Por: Maximiliano Catalisano
En un continente donde la palabra tenía más peso que el papel, los griots fueron los guardianes del conocimiento, los narradores del pasado y los maestros del alma colectiva. Su voz viajaba por los pueblos antes que existieran las escuelas, y su sabiduría moldeó la identidad de generaciones enteras. Hablar de los griots es recordar que la educación no nació entre libros ni pupitres, sino en el calor de una comunidad reunida alrededor del fuego, donde la historia se convertía en lección y la memoria en herramienta para comprender el mundo.
Antes de que la escritura llegara a muchas regiones de África, la tradición oral fue la columna vertebral de la transmisión del saber. En ese escenario ancestral surgieron los griots, figuras esenciales en los reinos del África Occidental, especialmente en lugares como Mali, Senegal o Guinea. Ellos no solo relataban las hazañas de los reyes y héroes, sino que también enseñaban valores, genealogías, costumbres y principios de convivencia. Eran artistas, poetas, consejeros, músicos y, sobre todo, educadores del pueblo. Su misión trascendía el entretenimiento: era la de formar conciencia y fortalecer los lazos sociales a través de la palabra viva.
El aprendizaje en las comunidades donde existían los griots no era un acto individual, sino profundamente comunitario. Los niños aprendían escuchando, participando y repitiendo los relatos. La memoria se entrenaba como un músculo cultural, y cada generación asumía la responsabilidad de conservar lo aprendido y transformarlo para los tiempos nuevos. En ese sentido, los griots no solo enseñaban contenidos, sino que también formaban el pensamiento crítico, la capacidad de reflexión y la sensibilidad hacia la historia y las emociones humanas.
La palabra como instrumento educativo
La educación que transmitían los griots se basaba en la palabra, pero no cualquier palabra: debía ser justa, sabia y oportuna. Enseñaban que hablar era un acto de responsabilidad. A través de proverbios, canciones y relatos, el pueblo comprendía conceptos como la justicia, la generosidad o la prudencia. La música era parte esencial de ese proceso. El griot no recitaba sin melodía: tocaba instrumentos como la kora o el balafón, logrando que la enseñanza se volviera una experiencia sensorial. La educación no se limitaba a lo racional, sino que también apelaba a lo emocional y lo espiritual.
El poder educativo de los griots se sostenía en la relación con la comunidad. Eran respetados por su memoria prodigiosa y por su habilidad para conectar pasado y presente. En tiempos donde no existían documentos escritos, ellos eran los “archivos humanos” que preservaban la identidad colectiva. Recordaban los acuerdos entre familias, las historias de los antepasados y los hechos que dieron origen a cada linaje. Así, la educación cumplía un papel doble: formar a las personas y proteger la historia común de los pueblos.
Los griots como educadores del pueblo
En las aldeas africanas, los griots eran quienes enseñaban sin escuelas y guiaban sin imponer. Su enseñanza no se limitaba a los jóvenes: abarcaba a toda la comunidad. En las ceremonias, en los mercados o en las reuniones familiares, su voz encontraba espacio para transmitir saberes. De ellos se aprendía a escuchar, a respetar los silencios, a interpretar el sentido oculto de las palabras. La educación que ofrecían no se medía en grados ni en títulos, sino en la calidad del diálogo entre generaciones.
Además, los griots cumplían una función ética: eran la conciencia del pueblo. Si un gobernante olvidaba su deber o un hombre actuaba con injusticia, el griot podía recordarle públicamente su falta a través de una historia o un canto. Esa forma de enseñar por medio del relato hacía que la corrección social se viviera como una lección compartida, no como un castigo. Por eso, los griots eran considerados educadores populares en el sentido más profundo: enseñaban al pueblo, desde el pueblo y para el pueblo.
Memoria, identidad y futuro
El legado de los griots sigue vivo. Aunque hoy existan escuelas modernas, universidades y plataformas digitales, la esencia de su tarea permanece en toda forma de educación que valore la historia y la comunidad. En muchos países africanos contemporáneos, los griots aún participan en ceremonias, festivales y espacios culturales, manteniendo viva la idea de que educar también significa recordar. Su manera de enseñar demuestra que la educación no se reduce a acumular conocimientos, sino a comprender quiénes somos y de dónde venimos.
Los griots nos recuerdan que la educación popular no se construye únicamente desde las instituciones, sino desde la palabra compartida, el relato, la experiencia y la emoción. Nos invitan a pensar que el conocimiento no debe quedarse encerrado entre muros, sino que debe circular entre las personas, como una corriente que fortalece la vida colectiva. Su historia es también una lección para el presente: valorar la oralidad, recuperar la escucha y reconocer en cada voz una posibilidad de aprendizaje.
Los griots africanos fueron mucho más que narradores; fueron maestros de humanidad. Supieron enseñar sin escuelas, formar sin manuales y construir memoria con palabras. Su arte educativo, profundamente humano, es una muestra de cómo la cultura puede sostener una sociedad y cómo la palabra puede convertirse en una herramienta poderosa de formación. En su voz resonaba la historia de todo un continente, pero también el eco de una verdad universal: que aprender es un acto de encuentro, y que cada palabra dicha con sabiduría puede cambiar la manera en que un pueblo mira su propio destino.
