Por: Maximiliano Catalisano

El sueño como aliado: por qué la higiene del sueño es el factor número uno en el rendimiento Escolar

En la búsqueda constante de mejores resultados académicos, muchas escuelas invierten en tecnología, materiales y reformas curriculares, pero pasan por alto un elemento determinante que no requiere grandes presupuestos: el sueño. Dormir bien no es un lujo ni una recomendación secundaria, es una condición biológica que impacta directamente en la atención, la memoria y la regulación emocional. La higiene del sueño, entendida como el conjunto de hábitos que favorecen un descanso adecuado, puede convertirse en la estrategia más accesible para potenciar el rendimiento escolar sin incrementar costos institucionales.

Qué entendemos por higiene del sueño

La higiene del sueño incluye prácticas cotidianas que facilitan un descanso profundo y reparador. Entre ellas se encuentran horarios regulares para acostarse y levantarse, reducción del uso de pantallas antes de dormir, ambientes oscuros y silenciosos, y rutinas previas que preparen al cuerpo para el descanso.

En niños y adolescentes, estos hábitos adquieren especial relevancia. El cerebro en desarrollo necesita más horas de sueño que el de un adulto. Diversas investigaciones indican que los estudiantes en edad escolar requieren entre ocho y diez horas diarias para un funcionamiento óptimo. Cuando esta necesidad no se satisface, las consecuencias se reflejan en el aula.

La privación de sueño afecta procesos cognitivos esenciales. La consolidación de la memoria, que ocurre en gran medida durante el descanso nocturno, se ve comprometida. Esto significa que los contenidos aprendidos durante el día pueden no fijarse adecuadamente si el estudiante duerme poco o de manera fragmentada.

Impacto directo en la atención y la memoria

Uno de los primeros efectos visibles de la falta de sueño es la disminución de la atención sostenida. El estudiante somnoliento tiene mayor dificultad para concentrarse, seguir consignas complejas y mantener el foco durante explicaciones prolongadas. Esta situación suele interpretarse erróneamente como desinterés o falta de compromiso.

La memoria de trabajo, necesaria para resolver problemas matemáticos o comprender textos extensos, también se ve afectada. Cuando el cerebro no descansa lo suficiente, disminuye su capacidad para procesar y organizar información nueva. Esto genera frustración y puede impactar en la autoestima académica.

El sueño cumple además una función reguladora en el plano emocional. La falta de descanso incrementa la irritabilidad, la impulsividad y la dificultad para gestionar conflictos. Estas variables influyen en la convivencia escolar y en la predisposición para aprender.

Adolescencia, pantallas y alteración del descanso

En la actualidad, uno de los principales factores que alteran la higiene del sueño es el uso intensivo de dispositivos electrónicos en horarios nocturnos. La exposición a la luz azul de pantallas inhibe la producción de melatonina, hormona que regula el ciclo sueño-vigilia. Esto retrasa la sensación de cansancio y acorta el tiempo real de descanso.

En la adolescencia, además, se produce un desplazamiento natural del ritmo biológico hacia horarios más tardíos. Si a esto se suma el uso de redes sociales o videojuegos hasta altas horas, el resultado es una privación crónica de sueño.

Las escuelas pueden desempeñar un papel activo en la concientización sobre estos efectos. Incorporar contenidos sobre salud del sueño en programas de orientación o tutorías no implica inversión significativa y puede generar cambios de hábito con impacto directo en el rendimiento académico.

Beneficios académicos de un descanso adecuado

Cuando el estudiante duerme lo necesario, su desempeño mejora en múltiples dimensiones. La capacidad de resolución de problemas aumenta, la comprensión lectora se profundiza y la participación en clase se vuelve más activa. El descanso favorece la plasticidad cerebral, es decir, la capacidad del cerebro para formar nuevas conexiones neuronales.

Además, un buen descanso reduce el ausentismo vinculado a fatiga o enfermedades asociadas al estrés. Desde una perspectiva institucional, esto se traduce en mayor estabilidad en los procesos de enseñanza y aprendizaje.

La relación entre sueño y rendimiento no es una hipótesis aislada, sino un fenómeno respaldado por evidencia científica consistente. El cerebro consolida aprendizajes durante fases específicas del sueño, especialmente en etapas profundas y en el sueño REM. Interrumpir estos ciclos afecta directamente la retención de información.

Rol de la escuela y la familia

La promoción de la higiene del sueño requiere un trabajo articulado entre escuela y familia. La institución puede brindar información clara sobre la importancia del descanso y ofrecer recomendaciones prácticas. Las familias, por su parte, pueden establecer rutinas nocturnas estables y limitar el uso de dispositivos en horarios cercanos al descanso.

En algunos contextos, también es pertinente revisar horarios de inicio de la jornada escolar, especialmente en secundaria. Diversos estudios han señalado que retrasar levemente el horario de entrada puede mejorar la atención y reducir la somnolencia matutina.

No se trata de modificar estructuras complejas de inmediato, sino de iniciar un debate informado. Incluso pequeñas adaptaciones en hábitos cotidianos pueden generar mejoras significativas.

Una estrategia de alto impacto y bajo costo

A diferencia de otras intervenciones educativas que requieren equipamiento o infraestructura, mejorar la higiene del sueño implica principalmente educación y concientización. Talleres informativos, campañas internas y materiales digitales pueden implementarse con recursos mínimos.

Desde la gestión escolar, incluir la salud del sueño dentro del proyecto educativo institucional representa una decisión estratégica. El impacto potencial en el rendimiento académico y en el bienestar general justifica ampliamente la iniciativa.

Además, trabajar este tema envía un mensaje claro: la escuela reconoce que el aprendizaje no depende solo de lo que ocurre en el aula, sino también de condiciones biológicas y emocionales que deben ser atendidas.

El sueño como base del aprendizaje sostenible

Hablar de innovación educativa no siempre implica incorporar tecnología avanzada. A veces, la mejora más significativa proviene de recuperar fundamentos biológicos básicos. El sueño es uno de ellos.

Cuando el descanso es adecuado, el estudiante dispone de mayor claridad mental, estabilidad emocional y capacidad de adaptación. Estas condiciones crean un terreno propicio para el aprendizaje profundo.

Ignorar la higiene del sueño es desatender un componente esencial del desarrollo. En cambio, integrarlo como prioridad institucional puede convertirse en la decisión más inteligente para mejorar resultados sin incrementar el presupuesto.

El sueño no compite con la educación; la sostiene. Convertirlo en aliado implica comprender que el rendimiento escolar comienza la noche anterior. Promover hábitos saludables es, en definitiva, una inversión en capital cognitivo y emocional que beneficia a toda la comunidad educativa.