Por: Maximiliano Catalisano

Mitos sobre la elección vocacional que pueden costarte tiempo y dinero

Elegir una carrera no es simplemente completar un formulario y esperar resultados: es una decisión que moviliza expectativas familiares, presión social, sueños personales y, sobre todo, recursos económicos. Sin embargo, en medio de esa instancia tan determinante, abundan ideas instaladas que distorsionan el proceso y llevan a muchos jóvenes a tomar decisiones apresuradas. Derribar los mitos sobre la elección vocacional no solo aporta claridad, también puede evitar cambios de carrera, abandono universitario y gastos innecesarios. Entender qué es real y qué es una construcción cultural es el primer paso para diseñar un camino académico y profesional más consciente.

El mito de la vocación como algo único y definitivo

Uno de los errores más extendidos es creer que existe una sola vocación predestinada, casi como si fuera un llamado inamovible. Esta idea genera angustia: si no descubro “mi verdadera pasión” a los 17 o 18 años, entonces estoy fallando. En realidad, la vocación es un proceso dinámico que se construye a lo largo del tiempo, a partir de experiencias, aprendizajes y contextos.

Muchos profesionales descubren intereses nuevos durante la carrera o incluso años después de haberse graduado. Otros combinan disciplinas y redefinen su perfil laboral. Pensar que la elección es irreversible produce parálisis o decisiones forzadas. La trayectoria profesional del siglo XXI demuestra que es posible reconvertirse, especializarse o cambiar de rumbo sin que eso implique un fracaso.

El mito de que solo importa la pasión

“Si te gusta, hacelo” es un consejo frecuente, pero incompleto. El interés personal es relevante, pero no puede analizarse aislado del contexto económico, las oportunidades de formación, la proyección laboral y las condiciones reales del mercado de trabajo. Elegir únicamente por entusiasmo, sin evaluar variables concretas, puede derivar en frustración posterior.

Esto no significa abandonar lo que apasiona, sino complementarlo con información objetiva. Investigar planes de estudio, duración real de la carrera, costos directos e indirectos, tasas de graduación y posibilidades de inserción laboral permite tomar decisiones con mayor fundamento. La vocación se fortalece cuando se articula con datos y planificación.

El mito de que hay carreras “mejores” que otras

La presión social suele jerarquizar determinadas profesiones como más prestigiosas o rentables. Medicina, ingeniería o derecho suelen aparecer como sinónimo de éxito, mientras que otras áreas se consideran “menores”. Esta mirada desconoce la diversidad de talentos y necesidades sociales.

Cada campo profesional cumple una función específica y responde a demandas concretas. Además, la rentabilidad no depende únicamente del título, sino de la actualización permanente, la especialización y la capacidad de adaptación. Elegir una carrera solo por su reputación puede alejar al estudiante de sus habilidades reales y aumentar la probabilidad de abandono.

El mito de que si no ingresas a la universidad deseada todo está perdido

Muchos jóvenes concentran toda su expectativa en una única institución. Cuando no logran ingresar, sienten que el proyecto completo se derrumba. Sin embargo, existen múltiples alternativas académicas: otras universidades públicas o privadas, institutos terciarios, tecnicaturas, formación profesional o incluso trayectos híbridos que combinan estudio y trabajo.

Diseñar un plan B no es resignarse, sino ampliar posibilidades. En muchos casos, comenzar en otra institución y luego articular equivalencias resulta una estrategia viable y más accesible económicamente. También puede ser una oportunidad para reevaluar la decisión inicial y confirmar si ese camino era realmente el más adecuado.

El mito de que cambiar de carrera es fracasar

El cambio suele vivirse como pérdida de tiempo y dinero. No obstante, permanecer en una carrera que no se ajusta a las expectativas personales puede implicar un costo mayor a largo plazo. Reconocer que una elección no fue acertada y redefinir el rumbo es un acto de madurez.

Además, los saberes adquiridos rara vez se pierden por completo. Muchas materias aprobadas, habilidades desarrolladas y experiencias transitadas pueden integrarse en un nuevo recorrido académico. La flexibilidad se convierte en una herramienta estratégica para construir un perfil más sólido y coherente.

El mito de que la orientación vocacional da una respuesta mágica

La orientación vocacional no funciona como un test que arroja una profesión exacta. Se trata de un proceso de reflexión guiada que ayuda a identificar intereses, valores, habilidades y expectativas. Esperar una respuesta cerrada genera decepción.

El verdadero valor de la orientación está en formular mejores preguntas: ¿Qué tipo de actividades disfruto?, ¿En qué contextos me siento cómodo?, ¿Qué estilo de vida deseo construir?, ¿Qué nivel de ingreso necesito para mis objetivos personales? Estas preguntas permiten analizar opciones con mayor profundidad y reducir decisiones impulsivas.

El mito de que el mercado laboral es estático

Otro error frecuente es elegir en función de una fotografía actual del mercado. Las profesiones evolucionan, surgen nuevas áreas y otras se transforman. La irrupción tecnológica, la digitalización y los cambios productivos modifican permanentemente las demandas laborales.

Por eso, más que pensar en una carrera como un destino cerrado, conviene visualizarla como una base sobre la cual se pueden sumar certificaciones, posgrados y especializaciones. La formación continua amplía horizontes y permite sostener la empleabilidad en escenarios cambiantes.

Cómo tomar decisiones más informadas y evitar gastos innecesarios

Superar estos mitos requiere una estrategia clara. Investigar opciones académicas, comparar aranceles, analizar la duración real de las carreras y conversar con estudiantes avanzados o graduados aporta una perspectiva más concreta. También es recomendable considerar alternativas de formación técnica o terciaria que permitan una inserción laboral más rápida y luego, si se desea, continuar estudios universitarios.

Desde el punto de vista económico, planificar reduce riesgos. Cambiar varias veces de carrera implica costos en matrículas, materiales y tiempo invertido. Una decisión basada en información y autoconocimiento disminuye esa probabilidad. Asimismo, contemplar becas, programas de apoyo y modalidades a distancia puede aliviar la carga financiera.

La elección vocacional no debería vivirse como un salto al vacío, sino como un proyecto progresivo. Entender que no existe una única respuesta correcta, que el camino puede ajustarse y que siempre hay alternativas viables transforma la ansiedad en planificación. Cuando se desmontan los mitos, aparece una mirada más realista y estratégica.

Elegir con conciencia no garantiza ausencia de dificultades, pero sí reduce la improvisación. Y en un contexto donde estudiar representa una inversión significativa, tanto emocional como económica, contar con información sólida marca una diferencia tangible. La vocación no es un destino fijo: es una construcción que se nutre de decisiones reflexivas, flexibles y bien fundamentadas.