Por: Maximiliano Catalisano
La idea de que todas las niñas, niños y adolescentes puedan aprender en aulas donde se respete su identidad, su ritmo y su modo de comprender el mundo se repite en discursos, normativas y planes educativos. Sin embargo, cuando miramos lo que ocurre día a día en las escuelas, surge una pregunta incómoda: ¿Qué tan preparada está la institución escolar para recibir a estudiantes con trayectorias diversas, desafíos específicos o apoyos permanentes? La distancia entre lo que se declara y lo que efectivamente se ofrece sigue siendo grande, y miles de familias conviven con la sensación de que el sistema promete más de lo que puede sostener. Esta nota busca explorar esa brecha, ponerle nombre y, sobre todo, imaginar caminos posibles para transformarla.
La educación inclusiva se construye sobre la premisa de que todas las personas tienen derecho a una experiencia escolar digna, accesible y significativa. Aun así, este horizonte se vuelve difícil de alcanzar cuando faltan docentes de apoyo, cuando los centros carecen de personal especializado, cuando los grupos son demasiado numerosos o cuando la formación inicial y continua no ofrece herramientas concretas para acompañar la diversidad. La inclusión no es solo un concepto, es una práctica diaria que exige condiciones mínimas para ser posible. Sin tiempo, sin recursos y sin un trabajo articulado con las familias y los servicios de salud y desarrollo infantil, los esfuerzos aislados se diluyen.
Muchos equipos docentes sienten que la responsabilidad recae únicamente sobre ellos. Ante la llegada de un estudiante con discapacidad o con necesidades educativas específicas, la escuela intenta reorganizarse, improvisar estrategias, adaptar materiales o modificar actividades, pero casi siempre sin el respaldo suficiente. Esto genera desgaste, frustración y un sentimiento de impotencia que termina afectando no solo al docente, sino también al propio estudiante, que percibe cuando no se logra un acompañamiento adecuado.
A su vez, las familias se encuentran con obstáculos que se repiten: largos tiempos de espera para acceder a diagnósticos, falta de articulación entre profesionales externos y la escuela, dificultades para obtener certificaciones o apoyos institucionales, y un diálogo que muchas veces se vuelve tenso porque no hay respuestas claras. Esta tensión no surge por falta de voluntad, sino por un sistema que no acompaña a quienes están en primera línea.
Por qué la brecha sigue creciendo
Uno de los factores más visibles es la sobrecarga de los docentes. Los grupos numerosos, la falta de horas institucionales para planificar adecuaciones, la ausencia de equipos interdisciplinarios permanentes y la rotación constante de profesionales externos hacen que sea difícil sostener procesos a largo plazo. Cada estudiante que requiere apoyos específicos necesita un seguimiento continuo, evaluación periódica, ajustes y comunicación fluida con la familia, tareas que requieren tiempo que la escuela no siempre tiene.
Otro punto clave es la falta de materiales accesibles. En muchos centros, los recursos para estudiantes con discapacidad visual, auditiva, intelectual o motriz son escasos o inexistentes. Esto limita la participación plena y genera situaciones en las que el estudiante depende de la buena voluntad de un adulto para acceder a los contenidos, cuando debería poder hacerlo de manera autónoma y en igualdad de oportunidades.
La formación docente también muestra vacíos importantes. Aunque en los últimos años se incorporaron contenidos relacionados con la educación inclusiva, todavía no se traducen en prácticas sólidas ni en estrategias didácticas aplicables en aula. Muchos docentes comentan que se sienten solos, que saben qué se espera de ellos, pero no siempre saben cómo hacerlo. La formación continua tampoco logra cubrir la demanda, ya que se ofrecen pocas instancias duraderas y, en muchos casos, con una mirada más teórica que práctica.
Por otra parte, la accesibilidad edilicia continúa siendo un desafío. Aulas ubicadas en pisos altos sin ascensores, baños no adaptados, patios con superficies que dificultan la movilidad, ausencia de señalética accesible o falta de espacios para intervenciones individuales o grupales siguen siendo obstáculos persistentes. Cuando el entorno no facilita, resulta más difícil desplegar estrategias pedagógicas que respeten las particularidades de cada estudiante.
Caminos para reducir la distancia entre necesidades y recursos
Reconocer la brecha ya es un paso importante. Sin embargo, el desafío está en avanzar hacia acciones concretas que permitan achicarla. Una primera medida clave es fortalecer la presencia de equipos interdisciplinarios en las instituciones. Psicopedagogos, psicólogos, fonoaudiólogos y otros profesionales especializados deben ser parte estable del entramado escolar y no visitas esporádicas que dependen de disponibilidad externa.
También es fundamental garantizar tiempos protegidos para que los docentes puedan planificar, evaluar y revisar las adecuaciones que realizan. Sin espacios para pensar y trabajar en equipo, la inclusión se vuelve una tarea fragmentada, sin continuidad y, muchas veces, sin impacto real.
La articulación con las familias requiere una mirada renovada. No se trata solo de convocarlas cuando surge un conflicto, sino de construir vínculos de confianza, de ofrecer información clara y de establecer objetivos compartidos. Cuando familia y escuela trabajan de manera conjunta, el estudiante avanza con mayor seguridad, especialmente cuando necesita apoyos permanentes.
Otra acción imprescindible es la inversión sostenida en materiales accesibles y tecnología asistiva. Herramientas como lectores de pantalla, teclados adaptados, apoyos para comunicación aumentativa, software accesible y libros en formatos diversos permiten que los estudiantes participen activamente y no queden relegados a un rol pasivo.
Por último, es urgente revisar y actualizar los programas de formación docente. Incluir perspectivas basadas en casos reales, estrategias aplicables en aula, acompañamiento tutorial y experiencias de trabajo con instituciones inclusivas permitiría que los futuros docentes lleguen más preparados y con menos temores.
Un compromiso que requiere continuidad
La educación inclusiva no es un destino alcanzado, sino un proceso que exige una mirada constante y la convicción de que todos los niños y jóvenes merecen una experiencia escolar que los haga sentir parte. Las brechas no se cierran de un día para otro, pero cada paso cuenta cuando se construyen comunidades más abiertas, flexibles y capaces de reconocer la singularidad de cada estudiante.
El desafío está planteado: que la distancia entre las necesidades reales y los recursos disponibles deje de ser una excusa y se convierta en una oportunidad para transformar la escuela en un lugar donde nadie quede atrás.
