Por: Maximiliano Catalisano

¿Qué puede aprender una escuela del sistema educativo que lleva casi mil años formando estudiantes? Mucho más de lo que parece. La Universidad de Bolonia, fundada convencionalmente en 1088, es considerada la universidad más antigua del mundo occidental y atravesó transformaciones políticas, culturales, científicas y tecnológicas que modificaron por completo la manera de entender el conocimiento. Sin embargo, hay algo que permaneció: la convicción de que aprender, investigar, debatir y compartir saberes son actividades capaces de transformar una sociedad.

La historia de la Universidad de Bolonia, conocida como Alma Mater Studiorum, ofrece una pregunta especialmente interesante para la educación actual: ¿cómo puede una institución educativa mantenerse vigente durante siglos sin quedar atrapada en el pasado? La respuesta no parece estar en conservar intactas las mismas prácticas, sino en mantener una identidad clara mientras se modifican las formas de enseñar, investigar y relacionarse con el conocimiento.

Ese principio puede trasladarse perfectamente a las escuelas del siglo XXI. No hace falta contar con grandes edificios, laboratorios costosos o presupuestos universitarios para comenzar a construir una cultura educativa duradera. Muchas de las enseñanzas que deja Bolonia tienen que ver con decisiones pedagógicas, vínculos institucionales y maneras de organizar el aprendizaje que pueden desarrollarse con recursos disponibles.

Una universidad que nació alrededor de los estudiantes

Uno de los aspectos más interesantes de los orígenes de Bolonia es que su Studium no nació simplemente como consecuencia de una decisión de un monarca o de una autoridad central. La propia universidad explica que surgió alrededor de 1088 a partir de la iniciativa espontánea de estudiantes que se asociaron, establecieron objetivos de enseñanza y supervisaron su desarrollo. Los profesores, a su vez, tenían una relación cercana con quienes aprendían y, en algunos casos, incluso los recibían en sus propias casas.

Esta característica permite recuperar una idea muy actual: una institución educativa cobra fuerza cuando los estudiantes dejan de ser considerados únicamente receptores de contenidos y pasan a participar activamente de su proceso formativo.

Llevado a una escuela, esto puede traducirse en algo tan sencillo como preguntar a los alumnos qué problemas de su comunidad desean investigar, qué preguntas les generan curiosidad o qué proyectos consideran significativos. También implica abrir espacios para que puedan argumentar, formular hipótesis, comparar fuentes y construir respuestas.

No se trata de convertir cada clase en una experiencia extraordinaria. Se trata de instalar una cultura en la que aprender implique hacer algo con el conocimiento.

La Universidad de Bolonia atravesó la Edad Media, el Renacimiento, períodos de estancamiento y posteriores procesos de renovación. Su propia historia reconoce que la institución experimentó momentos muy diferentes y logró reconstruirse en distintos contextos históricos.

Esta capacidad de transformación representa una enseñanza especialmente valiosa para las escuelas actuales. La tradición educativa puede ofrecer identidad, pero no debería convertirse en una barrera frente a los cambios sociales.

Hoy los estudiantes aprenden en contacto con internet, inteligencia artificial, redes sociales, plataformas digitales, videojuegos, contenidos audiovisuales y nuevas formas de comunicación. Pretender que la escuela permanezca exactamente igual mientras todo lo demás cambia puede generar una distancia cada vez mayor entre la experiencia cotidiana de los alumnos y la experiencia escolar.

La lección de Bolonia apunta en otra dirección: conservar aquello que da sentido a la institución y actualizar las herramientas con las que ese propósito se concreta.

La lectura profunda, la escritura, la investigación, la conversación intelectual y el pensamiento crítico siguen siendo valiosos. Lo que cambia son los contextos, los soportes y los problemas sobre los que se aplican.

La investigación ocupa un lugar histórico en la Universidad de Bolonia. La institución señala que la investigación científica se encuentra en el centro de sus actividades y que su desarrollo forma parte de una tradición que atraviesa sus siglos de existencia.

Esta perspectiva ofrece una enseñanza directa para la escuela: enseñar no debería significar solamente transmitir respuestas, sino también enseñar a formular buenas preguntas.

Una clase de ciencias puede comenzar con un fenómeno que los estudiantes no logran explicar. Una clase de historia puede partir de documentos contradictorios. Lengua puede trabajar con distintas interpretaciones de un mismo texto. Matemática puede plantear un problema que admita diferentes estrategias de resolución.

El docente deja entonces de ser únicamente quien proporciona información y pasa a organizar las condiciones para que los alumnos puedan investigar, contrastar datos, equivocarse, revisar sus hipótesis y construir explicaciones.

Incluso con recursos económicos limitados, este enfoque puede ponerse en práctica. Una biblioteca escolar, una computadora compartida, el celular utilizado bajo criterios pedagógicos, una entrevista a un integrante de la comunidad o un conjunto de documentos históricos pueden convertirse en materiales de investigación.

La trayectoria actual de Bolonia demuestra que una institución con una tradición de siglos no tiene por qué estar enfrentada con la tecnología. Durante el ciclo académico 2026/2027, por ejemplo, la universidad ofrece formación específica en innovación docente y tecnología educativa para futuros docentes de primaria. El programa aborda estrategias de enseñanza, diseño de ambientes de aprendizaje, tecnologías educativas, evaluación, comunicación digital y comunidades de aprendizaje.

También existen talleres destinados a que los futuros docentes aprendan a analizar críticamente herramientas digitales, utilizarlas para estimular el pensamiento crítico y la creatividad, y emplearlas para diseñar, documentar y evaluar actividades didácticas.

La enseñanza para cualquier escuela es clara: incorporar tecnología no consiste en comprar dispositivos y colocarlos dentro del aula.

La pregunta debería ser otra: ¿qué problema pedagógico queremos resolver con esta herramienta?

Una computadora puede servir para investigar. Un teléfono puede utilizarse para registrar una experiencia científica. Una plataforma gratuita puede facilitar un intercambio de producciones. Un documento compartido puede permitir la escritura colaborativa. Una herramienta de inteligencia artificial puede convertirse en objeto de análisis para estudiar cómo se construyen las respuestas, detectar errores y discutir la confiabilidad de las fuentes.

La tecnología adquiere sentido cuando mejora la experiencia de aprendizaje y no cuando simplemente agrega una pantalla.

Una educación conectada con la comunidad

Otra característica interesante del modelo actual de Bolonia es su relación con el territorio. La universidad mantiene una fuerte conexión con la comunidad local y desarrolla políticas vinculadas con investigación, educación, bienestar, sostenibilidad, impacto económico y relación con las comunidades. Su sistema multicampus amplía además la presencia institucional más allá de la ciudad de Bolonia.

Para una escuela, esta idea puede ser transformadora.

El edificio escolar no debería ser entendido como un espacio aislado del barrio. El territorio puede convertirse en una extensión del aula. Los problemas ambientales de la zona, la historia de la comunidad, los comercios cercanos, las instituciones culturales, las organizaciones sociales, los espacios verdes y las experiencias de las familias pueden transformarse en fuentes de conocimiento.

Un proyecto sobre consumo responsable puede analizar los residuos producidos en la escuela. Una propuesta de historia puede recuperar relatos de antiguos vecinos. Un proyecto de matemática puede estudiar datos del entorno. Una experiencia de lengua puede producir entrevistas, podcasts o crónicas sobre acontecimientos de la comunidad.

Así, los contenidos dejan de aparecer como elementos separados de la realidad.

La Universidad de Bolonia incorpora actualmente la sostenibilidad a diferentes dimensiones de su vida institucional y cuenta con reportes que analizan sus impactos educativos, sociales, ambientales y económicos.

Pero quizá la enseñanza más interesante para las escuelas no sea hablar de sostenibilidad como un contenido aislado, sino convertirla en una experiencia.

Una institución educativa puede comenzar con acciones sencillas: medir el consumo de papel, analizar el uso de energía, revisar la generación de residuos, crear una huerta, estudiar la biodiversidad del patio o desarrollar proyectos de educación ambiental.

La Universidad de Bolonia incluso ofrece actualmente espacios formativos relacionados con educación ambiental, aprendizaje en la naturaleza y experiencias educativas vinculadas con la comunidad. Estas propuestas combinan contenidos teóricos con metodologías activas y cooperativas.

La idea puede adaptarse a cualquier escuela porque no depende exclusivamente de grandes inversiones. Depende de observar el entorno y convertirlo en una oportunidad de aprendizaje.

La historia de Bolonia permite llegar a una conclusión que va mucho más allá de una universidad italiana. Una institución educativa no permanece vigente simplemente porque tiene una historia extensa. Permanece cuando consigue renovar sus preguntas sin perder el sentido de su misión.

El conocimiento cambia. Las tecnologías cambian. Los trabajos cambian. Los estudiantes cambian. Las sociedades cambian. Por eso, una escuela que quiera proyectarse hacia el futuro necesita construir una cultura capaz de aprender también ella misma.

Eso implica revisar prácticas, escuchar a los estudiantes, acompañar a los docentes, observar los resultados, investigar nuevas metodologías y abandonar aquellas propuestas que ya no responden a las necesidades actuales.

La Universidad de Bolonia demuestra, desde una perspectiva histórica extraordinaria, que tradición e innovación no tienen por qué ser conceptos enfrentados. Una institución puede conservar su identidad mientras transforma sus métodos.

Cómo llevar las lecciones de Bolonia a una escuela con pocos recursos

La primera estrategia consiste en recuperar el valor de la pregunta. Antes de incorporar una nueva herramienta, puede plantearse un problema auténtico que los estudiantes deban investigar.

La segunda es aprovechar mejor los recursos existentes. Una biblioteca, el patio, el barrio, los documentos de la escuela, una computadora o incluso una conversación con una persona de la comunidad pueden convertirse en materiales didácticos.

La tercera consiste en formar docentes mediante comunidades de práctica. En lugar de pensar la capacitación como una actividad aislada, los equipos pueden compartir experiencias, analizar clases, revisar producciones de estudiantes y construir propuestas en conjunto.

La cuarta es utilizar la tecnología con intención. No hace falta que todos los alumnos tengan dispositivos individuales para desarrollar proyectos digitales. Se pueden organizar grupos, trabajar con herramientas gratuitas y combinar actividades presenciales con propuestas asincrónicas.

Finalmente, una escuela puede construir su propia tradición de innovación. Registrar proyectos, conservar producciones, documentar experiencias y recuperar aquello que funcionó permite que el conocimiento institucional no desaparezca cuando cambian los docentes o los equipos de conducción.

La Universidad de Bolonia enseña, después de casi mil años de historia, que la longevidad académica no consiste simplemente en sobrevivir al paso del tiempo. Consiste en conservar la curiosidad, sostener el valor del conocimiento y tener la capacidad de reinventar las formas de aprender.

En un mundo atravesado por la inteligencia artificial, la transformación digital y cambios sociales acelerados, esa lección adquiere una enorme actualidad. Quizás el verdadero secreto de la universidad más antigua del mundo occidental no esté en sus edificios históricos ni en su extraordinario patrimonio, sino en una idea mucho más sencilla: el conocimiento permanece vivo cuando una comunidad sigue haciendo preguntas.

Y esa es una enseñanza que cualquier escuela, incluso con un presupuesto reducido, puede comenzar a poner en práctica hoy.