Por: Maximiliano Catalisano

Pensamiento crítico y presión académica: lecciones desde Corea del Sur para educar sin sacrificar el bienestar

Vivimos en una época donde los estudiantes enfrentan dos tensiones simultáneas: la sobrecarga de información y la sobre exigencia académica. Por un lado, deben aprender a distinguir entre datos confiables y fake news en un entorno digital saturado; por otro, compiten en sistemas educativos que muchas veces miden el éxito exclusivamente en función de resultados. El caso de Corea del Sur, reconocido por su alto rendimiento escolar, ofrece una oportunidad única para reflexionar sobre cómo formar alumnos capaces de pensar con autonomía sin que el logro académico se convierta en una fuente permanente de angustia.

Corea del Sur construyó su desarrollo apostando al capital humano. En pocas décadas, pasó de ser un país con limitados recursos naturales a convertirse en una potencia tecnológica y económica. La educación fue el eje de esa transformación. Sin embargo, este avance estuvo acompañado por una cultura de fuerte presión académica. Jornadas extensas, academias privadas después de la escuela y una competencia intensa por ingresar a universidades prestigiosas forman parte de la experiencia habitual de muchos jóvenes.

El examen de ingreso universitario, el conocido Suneung, simboliza esa centralidad del rendimiento. Se trata de una evaluación que impacta de manera decisiva en el futuro académico y profesional. El país entero ajusta su rutina el día de la prueba. Este contexto genera disciplina y dedicación, pero también altos niveles de estrés. El estudio deja de ser una exploración intelectual y se convierte en una carrera constante contra el tiempo.

Aquí aparece un punto de conexión con el pensamiento crítico. Cuando el sistema se orienta casi exclusivamente a obtener buenos resultados en pruebas estandarizadas, el espacio para cuestionar, debatir y analizar se reduce. La prioridad pasa a ser responder correctamente, no necesariamente comprender en profundidad. En este escenario, la duda puede percibirse como debilidad, cuando en realidad es la base del razonamiento sólido.

Formar estudiantes capaces de analizar información, evaluar fuentes y argumentar con evidencia requiere tiempo y clima emocional adecuado. El pensamiento crítico no florece bajo presión extrema. Para que un alumno se anime a cuestionar una afirmación, necesita sentirse seguro, respetado y acompañado. Si el error se penaliza de forma constante, la tendencia natural será evitar el riesgo intelectual.

En la era de las fake news, enseñar a dudar es enseñar a protegerse. Los jóvenes consumen información desde redes sociales, plataformas de video y mensajería instantánea. Muchas veces comparten contenidos sin verificar su origen. Incorporar prácticas de análisis comparativo de noticias, revisión de fuentes y discusión guiada en el aula fortalece la autonomía intelectual. Estas estrategias no requieren grandes inversiones económicas, sino decisión pedagógica y coherencia institucional.

El caso surcoreano muestra que los resultados académicos pueden ser altos, pero si no se acompaña el proceso con cuidado emocional, el costo puede ser significativo. Estrés, ansiedad y agotamiento mental se vuelven frecuentes cuando la identidad del estudiante se vincula exclusivamente con su desempeño. Por eso, el debate actual en Corea del Sur incluye la necesidad de equilibrar exigencia con bienestar, integrando programas de apoyo emocional y limitando la sobrecarga horaria en academias privadas.

Este debate es relevante para cualquier sistema educativo. Incrementar tareas, extender horarios o multiplicar evaluaciones no garantiza aprendizajes más profundos. La calidad educativa debe considerar tanto el desarrollo cognitivo como la salud emocional. Un estudiante agotado difícilmente pueda analizar con claridad, cuestionar argumentos o construir ideas propias.

El pensamiento crítico también se ve afectado por la cultura de comparación constante. Cuando las calificaciones se convierten en la única medida de valor, la curiosidad pierde terreno frente a la competencia. En cambio, cuando la escuela valora el proceso, la argumentación y la búsqueda de evidencia, el aprendizaje adquiere sentido. Evaluar la calidad del razonamiento, y no solo la respuesta final, permite orientar mejor el crecimiento académico.

Otro elemento clave es la alfabetización digital. Comprender cómo funcionan los algoritmos, reconocer titulares sensacionalistas y verificar la fecha y fuente de una publicación son habilidades indispensables. Estas competencias pueden integrarse en distintas asignaturas, desde Lengua hasta Ciencias Sociales. No se trata de agregar contenidos aislados, sino de transversalizar el análisis crítico en todo el proyecto institucional.

Corea del Sur comenzó a revisar su modelo, consciente de que el éxito académico no puede sostenerse si el bienestar emocional se deteriora. Esta reflexión invita a redefinir qué entendemos por éxito escolar. ¿Se trata únicamente de ingresar a una universidad prestigiosa o también de desarrollar equilibrio, capacidad de diálogo y pensamiento autónomo?

La escuela del siglo XXI necesita formar estudiantes que puedan enfrentar información contradictoria, tomar decisiones fundamentadas y gestionar la presión social. Para lograrlo, es necesario crear aulas donde la pregunta tenga tanto valor como la respuesta. Debates estructurados, análisis comparativos y trabajos que exijan fundamentación fortalecen el razonamiento sin incrementar de manera desmedida la carga horaria.

Las familias también desempeñan un papel determinante. Cuando el acompañamiento en el hogar prioriza el aprendizaje profundo y el bienestar, en lugar de la comparación constante, se construye un entorno más saludable. El éxito no debería definirse únicamente por rankings o exámenes, sino por la capacidad de cada joven de desplegar sus talentos sin sacrificar su salud emocional.

La experiencia surcoreana no debe interpretarse como modelo a copiar ni como sistema a rechazar por completo. Es un caso que ofrece lecciones valiosas. Demuestra que el esfuerzo sostenido puede transformar un país, pero también que cualquier política educativa necesita considerar sus efectos humanos. Integrar pensamiento crítico y bienestar no es una utopía, sino una necesidad estratégica.

Educar sin sacrificar la salud emocional implica revisar prácticas, repensar evaluaciones y promover una cultura escolar donde la duda sea bienvenida. En un mundo saturado de información y marcado por la competencia, el verdadero avance consiste en formar personas capaces de pensar con autonomía, sostener la exigencia sin colapsar y comprender que el aprendizaje es un proceso continuo, no una carrera sin pausa.