Por: Maximiliano Catalisano
¿Qué puede enseñarle una institución con casi ocho siglos de tradición académica a una escuela que debe preparar a sus estudiantes para un mundo atravesado por inteligencia artificial, redes digitales, crisis climática, nuevas profesiones y una cantidad de información que crece cada día? La respuesta que surge de Sorbonne Université resulta especialmente interesante: el futuro de la educación no necesita elegir entre humanidades y tecnología. Puede construir una relación mucho más profunda entre ambas. La actual Sorbonne Université reúne las áreas de letras, lenguas y ciencias humanas y sociales, ciencias e ingeniería y salud, y sostiene una actividad de investigación que conecta disciplinas para abordar problemas contemporáneos.
Esta perspectiva permite recuperar una idea que muchas veces queda relegada cuando se habla de innovación educativa: formar para el futuro no significa solamente enseñar nuevas herramientas. También significa ayudar a comprender qué impacto tienen esas herramientas sobre las personas, las sociedades, la cultura, el trabajo, la ciencia y las decisiones que tomamos.
La tradición humanista de la Sorbona puede leerse desde ese lugar. No como una defensa nostálgica de los métodos del pasado, sino como una invitación a conservar aquello que ninguna tecnología puede resolver por sí sola: la capacidad de interpretar, cuestionar, dialogar, crear significado y pensar las consecuencias de nuestras decisiones.
La historia de la Sorbona está vinculada con una tradición académica que se remonta al siglo XIII. La Facultad de Letras de Sorbonne Université reconoce como antecedente al colegio fundado en 1257 por Robert de Sorbon y actualmente desarrolla enseñanza e investigación en artes, lenguas, humanidades y ciencias sociales, en diálogo con las otras facultades de la universidad.
Pero la institución contemporánea no está organizada alrededor de las humanidades de manera aislada.
Sorbonne Université nació en 2018 a partir de la unión de Paris-Sorbonne y Pierre et Marie Curie y se estructura en tres grandes facultades: letras, lenguas y ciencias humanas y sociales; ciencias e ingeniería; y salud. Su propuesta institucional coloca el conocimiento, la investigación, la innovación y el diálogo entre disciplinas en el centro de su actividad.
Esta combinación resulta particularmente relevante para la educación actual.
Un estudiante que analiza inteligencia artificial no necesita conocer solamente cómo funciona un algoritmo. También puede preguntarse qué efectos produce sobre la sociedad, qué problemas éticos plantea, cómo modifica las formas de trabajo, qué sucede con la privacidad y cómo cambia nuestra relación con el conocimiento.
Allí aparece el valor de las humanidades.
La tecnología explica cómo hacer algo.
Las humanidades ayudan a preguntar para qué hacerlo, qué consecuencias puede tener y cómo debería integrarse en la vida social.
Humanidades y ciencia frente a los grandes desafíos
Uno de los rasgos más interesantes de Sorbonne Université es la búsqueda de conexiones entre campos de conocimiento.
La universidad cuenta con numerosas unidades de investigación y reúne especialistas de áreas que van desde las humanidades hasta la medicina, las matemáticas, la informática, la robótica, la física, la química, la biología y la geología. Su estrategia de investigación plantea que los grandes problemas contemporáneos requieren, en determinados casos, combinar diferentes disciplinas y metodologías.
Esta concepción tiene una aplicación directa en la escuela.
Durante mucho tiempo, los contenidos escolares estuvieron organizados en compartimentos relativamente separados. Matemática por un lado. Lengua por otro. Ciencias sociales por otro. Ciencias naturales en otra hora.
Pero los problemas reales no respetan esas divisiones.
El cambio climático necesita conocimientos científicos, pero también comprensión económica, social, histórica y política.
La inteligencia artificial requiere programación y matemáticas, pero también filosofía, derecho, comunicación, ética y ciencias sociales.
La salud pública necesita medicina, pero también conocimientos sobre comportamiento, comunicación, cultura y organización social.
Por eso, una educación inspirada en Sorbonne Université puede avanzar hacia proyectos en los que diferentes materias trabajen sobre una misma pregunta.
La llegada de la inteligencia artificial representa quizás uno de los mayores desafíos educativos del siglo XXI.
Sorbonne Université no se ha mantenido al margen de esta transformación. En 2026 cuenta con una política institucional específica sobre inteligencia artificial y ofrece recursos para orientar sus usos en formación e investigación.
Además, el Sorbonne Center for Artificial Intelligence, conocido como SCAI, reúne especialistas de distintas disciplinas. La propia universidad señala que este centro integra investigadores provenientes de campos como medicina, derecho, matemáticas y humanidades para trabajar sobre inteligencia artificial.
Esta combinación resulta especialmente interesante porque evita reducir la IA a una cuestión puramente técnica.
Una inteligencia artificial puede generar una respuesta.
Pero alguien tiene que decidir si esa respuesta es correcta.
Puede producir una imagen.
Pero una persona debe analizar qué representa y qué mensaje transmite.
Puede resumir miles de documentos.
Pero un investigador necesita determinar qué información es relevante y qué fuentes merecen confianza.
Puede recomendar una decisión.
Pero la responsabilidad sobre esa decisión continúa siendo humana.
Aquí aparece una de las grandes aportaciones del humanismo a la educación tecnológica: enseñar a pensar sobre las herramientas, no solamente a utilizarlas.
Sorbonne Université está desarrollando propuestas formativas que muestran esta integración.
En 2026, su Servicio Informático para la Pedagogía y la Investigación puso a disposición un recorrido de autoformación sobre inteligencia artificial que incluye cultura de IA, ética y elaboración de instrucciones para herramientas generativas.
La Facultad de Letras también ofrece una propuesta denominada HumanIA, que aborda la comprensión de los sistemas de inteligencia artificial, sus dimensiones éticas y el uso de herramientas de IA.
Este enfoque puede convertirse en una referencia muy interesante para las escuelas.
Enseñar IA no debería significar únicamente explicar qué es ChatGPT o cómo redactar una buena instrucción.
Los estudiantes también necesitan preguntarse:
¿cómo se construyen estos sistemas?
¿Qué datos utilizan?
¿Por qué pueden equivocarse?
¿Qué sesgos pueden aparecer?
¿Qué información no debería compartirse?
¿Qué tareas conviene realizar con IA y cuáles deberían hacerse sin ella?
¿Cómo se comprueba una respuesta?
¿Qué significa ser responsable cuando una herramienta interviene en una decisión?
Estas preguntas convierten la alfabetización digital en una experiencia mucho más profunda.
Las humanidades digitales como puente
Quizás uno de los ejemplos más interesantes de la transformación que propone Sorbonne Université sea el desarrollo de las humanidades digitales.
En enero de 2026, su Iniciativa Humanidades Digitales organizó una escuela intensiva sobre humanidades digitales e inteligencia artificial destinada a estudiantes de maestría en letras y ciencias humanas y sociales. El programa incluyó Python, análisis y exploración de textos, OCR, edición, visualización, cartografía y análisis de cuestiones relacionadas con IA, además de trabajo colaborativo.
El mensaje es muy potente.
Las humanidades no tienen que permanecer alejadas de la tecnología para preservar su identidad.
Pueden utilizar tecnología para formular nuevas preguntas.
Un especialista en literatura puede analizar miles de textos mediante herramientas digitales.
Un historiador puede utilizar bases de datos para estudiar documentos.
Un lingüista puede analizar grandes volúmenes de lenguaje.
Un investigador de patrimonio puede combinar mapas, imágenes y datos.
La tecnología amplía las posibilidades de investigación, mientras que las humanidades aportan preguntas, contexto e interpretación.
La propuesta científica de Sorbonne Université también ofrece otra enseñanza relevante.
Su política sobre una ciencia confiable, responsable y abierta destaca el papel de la duda, la discusión crítica y la experimentación como mecanismos para poner a prueba los conocimientos. La institución plantea que el conocimiento científico se diferencia de una simple opinión porque es sometido a revisión dentro de una comunidad científica.
Esta idea debería tener un lugar mucho más importante en la educación escolar.
Aprender no significa únicamente encontrar respuestas.
También significa aprender a dudar de una respuesta cuando las evidencias no son suficientes.
En una época de redes sociales, contenidos virales y sistemas generativos, esta capacidad resulta indispensable.
Una escuela puede enseñar a los estudiantes a detenerse frente a una información y preguntar:
¿quién lo afirma?
¿con qué evidencia?
¿de dónde proviene?
¿existe otra fuente?
¿hay datos que contradigan esta afirmación?
¿cómo podríamos comprobarla?
Ese ejercicio puede comenzar con una noticia, una publicación en redes, una respuesta generada por IA o incluso un texto del libro escolar.
El pensamiento científico y el humanismo se encuentran justamente allí: en la disposición a investigar antes de aceptar.
La experiencia de Sorbonne Université también permite imaginar una escuela menos fragmentada.
Un proyecto sobre inteligencia artificial podría comenzar en informática, continuar en lengua con el análisis de textos generados por máquinas, pasar por matemática para estudiar datos y probabilidades y terminar en ciencias sociales con un debate sobre su impacto laboral.
Un proyecto sobre cambio climático podría integrar biología, geografía, matemática, historia y comunicación.
Una investigación sobre salud adolescente podría reunir ciencias naturales, educación física, lengua y ciencias sociales.
El contenido no desaparece.
Por el contrario, adquiere mayor sentido porque los estudiantes pueden observar cómo diferentes conocimientos ayudan a comprender un mismo problema.
Esta mirada coincide con la estrategia interdisciplinaria de Sorbonne Université, que desarrolla institutos e iniciativas para reunir investigadores y docentes de diferentes áreas alrededor de grandes cuestiones sociales y científicas.
La tradición también puede ser innovación
Existe una idea equivocada según la cual tradición e innovación representan dos caminos opuestos.
El caso de Sorbonne Université demuestra que no necesariamente es así.
Una tradición académica puede convertirse en una plataforma para formular preguntas nuevas.
La lectura profunda puede convivir con la inteligencia artificial.
La filosofía puede dialogar con la informática.
La historia puede trabajar con bases de datos.
La literatura puede incorporar análisis computacional.
La ciencia puede conversar con las humanidades.
La educación del futuro no tiene por qué abandonar los conocimientos construidos durante siglos. Puede utilizarlos como punto de partida para comprender problemas que todavía no tienen respuesta.
Esta perspectiva también permite revisar qué significa preparar a los estudiantes para el mundo laboral.
No alcanza con enseñar herramientas que probablemente cambien en pocos años.
Es necesario desarrollar capacidades que puedan acompañarlos durante toda la vida: aprender de manera autónoma, formular preguntas, interpretar información, comunicarse, investigar, colaborar, argumentar y tomar decisiones responsables.
Cómo llevar el modelo Sorbona a una escuela con pocos recursos
La buena noticia es que muchas de estas ideas no requieren grandes inversiones.
Una escuela puede comenzar creando proyectos interdisciplinarios a partir de problemas cercanos.
Puede utilizar textos disponibles en la biblioteca, recursos digitales gratuitos, datos públicos y herramientas tecnológicas que ya estén presentes en la institución.
También puede organizar debates en los que los estudiantes deban defender posiciones utilizando fuentes.
Otra posibilidad es crear pequeños proyectos de investigación en los que cada alumno tenga que formular una pregunta, buscar información, comparar fuentes y presentar una conclusión.
La inteligencia artificial puede incorporarse como objeto de análisis.
Por ejemplo, el docente puede pedir a los estudiantes que consulten una herramienta generativa sobre un determinado tema y luego comparen su respuesta con libros, artículos o fuentes institucionales.
La actividad puede terminar con una pregunta: ¿en qué partes confiamos y en cuáles no?
No hace falta adquirir un laboratorio de última generación.
Hace falta diseñar experiencias que enseñen a pensar.
El futuro necesita más que tecnología
La gran enseñanza de Sorbonne Université para la educación del siglo XXI puede resumirse en una idea: la innovación tecnológica necesita una cultura del pensamiento que le dé sentido.
Una escuela puede tener computadoras, plataformas y acceso a inteligencia artificial, pero si los estudiantes no saben investigar, cuestionar, argumentar y comprender las consecuencias de sus decisiones, la tecnología tendrá un alcance limitado.
Por eso, la tradición humanista conserva una enorme vigencia.
No porque haya que volver al pasado.
Sino porque las preguntas humanas continúan existiendo.
¿Qué sociedad queremos construir?
¿Qué conocimiento consideramos confiable?
¿Cómo conviviremos con máquinas capaces de producir contenido?
¿Qué decisiones deberían seguir dependiendo de las personas?
¿Cómo proteger la privacidad?
¿Qué significa crear?
¿Qué significa aprender?
¿Qué lugar tendrá el trabajo?
¿Qué responsabilidades tenemos frente al planeta?
Ninguna de estas preguntas puede resolverse solamente con un algoritmo.
Necesitan ciencia, pero también historia.
Necesitan datos, pero también interpretación.
Necesitan tecnología, pero también ética.
Necesitan innovación, pero también memoria.
Y allí aparece la verdadera fuerza del modelo de la Sorbona.
Su propuesta contemporánea no consiste en elegir entre tradición y futuro. Consiste en hacer dialogar conocimientos diferentes para comprender problemas cada vez más complejos.
Para una escuela, esta mirada puede convertirse en una estrategia concreta y accesible. Un proyecto interdisciplinario, una investigación con fuentes, una discusión sobre IA, una lectura crítica o un debate pueden costar muy poco y, sin embargo, transformar profundamente la manera en que los estudiantes se relacionan con el conocimiento.
La gran revolución educativa quizás no sea tener más tecnología dentro del aula.
Puede ser conseguir que los estudiantes aprendan a utilizarla sin dejar de hacerse preguntas.
Porque cuando la tecnología avanza, la educación necesita avanzar en la misma dirección, pero también necesita conservar aquello que permite darle sentido al progreso: la capacidad humana de comprender, interpretar, cuestionar y decidir.
Ese es el verdadero aporte que una tradición como la de la Sorbona puede ofrecer a las escuelas del siglo XXI: no enseñar solamente a utilizar el futuro, sino enseñar a pensar qué futuro queremos construir.
