trata de evitar amenazas, sino de construir una relación equilibrada con la tecnología. Enseñar a desconectar, organizar la información, evitar la sobreexposición y manejar los tiempos de uso ayuda a docentes y estudiantes a interactuar con los entornos digitales de forma más saludable.
Hacia una cultura escolar de protección digital
La ciberseguridad no se construye en un día. Es un proceso gradual en el que cada acción suma: desde revisar contraseñas hasta conversar abiertamente sobre riesgos. Cuando toda la comunidad educativa se compromete, se genera una cultura de protección que trasciende la escuela y acompaña a los estudiantes en todos sus espacios digitales.
Las instituciones que avanzan en este camino comparten un rasgo común: entienden que cuidar el entorno digital es parte de cuidar el entorno humano. Formar en ciberseguridad no significa sembrar temor, sino construir confianza para que estudiantes y docentes se muevan con seguridad en un mundo conectado. En una época donde lo digital forma parte de la vida cotidiana, las escuelas que se animan a trabajar este tema ofrecen a sus comunidades una herramienta poderosa: la capacidad de protegerse, decidir con criterio y participar del mundo tecnológico sin poner en riesgo su bienestar.
