Por: Maximiliano Catalisano

Qué tipo de futuros Docentes estamos Formando en tiempos de ia

La inteligencia artificial ya no es una promesa lejana ni una tendencia pasajera: es una realidad que atraviesa aulas, evaluaciones y formas de aprender. En este nuevo escenario, la pregunta que inquieta a los equipos directivos no es tecnológica, sino pedagógica: ¿Qué tipo de futuros docentes estamos formando en tiempos de IA? La respuesta no se limita al dominio de herramientas digitales, sino que involucra identidad profesional, criterio didáctico y capacidad de adaptación en contextos cambiantes.

La expansión de plataformas como OpenAI y desarrollos aplicados por compañías como Google o Microsoft ha modificado el acceso a la información y la producción de contenidos. Hoy un estudiante puede generar un texto, resolver un problema matemático o diseñar una presentación en segundos. Este contexto obliga a repensar el rol docente desde la formación inicial.

Más allá del manejo técnico

Durante años, la incorporación de tecnología en la formación docente se centró en la alfabetización digital: uso de plataformas, diseño de recursos multimedia, navegación segura. Sin embargo, la IA introduce un nivel diferente de complejidad. No se trata solo de aprender a usar una herramienta, sino de comprender sus límites, sesgos y potencialidades.

Un futuro docente necesita desarrollar pensamiento crítico frente a las respuestas generadas por sistemas automatizados. Debe ser capaz de analizar la calidad de la información, contrastarla con fuentes confiables y guiar a sus estudiantes en ese mismo proceso. Formar docentes que acepten sin cuestionar lo que produce un algoritmo puede generar prácticas superficiales y dependencia tecnológica.

La pregunta central para los equipos directivos es si los institutos de formación están promoviendo reflexión pedagógica profunda o simplemente actualizando contenidos técnicos. La diferencia es determinante para el impacto en las aulas.

Identidad profesional en un contexto automatizado

Cuando la tecnología puede explicar contenidos, corregir ejercicios y proponer actividades, algunos se preguntan cuál será el lugar del docente. Sin embargo, la enseñanza no se reduce a la transmisión de información. Implica acompañamiento, interpretación de procesos, contención emocional y construcción de sentido.

La UNESCO ha señalado que la integración de IA en educación debe fortalecer el rol docente, no reemplazarlo. Esto supone formar profesionales con capacidad de mediación pedagógica, capaces de integrar tecnología sin perder la dimensión humana.

El desafío para los equipos directivos consiste en garantizar que la formación inicial no diluya la identidad docente en un perfil meramente técnico. La pedagogía, la didáctica y la ética profesional deben ocupar un lugar central en el currículum.

Evaluación y nuevas competencias

La IA también transforma la evaluación. Si un estudiante puede generar respuestas complejas con asistencia digital, los futuros docentes necesitan diseñar propuestas que prioricen procesos, argumentación y aplicación contextual.

Esto implica formar en evaluación auténtica, proyectos interdisciplinarios y producción colaborativa. No se trata de prohibir la tecnología, sino de redefinir las consignas. La creatividad en el diseño de experiencias de aprendizaje se vuelve una competencia esencial.

Además, la alfabetización en datos cobra relevancia. Comprender cómo funcionan los sistemas de recomendación, cómo se entrenan los modelos y qué implicancias tienen los sesgos algorítmicos es parte de la cultura profesional contemporánea.

Ética y responsabilidad profesional

La formación docente en tiempos de IA no puede omitir la dimensión ética. El uso de datos personales, la privacidad de estudiantes y la transparencia en la utilización de herramientas automatizadas son aspectos sensibles.

Los equipos directivos enfrentan la necesidad de establecer marcos claros. No basta con incorporar plataformas; es necesario definir criterios institucionales sobre cuándo y cómo utilizarlas. Formar docentes conscientes de estas implicancias fortalece la confianza de la comunidad educativa.

Asimismo, la dependencia excesiva de sistemas automatizados puede debilitar el desarrollo de competencias propias. El equilibrio entre apoyo tecnológico y autonomía profesional es un punto de tensión que debe abordarse desde la formación inicial.

Desarrollo profesional continuo

La velocidad de avance tecnológico exige actualización permanente. Un docente formado hoy enfrentará herramientas diferentes en pocos años. Por eso, más que enseñar plataformas específicas, resulta prioritario desarrollar capacidad de aprendizaje continuo.

Los equipos directivos tienen un papel estratégico en este proceso. Promover comunidades de práctica, espacios de intercambio y actualización permanente permite que la institución evolucione junto con el contexto tecnológico.

En países como Estonia, donde la digitalización educativa es parte de la política pública, la formación docente incluye adaptación constante a nuevas herramientas. Esta perspectiva muestra que la clave no es anticipar cada innovación, sino construir una cultura institucional flexible.

El riesgo de formar docentes dependientes

Uno de los temores recurrentes es que la formación inicial promueva dependencia de asistentes digitales. Si el futuro docente delega planificación, redacción y evaluación en sistemas automatizados, su desarrollo profesional puede verse limitado.

Formar en tiempos de IA implica enseñar a utilizar la tecnología como apoyo, no como sustituto del pensamiento pedagógico. La autonomía intelectual sigue siendo un valor central.

Los equipos directivos deben preguntarse si los programas de formación están fomentando análisis crítico, creatividad y capacidad de adaptación o si priorizan la rapidez en la producción de materiales.

Hacia un perfil docente integral

El docente del futuro no será simplemente un usuario avanzado de IA. Será un profesional capaz de integrar tecnología con criterio pedagógico, sensibilidad humana y compromiso ético. Su valor no residirá en competir con algoritmos, sino en ofrecer aquello que la automatización no puede replicar: comprensión contextual, interpretación de necesidades individuales y construcción de vínculos.

La cuestión que preocupa a los equipos directivos no tiene una única respuesta, pero sí una orientación clara: la formación docente debe equilibrar innovación tecnológica con profundidad pedagógica. No se trata de elegir entre tradición y modernidad, sino de articular ambas dimensiones.

En definitiva, el tipo de futuros docentes que estamos formando dependerá de las decisiones que hoy tomen las instituciones formadoras. Si el foco se coloca únicamente en herramientas, el resultado será limitado. Si se apuesta por pensamiento crítico, ética profesional y capacidad de adaptación, la tecnología se convertirá en un recurso valioso dentro de un proyecto educativo sólido.

La IA seguirá evolucionando. Lo que no debería diluirse es el sentido profundo de la tarea docente. Allí reside la verdadera fortaleza del sistema educativo en tiempos de transformación digital.