Por: Maximiliano Catalisano

En cada sala de profesores circulan ideas que suenan convincentes: que usamos solo el 10% del cerebro, que hay alumnos “visuales” y otros “auditivos”, que escuchar Wolfgang Amadeus Mozart aumenta la inteligencia o que el hemisferio derecho es creativo mientras el izquierdo es lógico. Estas afirmaciones se repiten porque son simples, seductoras y parecen ofrecer soluciones rápidas. El problema es que muchas no tienen sustento en la evidencia. Cuando estas creencias llegan al aula, pueden orientar prácticas que no favorecen el aprendizaje. Desmontarlas no es una tarea teórica, es una forma de mejorar lo que hacemos todos los días con los estudiantes.

La revisión de estos mitos se apoya en la neurociencia, la psicología y la educación. El campo conocido como neuroeducación intenta traducir hallazgos sobre el cerebro en orientaciones útiles para la enseñanza, evitando simplificaciones. La premisa es clara: entender mejor cómo se aprende permite diseñar mejores experiencias en el aula.

Los neuromitos son interpretaciones erróneas o exageradas de conceptos científicos sobre el cerebro. Surgen muchas veces de investigaciones reales, pero se simplifican hasta perder su sentido original. Se difunden en cursos, libros, redes sociales y capacitaciones, y terminan instalándose como verdades. Persisten porque ofrecen respuestas rápidas. En un contexto educativo complejo, cualquier idea que prometa mejorar el aprendizaje con facilidad resulta atractiva. Además, suelen estar formulados en un lenguaje cercano, lo que facilita su circulación. El desafío es distinguir entre lo que tiene respaldo científico y lo que no.

Una de las creencias más extendidas es que cada estudiante aprende mejor según un “estilo”: visual, auditivo o kinestésico. A partir de esta idea, se intenta adaptar la enseñanza a cada perfil. Sin embargo, la evidencia no muestra que enseñar de acuerdo con estos estilos mejore el aprendizaje. Los estudiantes pueden preferir ciertos formatos, pero eso no implica que aprendan mejor solo de esa manera. Lo que sí tiene impacto es la diversidad de estrategias. Presentar la información de múltiples formas favorece la comprensión, no porque existan estilos fijos, sino porque enriquece el procesamiento.

Otra creencia popular afirma que usamos solo una pequeña parte del cerebro. Esta idea sugiere que existe un potencial oculto que podría activarse. La investigación muestra que el cerebro funciona de manera integrada. Incluso tareas simples involucran múltiples áreas. No hay zonas inactivas esperando ser utilizadas. Este mito puede generar expectativas poco realistas. En lugar de buscar “activar” partes del cerebro, el foco debería estar en cómo se construyen aprendizajes significativos.

Se suele afirmar que algunas personas son “más del hemisferio derecho” o “más del izquierdo”. Esta idea divide funciones como creatividad y lógica en dos partes separadas. Si bien existen especializaciones, el cerebro trabaja como un sistema interconectado. Las tareas complejas requieren la participación de múltiples regiones. Reducir el aprendizaje a una división binaria limita la comprensión de su complejidad.

Escuchar música de Wolfgang Amadeus Mozart se popularizó como una forma de aumentar la inteligencia. Este concepto surgió de estudios específicos, pero fue extrapolado de manera exagerada. La música puede influir en el estado de ánimo y la concentración, pero no transforma por sí sola las capacidades cognitivas. Este tipo de simplificaciones muestra cómo una idea puede distorsionarse al difundirse.

Más allá de los mitos, hay principios respaldados por la investigación. El aprendizaje requiere atención, práctica, retroalimentación y conexión con conocimientos previos. La memoria no es un depósito, es un proceso activo. Recordar implica reconstruir, no repetir. La emoción también juega un papel importante. Lo que tiene sentido y relevancia se recuerda mejor. Estos elementos ofrecen orientaciones más sólidas que cualquier receta rápida.

En un contexto donde circula gran cantidad de información, el docente se convierte en un mediador. Evaluar fuentes, contrastar ideas y tomar decisiones informadas es parte de la tarea. No se trata de conocer toda la investigación, sino de adoptar una actitud crítica. Preguntarse de dónde surge una afirmación, qué evidencia la respalda y cómo se aplica al aula. Esta mirada permite evitar prácticas basadas en supuestos erróneos.

Desmontar neuromitos no implica desechar todo lo que se hace, sino revisar con criterio. Muchas prácticas pueden tener valor, aunque su justificación sea incorrecta. Por ejemplo, usar imágenes, sonidos y movimiento en clase es positivo, no porque existan estilos de aprendizaje, sino porque enriquece la experiencia. La clave está en fundamentar las decisiones pedagógicas.

Trabajar desde una mirada informada no requiere recursos económicos. Se basa en la reflexión, el intercambio y la actualización. Leer, compartir experiencias y analizar prácticas permite avanzar en este camino. La mejora no depende de incorporar tecnología costosa, sino de revisar lo que ya se hace.

La educación no necesita fórmulas mágicas. Necesita comprensión, reflexión y decisiones fundamentadas. Desmontar neuromitos es un paso en esa dirección. Permite dejar de lado creencias que no aportan y enfocarse en lo que realmente favorece el aprendizaje. En un entorno donde la información circula con rapidez, formar una mirada crítica es tan importante como enseñar contenidos. Y en ese proceso, el aula se convierte en un espacio donde no solo se aprende, sino donde también se cuestiona, se analiza y se construye conocimiento con sentido.