Por: Maximiliano Catalisano

Durante muchos años, el trabajo del preceptor estuvo asociado casi exclusivamente al control de asistencia, la organización de entradas y salidas, la supervisión de recreos y el seguimiento de cuestiones administrativas. Sin embargo, la realidad escolar cambió profundamente y hoy ese rol ocupa un lugar mucho más amplio dentro de la vida institucional.

En muchas escuelas, el preceptor es una de las primeras personas a las que los estudiantes recurren cuando tienen un problema, una preocupación o un conflicto. También suele ser quien detecta cambios de comportamiento, ausencias reiteradas, situaciones de aislamiento, dificultades familiares o tensiones entre compañeros.

Por su cercanía cotidiana con los alumnos, el preceptor moderno se convirtió en una figura de referencia que acompaña, escucha, orienta y contiene. Ya no se trata solamente de ordenar la dinámica escolar. Se trata de sostener vínculos, intervenir en situaciones complejas y colaborar para que la convivencia sea mejor.

Este cambio obliga a repensar el lugar que ocupa el preceptor dentro de la escuela y a reconocer que su tarea tiene un enorme valor en el bienestar de los estudiantes.

Un rol que cambió con la escuela

La escuela actual enfrenta desafíos muy diferentes a los de hace algunos años.

Hoy aparecen con más frecuencia situaciones de ansiedad, problemas de convivencia, conflictos entre pares, dificultades familiares, consumo problemático, aislamiento, uso excesivo de pantallas y episodios de violencia verbal o física.

En este contexto, el preceptor ya no puede limitarse a cumplir funciones administrativas.

Muchas veces es quien está más cerca de los estudiantes en los pasillos, en los recreos, en los cambios de hora o en momentos donde los docentes no están presentes. Eso le permite observar detalles que otros adultos pueden no registrar.

Un alumno que deja de hablar con sus compañeros, que llega triste, que falta seguido o que cambia repentinamente de conducta suele dar señales antes de que aparezca un problema mayor. Detectar esas situaciones a tiempo puede marcar una gran diferencia.

Por eso, cada vez más escuelas valoran al preceptor como un adulto de referencia capaz de construir confianza y acompañar trayectorias.

Mediador de conflictos en la vida cotidiana

Uno de los aspectos más importantes del rol del preceptor moderno es la mediación. Los conflictos forman parte de la vida escolar y no siempre pueden evitarse.

Peleas entre compañeros, discusiones, burlas, malos entendidos, exclusiones y tensiones grupales aparecen con frecuencia. Cuando estas situaciones no se abordan, pueden crecer y generar problemas mayores.

El preceptor suele estar en una posición privilegiada para intervenir porque conoce a los estudiantes, sabe cómo se relacionan y puede escuchar diferentes versiones. Mediar no significa decidir rápidamente quién tiene razón y quién no.

Significa ayudar a que las personas puedan hablar, expresar lo que sienten, comprender el punto de vista del otro y buscar acuerdos. Muchas veces, una conversación a tiempo evita sanciones innecesarias o situaciones más graves.

Además, trabajar la mediación ayuda a enseñar habilidades sociales importantes, como la escucha, el respeto, la empatía y la capacidad de resolver diferencias sin violencia.

Apoyo emocional en tiempos difíciles

Los estudiantes llegan a la escuela con emociones, preocupaciones y problemas que muchas veces exceden lo académico.

Algunos atraviesan separaciones familiares, duelos, problemas económicos, dificultades de salud, conflictos de amistad o situaciones de discriminación. Otros sienten ansiedad, desmotivación o miedo.

En muchos casos, el preceptor es la primera persona que escucha estas situaciones. No porque tenga que resolver todo, sino porque su presencia cotidiana genera cercanía.

A veces, un saludo, una pregunta sincera o un espacio breve para conversar pueden ayudar mucho más de lo que parece.

El apoyo emocional no implica transformarse en psicólogo ni asumir responsabilidades que corresponden a otros profesionales. Implica estar atento, acompañar, escuchar sin juzgar y saber cuándo pedir ayuda a equipos de orientación, directivos o familias.

También significa reconocer que detrás de muchas conductas problemáticas suele haber malestar, tristeza o necesidad de atención.

La importancia de trabajar en equipo

Para que el preceptor pueda desarrollar este rol de manera adecuada, necesita formar parte de un trabajo institucional compartido.

No puede ser la única persona encargada de resolver conflictos, contener emocionalmente o hacer seguimiento de los estudiantes. Hace falta que exista comunicación con docentes, directivos, equipos de orientación y familias.

Cuando la escuela trabaja en conjunto, resulta más fácil detectar dificultades y acompañar trayectorias.

Por ejemplo, si un preceptor observa que un alumno está faltando mucho, se muestra aislado o cambió de actitud, es importante que esa información circule.

De esa manera, se pueden pensar estrategias de apoyo antes de que la situación empeore. También es importante que el preceptor tenga espacios de capacitación.

La mediación, la convivencia, la escucha activa y la prevención de conflictos son temas que requieren herramientas concretas. No alcanza con tener buena voluntad.

Las escuelas que invierten tiempo en formar a sus preceptores suelen lograr mejores vínculos y un acompañamiento más sólido.

Un puente entre estudiantes, familias y escuela

El preceptor también ocupa un lugar importante en la relación con las familias.

Muchas veces es quien comunica inasistencias, cambios de conducta, dificultades de convivencia o preocupaciones que aparecen en la escuela.

Cuando existe un vínculo de confianza, las familias suelen sentirse más acompañadas. Además, el preceptor puede ayudar a traducir ciertas situaciones para evitar malos entendidos.

Por ejemplo, puede explicar a una familia que detrás de una baja en el rendimiento hay un problema emocional o una situación de aislamiento. También puede acercar información valiosa a docentes y directivos sobre lo que sucede con determinados estudiantes.

Ese lugar de puente es cada vez más importante en instituciones donde las problemáticas son complejas y necesitan una mirada amplia.

Reconocer una tarea que muchas veces pasa desapercibida

A pesar de todo lo que aporta, el trabajo del preceptor muchas veces sigue siendo poco reconocido. En ocasiones se lo sigue viendo solamente como la persona que controla horarios o sanciona llegadas tarde. Sin embargo, su tarea va mucho más allá.

Escuchar, intervenir, acompañar, orientar y detectar problemas a tiempo son acciones que tienen un impacto enorme en la vida escolar.

Muchas veces, el preceptor es quien logra que un estudiante vuelva a sentirse contenido, retome el vínculo con la escuela o encuentre un adulto en quien confiar.

Por eso, pensar el rol del preceptor moderno implica valorar una tarea que sostiene gran parte de la convivencia cotidiana.

Porque detrás de cada asistencia registrada, de cada conversación en un recreo o de cada conflicto resuelto, hay una oportunidad para cuidar a los estudiantes y fortalecer la comunidad escolar.