Por: Maximiliano Catalisano

Decidir qué estudiar: claves para un futuro con sentido

Terminar el secundario abre una etapa tan desafiante como apasionante. La pregunta “¿qué voy a estudiar?” no solo aparece en conversaciones familiares, también resuena de manera interna, cargada de expectativas, miedos y deseos. Elegir una carrera no es simplemente optar por una lista de materias o un título universitario: es empezar a construir un proyecto de vida. En un contexto donde el mercado laboral cambia con rapidez y la economía exige decisiones inteligentes, decidir qué estudiar requiere información, reflexión y estrategia. La buena noticia es que no se trata de una elección al azar, sino de un proceso que puede abordarse con método y claridad.

El primer paso para decidir qué estudiar es el autoconocimiento. Antes de analizar universidades o carreras, conviene detenerse a pensar en intereses, habilidades y valores personales. ¿Qué actividades te generan entusiasmo? ¿En qué materias te destacabas? ¿Preferís tareas analíticas, creativas, sociales o técnicas? Estas preguntas no son menores: ayudan a identificar patrones que orientan la búsqueda. Según la UNESCO, el aprendizaje a lo largo de la vida es una característica central del siglo XXI. Esto implica que la formación no termina con un título, pero sí necesita una base coherente con las motivaciones personales.

Muchas instituciones ofrecen herramientas de orientación vocacional que permiten profundizar en este análisis. La Universidad Nacional de Córdoba, por ejemplo, cuenta con programas de acompañamiento para estudiantes que finalizan el secundario. Estos espacios brindan información concreta sobre perfiles profesionales, planes de estudio y salidas laborales, facilitando una decisión más consciente.

Sin embargo, el autoconocimiento por sí solo no alcanza. También es necesario observar el contexto económico y laboral. Informes del Banco Mundial señalan que los sectores vinculados con tecnología, salud, energías renovables y economía del conocimiento presentan crecimiento sostenido en distintas regiones. Esto no significa que todas las personas deban orientarse hacia esas áreas, pero sí que conviene analizar tendencias y oportunidades.

La Organización Internacional del Trabajo advierte que la automatización y la digitalización están transformando múltiples ocupaciones. Por eso, más allá del nombre de la carrera, resulta estratégico evaluar qué competencias desarrolla: pensamiento crítico, resolución de problemas complejos, manejo de herramientas digitales y comunicación. Estas habilidades permiten adaptarse a distintos escenarios laborales a lo largo del tiempo.

Otro aspecto relevante es la duración y modalidad de la carrera. No todas las formaciones requieren cinco o seis años de estudio. Existen tecnicaturas y carreras cortas que permiten insertarse en el mercado laboral en menor tiempo y luego continuar con estudios complementarios. Esta alternativa puede ser atractiva para quienes buscan comenzar a trabajar pronto o necesitan equilibrar estudio y empleo.

Explorar antes de decidir es una práctica recomendable. Asistir a jornadas abiertas, participar en charlas informativas y conversar con estudiantes avanzados aporta una perspectiva realista. Además, plataformas como Coursera permiten realizar cursos introductorios en distintas disciplinas, lo que ayuda a confirmar intereses sin realizar una inversión elevada. Probar contenidos concretos reduce la incertidumbre y evita decisiones impulsivas.

El factor económico también debe formar parte del análisis. Estudiar implica costos directos e indirectos: matrícula, materiales, transporte y tiempo dedicado. Evaluar estos aspectos con anticipación permite diseñar un plan financiero realista. En muchos países existen universidades públicas gratuitas y programas de becas que facilitan el acceso a la educación superior. Investigar estas opciones puede marcar la diferencia.

Planificar no significa limitar aspiraciones, sino organizar recursos de manera inteligente. Combinar estudio y trabajo parcial es una posibilidad, siempre que la carga académica lo permita. Lo importante es no subestimar el tiempo y la dedicación que requiere una carrera.

Uno de los mayores temores al decidir qué estudiar es equivocarse. Sin embargo, el recorrido profesional actual rara vez es lineal. Muchas personas cambian de carrera, suman especializaciones o redefinen su perfil a lo largo de los años. Entender que la primera elección no determina todo el futuro reduce la presión y permite decidir con mayor serenidad.

La construcción de un futuro con sentido implica integrar tres dimensiones: intereses personales, oportunidades del contexto y viabilidad económica. Cuando estos elementos se alinean, la elección se vuelve más sólida. No se trata de buscar la opción perfecta, sino la más coherente con el momento actual y los objetivos a mediano plazo.

También es importante considerar el estilo de vida asociado a cada profesión. Algunas carreras demandan alta disponibilidad horaria, otras implican trabajo independiente o movilidad constante. Imaginar cómo te gustaría organizar tu tiempo en el futuro puede aportar claridad adicional.

Decidir qué estudiar es un proceso que requiere información confiable, reflexión profunda y visión estratégica. No es una carrera contra el tiempo, sino una etapa de análisis que merece dedicación. Tomar decisiones fundamentadas hoy aumenta las probabilidades de satisfacción personal y estabilidad profesional mañana.

Finalizar el secundario es el comienzo de una nueva etapa. Con autoconocimiento, análisis del entorno y planificación económica, es posible elegir una carrera que no solo ofrezca oportunidades laborales, sino también sentido y motivación. La clave está en asumir el proceso con responsabilidad, sin dejarse llevar por presiones externas ni por tendencias pasajeras.

El futuro no se adivina: se construye. Y decidir qué estudiar es uno de los primeros pasos para hacerlo con coherencia, realismo y propósito.